El político socialista francés ha convertido a su esposa en una de sus armas políticas.
El político francés Manuel Valls y su mujer, Anne Gravoin, en junio de 2015. STEPHANE DE SAKUTIN (AFP)
Cuando François Hollande anunció, a principios de diciembre, que se retiraba de la contienda electoral
para 2017, Manuel Valls se apresuró a relevarlo. Acudió a su feudo en
Évry, la localidad de la empobrecida periferia parisina que gobernó
durante años, para dar un paso al frente y declararse candidato. Y lo hizo con su mujer sujetándole la mano. La violinista Anne Gravoin,
con la que el ex primer ministro se casó en 2010, decidió subirse
incluso al escenario para acompañar a su marido durante su discurso. Un
gesto inhabitual en la política francesa, habitualmente partidaria de
separar lo público y lo privado, que solo algunas estrellas mediáticas como Carla Bruni se suelen permitir.
Anne Gravoin, junto a su
marido Manuel Valls, cuando este anunció que se presentaba a las
primaras del partido socialista francés el pasado 5 de diciembre. cordon pressA Valls se le ha considerado siempre un Nicolas Sarkozy de izquierdas. Y
su matrimonio empieza a parecer un reflejo socialista del que
configuran el expresidente y la cantante y exmodelo, tanto por su
esforzado glamour como por su presencia en la prensa del
corazón, que se ha vuelto habitual en los últimos años. Igual que
Sarkozy, Valls ha convertido a su pareja en un instrumento de
comunicación política. Su esposa le permite moderar su imagen rígida y
guerrera, que es su fuerza principal pero también su talón de Aquiles. Ambos han protagonizado posados para Paris Match y programas
televisivos donde han narrado su enamoramiento. Valls y Gravoin se
conocieron en los ochenta y tuvieron un breve idilio. Él se terminó
casando con Nathalie Soulié, una maestra a la que conoció cuando ambos
estudiaban en la Sorbonne, y madre de sus cuatro hijos. Tras su
divorcio, Gravoin decidió invitarle a uno de sus conciertos. “Cuando la volví a ver fue un flechazo.Me enamoré de ella y, desde entonces, no nos hemos separado”, relató Valls, de 54 años, en 2010.
El político francés Manuel Valls y su mujer, Anne Gravoin, en junio de 2015. STEPHANE DE SAKUTIN (AFP)
Cuando François Hollande anunció, a principios de diciembre, que se retiraba de la contienda electoral
para 2017, Manuel Valls se apresuró a relevarlo. Acudió a su feudo en
Évry, la localidad de la empobrecida periferia parisina que gobernó
durante años, para dar un paso al frente y declararse candidato.
Y lo hizo con su mujer sujetándole la mano. La violinista Anne Gravoin,
con la que el ex primer ministro se casó en 2010, decidió subirse
incluso al escenario para acompañar a su marido durante su discurso. Un
gesto inhabitual en la política francesa, habitualmente partidaria de
separar lo público y lo privado, que solo algunas estrellas mediáticas como Carla Bruni se suelen permitir.
ampliar fotoAnne Gravoin, junto a su
marido Manuel Valls, cuando este anunció que se presentaba a las
primaras del partido socialista francés el pasado 5 de diciembre. cordon press
A
Valls se le ha considerado siempre un Nicolas Sarkozy de izquierdas. Y
su matrimonio empieza a parecer un reflejo socialista del que configuran
el expresidente y la cantante y exmodelo, tanto por su esforzado glamour
como por su presencia en la prensa del corazón, que se ha vuelto
habitual en los últimos años. Igual que Sarkozy, Valls ha convertido a
su pareja en un instrumento de comunicación política. Su esposa le
permite moderar su imagen rígida y guerrera, que es su fuerza principal
pero también su talón de Aquiles. Ambos han protagonizado posados para Paris Match
y programas televisivos donde han narrado su enamoramiento. Valls y
Gravoin se conocieron en los ochenta y tuvieron un breve idilio. Él se
terminó casando con Nathalie Soulié, una maestra a la que conoció cuando
ambos estudiaban en la Sorbonne, y madre de sus cuatro hijos. Tras su
divorcio, Gravoin decidió invitarle a uno de sus conciertos. “Cuando la volví a ver fue un flechazo. Me enamoré de ella y, desde entonces, no nos hemos separado”, relató Valls, de 54 años, en 2010.
Anne Gravoin y Manuel Valls, el día de su boda el 1 de julio de 2010. cordon press
A los 51 años, Gravoin es una solicitada violinista que
actúa con estrellas de la música francesa como Johnny Hallyday, íntimo
de Sarkozy hasta que le dio la espalda den 2014. También acompañó a
Charles Aznavour, Françoise Hardy y Liza Minnelli . La esposa de Valls
dirige la empresa Régie Orchestre, que contrata a músicos para giras, y
fue directora artística de la Alma Chamber Orchestra. Un cargo que la
salpicó de polémica: esa orquesta habría sido financiada por el entorno
del dictador congoleño Denis Sassou-Nguesso, según el semanario L’Obs. No ha sido el único escándalo de esta mujer de porte elegante y halo misterioso. Cuando Valls fue nombrado titular de Interior en 2012,
se la acusó de haber intervenido para desalojar a los mendigos que
malvivían en su calle, en un rincón bohemio pegado a la Bastilla. Poco
después, sus declaraciones sobre la esposa del entonces primer ministro,
Jean-Marc Ayrault, también generaron estupor. “Está claro que una
música tiene algo más de glamour que la señora Ayrault,
profesora de Alemán en la periferia de Nantes”, dijo Gravoin. Después
dijo que se habían deformado sus palabras. Quienes la conocen aseguran,
pese a todo, que su humor sarcástico no es apto para todos los
estómagos.
Destacada entre las posibles primera dama
La proximidad de las primarias de la izquierda francesa, que se
celebrarán el 22 y 29 de enero, ha aumentado la atención a los
candidatos, pero también a las aspirantes a primera dama. Entre ellas
está la periodista Nathalie Bensahel, mujer de Vincent Peillon,
exministro de Educación y representante del ala socialdemócrata del
partido. También Gabrielle Guallar, esposa de Benoît Hamon, referente
del flanco izquierdista del socialismo francés, que ocupa un cargo
directivo en el grupo del lujo LVMH. Sin olvidar a Aurélie Filipetti,
extitular de Cultura y pareja de Arnaud Montebourg, el fogoso candidato
que defiende la desglobalización y la soberanía ante Bruselas. Ninguna
de ellas puede rivalizar con la atención que recibe Gravoin, aunque el
cargo tampoco parezca interesarle en exceso. Ella proclama su libertad:
“Cada uno tiene su vida, su corazón y su cerebro. Yo soy independiente.
Nunca le he pedido ni un céntimo”.
L A MANO ociosa es quien tiene más fino el tacto en los
dedos, / decía el príncipe Hamlet viendo / cómo cavaba una fosa y
cantaba al mismo tiempo / un sepulturero. / No sabiendo los oficios, los
haremos con respeto. / Para enterrar a los muertos / como debemos, /
cualquiera sirve, cualquiera…, menos un sepulturero”. He ahí unos versos de León Felipe que describen la expresión monótona
con la que los lectores y en cierto modo sepultureros de la prensa
diaria observamos este tipo de fotografías antes de pasar la página en
dirección a las farmacias de guardia o a la lista de los fallecidos ayer
en nuestra ciudad. Nada nos impresiona ya ni nos conmueve. A veces, en
la tele, cuando van a mostrar unas imágenes duras, los locutores
advierten de que pueden herir la sensibilidad de algunas personas.
¿Escuchamos la advertencia? Sí, al modo en que escuchamos las
instrucciones de la azafata en el avión.
Detengámonos un momento en esta imagen de un barrio de Alepo bombardeado
por sus amigos y por sus enemigos, por sus bienhechores y por sus
malhechores.
Fíjense en los edificios sin piel.
Reparen en el conjunto
de cascotes de lo que en su día fue una calle por la que la gente se
dirigía a comprar el pan y en la que quizá los niños jugaban al balón.
Traten de adivinar adónde habrán ido a parar las personas que habitaban
esas viviendas de las que apenas queda su esqueleto.
No se pierdan al
individuo diminuto de la derecha, el único ser vivo de este paisaje
urbano y quizá miembro de los que atacaron el barrio para salvarlo.
Los auténticos culpables de que la vida pueda ser tan cruel son los
tibios de corazón. Permiten con su indiferencia que el Mal campe a sus
anchas.
MI AMIGA Gabriela Cañas me mandó hace unos días un vídeo
escalofriante que circula por Internet. Una cámara oculta colocada en un
ascensor sueco permite observar las reacciones de la gente ante una
escena de violencia de género. Un joven grandullón maltrata verbal y físicamente a una muchacha: la
arrincona e insulta con las palabras más soeces, la zarandea, le tira
del pelo, grita que la va a matar. La víctima gimotea y pide ayuda. Mientras esto sucede, vamos viendo a diversas personas que comparten el
ascensor con ellos. Se ponen de espaldas, no dicen ni palabra, salen
corriendo. Son hombres y mujeres, solos o en parejas. Una señora mayor
tiene la desfachatez de protestar diciendo: “Eh, que no están solos,
esperen a que me vaya”, como si el único derecho que estuviera
conculcando el energúmeno fuera el de fastidiarle su tranquilidad. Es un
vídeo increíble, aterrador. Al fin, una mujer de unos treinta y tantos
años se enfrenta al maltratador y le dice: “Si la vuelves a tocar llamo a
la policía”. Subieron 53 personas en ese ascensor y sólo reaccionó
ella.
Los países nórdicos tienen las tasas de violencia de género más altas
de Europa. Suecia, en concreto, duplica el porcentaje de casos que hay
en España. Algunos pretenden justificar estas cifras elevadísimas
diciendo que allí denuncian más, pero no me lo creo en absoluto. En
primer lugar, porque estamos hablando de víctimas mortales. Pero además
me parece que influye el nivel de alcoholismo y el hecho de que son los
países en donde se está destruyendo de forma más acelerada el sistema
machista, y eso siempre crea una herida social y una respuesta feroz por
parte del sector más brutal de los varones, de un puñado de psicópatas
que se sienten súbitamente desplazados. Pero no es de la violencia de género de lo que quería hablar, sino de
los tibios de corazón, de los indiferentes y de los cobardes. Y me
refiero a una cobardía estructural, no al miedo insuperable. Por
ejemplo, yo, que soy verdaderamente una gallina ante los riesgos
físicos, sé que me las hubiera apañado en el ascensor para hacer algo. Como estoy segura de que me hubiera amedrentado enfrentarme a ese
tiarrón en el encierro de la caja de acero, hubiera esperado hasta
llegar al piso y, tras bloquear la puerta para dejarla abierta, hubiera
empezado a gritar para pedir ayuda. Quiero decir que hasta una miedica
como yo puede encontrar un modo de actuar. Pero los cobardes morales ni siquiera se plantean abandonar su zona de
ensimismado confort. Estoy convencida de que el porcentaje de individuos
de verdad malvados que hay en el mundo es pequeño, quizá muy pequeño,
incluso ínfimo. Los auténticos culpables de que la vida pueda ser tan
cruel y de que la Tierra se convierta en un valle de lágrimas son los
tibios de corazón, porque esos sí que son legión, esos son muchísimos;
esos quizá sean, por desgracia, la mayoría de los seres humanos, y son
quienes no se enfrentan a los energúmenos, quienes no protegen a los
indefensos, quienes permiten con su callosa indiferencia que el Mal
campe a sus anchas. Son los niños que dejan que un matón torture a un
compañero de clase, los padres que prefieren no enterarse, los
oficinistas que admiten el acoso a un colega, los vecinos que hacen
oídos sordos al ruido de golpes y llantos que se cuela a través de las
paredes, o que secundan a un presidente despiadado y se niegan a poner
una rampa en el portal que permitiría salir a la calle al vecino en
silla de ruedas. Toda esa gentuza es la peor. Alfredo Llopico, un amigo
con quien hablé de esto, me mandó dos citas maravillosas. Una es del Apocalipsis,
en donde Jesús dice: “Conozco tus obras, sé que no eres frío ni
caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres frío
ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca”. Y la otra es de la Divina Comedia, de Dante, en donde, en el
‘Canto III del Infierno’, encontramos que las almas más despreciables
son aquellas “que vivieron sin merecer alabanzas ni vituperio (…) que no
fueron rebeldes ni fieles a Dios, sino que sólo vivieron para sí”.
Siempre hemos sabido que los culpables del horror del mundo son los
tibios de corazón. Malditos sean.
El mundo se ha llenado de “virtuosos” afanosos por castigar en manada;
de policías y sacerdotes vocacionales, cada uno con su lista de
“delitos” y “pecados”.
SIEMPRE he sentido antipatía por las campañas y los
proselitismos; siempre me ha desagradado la gente que no se conforma con
tener una opinión y obrar en consecuencia, sino que necesita atraer a
su causa a otros, verse arropada por las masas más manipulables y
gregarias y deseosas de infectarse; la que organiza castigos colectivos,
difamación y linchamientos verbales. La que ansía “dar su merecido” a quien le lleva la contraria o emite un
parecer que la fastidia. Hay una diferencia entre la postura personal de
alguien y la cacería que ese alguien desata. Hace muchos años, el
dramaturgo Sastre dijo algo –la memoria no me alcanza para recordar qué–
en claro apoyo del mundo etarrófilo. ETA aún asesinaba y secuestraba,
por supuesto, y la cosa sonó a vileza. Puede que yo mismo pensara: “Si
alguna vez coincido con ese hombre, no lo saludaré”. Era una decisión
–si lo fue– mía particular. Otros escritores, sin embargo, llevaron su
reacción más lejos, y propusieron que todos nos negáramos a participar
en actos a los que Sastre estuviera invitado, a compartir con él una
mesa redonda o lo que se terciara; en suma, que lo vetáramos. Y esto me
pareció mal, un exceso, y sobre todo me provocó desprecio la
“organización”, la campaña, la posible coacción a quienes no secundaran
la consigna, el anhelo de castigo colectivo, como he dicho antes. Cada
uno es dueño de hacer lo que se le antoje. Pero para mí va un gran
trecho entre eso y desencadenar un hostigamiento o una persecución, sean
gremiales o nacionales. Dicho sea de paso, eso no impidió que el
dramaturgo recibiera premios oficiales españoles remunerados y los
aceptara con sans-façon, no mucho después del episodio, creo recordar. Huelga añadir que quienes pensamos así, quienes sentimos aversión hacia
el “muchos contra uno”, somos unos raros, una especie en vías de
extinción. No ya este país, sino el mundo entero, sobre todo desde que
descubrió el mejor instrumento de propaganda e intoxicación que ha
existido –las redes sociales–, está dedicado sin cesar, y en masa, a
escarmentar desproporcionadamente a los individuos que caen en desgracia
por el motivo que sea, o que no se someten a las creencias “blindadas” y
sacrosantas de hoy; o a las empresas catalanas en su momento, o a la
marca que según los “virtuosos” actuales ha incumplido algún precepto de
cumplimiento obligado. El caso más reciente es el de Fernando Trueba,
pero ha habido muchos más. Será imposible saber si la parva recaudación
inicial de su última película se ha debido a que no gusta, a que a los
espectadores no les ha dado la gana de ir a verla en su primer fin de
semana, o al boicot puesto en marcha contra ella por españoles
desaforados, que no toleran que un español no se sienta español. (Entre
paréntesis, lo de “sentirse” es un tanto absurdo: uno suele ser lo que
le toca ser y lo que sabe que es, le guste o no, y el “sentimiento” no
entra mucho en la cuestión. A mí, como algunos no ignoran, me habría
resultado más cómodo ser italiano o inglés, pero no lo soy ni por lo
tanto me lo puedo “sentir”.) Pero el mero hecho de que se haya dado este
ánimo saboteador es ya tan lamentable como indicativo. Si cada “españolísimo” decide no ir a ver esa película, bueno, está
en su derecho, faltaría más. Lo que ya me parece ruin es procurar,
instigar a que los demás hagan lo propio: el deseo de no quedarse solo
con su responsabilidad, la necesidad de envolverse en una muchedumbre,
el proselitismo activo, el montaje de un auto de fe que dé calor.
La vileza es una constante, como lo es la voluntad de joder al prójimo, lo merezca o no.
La actitud no se diferencia de la de los linchadores o cazadores de
brujas reales. La misma palabra “linchamiento” lo indica: es algo hecho
en grupo, sin condena imparcial, sin pruebas, amparándose en el tumulto y
tan anónimamente como resulte posible. Algo cobarde en esencia. Nada
más fácil que enardecer, nada más contagioso que la indignación, nada
más placentero que buscar chivos expiatorios y castigar a “culpables”,
verdaderos o imaginarios. La historia está plagada de casos, la vileza
es una constante, como lo es la voluntad de joder al prójimo, lo merezca
o no. Siempre se encuentran causas a posteriori, el mezquino
inventa su justificación. Hoy prolifera esa clase de vileza, y su ira
puede caer sobre alguien famoso o desconocido. John Galliano fue
desterrado por unos comentarios que hizo borracho. Una joven que inició
tan tranquila un viaje a Sudáfrica, descubrió al llegar que las redes
“ardían” en contra de ella y que había sido despedida de su empleo, por
una observación inoportuna –“incorrecta”– que había hecho al embarcar.
El mundo se ha llenado de “virtuosos” afanosos por castigar en manada. Nunca a solas, nunca a título individual. Se ha llenado de policías y
sacerdotes vocacionales, cada uno con su lista particular de “delitos” y
“pecados”. Por recurrir a una comparación popular –Juego de tronos
lo es–, el mundo está dominado por los llamados “Gorriones” de esa
serie: puritanos, intransigentes, fanáticos, inquisidores, represores,
punitivos, arbitrarios. Enemigos de la libertad. Siempre los ha habido. Lo grave es que sean, como ahora, multitud.