El
anarquista Melchor Rodríguez evitó durante la Guerra Civil el asalto a
la prisión de la ciudad complutense y la muerte de 1.500 presos.
Alcalá de Henares
Melchor Rodríguez, a la
izquierda, recita un poema a la bandera republicana en un acto celebrado
en Madrid en el otoño de 1938. Alcalá de Henares quiere hacer justicia histórica con uno de sus hijos. La ciudad, que se mantuvo fiel a la Segunda República
durante la Guerra Civil, se convirtió en una importante base del
ejército republicano. El 8 de diciembre de 1936, fue bombardeada por la
aviación sublevada. Desatadas todas las furias, un grupo de ciudadanos
armados se dispuso a asaltar la cárcel, donde se hacinaban 1.532
reclusos. Estaban acusados de quintacolumnistas, una expresión con la que el general golpista Emilio Mola
designó a los simpatizantes del alzamiento que luchaban infiltrados en
las huestes republicanas. El entonces delegado de prisiones, el
anarquista Melchor Rodríguez, conocido como el ángel rojo
por salvar la vida de miles de personas, se desplazó hasta la ciudad
complutense y, tras una dura negociación, consiguió detener el ataque. Les salvó la vida. “La muchedumbre, aterrorizada por los incendios provocados y las
víctimas causadas por la aviación rebelde (seis muertos, más de 50
heridos), se amotinó rabiosa, juntándose con las milicias y hasta con la
propia guardia militar que custodiaba la prisión. Se dispusieron a
repetir el hecho brutal realizado cinco días antes en la cárcel de Guadalajara (donde asesinaron 319 de los 320 presos)”, según lo describió el propio Melchor Rodríguez. Su relato, que se conserva en el archivo de la familia de Martín Artajo, exministro de Franco,
narra más de siete horas de dura negociación en la que hubo
enfrentamiento dialéctico, insultos, amenazas y forcejeos por parte de
la muchedumbre. "¡Qué momentos más terribles aquellos! (...) Qué batalla
más larga tuve que librar hasta lograr sacar al exterior a todos los
asaltantes haciéndoles desistir de sus feroces propósitos", prosigue la
nota.
Su heroica acción fue olvidada durante décadas, hasta que el tripartido que gobierna Alcalá
desde las municipales de 2015 (PSOE, Somos Alcalá e IU) decidió
recuperar la figura de Melchor Rodríguez. “Somos una ciudad con mucha
historia y estamos acostumbrados a rendirle tributo”, explica su
alcalde, el socialista Javier Rodríguez Palacios. En su opinión, el
anarquista realizó una de las acciones más importantes, cumplir con la
legalidad republicana e impedir el asalto a la prisión. “Gracias a él se
salvaron muchas vidas, y lo consiguió en un momento en el que los
ánimos estaban crispados”. Una placa en su honor Tras diferentes encuentros con los descendientes del llamado
Ángel rojo, el equipo de Gobierno (que podría haberle homenajeado por
decreto), instó a la Comisión de Patrimonio Histórico y Cultura a
realizar un informe. El dictamen de este, que consta de cuatro páginas y
fue fechado el 14 de diciembre, fue favorable a la colocación de una
placa en honor a la figura de Melchor Rodríguez
en la calle de Santo Tomás de Aquino. Llevará una frase, “Se puede
morir por las ideas, nunca matar”, que irá acompañada de un texto que
explique lo acontecido en ese lugar hace ahora 80 años. La iniciativa se
someterá a votación plenaria el martes 20 de diciembre y
previsiblemente saldrá adelante con los votos de sus promotores, PSOE,
Somos Alcalá e IU, que ya han anunciado que votarán a favor. El PP no ha querido adelantar el sentido de su voto, ya que antes debe reunirse el grupo.
Entre los 1.532 presos sospechosos de simpatizar con el
alzamiento, se encontraban nombres que llegaron a ser relevantes
personalidades durante el franquismo, como Agustín Muñoz Grandes, Raimundo Fernández Cuestas, Martín Artajo, Luca de Tena, Serrano Suñer o Rafael Sánchez Mazas. Sin embargo, Melchor Rodríguez, convertido para muchos en el ángel rojo
y para otros en un traidor, siempre renunció a las posibles prebendas
que le podrían haber ofrecido los hombres a los que salvó.
No solo eso, además tuvo que someterse a la misma represión
de los derrotados por su pasado anarquista: fue condenado a 20 años de
presión en un consejo de guerra amañado con testigos falsos. Cumplió
cinco. Solo el testimonio de Muñoz Grandes, a quien había salvado aquel 8
de diciembre, le libró de la pena de muerte. Su vida se apagó el 14 de
febrero de 1972. Ese día, un joven desplegó la bandera de la CNT ante la atenta mirada de algunos jerarcas del franquismo. No hubo incidentes en un entierro multitudinario que, en plena dictadura, reunió a anarquistas y franquistas.
Un héroe que salvó miles de vidas
Melchor Rodríguez nació en Sevilla en 1893. Con diez años pierde a su
padre y tiene que comenzar a trabajar. Pasó por diferentes profesiones,
e incluso llegó a debutar como torero. Tras esa aventura, se emplea
como chapista y se afilia a UGT, aunque poco después se pasa a las filas anarquistas. Es el momento en el que comienza a trabajar con reclusos, lo que le
supone entrar varias veces en prisión, tanto con la monarquía como con
la república. Es nombrado delegado de prisiones al iniciarse la Guerra Civil,
cargo en el que intentó detener las sacas de presos que eran
trasladados para su fusilamiento. Solo lo consigue cuando es nombrado
Director General de Prisiones el 4 de diciembre de 1936. Es el motivo
por el que se le conoce como el ángel rojo.
La mercadotecnia del dolor impulsa la carrera pianística del autor de "Instrumental".
Formo parte de los lectores que se quedaron sobrecogidos con el memorial de James Rhodes
y de los melómanos a quienes inquietan sus recitales lacrimógenos. El
pianista, paradójicamente, vive del escritor. Y ha logrado sugestionar a
un público que acude a los conciertos para solidarizarse con su
tormento. Un niño del que abusaron. Un hombre descoyuntado que intentó
suicidarse. Y que se tatuó el nombre de Rachmaninov a sangre y fuego, como si fuera el acrónimo de la pasión y la muerte. La resurrección se la ha proporcionado Instrumental,
un libro feroz y divertido, tragicómico, doloroso, que Rhodes convirtió
en terapia y que los tribunales estuvieron a punto de prohibir porque
las memorias podían atormentar a su hijo menor de edad en caso de que
cayeran entre sus manos, como caen en las manos de La Pietá las entrañas
de Cristo. A Rhodes le salvaron la música y la palabra. Le salvó Bach en la matemática de la metafísica, subiendo peldaño a peldaño como una de esas escaleras que Rogier van der Weyden coloca en sus cuadros para abstraer al Crucificado de su dolor. Piedad merece Rhodes, y compadecimiento, pero el éxito comercial de sus memorias y el fenómeno mercantil de sus giras -hasta Salvados
le ha dedicado un programa, propiciando el entusiasmo de los líderes de
Podemos- invitan a preguntarse si no se está produciendo una
sobreexplotación de la lágrima, y si el histerismo de muchos de sus
partidarios no ha engendrado acaso un proceso de canonización
desmesurado, entre el esnobismo, la sensiblería y la legítima empatía
hacia el congénere atormentado. Rhodes es un pianista correcto, capaz, solvente, nada extraordinario,
quiero decir, pero impresiona el sentido del oportunismo con que su
evisceración literaria o libresca han engendrado una carrera que
idealiza mucho más al fenómeno que al pianista. Y entiendo que es
tentador aferrarse a la experiencia catártica que proporcionan sus
terapias de grupo en un auditorio de prosélitos anonadados, pero se
desprenden de esta comunión los síntomas una sospechosa ceremonia
fetichista. La música queda subordinada a un papel instrumental.
Instrumental. Se diría que los conciertos se transforman en sesiones clínicas
bilaterales, en psicodramas. Y que se eleva a Rhodes a rango de jefe de
secta, cuando sus dotes pianísticas resultan anecdóticas en comparación
con otros colegas que tuvieron una vida tan dichosa como Maurizo Pollini, que fuma a escondidas de su esposa, o tan estrafalaria como la de Sokolov.
Que es un tipo raro, muy raro, y excéntrico, muy excéntrico, pero que
lleva la música a su dimensión sublime, sin necesidad de construirse un
personaje maldito ni exigir al espectador la eucaristía. Lo hace, lo exige, Rhodes reivindicando su indumentaria "casual", un
camino de identificación con los espectadores que tergiversa la etiqueta
de la liturgia. Me parece un maletendido. No se visten los profesores
de una orquesta de chaqué para distanciarse del espectador, sino para
solemnizar el trance música, como hace un torero al vestirse de luces
-es más cómodo un chándal- o como sucede en Wimbledon con la norma obligatoria de jugar de blanco purísimo. Rhodes no es un concertista, sino un pianista de repertorio limitado y
una estrella televisiva al que sus partidarios y prosélitos atribuyen el
papel providencial del gran divulgador musical. Acostumbro a discrepar
de los misioneros sensacionalistas -sembradores de cosechas efímeras-,
igual que recelo de los vendedores de crecepelos. Y Rhodes arriesga a
convertirse uno de ellos con su última iniciativa editorial-audiovisual. No podían ser otras memorias, claro. A cambio, nos propone aprender a
tocar el piano en unas semanas. El método Rhodes adquiere así la
dimensión de una parodia. Y espero que se percaten de ella sus propios
correligionarios antes de comprarse un Casio en el bazar musical del
barrio, aspirando a encontrar a Bach en la vulgaridad de un atajo.
Un museo
dedicado a la historia de las fragancias abre sus puertas la semana que
viene en un palacete neoclásico del Faubourg Saint-Honoré.
Tienda del Grand Musee du Parfum, en París. IRENE de ROSEN
París contará, a partir de la semana que viene, con un nuevo museo dedicado al perfume.
El Grand Musée du Parfum
abrirá sus puertas el próximo viernes en un palacete neoclásico de
1.400 metros cuadrados, que en otro tiempo acogió la sede parisina de la
marca Christian Lacroix.
El centro se sitúa en pleno Faubourg Saint-Honoré, privilegiado enclave
donde se han ubicado, desde hace casi dos siglos, las principales
firmas de moda y lujo, a dos pasos del Palacio del Elíseo y enfrente del
Hotel Bristol, el favorito de Woody Allen, Joan Didion y Nicolas
Sarkozy.
“En París contamos con un museo de la moda, pero hasta ahora no existía
ninguno dedicado a la historia del perfume.
Nos dijimos que esta
industria también merecía un homenaje”, afirmaba este viernes su
presidente, Guillaume de Maussion.
El centro completa el mapa olfativo
de la capital francesa: se suma al que la marca Fragonard tiene abierto
cerca de la Ópera Garnier
y al espacio expositivo del perfumista Frédéric Malle en el barrio del
Marais, proyectado por el prestigioso estudio de arquitectura Jakob +
MacFarlane.
Sin embargo, hasta la fecha no existía ningún museo no
vinculado a una marca y dedicado a toda la historia de la fragancia
moderna, que fue desarrollada en el París de entresiglos por marcas
pioneras como Guerlain o Coty.
El itinerario arranca recordando a algunos personajes históricos especialmente apegados al perfume, desde Cleopatra,
quien habría seducido a Marco Antonio sirviéndose de los suntuosos
vapores del incienso, hasta la actriz Louise Brooks, emblema de la flapper de los años veinte, que popularizó las fragancias como un accesorio imprescindible para toda mujer moderna que se preciara.
Interior del Grand Musee duParfum, en París. IRENE de ROSEN
En otra de las salas, el visitante descubre algunas de las materias que
históricamente fueron usadas como perfumes, como la mirra, o bien la
primera fragancia amalgamada a partir de distintos materiales, el
llamado kyfi, fabricada en el Antiguo Egipto a partir de vino,
miel, pasas, canela y corteza de espino, entre muchos otros
ingredientes.
Más tarde, en un escenario que reproduce las galerías
comerciales del París decimonónico, se investiga el origen de perfumes tan míticos como el Chanel Nº5,
quien quiso convertir las fragancias en el complemento definitivo a la
moda. “Un perfume tiene que ser tan artificial como un vestido”, dejó
dicho.
La segunda parte del recorrido tiene un perfil marcadamente lúdico,
repleto de cabinas interactivas que permiten descubrir un extenso menú
de materias primas para crear un perfume, como la rosa, la vainilla, la
flor de azahar, la lavanda, la bergamota o el cardamomo.
Sin olvidar
otros menos ortodoxos, como el café, el tabaco y la marihuana.
“Hemos
querido privilegiar el poder de evocación que puede tener un perfume.
El
olor nos conecta con nuestra memoria emocional, una zona de muy difícil
acceso”, explica De Maussion.
La explicación también se adentra en los
aspectos científicos e indaga en los cuatro centímetros cuadrados del
sistema límbico, donde se concentran cinco millones de neuronas, capaces
de almacenar una memoria de billones de olores.
Más que un pájaro, pero
mucho menos que un perro, una rata o un elefante.
La creación del museo ha supuesto una inversión de site millones de
euros surgidos de la iniciativa privada.
Ha contado con una contribución
—“inferior al 10% del total”, según De Maussion— procedente del
sindicato francés de perfumería, que agrupa a 66 marcas parisinas,
algunas de las cuales también formarán parte de un comité de expertos
que supervisará las actividades del centro.
Entre ellos figuran Nicolas
Beaulieu, uno de los perfumistas del prestigioso laboratorio IFF (en el
que crean sus perfumes las mayores marcas francesas); Élisabeth Sirot,
de la marca Guerlain; o Jean-Claude Ellena, la nariz de Hermès.
"Es una palabra que parece fea y que asusta, pero también puede ser una etapa para vivir con alegría".
El papa Francisco en una audiencia en su
biblioteca privada del Palacio Apostólico, en el Vaticano, este sábado.
Vídeo: felicitación en un canal de Youtube del Vaticano.Franco Origlia
El día de su 80 cumpleaños, delante de unos 60 cardenales más o menos de su quinta, Jorge Mario Bergoglio
ha reivindicado la vejez y, de paso, un ingrediente que considera
necesario para sobrellevarla: el sentido del humor. Durante una misa en
la Capilla Paulina del Palacio Apostólico, el papa Francisco
ha reconocido: “Desde hace algunos días me viene a la mente una palabra
que parece fea y que también asusta, la vejez. Se me viene a la cabeza
aquel poema [de Ovidio]: “con paso silencioso se te viene encima la
vejez”. ¡Es un golpe!, pero hay que verla como una etapa más de la vida,
con alegría, esperanza. La vejez es sed de sabiduría, esperemos que
también para mí”.
Bergoglio ya empezó a recibir felicitaciones el pasado miércoles,
coincidiendo con la audiencia general, aunque él intentó frenarlas con
una broma.
“Os digo una cosa que os hará reír”, advirtió, “en mi tierra,
felicitar antes de tiempo trae mala suerte y quien felicita por
anticipado es un gafe”.
Durante la misa de hoy, el Papa pidió a los
cardenales que recen para que su vejez sea “religiosa, tranquila,
fecunda y también alegre” porque, según añadió, “un poco de sentido del
humor ayuda a seguir adelante”.
Desde que fue elegido papa el 13 de marzo de 2013, el Papa sigue una agenda frenética, que no contempla días de fiesta ni vacaciones navideñas o veraniegas.
La semana de su 80 cumpleaños no ha sido una excepción.
Es más, basta
observar lo que ha hecho en los últimos días para identificar la
directriz de sus tres años de pontificado.
El jueves, por ejemplo, Jorge
Mario Bergoglio visitó el hospital Bambino Gesù, propiedad de la Santa
Sede, y aprovechó su encuentro pastoral con decenas de niños enfermos
para dar un toque de atención de forma muy severa a quienes gestionan
este tipo de instituciones, salpicadas por la corrupción en tiempos muy recientes.
Dijo el Papa: “Miren a los niños: ¿Yo puedo hacer negocios corruptos con
estos niños? ¡No! Yo puedo acabar el día sudado, sucio, cansado, con
ganas de decir una palabra un poco… y mandar a alguien a freír ejotes,
sí, pero sin corrupción.
El cáncer más fuerte de hospitales como estos
es la corrupción: que no viene de un día para otro, se cae lentamente,
hoy una propina aquí, mañana una mordida allá, pasado mañana un enchufe
allá y lentamente, sin darse cuenta, se acaba en la corrupción.
Los
niños no son corruptos.
Y en este mundo en el que se hacen muchos
negocios con la salud, se engaña a mucha gente, con la industria de la
enfermedad, el hospital Bambino Gesù debe saber decir no. Pecadores sí,
lo somos todos, pero corruptos nunca”.
Al día siguiente, viernes, Bergoglio siguió otra de las huellas de su
pontificado.
Bergoglio se reunió con los dos
por separado, luego los sentó juntos frente a él, para que hablaran de
sus puntos en común o de sus diferencias, pero que hablaran al fin y al
cabo.
Hay quien analiza los esfuerzos diplomáticos del Papa en función
de triunfos o derrotas –le salió bien el acercamiento entre EE UU y
Cuba, el laberinto venezolano parece no tener arreglo, la paz de Oriente
Próximo sigue siendo una utopía…--, pero, en la perspectiva de
Francisco, se trata de una vara de medir equivocada.
Lo importante, más
allá de los casos concretos, es inocular en los contendientes la
necesidad del diálogo y, de paso, lanzar un mensaje a la rígida
maquinaria vaticana: para ganar hay que arriesgar, dar pasos en falso,
equivocarse, dudar...
El miércoles, durante su visita al hospital
infantil, una enfermera le preguntó: "¿Por qué sufren los niños?" El
Papa, afligido, respondió: “No tengo respuesta... Tampoco Jesús dio una
respuesta…”.
Es verdad que ese Papa que duda —o que prefiere visitar la isla de
Lampedusa a pasearse por Milán, o que reúne a los alcaldes
contestatarios para que pidan a sus Gobiernos que acojan a más
refugiados— no gusta a los cardenales más retrógrados y sigue
encontrando resistencias en el Vaticano, donde las sorpresas y las horas
extraordinarias son cosas del diablo. Tampoco satisface a quienes
querrían más rapidez a la hora de rescatar a las mujeres del lugar
subalterno que todavía ocupan de la Iglesia o a quienes, del otro lado,
se hacen cruces porque el Papa dedique una tarde a merendar con curas
casados, sus esposas y sus hijos.
Un Papa contradictorio e imprevisible
que, en el día de su cumpleaños, recibió la llamada de felicitación de
Barack Obama mientras desayunaba con ocho vagabundos en la residencia de
Santa Marta.