Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

27 ago 2016

El infierno y los superventas........................................................................ Manuel Rodríguez Rivero

Desde la época de Dickens, editores, libreros y críticos se han preguntado por el secreto que hace que un libro se convierta en 'best seller'.

Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre en la playa de Copacabana, en Río de Janeiro en 1960.
Creo, pero no estoy seguro (vaya, me ha quedado como un incipit de un narrador de Javier Marías), que fue alguno de los primitivos Padres de la Iglesia —quizás Tertuliano u Orígenes— el que escribió que una de las recompensas no menores de los bienaventurados que mueren en gracia de Dios será la de poder contemplar desde el cielo, como desde el panóptico de Jeremy Bentham, los espantosos tormentos de los condenados en el infierno. 
Ya ven: el Shadenfreude —es decir, la alegría maliciosa por las desgracias de otros— elevado a categoría teológica. Gozo con tu dolor, mi alegría es tu daño.
 Es como imaginarse hoy —con el termómetro a punto de reventar— a los extraterrestres (incluidos los habitantes del paraíso) contemplando retozones, y gin-tonic en mano, nuestro sofoco agosteño desde su presumible ámbito fresquito. 
Y conste que el infierno de los antiguos no tenía nada que ver con el aséptico saloncito estilo Segundo Imperio en el que Sartre (Huis-Clos —A puerta cerrada—, 1944) situaba el suyo, y en el que el mayor tormento era la mirada de los otros.
 No, el verdadero infierno es mucho menos minimalista y más sofisticado; me lo imagino más parecido al de Dante —ilustrado por Doré— o, aún peor (y más terrorífico), al que describe largamente, y con tremendo nervio jesuítico, el padre Arnall a Stephen Dedalus y sus compañeros en el inolvidable capítulo segundo del Retrato del artista adolescente (1916), en el que se resumen las horrorosas penas de los condenados con tres terribles aposiciones: “Ilimitada extensión de tormento, increíble intensidad de dolor, incesante variedad de tortura: esto es lo que la divina majestad, tan ultrajada por los pecadores, exige”. 
Por lo demás, y en el caso improbable de que, por evidente descuido o equivocación divinos, a mi muerte yo diera con mis huesos en el infierno, Gehena o Tártaro, la verdad es que, sobre el papel, prefiero el de los existencialistas al de Tertuliano u Orígenes, quien, por cierto, añadía a sus méritos teológicos como Padre de la Iglesia el de haberse emasculado a sí mismo para no sucumbir (como muchos de vosotros, mis improbables lectores, mis cómplices) a la tentación de la carne, y conste que no pretendo dar ideas .

En cuanto a los existencialistas, constato que Ariel —que presenta un interesante programa non-fiction para la rentrée­— publicará dentro de unos días En el café de los existencialistas, de Sara Bakewell (sí: la autora del celebrado Cómo vivir con Montaigne), un ensayo biográfico y cultural acerca de quienes construyeron aquella filosofía que, en sus numerosas variantes, iba a informar el Zeitgeist de posguerra. Bakewell, que sabe cómo comunicar lo que otros harían abstruso, sitúa con eficaz efectismo didáctico el punto de partida del existencialismo “moderno” en París a principios de los años treinta, cuando Montparnasse bullía y en Berlín Hitler estaba llegando al poder. 
 Allí, mientras bebían en el bar Bec-de-Gaz cócteles de albaricoque (el subtítulo inglés del ensayo hace referencia al brebaje: no comprendo por qué no lo han respetado en la edición española), Raymond Aron habló a los “novios” Sartre y Beauvoir de su descubrimiento berlinés de la fenomenología, mientras al futuro autor de El ser y la nada (1943) se le ponían los ojos como platos. Y así fue como todo empezó. 
En el café de los existencialistas trata de filosofía y de las distintas maneras de enfocar su objeto (Heidegger frente a Merleau-Ponty), de los pensadores y de su diferente modo de enfrentarse filosóficamente a la vida, de ética y moral y de un tiempo en el que todo cambió para siempre y París era aún la capital del mundo.

Superventas

. Hubo quien creyó que los ordenadores, cruzando la información que proporcionan los superventas del pasado y del presente, conseguirían hallar la fórmula, pero a lo más que han llegado las máquinas es a trazar una especie de tipología del best seller que hoy más se vende en Estados Unidos, que es el mayor mercado del libro del planeta (en 2014 se vendieron allí 2.700 millones de ejemplares en todos los formatos y soportes). 
Según The Expert Editor, una de tantas webs que se dedican a captar clientela, el perfil del best seller que triunfa en EE UU tiene alrededor de 375 páginas, una protagonista femenina (aunque los lectores los prefieren masculinos), preferentemente abogada o detective; además, el 25% de los best sellers (y el 40% de los que se venden en formato e-book) pertenece al género romance, seguido por thrillers, libros de asunto religioso, fantasía, y otros; también me resulta significativo que, según la citada web, el número de palabras por frase en los best sellers norteamericanos ha descendido en los últimos años, igual que el uso del punto y coma, mientras que ha aumentado el empleo de signos de interrogación. Nada que ver, por tanto, con aquella obra total que pretendía escribir Carlos Argentino Doneri, el primo coñazo de Beatriz Elena Viterbo, en El Aleph borgiano.
 Por aquí las cosas son algo diferentes, aunque buena parte de los libros más vendidos en los últimos años hayan sido traducciones de éxitos estadounidenses.
 En todo caso, entre los potenciales superventas que se anuncian para la rentrée española destaco dos de sendos grupos rivales: Grijalbo (Random House) abrirá fuego el 31 de agosto con Los herederos de la tierra, de Ildefonso Falcones, que regresa a la misma Barcelona del Trecento en que situó La catedral del mar (2006), uno de los más rentables éxitos españoles de la última década (Atresmedia estrenará en 2017 su serie inspirada en la novela).
 Por su parte, Planeta esperará hasta el 4 de octubre para reventar presuntamente la caja registradora con la publicación de La espía, de Paulo ­Coelho, un romance con fundamento biográfico protagonizado por Mata Hari, la célebre bailarina, cortesana y espía. 
Por cierto que, en los paratextos que acompañan al libro, el autor, cuyos agudo olfato y sagaz instinto mercadotécnico son el sueño de cualquier editor de superventas, ha definido a su personaje como “una de nuestras primeras feministas” (¡glup!).

 

Lo especial de Casillas................................................................................ José Sámano


Iker Casillas, con el Oporto. MAURIZIO BRAMBATTI / ATLAS
 
Julen Lopetegui, el gran valedor en su anochecer deportivo en Oporto, le ha concedido a Iker Casillas lo que no le garantizó Vicente del Bosque, su gran mecenas en la cuna del Madrid: “un trato especial”.
 Con o sin charla previa entre portero y seleccionador, los dos técnicos han sido partidarios de dar la titularidad a De Gea.
 Una decisión profesional, irreprochable.
 Como, por lo general, ha sido la actitud de Iker, pese al enfurruñamiento de la Eurocopa.

Con 16 años de trote y 167 partidos en la mochila, es razonable que Casillas, símbolo eterno del fútbol español, renuncie a la suplencia.
 Resulta paradójico que quien ha sido el más titular de todos los titulares ceda su puesto en el banco a quien siempre fue un reservista internacional, Pepe Reina, de vuelta con la Roja a cinco días de cumplir los 34. Lopetegui no quiere más líos.
Como es lógico, Casillas ha preferido decidir él a que decidan ajenos, lo que no debiera suponer una tacha para Lopetegui ni para Del Bosque.
 Ni el vasco le ha concedido una pleitesía al adelantarle cara a cara su puesto a la sombra, ni la intención del salmantino fue ningunear sus galones al anticipar a De Gea en la última Eurocopa sin habérselo verbalizado .

Por su desencuentro con Del Bosque se supo que a Iker le molestó que el entrenador no le advirtiera de su papel en Francia.
 Nada excepcional, ya ocurrió en 2008 con Luis Aragonés, cuando Raúl, otro mito, lamentó no haber recibido las explicaciones que creía pertinentes.
 Aragonés y Del Bosque consideraron que sin agravios el grupo salía fortalecido, que los iconos ya tienen plaza en la inmortalidad, se jubilen como se jubilen. Lopetegui, un técnico cualificado en categorías inferiores que nunca ha dirigido un partido de Liga en la Primera española, ha actuado de forma radicalmente contraria a sus dos predecesores en la Roja.
 Con muchas menos horas de vuelo en los banquillos, hasta ahora solo se las había visto con chicos del Castilla, la Sub 19 y la Sub 21, salvo su paso por el Rayo durante diez jornadas en Segunda y su temporada y media en el Oporto. Prendida en Francia la hoguera con Casillas, el nuevo seleccionador se ha apresurado a evitar que caiga otra cerilla y ha tenido un gesto con él.
 Es ese detalle lo que resulta subrayable, no el hecho, bizarro para algunos, de desconvocar a Iker. No se olvide que quien le sentó fue Del Bosque.
 Por mucha hoja de servicios nadie tiene el elixir de la eternidad con botas.
 Esa cita portuguesa con el meta es la primera gran revelación de los nuevos tiempos de la Roja.
 Para bien o para mal, ahora sí hay jugadores especiales. Lopetegui tendrá que fijar el listón para las deferencias. Los futbolistas toman nota de todo.
En su etapa de guardameta, a Lopetegui le bastaron los únicos 26 minutos de su carrera internacional para ir con Javier Clemente al Mundial 94, donde no debutó.
 Quizá por ello haya interiorizado que si con menos es imposible llegar a más, con los tronos de su colega Casillas no se podía permitir una caída libre.
 Lopetegui no ha hecho más concesión que comunicarle su segundo plano.
 O, lo que es lo mismo, su retiro internacional, sabedor el vasco de que el capitán no aceptaría otro claustro.
A Iker le queda un último gran partido, recibir los honores vitalicios de la afición.
 Mal que le pese a cierto sector que se guía por dedos ajenos, caducan los futbolistas, no los ídolos.
 Contra eso no hay Aragonés, Del Bosque o Lopetegui que valga.
 Como no hay Raúl o Casillas que puedan desmitificar a Luis y Vicente.
 Por suerte para el fútbol español, son muchos los que, con tal o cual trato final, han sido muy especiales.

26 ago 2016

Años 80....................................................................... Álvaro P. Ruiz de Elvira

En las series aquella década parece estar de moda y no es solo una cuestión de nostalgia.

Mackenzie Davis, en el capítulo ambientado en los 80 de la próxima temporada de 'Black Mirror'.

 

"No había nada más grande en los 80 que la nostalgia por los años 50". 
La sabiduría de BoJack Horseman funciona también hoy en día: parece que no hay nada más grande en esta década que la nostalgia por los años 80.
 Este verano, Stranger Things ha vuelto a desatar, por enésima vez, la locura melancólica. La ficción de los hermanos Duffer, que ni siquiera habían nacido en el año en que está ambientada su historia, es una buena serie disfrazada de ejercicio de nostalgia o todo lo contrario.
 Lo mismo da, funciona en ambos sentidos. 
 Y de nuevo se ha vuelto a desencadenar la euforia por aquellas películas de los años 80 de los Spielberg, Donner, Reiner y Carpenter que poblaron los sueños de los que nos criamos en aquella década.
Los 80 en las series parecen estar de moda y no es solo una cuestión de nostalgia.
 Aunque Stranger Things juegue tanto con ella, la serie funciona también con los que no vivieron ni disfrutaron aquellos años. 
Como siempre, lo primero es una buena historia.
 Y esa buena historia puede estar ambientada en la Historia.
 Antes de que nos demos cuenta las series y películas ambientadas en las últimas décadas del siglo XX las etiquetaremos como de época.

Y es que ha pasado el tiempo suficiente para ver las cosas con la perspectiva adecuada como para retratar en series de calidad una década fundamental en tantas cosas: los avances informáticos (Halt and Catch Fire), el equilibro geopolítico (The Americans), los conflictos raciales y sociales de las ciudades (Show me a Hero), el desarrollo de la España posfranquista (Cuéntame) y aquel cine de aventuras más preocupado en la historia (E.T., Cuenta conmigo, Los Goonies, La cosa…) que en el bolsillo, que también, pero no tan descarado como ahora. 
La próxima entrega de Black Mirror tendrá un capítulo ambientado en los 80. Wet Hot American Summer ha recordado lo hortera que se podía ser.
 Y en El Ministerio del Tiempo hemos visto detalles del  Madrid de la movida.
La nostalgia tan solo es un extra en series que ahora  hacen los creadores, guionistas y directores que nacieron una década antes o durante aquellos años (como la familia de Los Goldbergs).
 Un aderezo, exquisito en ocasiones, para los que no nos molesta añorar.

Por qué el príncipe Guillermo se agacha siempre que habla con su hijo................................ Verónica Palomo

Es un método de crianza, se llama 'escucha activa' y va de comprender los berrinches de los críos.

A la prensa inglesa, siempre tan atenta a los movimientos de su casa real, raramente se le escapa algún detalle.
 Lo último que les ha llamado la atención es por qué Guillermo de Inglaterra está en cuclillas en la gran mayoría de las fotos en las que aparece hablando con su hijo, el príncipe Jorge. 
En esta posición le hemos visto en el bautizo de su hija pequeña, Carlota; en un partido benéfico de polo e incluso junto al presidente Obama, durante su visita al palacio de Kensington.
 En un vídeo que se ha vuelto viral en las redes sociales, se ve cómo su abuela, la reina Isabell II, le da incluso un toque de atención por saltarse el protocolo durante el desfile aéreo de las Fuerzas Armadas (RAF), que se celebró con motivo del 90 cumpleaños de la monarca el pasado mes de junio: "Stand up William"(ponte de pie, Guillermo), le dijo con cara de pocos amigos.
 Guillermo lo estaba haciendo de nuevo: se había puesto a la altura del pequeño y, mirándole a los ojos, respondía a todas sus cuestiones sobre las acrobacias de los aviones, tomándose su tiempo y sin importarle que el resto de la familia ya se encontrara en pie.
 Él no quería dirigirse a su hijo desde una posición superior. No es nada nuevo: se trata de un método de crianza denominado Escucha Activa, una forma respetuosa de tratar a los niños que busca que se sientan realmente escuchados.
 La pedagoga Leticia Garcés Larrea lo define como “una forma de comunicación entre los miembros de la familia que va a permitir desarrollar la empatía, a la vez que proteger los vínculos afectivos”.

Concéntrese y mire a los ojos de su hijo

La primera vez que se hizo alusión al concepto de "escucha activa" fue en 1957 por los psicólogos estadounidenses Carl Rogers y Richard E. Farson y, más adelante, el también psicólogo Thomas Gordon escribió el manual para aplicarla: Técnicas Eficaces para Padres (MEDICI).
 Para la psicóloga y psicoterapeuta Isabel Fuster, más que una técnica es una postura ante la vida, una forma de escuchar a las personas, de ponernos en su lugar:
 “Entre adultos, esta comunicación parece más sencilla (aunque no siempre somos tan empáticos como debiéramos), pero al tratar con niños nos encontramos con la dificultad de que el pequeño no entiende el mundo de los mayores, cuyo principal medio de comunicación es el discurso hablado.
 Hasta aproximadamente los 12 años, se encuentra en un mundo sensorial y perceptivo diferente del nuestro”
El duque de Cambridge y el presidente estadounidense, Barack Obama, agachados para hablar con el príncipe Jorge.
La prueba más evidente de que estamos escuchándole es el contacto visual.
 Para ello, es necesario colocarse a la altura de sus ojos porque el niño se sentirá más cercano a sus padres, además de ayudarle a empatizar con ellos y transmitirle calma y serenidad.
 Los que los expertos destacan es el aspecto emocional de esta comunicación: escuchar es saber qué siente el niño, no solo qué dice. 

"No quiero ir al cole porque no sé hacer los ejercicios"

Garcés cuenta cómo los padres, “muchas veces, más que educar, pretenden obtener una obediencia inmediata y conveniente: 'no hagas ruido porque me molestas' o 'no te muevas que me pones nerviosa'.
 Esta necesidad hace que no lleguemos a analizar qué es lo que realmente le sucede a nuestro hijo para encontrar el trasfondo de su rabieta. ¿Por qué no quiere ir al cole? ¿Por qué patalea y llora al irse de la fiesta de cumpleaños? 
Si practicamos la escucha activa, quizá descubramos que el niño tiene miedo de enfrentarse a un examen para el que no ha estudiado lo suficiente o que no podía explicar con palabras que no quería irse de la fiesta sin despedirse de su mejor amigo".
“Detrás de su mal comportamiento se esconde una emoción y un niño necesita que los padres puedan identificarla. 
Si un niño está rompiendo cosas, pegando o insultando, le está pasando algo: está buscando una solución a través de su acción. Si le amenazamos o castigamos antes de comprenderle, quizá haga lo que queremos, pero de una manera manipulada con la que aprenderá a tener miedo en lugar de descubrir qué le ocurre y cómo solucionarlo.
 Un niño de 4 o ­5 años no comprenden aún las leyes de la responsabilidad ni tienen un pensamiento reflexivo, por lo que volverá a repetir sus comportamientos”, reflexiona la psicóloga Isabel Fuster. 

Su mal comportamiento con usted no es algo personal

El psicólogo norteamericano experto en adolescentes y autor del libro 10 days to a less Defiant Child (10 días para un niño menos desafiante), Jeffrey Bernstein, explica en su blog de la revista especializada Psychology Today que los padres no deben tomarse nada de forma personal, sobre todo de los adolescentes o preadolescentes.
 Para el especialista, los adultos tendemos a contestarles y enfrentarnos verbalmente a ellos como si nos estuviéramos justificando, sin darnos cuenta de que el joven está luchando contra sus propios problemas, que no son nuestros. 
Uno de los ejemplos con los que ilustra su argumento es el siguiente: un padre de un hijo problemático de 12 años se pasaba los días preguntándole infructuosamente qué le pasaba, por qué tenía ese comportamiento; así, hasta que decidió cambiar el discurso: 
"Por favor, hijo, necesito entender el motivo por el que te encuentras siempre tan enfadado". 
Este pequeño cambio dejó las puertas abiertas a que su hijo reflexionara sobre ello.
 Poco después, cuenta Bernstein, comenzó a abrirse y compartir sus pensamientos.
 “Una educación condicionante que modifica conductas generando temor al castigo, las amenazas, los gritos o las comparaciones entre hermanos ('mira qué grande está tu hermano, porque se lo ha comido todo y tú no…') no generará hábitos que permitan desarrollar una voluntad con la que el niño aprenda a marcarse sus propios límites”, afirma Gardés.
 Ir a la cama pronto o lavarse los dientes pueden ser reglas que le hagan enfadarse y que sencillamente se niegue a cumplir. Pero las frases amenazantes como “si no te lavas los dientes se te van a caer”, van a grabar en su cerebro el estado alterado de los padres y, en ningún caso, la necesidad de una correcta higiene.
 Fuster insiste en lo importante que es no ceder ante el castigo, por mucho que su vida no sea tan desenfadada como la del príncipe y los nervios afloren con más naturalidad. 
“Si al hijo le cuesta mucho lavarse los dientes, mejor es cogerle en brazos y decirle con una sonrisa: 'comprendo que te cueste, pero hay que hacerlo, cariño”, dice.

Esto no es jauja

“La escucha activa no está reñida con poner límites al niño.
 A sus practicantes a veces les cuesta, pero es necesario que este se frustre, o se convertirá en un tirano" (Isabel Fuster, psicóloga)
No hay que confundir esta técnica con un modelo sin límites que convierta al niño en un tirano egocéntrico.
 Pero, ¿es compatible la escucha activa con la disciplina? ¿Qué ocurre si los padres confunden este tipo de comunicación respetuosa y asertiva con la permisividad más absoluta, con darles todo lo que quieran? Isabel Fuster lo tiene claro: 
 "El amor no es sinónimo de flaqueza, ni establecer límites es sinónimo de dureza.
 Hay que ponerlos, aunque a veces nos cueste. 
Cada casa debe tener unos valores y los padres deben hacerlos cumplir desde el amor.
 Evidentemente, el niño se enfadará ante las negativas o las obligaciones, pero es normal, tiene que frustrarse, si no tuviera frustraciones sería un tirano”, recomienda Fuster.
 Garcés coincide: “Precisamente, para una familia muy permisiva, es más complicado practicar la escucha activa. 
Los límites son necesarios, la cuestión es cómo los ponemos: están para ayudarnos, no para que resulten una imposición”.