Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

27 ago 2016

Así en la sintaxis como en la cama.........................................................................Marta Fernández


Aubrey Beardsley, Cinesias Entreating Myrrhina to Coition, en Lysistrata, 1896.
Cinesias Entreating Myrrhina to Coition, de Aubrey Beardsley, (DP)

Ese acto íntimo. El de desnudarse. El de la entrega. El acto de mostrar lo hermoso y lo feo.
 De sacar al seductor o al monstruo.
 O a los dos.
 Ese momento de dejarse llevar. Y de tener miedo. De dar. De adentrarse en lo profundo.
 De abrirse. Ese acto de derramarse poco a poco. Midiéndolo. Buscando su ritmo. Su momento. Su consagración. El placer. O el dolor de no alcanzarlo.
 Ese campo de batalla en el que luchar hasta quedarse vacío.
 Para llenar los ojos del que te mira. Ese subir y ese bajar como de montaña rusa.
 Ese lanzarse hacia la meta. Y saber que la meta no es la meta. 
Que lo importante es lo otro. 
Y el otro. Hacerlo. Y seguir. Y parar. Y volver.
 Esa vibración de hechizo cuando todo cuadra. 
Cuando las piezas encajan. Cuando al avanzar sientes que estás en el camino.
 Y volver tras tus pasos hacia el principio del hilo. Y dejarse caer hacía el final. Sin red. 
Sin pensar en el impacto. Con el corazón abierto. Descarnando el alma.
Ese acto que tanto se parece al otro.
 El acto de escribir. De entregarse a las palabras como el que se abandona en un cuerpo ajeno. De cabalgar para poseer.
 De dejarse ir para volver a uno mismo. Ese acontecimiento entre la generosidad y el exhibicionismo. 
Sacarlo todo o esconderlo. Escribir y follar. Follar y escribir.
 Como si fueran lo mismo. Porque lo son. Porque somos en la vida como somos en el sexo.
 Porque nuestra identidad palpita en nuestras letras.
 Porque la página en blanco y las sábanas por revolver hablan siempre de nosotros: de cómo somos cuando de verdad surgimos, telúricos y esenciales, de nuestro epicentro.
«Escribir un poema se parece a un orgasmo».
 Lo dijo Ángel González que comprendió que la tinta mancha tanto como el semen
. Que hay que manosear las palabras como quien acaricia la carne.
 Que la iluminación de las supuestas musas es solo una versión de la epifanía de los cuerpos.
 González lo contaba sencillo y resignado, con unos versos que eran como una noche de sexo sin erecciones: secos y desabridos, entre la parodia y la vergüenza
. «Les hago lo de siempre y, pese a todo, ved: no pasa nada». Pero sí pasaba.
 El poeta había comprendido que buscar el placer era como buscar la sílaba perfecta. 

¿Sabes lo que quiero decir, amada Nora?
 Deseo que me abofetees, incluso que me azotes. 
No como un juego, querida, lo deseo de verdad sobre mi carne desnuda.
 Deseo que seas férrea, férrea, amor, con tus orgullosos pechos rebosantes y tus muslos macizos. 
Desearía que me fustigaras, Nora, amor. Y amaría hacer algo que te disgustara, aunque fuera trivial, quizá uno de esas sucias costumbres mías que te hacen reír: y después escuchar que me llamas desde tu habitación y encontrarte sentada en un sillón con tus piernas bien abiertas, tu rostro ruborizado por la ira y una vara en la mano.
 Y me señalarías lo que he hecho y con un movimiento cargado de rabia me llevarías hacia ti para hundir mi cara en tu regazo.
 Entonces sentiría tus manos rasgándome los pantalones y colándose en mi ropa, sacándome la camisa, hasta forcejear entre tus brazos fuertes y ya sobre tus piernas ver que te inclinas sobre mí —como si fueras una nodriza furiosa ante el culo de un niño— y tus grandísimas tetas casi me tocan mientras siento tu azote, tu azote, tu azote vicioso en mi carne desnuda y trémula. 
Perdóname, mi amor, todo esto es estúpido. 
Empiezo a escribir la carta tranquilamente y la acabo terminando en mi estilo más loco.
Joyce era consciente de lo que le pasaba a su prosa cuando la pasión le arrastraba. 
Lo mismo que le sucedía cuando su cuerpo se rendía al de Nora. Nora amada. Noretta.
 Mi Nora. Nora mía. Mi niña querida. Sucia Nora. Nora inocente y descarada dejándose escribir.
 Y el hombre del parche, coprófilo y perverso glosando sus deleites clandestinos. 
Basta con leer sus escarceos amatorios para comprender que su sexo era como su prosa: un laberinto plagado de juegos, escandaloso y oscuro, entre el onanismo, la dominación y la fusta. 
Una corriente de fantasías donde no caben los puntos ni las comas, donde no hay prudencia que se traduzca en pausa. 
Un lugar, el del sexo, donde Joyce no busca que le entiendan.
 Sólo quiere ser él pese a todo. Pese a todos. Junto a Nora.
El verbo se hace carne y la carne orgasmo en esos autores que no pueden evitar crear como aman. Así es Jack Kerouac, fornicador insaciable que teclea sin descanso su novela en un rollo. Lujurioso y adicto, escribe sin arrepentimientos, sin pausas, en una continua acometida, de frase en frase y de cuerpo en cuerpo.
James Joyce intentaría demostrar que el camino se puede hacer en sentido inverso
. Que las letras pueden acariciar hasta estallar sobre la piel. Allí estaba el escritor hermético desnudando sus frases para excitar a su «dulce putita Nora». Nunca Joyce fue tan explícito como cuando jugó a que su literatura se convirtiera en lubricante. «Te habrán impresionado las cosas sucias que te escribo». Aunque a Nora Barnacle no parecía asustarle nada.
«Acaso sea esto la libertad y el dominio —que durante largos y penosos años de trabajo enceguecido me fueron negados. 
Demasiado conmovido ahora para explicar a qué me refiero.
 Tiene que ver con todo lo que está en mi naturaleza y, en consecuencia, con mi trabajo». 
Es noviembre de 1947. Kerouac acaba de volver de California y sigue buscando frenético su identidad, esta vez en las páginas de sus diarios. Ha llegado a la conclusión de que vivir es explorar.
 Y explorar es un verbo que lo lleva todo, desde los diccionarios hasta las terminaciones nerviosas de decenas de amantes
. Kerouac vive en la yema de sus dedos: sobre el teclado, sobre el tacto de los otros.
Esta noche voy a escribir a lo grande y amar a lo grande y a estrangular esta locura. 
Estoy atrapando estos malditos cambios de propósito en carne viva, con las manos y arrojándolos a los vientos, así de fácil.
 Desafío todo lo que se atreva a mirarme a los ojos de esa manera, lo desafío en defensa de mi ser: acaso por el gusto de la variedad.
Por el gusto de la variedad va Jack Kerouac de cama en cama.
 Girando como esa peonza enloquecida que recorrió todos los bares del Village, todos los pecados.
 Con la rotación perpetua del rodillo de su Underwood. Decía que a veces no podía trabajar porque le llenaba una corriente narrativa demasiado espesa para fluir.
 Esa misma corriente de vida lasciva y densa que le hacía precipitarse en otros cuerpos, en otras copas, en la cadena de un cigarro que se apaga encendiendo el siguiente, en las puertas abiertas de los paraísos artificiales.
 «Con todas las almas que quedan por explorar a lo largo de la vida y ojalá pudieras vivir cien vidas ¡o tener la energía de cien vidas en ti! Desde siempre ésta ha sido una de mis ideas favoritas». 
Tener cien vidas y gastarlas.
 Derramando tinta o saliva o sudor o semen. Darlo todo y acabar pronto. Acabar también la vida antes de cumplir cincuenta años.

Mientras todo se derrite........................................................... Boris Izaguirre


La española Carolina Marín ante la india Sindhu Pusarla en la final de bádminton de los Juegos Olímpicos Río 2016. EFE

El infierno y los superventas........................................................................ Manuel Rodríguez Rivero

Desde la época de Dickens, editores, libreros y críticos se han preguntado por el secreto que hace que un libro se convierta en 'best seller'.

Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre en la playa de Copacabana, en Río de Janeiro en 1960.
Creo, pero no estoy seguro (vaya, me ha quedado como un incipit de un narrador de Javier Marías), que fue alguno de los primitivos Padres de la Iglesia —quizás Tertuliano u Orígenes— el que escribió que una de las recompensas no menores de los bienaventurados que mueren en gracia de Dios será la de poder contemplar desde el cielo, como desde el panóptico de Jeremy Bentham, los espantosos tormentos de los condenados en el infierno. 
Ya ven: el Shadenfreude —es decir, la alegría maliciosa por las desgracias de otros— elevado a categoría teológica. Gozo con tu dolor, mi alegría es tu daño.
 Es como imaginarse hoy —con el termómetro a punto de reventar— a los extraterrestres (incluidos los habitantes del paraíso) contemplando retozones, y gin-tonic en mano, nuestro sofoco agosteño desde su presumible ámbito fresquito. 
Y conste que el infierno de los antiguos no tenía nada que ver con el aséptico saloncito estilo Segundo Imperio en el que Sartre (Huis-Clos —A puerta cerrada—, 1944) situaba el suyo, y en el que el mayor tormento era la mirada de los otros.
 No, el verdadero infierno es mucho menos minimalista y más sofisticado; me lo imagino más parecido al de Dante —ilustrado por Doré— o, aún peor (y más terrorífico), al que describe largamente, y con tremendo nervio jesuítico, el padre Arnall a Stephen Dedalus y sus compañeros en el inolvidable capítulo segundo del Retrato del artista adolescente (1916), en el que se resumen las horrorosas penas de los condenados con tres terribles aposiciones: “Ilimitada extensión de tormento, increíble intensidad de dolor, incesante variedad de tortura: esto es lo que la divina majestad, tan ultrajada por los pecadores, exige”. 
Por lo demás, y en el caso improbable de que, por evidente descuido o equivocación divinos, a mi muerte yo diera con mis huesos en el infierno, Gehena o Tártaro, la verdad es que, sobre el papel, prefiero el de los existencialistas al de Tertuliano u Orígenes, quien, por cierto, añadía a sus méritos teológicos como Padre de la Iglesia el de haberse emasculado a sí mismo para no sucumbir (como muchos de vosotros, mis improbables lectores, mis cómplices) a la tentación de la carne, y conste que no pretendo dar ideas .

En cuanto a los existencialistas, constato que Ariel —que presenta un interesante programa non-fiction para la rentrée­— publicará dentro de unos días En el café de los existencialistas, de Sara Bakewell (sí: la autora del celebrado Cómo vivir con Montaigne), un ensayo biográfico y cultural acerca de quienes construyeron aquella filosofía que, en sus numerosas variantes, iba a informar el Zeitgeist de posguerra. Bakewell, que sabe cómo comunicar lo que otros harían abstruso, sitúa con eficaz efectismo didáctico el punto de partida del existencialismo “moderno” en París a principios de los años treinta, cuando Montparnasse bullía y en Berlín Hitler estaba llegando al poder. 
 Allí, mientras bebían en el bar Bec-de-Gaz cócteles de albaricoque (el subtítulo inglés del ensayo hace referencia al brebaje: no comprendo por qué no lo han respetado en la edición española), Raymond Aron habló a los “novios” Sartre y Beauvoir de su descubrimiento berlinés de la fenomenología, mientras al futuro autor de El ser y la nada (1943) se le ponían los ojos como platos. Y así fue como todo empezó. 
En el café de los existencialistas trata de filosofía y de las distintas maneras de enfocar su objeto (Heidegger frente a Merleau-Ponty), de los pensadores y de su diferente modo de enfrentarse filosóficamente a la vida, de ética y moral y de un tiempo en el que todo cambió para siempre y París era aún la capital del mundo.

Superventas

. Hubo quien creyó que los ordenadores, cruzando la información que proporcionan los superventas del pasado y del presente, conseguirían hallar la fórmula, pero a lo más que han llegado las máquinas es a trazar una especie de tipología del best seller que hoy más se vende en Estados Unidos, que es el mayor mercado del libro del planeta (en 2014 se vendieron allí 2.700 millones de ejemplares en todos los formatos y soportes). 
Según The Expert Editor, una de tantas webs que se dedican a captar clientela, el perfil del best seller que triunfa en EE UU tiene alrededor de 375 páginas, una protagonista femenina (aunque los lectores los prefieren masculinos), preferentemente abogada o detective; además, el 25% de los best sellers (y el 40% de los que se venden en formato e-book) pertenece al género romance, seguido por thrillers, libros de asunto religioso, fantasía, y otros; también me resulta significativo que, según la citada web, el número de palabras por frase en los best sellers norteamericanos ha descendido en los últimos años, igual que el uso del punto y coma, mientras que ha aumentado el empleo de signos de interrogación. Nada que ver, por tanto, con aquella obra total que pretendía escribir Carlos Argentino Doneri, el primo coñazo de Beatriz Elena Viterbo, en El Aleph borgiano.
 Por aquí las cosas son algo diferentes, aunque buena parte de los libros más vendidos en los últimos años hayan sido traducciones de éxitos estadounidenses.
 En todo caso, entre los potenciales superventas que se anuncian para la rentrée española destaco dos de sendos grupos rivales: Grijalbo (Random House) abrirá fuego el 31 de agosto con Los herederos de la tierra, de Ildefonso Falcones, que regresa a la misma Barcelona del Trecento en que situó La catedral del mar (2006), uno de los más rentables éxitos españoles de la última década (Atresmedia estrenará en 2017 su serie inspirada en la novela).
 Por su parte, Planeta esperará hasta el 4 de octubre para reventar presuntamente la caja registradora con la publicación de La espía, de Paulo ­Coelho, un romance con fundamento biográfico protagonizado por Mata Hari, la célebre bailarina, cortesana y espía. 
Por cierto que, en los paratextos que acompañan al libro, el autor, cuyos agudo olfato y sagaz instinto mercadotécnico son el sueño de cualquier editor de superventas, ha definido a su personaje como “una de nuestras primeras feministas” (¡glup!).

 

Lo especial de Casillas................................................................................ José Sámano


Iker Casillas, con el Oporto. MAURIZIO BRAMBATTI / ATLAS
 
Julen Lopetegui, el gran valedor en su anochecer deportivo en Oporto, le ha concedido a Iker Casillas lo que no le garantizó Vicente del Bosque, su gran mecenas en la cuna del Madrid: “un trato especial”.
 Con o sin charla previa entre portero y seleccionador, los dos técnicos han sido partidarios de dar la titularidad a De Gea.
 Una decisión profesional, irreprochable.
 Como, por lo general, ha sido la actitud de Iker, pese al enfurruñamiento de la Eurocopa.

Con 16 años de trote y 167 partidos en la mochila, es razonable que Casillas, símbolo eterno del fútbol español, renuncie a la suplencia.
 Resulta paradójico que quien ha sido el más titular de todos los titulares ceda su puesto en el banco a quien siempre fue un reservista internacional, Pepe Reina, de vuelta con la Roja a cinco días de cumplir los 34. Lopetegui no quiere más líos.
Como es lógico, Casillas ha preferido decidir él a que decidan ajenos, lo que no debiera suponer una tacha para Lopetegui ni para Del Bosque.
 Ni el vasco le ha concedido una pleitesía al adelantarle cara a cara su puesto a la sombra, ni la intención del salmantino fue ningunear sus galones al anticipar a De Gea en la última Eurocopa sin habérselo verbalizado .

Por su desencuentro con Del Bosque se supo que a Iker le molestó que el entrenador no le advirtiera de su papel en Francia.
 Nada excepcional, ya ocurrió en 2008 con Luis Aragonés, cuando Raúl, otro mito, lamentó no haber recibido las explicaciones que creía pertinentes.
 Aragonés y Del Bosque consideraron que sin agravios el grupo salía fortalecido, que los iconos ya tienen plaza en la inmortalidad, se jubilen como se jubilen. Lopetegui, un técnico cualificado en categorías inferiores que nunca ha dirigido un partido de Liga en la Primera española, ha actuado de forma radicalmente contraria a sus dos predecesores en la Roja.
 Con muchas menos horas de vuelo en los banquillos, hasta ahora solo se las había visto con chicos del Castilla, la Sub 19 y la Sub 21, salvo su paso por el Rayo durante diez jornadas en Segunda y su temporada y media en el Oporto. Prendida en Francia la hoguera con Casillas, el nuevo seleccionador se ha apresurado a evitar que caiga otra cerilla y ha tenido un gesto con él.
 Es ese detalle lo que resulta subrayable, no el hecho, bizarro para algunos, de desconvocar a Iker. No se olvide que quien le sentó fue Del Bosque.
 Por mucha hoja de servicios nadie tiene el elixir de la eternidad con botas.
 Esa cita portuguesa con el meta es la primera gran revelación de los nuevos tiempos de la Roja.
 Para bien o para mal, ahora sí hay jugadores especiales. Lopetegui tendrá que fijar el listón para las deferencias. Los futbolistas toman nota de todo.
En su etapa de guardameta, a Lopetegui le bastaron los únicos 26 minutos de su carrera internacional para ir con Javier Clemente al Mundial 94, donde no debutó.
 Quizá por ello haya interiorizado que si con menos es imposible llegar a más, con los tronos de su colega Casillas no se podía permitir una caída libre.
 Lopetegui no ha hecho más concesión que comunicarle su segundo plano.
 O, lo que es lo mismo, su retiro internacional, sabedor el vasco de que el capitán no aceptaría otro claustro.
A Iker le queda un último gran partido, recibir los honores vitalicios de la afición.
 Mal que le pese a cierto sector que se guía por dedos ajenos, caducan los futbolistas, no los ídolos.
 Contra eso no hay Aragonés, Del Bosque o Lopetegui que valga.
 Como no hay Raúl o Casillas que puedan desmitificar a Luis y Vicente.
 Por suerte para el fútbol español, son muchos los que, con tal o cual trato final, han sido muy especiales.