- El desamor comparte circuitos y sustancias químicas con el amor.
- Lo que activa uno, activa el otro.
- La dopamina llega a las regiones cerebrales donde se genera la motivación para alcanzar la recompensa.
- Si se hace esperar, los productores de dopamina prolongan su actividad, los niveles aumentan y la motivación cobra mayor fuerza: se incrementa aún más la dopamina reforzando así el anhelo.
- El deseo de recompensa se evalúa en los centros del razonamiento –la corteza prefrontal–, pero al haber un desorden de serotonina y dopamina se incrementa la obsesión, la necesidad de comprobación y la aparición de múltiples interpretaciones erróneas de la realidad.
- Solo la recompensa frenaría este proceso de ansiedad dolorosa y destructiva que supone el rechazo.
- Si el teléfono sigue sin sonar, si los whatsapps siguen sin ser de la persona amada, se enviarán señales a la amígdala y se desencadenará la ira.
- Como toda conducta instintiva, el fracaso con frecuencia conduce a sentimientos de odio y desesperación.
- Del amor al odio hay un paso y, además, comparten camino.
14 ago 2016
A un paso del odio
De amor, que hablen los poetas............................................................Lola Morón
Durante la fase de enamoramiento, el cerebro nos lleva al placer y la
relajación, pero también a la desconexión de la región que nos hace
pensar, valorar y ver los pros
y contras de la persona amada. Pasar a otra etapa es casi cuestión de
supervivencia.
EL AMOR romántico es un fenómeno universal, de siglos de tradición, el sentimiento humano sobre el que más se ha pensado y escrito.
Por ningún otro se ha sufrido ni disfrutado con tanta intensidad.
De ningún otro podemos ser siempre –y todos– víctimas y verdugos.
Y sin embargo la neurociencia del amor apenas tiene 30 años. Enamoramiento y amor no son lo mismo.
El amor es duradero, maduro, acepta errores.
El enamoramiento es transitorio y no es que no acepte equivocaciones, simplemente no las ve.
Cuando nos enamoramos, en realidad no vislumbramos al otro en su totalidad: la persona observada funciona como una pantalla donde proyectamos aspectos idealizados de nosotros mismos.
Es habitual encontrar referencias que consideran esta situación como “trastorno”, “enfermedad” o “locura”.
El propio Ortega y Gasset hablaba de un estado de “idiocia transitoria”.
Y sin embargo no debemos referirnos en absoluto a lo que sucede en el cerebro de la persona enamorada como anómalo o disfuncional.
Podemos considerarlo una oportunidad para comprender a quienes sí sufren enfermedades, esos mismos síntomas, pero sin estar enamorados.
Sufrir, disfrutar y sentir así estando enamorado es normal.
Las reacciones fisiológicas que se ponen en marcha son numerosas. La visualización de la persona enamorada –ya sea directa o a través de la memoria– conecta el sistema de recompensa, que es la base cerebral del enamoramiento.
Y hace que toda nuestra actividad mental se centre en conseguir el objetivo: al activarse este mecanismo se hacen las mal llamadas “locuras” por amor, como cruzar un continente para poder ver al amante durante un instante.
Simplificando cómo actúa esta área en lo referente al amor, podríamos decir que toma dos vías: una estimulante –que concentra nuestra atención y nuestros sentimientos en esta persona produciendo por un lado sensación de intenso placer y a la vez de relajación–, y otra inhibitoria, descartando todas las características negativas, impidiendo apreciar los errores e incapacitando al observador para emitir juicios sobre la persona de la que está embelesado. La corteza prefrontal es la más racional del cerebro, la que nos hace pensar, razonar, valorar pros, contras y alternativas, hacer, al fin y al cabo, juicios.
Si observar o pensar en la persona amada hace que esta región cerebral se apague, es comprensible que exista tendencia a obviar sus fallos.
No concebimos que nuestro amado pueda tener malas intenciones ni observamos en él defectos.
Perdemos, efectivamente, el juicio porque el sistema de recompensa está inhibiendo, apagando, el centro encargado del razonamiento.
Y todo a causa de las sustancias químicas que operan en estas estructuras cerebrales, fundamentalmente la dopamina, la noradrenalina y la serotonina.
Al visualizar a la person amada, se estimula el sistema límbico y se produce una liberación ingente de dopamina, la sustancia del amor, del placer, del disfrute… y de la adicción.
Se asocia con la motivación y las conductas orientadas a alcanzar un fin, por lo que buscamos las cosas que tenemos en común, pudiendo hacer que cambiemos hábitos como nuestra manera de vestir o nuestros gustos musicales con el fin de agradar.
Si surgen obstáculos para la relación, los sentimientos se intensifican: es el efecto Romeo y Julieta, porque al percibir la adversidad aumenta aún más la producción de dopamina en el cerebro.
La noradrenalina también se incrementa y ayuda –entre otras cosas– a focalizar la atención.
Favorece el aprendizaje de estímulos novedosos: miramos a la persona como algo nuevo e inigualable.
Al estar intensamente activado el hipocampo –centro de la memoria–, recordaremos detalles minúsculos del ser amado y del tiempo que hemos pasado juntos.
La disminución de la serotonina conlleva una tendencia al pensamiento obsesivo.
No podemos dejar de pensar en él o ella, analizamos todo lo que hace, lo que dice, lo que piensa.
Tendemos a una excesiva observación y posesión.
El exceso de atención en la respuesta del otro produce una sensación de enlentecimiento del paso del tiempo: nunca una respuesta parece que tarda tanto tiempo en llegar como cuando es muy esperada. Cualquier pequeña muestra de desatención puede desencadenar una cascada de inseguridades y temor a la pérdida, con el consiguiente refuerzo adictivo.
El enamoramiento produce un estado de excitación cerebral tan intenso que impide desarrollar cualquier otra actividad, por eso se ha de terminar.
No se podría vivir en un estado de enamoramiento constante, el cuerpo no lo soportaría y nuestra responsabilidad social tampoco. Por eso necesitamos el amor.
Tras la fase de enamoramiento se ponen en marcha otros mecanismos, se activan otras zonas regidas por otras sustancias cuya finalidad se acerca más a la compañía y el cuidado a largo plazo, más a la crianza que a la reproducción.
Esta aproximación reduccionista de lo que sucede en nuestro cerebro cuando estamos enamorados necesita de un acompañamiento sociológico y estético.
La neurociencia no sirve para explicar el amor, de modo que mejor dejemos que sigan encargándose los poetas.
EL AMOR romántico es un fenómeno universal, de siglos de tradición, el sentimiento humano sobre el que más se ha pensado y escrito.
Por ningún otro se ha sufrido ni disfrutado con tanta intensidad.
De ningún otro podemos ser siempre –y todos– víctimas y verdugos.
Y sin embargo la neurociencia del amor apenas tiene 30 años. Enamoramiento y amor no son lo mismo.
El amor es duradero, maduro, acepta errores.
El enamoramiento es transitorio y no es que no acepte equivocaciones, simplemente no las ve.
Cuando nos enamoramos, en realidad no vislumbramos al otro en su totalidad: la persona observada funciona como una pantalla donde proyectamos aspectos idealizados de nosotros mismos.
Es habitual encontrar referencias que consideran esta situación como “trastorno”, “enfermedad” o “locura”.
El propio Ortega y Gasset hablaba de un estado de “idiocia transitoria”.
Y sin embargo no debemos referirnos en absoluto a lo que sucede en el cerebro de la persona enamorada como anómalo o disfuncional.
Podemos considerarlo una oportunidad para comprender a quienes sí sufren enfermedades, esos mismos síntomas, pero sin estar enamorados.
Sufrir, disfrutar y sentir así estando enamorado es normal.
Las reacciones fisiológicas que se ponen en marcha son numerosas. La visualización de la persona enamorada –ya sea directa o a través de la memoria– conecta el sistema de recompensa, que es la base cerebral del enamoramiento.
Y hace que toda nuestra actividad mental se centre en conseguir el objetivo: al activarse este mecanismo se hacen las mal llamadas “locuras” por amor, como cruzar un continente para poder ver al amante durante un instante.
Simplificando cómo actúa esta área en lo referente al amor, podríamos decir que toma dos vías: una estimulante –que concentra nuestra atención y nuestros sentimientos en esta persona produciendo por un lado sensación de intenso placer y a la vez de relajación–, y otra inhibitoria, descartando todas las características negativas, impidiendo apreciar los errores e incapacitando al observador para emitir juicios sobre la persona de la que está embelesado. La corteza prefrontal es la más racional del cerebro, la que nos hace pensar, razonar, valorar pros, contras y alternativas, hacer, al fin y al cabo, juicios.
Si observar o pensar en la persona amada hace que esta región cerebral se apague, es comprensible que exista tendencia a obviar sus fallos.
No concebimos que nuestro amado pueda tener malas intenciones ni observamos en él defectos.
Perdemos, efectivamente, el juicio porque el sistema de recompensa está inhibiendo, apagando, el centro encargado del razonamiento.
Y todo a causa de las sustancias químicas que operan en estas estructuras cerebrales, fundamentalmente la dopamina, la noradrenalina y la serotonina.
Al visualizar a la person amada, se estimula el sistema límbico y se produce una liberación ingente de dopamina, la sustancia del amor, del placer, del disfrute… y de la adicción.
Se asocia con la motivación y las conductas orientadas a alcanzar un fin, por lo que buscamos las cosas que tenemos en común, pudiendo hacer que cambiemos hábitos como nuestra manera de vestir o nuestros gustos musicales con el fin de agradar.
Si surgen obstáculos para la relación, los sentimientos se intensifican: es el efecto Romeo y Julieta, porque al percibir la adversidad aumenta aún más la producción de dopamina en el cerebro.
La noradrenalina también se incrementa y ayuda –entre otras cosas– a focalizar la atención.
Favorece el aprendizaje de estímulos novedosos: miramos a la persona como algo nuevo e inigualable.
Al estar intensamente activado el hipocampo –centro de la memoria–, recordaremos detalles minúsculos del ser amado y del tiempo que hemos pasado juntos.
La disminución de la serotonina conlleva una tendencia al pensamiento obsesivo.
No podemos dejar de pensar en él o ella, analizamos todo lo que hace, lo que dice, lo que piensa.
Tendemos a una excesiva observación y posesión.
El exceso de atención en la respuesta del otro produce una sensación de enlentecimiento del paso del tiempo: nunca una respuesta parece que tarda tanto tiempo en llegar como cuando es muy esperada. Cualquier pequeña muestra de desatención puede desencadenar una cascada de inseguridades y temor a la pérdida, con el consiguiente refuerzo adictivo.
El enamoramiento produce un estado de excitación cerebral tan intenso que impide desarrollar cualquier otra actividad, por eso se ha de terminar.
No se podría vivir en un estado de enamoramiento constante, el cuerpo no lo soportaría y nuestra responsabilidad social tampoco. Por eso necesitamos el amor.
Tras la fase de enamoramiento se ponen en marcha otros mecanismos, se activan otras zonas regidas por otras sustancias cuya finalidad se acerca más a la compañía y el cuidado a largo plazo, más a la crianza que a la reproducción.
Esta aproximación reduccionista de lo que sucede en nuestro cerebro cuando estamos enamorados necesita de un acompañamiento sociológico y estético.
La neurociencia no sirve para explicar el amor, de modo que mejor dejemos que sigan encargándose los poetas.
13 ago 2016
Vivir en Comunidad...................................................................................... Mai Montero.
Puebla de la Sierra, a 90 kilómetros de Madrid, es un lugar idílico donde la autogestión y la solidaridad vecinal forman parte de su filosofía.
Una localidad, que además de contar con todos los adjetivos anteriores es un ejemplo de unión, convivencia y tranquilidad.
A escasos 90 kilómetros de la capital, y dejando atrás un puerto con pronunciadas curvas, Puebla, con solo 73 habitantes censados, recibe al visitante con arte en sus calles, naturaleza, casas de piedra y silencio.
La localidad forma parte de la Sierra del Rincón, uno de los parajes más espectaculares de la Comunidad de Madrid.
Y un enclave que fue declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en junio de 2005 “por su riqueza paisajística y su biodiversidad”.
También forman parte de esta reserva La Hiruela, Montejo de la Sierra, Horcajuelo de la Sierra y Prádena del Rincón.
El punto de encuentro es la plaza del Ayuntamiento, en la que una hospedería y la iglesia terminan de cerrar la postal.
Un poquito más abajo se encuentra el bar de Filo, una mujer trabajadora que atiende a sus clientes con desparpajo.
Si se visita la localidad a las cuatro de la tarde, todos estarán durmiendo y habrá que esperar en una sombra a que abran los locales. Aquí, la siesta es sagrada.
Quizá uno de los mejores representantes del espíritu que se respira en este lugar sea Lourdes Elías, la concejala de agricultura, ganadería, cultura y mujer.
Elías, que lleva 19 años viviendo en Puebla, decidió dejar su casa, cerca de la Puerta del Sol, y su oficina, para elegir la forma de vida que de verdad le gustaba.
“Una forma mágica de vivir”, es la frase que se lee en la camiseta de Elías, que no pierde la sonrisa contando todas las actividades que organizan en el pueblo.
“Somos muy pocos, pero nos organizamos muy bien”, asegura. Aunque parezca impensable, la rutina de esta madrileña es muy ajetreada.
Colabora en un grupo de teatro formado por varios vecinos, baila jotas, se encarga de cuidar su propio huerto y de elaborar sus conservas, e incluso hace su propio pan en un horno de leña antiguo que conserva en casa.
“El invierno es todavía más divertido que el verano, no nos gusta parar ni un minuto”, añade.
Este modo de vida parece haber contagiado a muchos de los vecinos en el pueblo.
En el año 2000, un grupo de siete jóvenes procedentes de la capital decidieron trasladar su lugar de residencia a esta localidad para crear una cooperativa de pastores.
Con una formación universitaria de ingenieros forestales, biólogos o veterinarios, este grupo sigue hoy en día viviendo del trabajo rural y autogestionándose.
Se les conoce como los Apisquillos.
Cabras, ovejas, cerdos y varios huertos sustentan la economía del grupo.
Aunque su principal actividad es la producción de carne y lácteos.
El método de regadío sigue siendo el mismo que se utilizaba antiguamente.
Aún se conservan las regueras que suministran agua a las huertas en las que 21 puebleros y puebleras plantan sus hortalizas. Sobrevivir y ser independientes es una ley no escrita de esta localidad, que también se extiende a los alrededores.
Por ello, varios pueblos como Madarcos se han unido a Puebla y han formado un grupo de consumo en el que intercambian y venden sus productos.
Durante el invierno, las nieves cubren Puebla y hacen que el acceso a este enclave rural sea más complicado.
Pese a ello, las 50 personas que viven allí todo el año, de las cuales 15 son menores de edad y solo dos superan los 80 años, intentan seguir con sus actividades habituales.
El punto que más preocupa a los lugareños es no tener una escuela propia y que los niños tengan que viajar por el serpenteado camino, a veces helado, para llegar al colegio más próximo, que está en Montejo de la Sierra.
Además, este inconveniente hace que la gente no se termine de asentar en la localidad, pese aunque quiera disfrutar de todas las ventajas que ofrece esta tierra.
Cuando aprieta el frío, Puebla es un lugar idóneo para tomar una muestra de su gastronomía más típica al lado de la chimenea. Patatas resecas, judiones, sopas canas y leche recién ordeñada harán del yantar una experiencia rural única. Poco queda para que chisporrotee la lumbre.
El turismo rural también forma parte esencial de la vida del pueblo, varias casas privadas se alquilan a los visitantes, además de otras tres que pertenecen al Ayuntamiento.
Carmen Dell’Orefice, 85 años de belleza eterna..............................................................Laura García del Río
Basta verla para darse cuenta de que sabe posar ante una cámara.
Lo hizo para Avedon, Penn y Horst. Y ahora lo hace para S Moda de la mano de la firma Airfield.
Foto: Anne-Marie von Sarosdy
Diva es una palabra con la que se la describe a menudo.
Pero ni Dell’Orefice se siente identificada con ella ni da en el clavo.
La maniquí conserva la belleza y el porte –obra de años de ballet– y una columna vertebral sorprendentemente erguida para una mujer de su edad.
Y se sabe interesante. Pero no cae en la soberbia que suele venir con el título.
Cuando llegamos a la sesión de fotos está sentada junto a un radiador.
En Düsseldorf –la firma Airfield ha elegido el Teatro Capitol de la ciudad como escenario de su desfile de o-i 2016/2017– la lluvia es el pan de cada día.
No es precisamente el escenario perfecto para su artritis, algo de lo que tampoco tiene ningún problema en hablar.
«Es la cadera; me da guerra. Pero enciende la grabadora y empecemos. Después tengo que ir a la prueba de vestuario», ordena.
A Dell’Oferice no le gusta hacerse esperar.
Pero ni Dell’Orefice se siente identificada con ella ni da en el clavo.
La maniquí conserva la belleza y el porte –obra de años de ballet– y una columna vertebral sorprendentemente erguida para una mujer de su edad.
Y se sabe interesante. Pero no cae en la soberbia que suele venir con el título.
Cuando llegamos a la sesión de fotos está sentada junto a un radiador.
En Düsseldorf –la firma Airfield ha elegido el Teatro Capitol de la ciudad como escenario de su desfile de o-i 2016/2017– la lluvia es el pan de cada día.
No es precisamente el escenario perfecto para su artritis, algo de lo que tampoco tiene ningún problema en hablar.
«Es la cadera; me da guerra. Pero enciende la grabadora y empecemos. Después tengo que ir a la prueba de vestuario», ordena.
A Dell’Oferice no le gusta hacerse esperar.
«La puntualidad es algo que se aprecia en una modelo»,
sentencia.
Y aunque la entrevista se alarga 20 minutos más de lo
previsto, no refunfuña ni una sola vez.
La disciplina es otra de sus
virtudes.
De nuevo, algo que agradecer al ballet.
Cuentan que en 1944 Diana Vreeland le dijo que tenía el cuello un centímetro y medio demasiado corto.
Y ella, diligentemente, lo hizo crecer.
El cómo sigue siendo un
misterio.
Y Dell’Orefice tampoco parece muy dada a recrearse en esta
hazaña.
Pero cuando comienza la sesión de fotos, la neoyorquina se transforma.
La vertiente de diva se hace fuerte frente a la cámara.
«En
esta habitación hay mucha gente», protesta.
Entre las tres personas de
prensa, la coordinadora de Airfield, el chico de las luces, el
maquillador, el equipo de S Moda y un cámara que esta grabando el making of, no le falta razón
.Y en ninguna otra, en realidad
. «Aprendí a ignorar las
adversidades de este trabajo», sentencia.
Con un solo gesto despacha a la cohorte, a excepción de la
fotógrafa, y cierra las cortinas de terciopelo rojo que caen, más de
cuatro metros, del techo al suelo del escenario.
Se nota que ha cerrado
muchas cortinas así.
Lo hace con la soltura –y el dramatismo– de las
actrices del viejo Hollywood.
Y borda el papel. Claro que su vida es un
guión esperando a ser escrito.
Su padre era un violinista italiano y su madre, una bailarina húngara.
Él las abandonó y ellas se ganaban la vida como podían
. En el Nueva
York de los años 30, no nadaban precisamente en la abundancia. A los 12
años enfermó de fiebre reumática y tuvo que dejar el ballet.
«Esa fue mi
primera muerte en vida», dice. Con 13, un agente la descubrió en el
autobús de camino al trabajo y la introdujo en el glamuroso mundo de la
moda.
A los 15 tuvo su primera portada para una cabecera importante.
A los 19, su primer marido.
Después vendrían dos más –uno de ellos fue el fotógrafo Richard
Heimann– y varias idas y venidas profesionales y financieras –incluido
un fraude de Bernie Madoff que la dejó en la bancarrota–.
Es consciente de lo extraordinario de su biografía.
«Siempre he sabido que mi vida no era corriente. La gente reaccionaba ante mí de un modo distinto. Nunca tuve muchos amigos, porque nos mudábamos tan a menudo que no me daba tiempo a hacerlos.
Pero cuando empecé a trabajar llevábamos casi un año en el mismo sitio
. El dependiente del supermercado de la esquina estaba maravillado con que yo saliera en las revistas. Le parecía algo importante.
Pero a mí lo único que me interesaba era que cobraba siete dólares y cincuenta centavos la hora y podía ayudar a mi madre a pagar el alquiler», recuerda.

Richard Avedon, Horst P. Horst, Irving Penn, Blumenfeld… Incluso una breve etapa como musa de Dalí
Dell’Orefice ha posado para los grandes artistas de nuestro siglo y ha protagonizado las páginas de las grandes cabeceras de moda.
«Carmen estaba en las portadas antes de que la madre de Kate Moss naciera», recalca David Downton, su acompañante para la velada.
El ilustrador, que hace un par de años obligó a la que hoy es su musa y amiga a recuperar todas las fotos que tenía olvidadas debajo de la cama para orquestar una exposición en su honor en el London College of Fashion, es el responsable del penúltimo regreso de la maniquí.
Y el hecho de que hoy, con 85 años recién cumplidos, la neoyorquina siga engrosando su porfolio –están las campañas para Rolex, los desfiles para Elie Tahari y Airfield, y el catálogo de Target– es un reafirmación de su persistente atractivo
Models.com, la página de consulta oficial para todo director de casting, sitúa a Dell’Orefice en los primeros puestos de su ranking de leyendas.
Ella no sabe ni de la existencia de la web. «Si alguien me considera una leyenda, es su problema. No lo soy.
Ni tampoco un ejemplo a seguir. Soy una mujer trabajadora, una madre, una hija. Y punto», dice. ¿Acaba de hacer una declaración feminista?
«Nunca me he puesto etiquetas y no voy a empezar a hacerlo ahora.
Me crió una madre soltera y desde muy joven tuve responsabilidades reales.
Nunca sentí la necesidad de ponerme en pie y declarar mi independencia. Ya la tenía
. Abordo mi vida como una obra de teatro: yo soy la guionista, la directora, la jefa de vestuario», afirma. Está claro que tiene madera para la interpretación
. «Es mi trabajo: crear una imagen capaz de trasladar a una sociedad sin imaginación a un lugar más bonito», explica..

Y les sirve como validación de que pueden tener una vida así de larga y maravillosa. Objetivamente, si lo pienso, yo también querría ser la mujer que sale en esas fotos. Lo divertido es que lo soy». Dell’Orefice sabe dónde acaba el personaje y dónde empieza la persona
. «He sido retratada por fotógrafos maravillosos. Avedon, Penn, Liberman, Blumenfeld», enumera. Y podríamos seguir un rato largo
. «Me han convertido en una imagen que –y esto es algo que he entendido con los años– representa lo que esos artistas ven en mí, no lo que soy.
Pero con ellos he aprendido ese baile sin palabras entre modelo y fotógrafo. Y, sinceramente, no podría haber tenido una escuela mejor
. Esa gente tenía gusto, sentido estético y visión. Hoy todo es… plano», sentencia.
No es la primera veterana que se lamenta por las nuevas generaciones de modelos. «Representan la comercialización.
La moda se ha vuelto insípida. Debe de haber una serie de estilistas que se han hecho con el mando y ahora todo el mundo lleva el mismo peinado, la misma ropa, el mismo todo.
Es monótono. ¡Y aburrido!», exclama.
Aun así, jubilarse no entra en sus planes. «¿Que por qué sigo trabajando? Por la misma razón por la que respiro. Me da vida», argumenta.
«Cuando estoy en una sesión, no quiero que acabe». Y la respuesta cuando le preguntamos por qué aceptó ser imagen de Airfield es igual de sincera y rotunda. «Porque me querían. Y yo quería ver si podía inspirar a su público
. Eso es lo que me gusta de esta firma: creo que viste a gente real, de cualquier edad, con cualquier tipo de cuerpo
. El mundo de la moda actual está borrando ciertos límites», declara la neoyorquina.
Y, la verdad, la de Airfield es el tipo de ropa que me compraría».
Son tremendamente incómodos. Jamás me los compraría ni los vestiría por voluntad propia.
Pero si fuese para una foto –una que fuese elegante–, tal vez lo haría», concede.
Al fin y al cabo, es modelo. «Es el trabajo por el que me pagan. El reto es conseguir que parezca que me encantan, proyectar esa imagen sin perder la dignidad», explica.
Oportunamente, en ese momento la responsable de prensa de Airfield entra en el camerino que han improvisado en el backstage –los del teatro están en la planta de arriba y las escaleras no son lo mejor para unas articulaciones débiles–. Trae el conjunto que Dell’Orefice ha elegido para el desfile.
El que le habían preparado en un principio –un traje con una chaqueta de tweed rosa– no le convencía, y lo cambió por un abrigo de leopardo. «Creo que es pequeño», dice la maniquí. «Nunca nada me queda bien. Avedon siempre se quejaba de mis hombros. Decía que eran anchos como los de un futbolista.
La primera vez que lo escuché decir eso estaba en el camerino, vistiéndome, y me fui a la azotea a llorar.
Pero volví al estudio y me puse delante de la cámara, de perfil. Aquella foto salió maravillosa», recuerda.
No es una mujer que se derrumbe con facilidad. Y queda claro cuando se pone de pie frente al espejo. Sigue posando como en aquellas fotos de Avedon
. «Quiero verme. Necesito inspirarme antes de salir a la pasarela», dice. Vuelve la diva.
Que empiece el espectáculo.
«Siempre he sabido que mi vida no era corriente. La gente reaccionaba ante mí de un modo distinto. Nunca tuve muchos amigos, porque nos mudábamos tan a menudo que no me daba tiempo a hacerlos.
Pero cuando empecé a trabajar llevábamos casi un año en el mismo sitio
. El dependiente del supermercado de la esquina estaba maravillado con que yo saliera en las revistas. Le parecía algo importante.
Pero a mí lo único que me interesaba era que cobraba siete dólares y cincuenta centavos la hora y podía ayudar a mi madre a pagar el alquiler», recuerda.
La estrella hace 60 años.
Foto: Erika Stone / Getty Images
Y si el comienzo fue excepcional, lo que vino después no se quedó corto.Richard Avedon, Horst P. Horst, Irving Penn, Blumenfeld… Incluso una breve etapa como musa de Dalí
Dell’Orefice ha posado para los grandes artistas de nuestro siglo y ha protagonizado las páginas de las grandes cabeceras de moda.
«Carmen estaba en las portadas antes de que la madre de Kate Moss naciera», recalca David Downton, su acompañante para la velada.
El ilustrador, que hace un par de años obligó a la que hoy es su musa y amiga a recuperar todas las fotos que tenía olvidadas debajo de la cama para orquestar una exposición en su honor en el London College of Fashion, es el responsable del penúltimo regreso de la maniquí.
Y el hecho de que hoy, con 85 años recién cumplidos, la neoyorquina siga engrosando su porfolio –están las campañas para Rolex, los desfiles para Elie Tahari y Airfield, y el catálogo de Target– es un reafirmación de su persistente atractivo
Models.com, la página de consulta oficial para todo director de casting, sitúa a Dell’Orefice en los primeros puestos de su ranking de leyendas.
Ella no sabe ni de la existencia de la web. «Si alguien me considera una leyenda, es su problema. No lo soy.
Ni tampoco un ejemplo a seguir. Soy una mujer trabajadora, una madre, una hija. Y punto», dice. ¿Acaba de hacer una declaración feminista?
«Nunca me he puesto etiquetas y no voy a empezar a hacerlo ahora.
Me crió una madre soltera y desde muy joven tuve responsabilidades reales.
Nunca sentí la necesidad de ponerme en pie y declarar mi independencia. Ya la tenía
. Abordo mi vida como una obra de teatro: yo soy la guionista, la directora, la jefa de vestuario», afirma. Está claro que tiene madera para la interpretación
. «Es mi trabajo: crear una imagen capaz de trasladar a una sociedad sin imaginación a un lugar más bonito», explica..
Un retrato de 1951 de la modelo,
capaz de lucir con gracia el tocado más aparatoso y de añadir un
centímetro y medio de longitud a su cuello –perfecto para los grandes
collares de perlas de la época–, por deseo de Diana Vreeland.
Foto: Bettmann / Getty Images
Esa es la razón por la que, opina, la gente reacciona cuando ve a una
mujer mayor en una revista. «No son capaces de imaginarlo.Y les sirve como validación de que pueden tener una vida así de larga y maravillosa. Objetivamente, si lo pienso, yo también querría ser la mujer que sale en esas fotos. Lo divertido es que lo soy». Dell’Orefice sabe dónde acaba el personaje y dónde empieza la persona
. «He sido retratada por fotógrafos maravillosos. Avedon, Penn, Liberman, Blumenfeld», enumera. Y podríamos seguir un rato largo
. «Me han convertido en una imagen que –y esto es algo que he entendido con los años– representa lo que esos artistas ven en mí, no lo que soy.
Pero con ellos he aprendido ese baile sin palabras entre modelo y fotógrafo. Y, sinceramente, no podría haber tenido una escuela mejor
. Esa gente tenía gusto, sentido estético y visión. Hoy todo es… plano», sentencia.
No es la primera veterana que se lamenta por las nuevas generaciones de modelos. «Representan la comercialización.
La moda se ha vuelto insípida. Debe de haber una serie de estilistas que se han hecho con el mando y ahora todo el mundo lleva el mismo peinado, la misma ropa, el mismo todo.
Es monótono. ¡Y aburrido!», exclama.
Aun así, jubilarse no entra en sus planes. «¿Que por qué sigo trabajando? Por la misma razón por la que respiro. Me da vida», argumenta.
«Cuando estoy en una sesión, no quiero que acabe». Y la respuesta cuando le preguntamos por qué aceptó ser imagen de Airfield es igual de sincera y rotunda. «Porque me querían. Y yo quería ver si podía inspirar a su público
. Eso es lo que me gusta de esta firma: creo que viste a gente real, de cualquier edad, con cualquier tipo de cuerpo
. El mundo de la moda actual está borrando ciertos límites», declara la neoyorquina.
Y, la verdad, la de Airfield es el tipo de ropa que me compraría».
En 1965, vestida con abrigo cocoon
rojo, cuello de pelo y casquete, tal y como dictaban las tendencias de
la época. Una de las muchas que Dell’Orefice ha vivido (y retratado) en
sus más de 70 años de trayectoria.
No puede decir lo mismo de los pantalones de cuero que quisieron
ponerle hace unos meses en una sesión de fotos con un joven diseñador
norteamericano. «Es una prenda que nunca he comprendido.Son tremendamente incómodos. Jamás me los compraría ni los vestiría por voluntad propia.
Pero si fuese para una foto –una que fuese elegante–, tal vez lo haría», concede.
Al fin y al cabo, es modelo. «Es el trabajo por el que me pagan. El reto es conseguir que parezca que me encantan, proyectar esa imagen sin perder la dignidad», explica.
Oportunamente, en ese momento la responsable de prensa de Airfield entra en el camerino que han improvisado en el backstage –los del teatro están en la planta de arriba y las escaleras no son lo mejor para unas articulaciones débiles–. Trae el conjunto que Dell’Orefice ha elegido para el desfile.
El que le habían preparado en un principio –un traje con una chaqueta de tweed rosa– no le convencía, y lo cambió por un abrigo de leopardo. «Creo que es pequeño», dice la maniquí. «Nunca nada me queda bien. Avedon siempre se quejaba de mis hombros. Decía que eran anchos como los de un futbolista.
La primera vez que lo escuché decir eso estaba en el camerino, vistiéndome, y me fui a la azotea a llorar.
Pero volví al estudio y me puse delante de la cámara, de perfil. Aquella foto salió maravillosa», recuerda.
No es una mujer que se derrumbe con facilidad. Y queda claro cuando se pone de pie frente al espejo. Sigue posando como en aquellas fotos de Avedon
. «Quiero verme. Necesito inspirarme antes de salir a la pasarela», dice. Vuelve la diva.
Que empiece el espectáculo.
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