Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

14 ago 2016

Canciones que no perdonaríamos que faltaran en una verbena....................................Pablo Cantó

Si no has escuchado todos estos temas antes de que termine el verano, es que no te has divertido lo suficiente.


Verbena en 'Kiki, el amor se hace'
Verbena en 'Kiki, el amor se hace'

 

Las fiestas de barrios y pueblos son una de las mejores escapatorias al tedio del calor y la inactividad veraniega
. Y estas fiestas son sinónimo de verbena.
 Para muchos, estos guateques locales son mejor que cualquier festival: no hace falta montar la Quechua, siempre hay a mano un puesto de fritanga y puedes echarte una tómbola mientras bailas. ¿Que no suenan temazos como en los festivales? Error: el repertorio de las fiestas está lleno de himnos que, aunque jamás los hayamos puesto en casa, nos sabemos de memoria. Y tienen que sonar en toda verbena que se precie.
Para ir calentando para las fiestas que se avecinan, aquí te traemos la lista definitiva de canciones que deberían sonar, por ley, en todas las verbenas.
Si termina el verano antes de que hayas podido corearlas todas, es que no te has divertido lo suficiente.
Debajo del listado puedes escucharlas todas en una lista de reproducción de Spotify.

1. Paquito el chocolatero, de Gustavo Pascual Falcó
2. Ave María, de David Bisbal
3. La gozadera, de Gente de Zona (o sus versiones regionales)
4. Fiesta pagana, de Mago de Oz
5. Olvídame y pega la vuelta, de Pimpinela
6. Sarandonga, de Lolita
7. Cannabis, de Ska-P
8. El roce de tu cuerpo, de Platero y Tú
9. Saca el güisqui, cheli; de Desmadre 75
10. Dos hombres y un destino, de David Bustamante
11. Ni tu ni nadie, de Alaska y Dinarama
12. Suspiros de España, de Antonio Álvarez Alonso
13. The Scatman, de Scatman John
14. La barbacoa, de Georgie Dann
15. Insurrección, de El Último de la Fila
16. Bomba, de King Africa
17. Y yo sigo aquí, de Paulina Rubio
18. A quién le importa, de Alaska
19. Años 80, de Los Piratas
20. Mayonesa, de Chocolate Latino
21. Te quiero más, de Fórmula Abierta
22. Yo quiero bailar, de Sonia y Selena
21. El tractor amarillo, de Zapato Veloz
22. El tiburón, de Proyecto Uno
23. Follow the leader, de SBS

24. Hay que venir al sur, de Rafaella Carrá
25. Me colé en una fiesta, de Mecano
26. Aquí no hay playa, de Los Refrescos
27. Bailando, de Enrique Iglesias
28. Mordidita, de Ricky Martin
29. El Venao, de Los Cantantes
30. Mucho mejor, de Los Rodríguez
31. Me gustas mucho, de Rocío Durcal
32. Salta, de Tequila
33. Bamboleo, de Gypsy Kings
34. Dame Veneno, de Los Chunguitos
35. Amante bandido, de Miguel Bosé
36. Saturday Night, de Whigfield
37. El chachachá del tren, de El Consorcio
38. Macarena, de Los del Río
39. Danza Kuduro, de Don Omar

35. Amante bandido, de Miguel Bosé
36. Saturday Night, de Whigfield
37. El chachachá del tren, de El Consorcio
38. Macarena, de Los del Río
39. Danza Kuduro, de Don Omar
40. Levantando las manos, de El Símbolo
41. Mueve la colita, de El Gato DJ
42. I will survive, de Gloria Gaynor
43. Que la detengan, de David Civera
44. No rompas más, de Coyote Dax
45. Sígueme y te sigo, de Daddy Yankee
46. Toma vitamina, de La Fiesta
47. Mueve tu cucu, de Missiego
48. Camisa negra, de Juanes
49. El muerto vivo, de Peret
y además todas las rancheras y boleros que recuerdes....como Reloj no marques las horas.....O de Adamo....Esta puede ser mi gran noche...Dicen que la distancia es el olvido....Nosotros....o currucucú Palomaaaa.

La peor especie..............................................................Javier Cercas

El sabio ignorante se comporta en todas las cuestiones que ignora “con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio”.
COLUMNISTAS-REDONDOS_JAVIERCERCAS

LO BUENO de no leer es que, digas lo que digas, casi siempre te parece que lo que dices es muy original.
 Lo malo de leer es que, digas lo que digas, en cuanto te descuides acabas descubriendo que incluso las cosas que te parecen más originales ya se habían dicho mucho antes de que tú las dijeses. Conclusión: si quieres seguir sintiéndote muy inteligente, no leas, amigo lector, no leas.

Hace unas semanas publiqué en esta columna un artículo titulado La barbarie de la literalidad, donde anuncié la invasión del mundo por una nueva especie: los tontos cultos;
 pues bien, hace 90 años Ortega escribió un texto titulado La barbarie del ‘especialismo’, donde anunció la invasión del mundo por una nueva especie: los sabios ignorantes.
 No es lo mismo, de acuerdo, pero se parece.
Para Ortega, el sabio ignorante era el especialista, es decir, el hombre que sabe muy bien su mínimo rincón del universo, pero ignora de raíz todo el resto, lo que lo convierte en un sabio superficial y un ignorante profundo, incapaz de dotar de un sentido genérico a su ínfima parcela de conocimiento; también lo convierte en el prototipo del hombre-masa, uno de los conceptos más divulgados y peor entendidos de Ortega, porque no se refiere a una clase social sino a una clase de hombre caracterizado por la falta de humildad intelectual y por la incapacidad para escuchar y para someterse a instancias superiores: el sabio ignorante se comporta en todas las cuestiones que ignora “no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio”. Hace un año pasé seis semanas felices en Oxford, dictando un ciclo de conferencias.  

Dos cosas me llamaron la atención: la primera es que a mis rollos literarios asistían todo tipo de gentes, incluidos filósofos, historiadores, antropólogos o politólogos, lo que resulta casi impensable en la universidad española; la segunda es que el propio diseño de la universidad es una declaración de principios contra la barbarie del “especialismo”: la prueba es que no está organizada por departamentos o facultades –es decir, por especialidades–, sino por colleges donde conviven expertos en todas las materias y donde uno desayuna con un biólogo, come con un latinista y cena con un matemático. 
Nadie está diciendo que no haya que especializarse; lo que digo es que no basta con saber mucho de una cosa: hay que saber mucho de una cosa y un poco de muchas, porque sólo en el contexto de éstas tiene un sentido aquélla.
 Por lo demás, para Ortega el sabio ignorante estaba confinado al ámbito de la ciencia; hoy, en cambio, los tontos cultos están por doquier, empezando por las llamadas ciencias sociales y humanas. De hecho, la misma denominación delata la tontería culta, porque uno de los síntomas inequívocos de ésta son las pretensiones de cientificidad;
 la expresión ciencias sociales (no digamos humanas) contiene casi un oxímoron: sólo en un sentido lato o metafórico se puede hablar de ciencia cuando se trata de la sociedad (no digamos de los hombres) y casi nada tiene de científico el estudio de los fenómenos sociales (no digamos humanos).
 La política, por ejemplo. 
Ninguna peluquera tiene un juicio más certero sobre física o matemáticas que el más humilde físico o matemático, pero Maite, mi peluquera de Verges, acertó de lleno el resultado de las últimas elecciones generales cuando todos los politólogos se equivocaron. Hablo en serio: lean El juicio político de los expertos, un libro donde Philip E. Tetlock demuestra con datos abrumadores que los aciertos de los especialistas no superan los de gente corriente y bien informada.
 Esto no significa que no haya que escuchar a los expertos; lo que significa es que, salvo cuando se trata de ciencias auténticas, nadie puede ahorrarle a nadie el trabajo de forjarse un juicio propio.
 Y, por cierto, que después de todo la democracia no es tan mala idea.
Nadie puede ahorrárnoslo. 
Y menos que nadie, amigo lector, los sabios ignorantes o los tontos cultos, que son de lejos la peor especie de tontos e ignorantes, porque ni siquiera sospechan lo que son y por tanto no pueden poner remedio a su tara. 

Mi grupo y yo......................................................................Rosa Montero

Mucha gente se siente desarraigada, perdida, y los seres solitarios pueden construirse una pertenencia imaginaria con cualquier grupo por lejano que sea.
 A VECES ME entra la desesperación y pienso que los humanos no tenemos remedio.
 Tomemos el caso del chico de 18 años que asesinó a nueve personas en Múnich en imitación de ese otro monstruo, el neonazi noruego que masacró a 77 individuos hace cinco años.
 O pensemos en los llamados lobos solitarios yihadistas, gente violenta e inestable que de repente se enciende como la yesca ante el ejemplo del terrorismo organizado y decide hacer lo mismo por su cuenta, como parece haber sucedido en los recientes atentados de Alemania o incluso con el bestial matón de Niza.
 Y me niego a escribir sus nombres porque creo que no merecen ser recordados.
 Hablemos de las víctimas y lloremos el dolor que esos tipos causaron, pero no mencionemos apenas a los verdugos. 
Que se pudran en el anonimato de su infamia.
 Pero decía que me desespera ver lo fácilmente impresionables que somos los seres vivos y el efecto llamada que tienen todas estas barbaridades. 
Ya se sabe que las personas somos muy influenciables, sobre todo los más jóvenes (el cerebro no acaba de madurar neurológicamente hasta más o menos los 25 años), sobre todo los más inestables psíquicamente.
 ¿Y por qué demonios siempre se nos pega lo malo y no lo bueno? Como sucede con los asesinos de policías en Estados Unidos.
 O con las repetitivas matanzas de colegiales. O con los suicidios.
 Es evidente que hay actitudes que parecen contagiarse, y por desgracia se diría que son más infecciosos los hechos brutales.

Y la cosa es aún peor, porque, aunque las personas jóvenes e inestables sean más propensas a la imitación, en realidad se trata de un comportamiento esencial que nos afecta a todos.
 El ser humano es un animal social y el grupo es importantísimo para nosotros. 
“La interacción social ha sido crítica para nuestra especie durante millones de años, a resultas de lo cual los programas sociales han quedado profundamente grabados en el circuito nervioso”, dice el neurocientífico David Eagleman en su libro Incógnito (Anagrama).
 Uno de esos subprogramas es la imitación, no sólo como recurso de aprendizaje, sino también de identificación y pertenencia.
En su genial libro No hay dos iguales (Funambulista), la psicóloga Judith Rich Harris, que también resalta la influencia arrolladora del grupo en el individuo, cuenta un experimento llevado a cabo en los años cincuenta por Solomon Asch, un psicólogo social norteamericano. 
La cosa consistía en pedirle a un sujeto que juzgara la longitud de una línea comparándola con otras tres. 
Tenía que dar su respuesta en voz alta junto a otra media docena de personas que también participaban en el experimento, pero que, en realidad, eran cómplices de Asch
. Y resulta que, cuando estas seis personas daban una misma respuesta equivocada, con toda naturalidad y sin inmutarse, sin siquiera mirar a la víctima del experimento y sin presionarla en lo más mínimo, el sujeto en cuestión se sumaba también a la respuesta falsa, aunque fuera claramente errónea y aunque nadie le hubiera forzado a hacerlo.
 Simplemente se sentía incapaz de ser el único que no estuviera en sintonía con el resto del grupo.
 El único distinto y distante.
Hay mucha gente en el mundo que se siente desarraigada, aislada, perdida, incomprendida. 
Dado que hoy recibimos información instantánea desde todos los puntos del planeta, estos seres solitarios pueden construirse una pertenencia imaginaria con cualquier grupo, por remoto que sea.
 Y si la prueba de admisión es monumental, dramática y sangrienta, mucho mejor. 
Así su horda elegida sabrá de él, le admirará y admitirá como propio, le considerará un héroe. 
Hay gente tan reventada de cabeza y de corazón que prefiere ser mártir muerto que vivo insatisfecho.
 Y desde luego no ayuda nada el hecho de que en nuestro mundo haya tan pocos modelos sociales positivos para imitar. 
Si lo que se ofrece a los jóvenes como ejemplo de éxito son los gritones descerebrados de los realities televisivos o los empresarios y políticos corruptos, entiendo que el modelo apocalíptico del terrorista suicida que arde en la pureza fanática de su fe les resulte grandioso.

La mediocridad cultural y moral acabará matándonos.

Hay mucha gente en el mundo que se siente desarraigada, aislada, perdida, incomprendida.
 Dado que hoy recibimos información instantánea desde todos los puntos del planeta, estos seres solitarios pueden construirse una pertenencia imaginaria con cualquier grupo, por remoto que sea.
 Y si la prueba de admisión es monumental, dramática y sangrienta, mucho mejor. COLUMNISTAS-REDONDOS_ROSAMONTERO

A un paso del odio

  • El desamor comparte circuitos y sustancias químicas con el amor. 
  • Lo que activa uno, activa el otro.
  •  La dopamina llega a las regiones cerebrales donde se genera la motivación para alcanzar la recompensa. 
  • Si se hace esperar, los productores de dopamina prolongan su actividad, los niveles aumentan y la motivación cobra mayor fuerza: se incrementa aún más la dopamina reforzando así el anhelo.
  • El deseo de recompensa se evalúa en los centros del razonamiento –la corteza prefrontal–, pero al haber un desorden de serotonina y dopamina se incrementa la obsesión, la necesidad de comprobación y la aparición de múltiples interpretaciones erróneas de la realidad.
  • Solo la recompensa frenaría este proceso de ansiedad dolorosa y destructiva que supone el rechazo.
  •  Si el teléfono sigue sin sonar, si los whatsapps siguen sin ser de la persona amada, se enviarán señales a la amígdala y se desencadenará la ira.
  •  Como toda conducta instintiva, el fracaso con frecuencia conduce a sentimientos de odio y desesperación.
  •  Del amor al odio hay un paso y, además, comparten camino.
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2081Psico