Agotado el vestido blanco que la exmodelo y esposa del candidato republicano lució en la conferencia de Cleveland.
Donald Trump y su esposa Melania. ROBYN BECKAFPMelania Trump empieza a crear tendencias
. La esposa del candidato republicano a la Casa Blanca se estrenó en la convención del partido con un traje blanco que en solo unas horas se ha agotado.
El modelo lo escogió ella misma sin la ayuda de ningún estilista
. Lo adquirió en el portal Net-a-porter,según explicó un portavoz de la campaña republicana . El traje, el modelo Margot de la firma Roksanda, cuesta 1.500 dólares (unos 1.360 euros). RoksandaIlincices el diseñadorde origenserbio que está detrás de la etiquetaRoksanda.
De 46 años, Melania es la antítesis del magnate en cuanto a
personalidad se refiere: es extraordinariamente discreta, siempre
mantiene un tono sosegado y evita a toda costa verse involucrada en
polémicas.
Se casó con Donald Trump hace 11 años y en este tiempo se ha mantenido lo más alejada posible de los focos, cediéndole el protagonismo a Ivanka, hija del primer matrimonio del multimillonario y una de sus principales asesoras.
Melania Knauss creció en un modesto apartamento de un pueblo cercano a
Sevnica (Eslovenia), que entonces formaba parte de la República
Federativa Socialista de Yugoslavia (RFSY), disuelta en 1992 tras la
Guerra de los Balcanes.
Después de comenzar su carrera de modelo en Milán y París, se mudó a
Nueva York en 1996.
Cinco años más tarde obtuvo la residencia permanente
y, en 2006, se hizo estadounidense.
Melania es extremadamente cuidadosa a la hora de hablar sobre su vida
matrimonial con Trump, a quien conoció en una fiesta de la Semana de la
Moda de Nueva York en 1998. "Los dos somos muy independientes. Yo le
dejo ser quien es y él me deja ser quien soy.
No intento cambiarlo, es
un adulto. Él conoce las consecuencias. Yo le doy mi opinión muchas,
muchas veces", explicó en febrero en una entrevista con CNN, en la que
confesó que no le gusta el tono duro que usa su marido.
De ganar Trump, Melania no sería la primera exmodelo que pisa la Casa Blanca, Pat Nixon y Betty Ford también lo fueron.
Un “quiero y no
puedo”. Una burda imitación de las producciones de Cuatro Cabezas para
Cuatro, también del grupo, pero sin su fascinante postproducción.
Sara Carbonero en la rueda de prensa de presentación de 'Quiero ser'.
El primero de los 30 capítulos del programa Quiero Ser se
emitió anoche y seríamos injustos si no reconociésemos que el enésimo
formato de tele realidad de Mediaset hace honor a su título: se trata un auténtico espacio wannabe. Un “quiero y no puedo”. Una burda imitación de las producciones de Cuatro Cabezas para
Cuatro, también del grupo, pero sin su fascinante postproducción y con
el que Telecinco tampoco pasará a la historia de la audacia televisiva
pero sí a la del oportunismo: si estamos reseñando el programa, es
porque Sara Carbonero es su cebo.
De Carbonero podemos decir que su formación la avala para presentar
formatos televisivos, pero ha elegido muy mal su regreso.
Como se supone
que el programa iba a ser sobre moda (hecho que discutiremos más
adelante), es obligada la referencia al mono verde camuflaje que llevaba y que anoche resultó del todo funcional para ocultarla. No pronunció más de una docena de coordinadas y eso ha sido lo único inteligente que vimos ayer: hubiera sido imposible que locuacidad de ninguna clase superase el impacto que la inconsistencia, zafiedad y falta de chispa de los protagonistas de Quiero Ser
causaron en los pocos espectadores que consiguieron aguantar casi una
hora frente a la tele sin cambiar de canal y sin que le paguen por ello.
Cabe preguntarse por qué alguien con las necesidades cubiertas se aviene a participar en semejante ramplonería.
Pero todo encaja si pensamos que, igual que el formato persigue fabricar un influencer para
el tercer mundo catódico, las ansias de permanencia en aquello que en
los noventa se llamó “el candelabro” son inescrutables.
El mono verde de Sara Carbonero.
Antes de correr el riesgo de juzgar el programa tomándolo en serio,
evaluemos por qué el mundo es hoy un lugar mejor que anoche como puede
que piensen los responsables de Quiero Ser.
En primer lugar, destacaremos que el formato anticipa, por fin, el pinchazo de la burbuja del coaching, esa disciplina que en cuanto nos descuidemos pasará a formar parte del currículo universitario de lo que quede de la UE. Los profesores-coach contratados para la tarea pedagógica han sido, hasta el momento, tan instructivos como el interior de una chimenea. Habrá
que ver si evolucionan sus lecciones pero de momento, su abuso -es un
decir- del anglicismo (influencer, it girl, foodies, it girl, fashion,
it girl, boyfriend, it, girl, it girl, it girl, etc.) y su lenguaje
binario los sitúan en una posición bastante destacada para aparecer en
la Wikipedia como los responsables de que el negocio del entrenamiento
personal ajeno pase a la historia.
En segundo lugar, hasta anoche no conocíamos a los seis concursantes de Quiero Ser y, ¡qué demonios!, en estos tiempos revueltos no necesitamos referentes ni ejemplaridad, sino gente que nos ayude a caernos mejor a nosotros mismos,
que es lo que, suponemos, cualquier coach nos dirá en la primera sesión
“eres la/el mejor”, “tú lo vales”, “querer es poder”, etc., etc
. Pues
bien, los responsables de casting del programa de Telecinco pueden
dormir tranquilos o llamar a los responsables de guión tal y como
querríamos hacer nosotros para saber si, de verdad, no aprendimos nada
de Aída Nízar (de Julio César en la Guerra de las Galias, mejor no
hablamos) y sigue habiendo por ahí gente que habla de sí misma en
tercera persona
. La respuesta, por desgracia, es que sí, pero además hay
gente que considera una gran suerte “tener una buena delantera”, gente
que presume de tardar dos horas en arreglarse, gente que dice “en plan”
nueve veces por segundo, gente que obligó a sus padres a comprarle una
corona…
Gente con cotas tan altas de complacencia propia y tan bajas de autocrítica que en lugar de un programa de televisión debería apuntarse a un programa de prevención de la imbecilidad.
Por último, desde anoche sabemos por qué la moda es ninguneada en según qué entornos y por qué el futuro de la televisión está en la red
.
Sobre la primera afirmación, basta con lamentar que Telecinco haya
presentado a “los interesados en la moda” como una caterva de ignorantes
sobre la misma pero ávidos de un fatuo minuto de gloria. Sobre la
segunda, basta con esperar a que se extinga una audiencia a la que
reírse del otro, aunque el otro se postule, le resulte estimulante.
Falta tiempo y sobran talent shows para eso… que no talento.
La Iglesia
de Inglaterra condenó en enero a Montserrat Verdaguer, amiga del
escritor, por enterrar sus cenizas sin permiso. Ella niega la acusación.
Lápida del nicho de Tom Sharpe en el cementerio de Mieres.TONI FERRAGUT / El País Vídeo
El escritor Tom Sharpe murió hace tres años aunque su humor siguió coleando
. El padre de Wilt
falleció en Llafranc (Girona) en junio de 2013.
En este rincón de la
Costa Brava habitó plácidamente desde 1995, asistido y querido por
muchos, sobre todo por la neuróloga Montserrat Verdaguer, hoy presidenta
de la Fundación Tom Sharpe
.
La voluntad del novelista era ser enterrado en Thockrington, el pueblo
de infancia en el que su padre ejerció de pastor de la comunidad
anglicana local.
Finalmente no hubo acuerdo o voluntad por parte de la
viuda, Nancy Looper, para que sus deseos se cumplieran y el cuerpo del
escritor fue incinerado.
A finales de 2014 sus restos recibieron
sepultura en el cementerio de Mieres (La Garrotxa), el pueblo natal de
Verdaguer. Looper ya se había llevado en 2013 parte de las cenizas para
depositarlas en Cambridge, donde ella reside y donde estudió Sharpe.
La historia no habría terminado aquí, según la
Iglesia de Inglaterra: las cenizas continuaron viajando en 2014, de
Cataluña al norte de Inglaterra y de nuevo, en 2016, de vuelta a
Llafranc.
Verdaguer se presentó el 2 de junio de 2014 en el
cementerio de la parroquia de Saint Aidan, en Thockrington —población de
50 habitantes—. Verdaguer y un viejo conocido de Sharpe, Charlie
Harrison, realizaron un modesto tributo: cavaron una pequeña tumba y
allí enterraron, según informó por entonces el diario de Newcastle The Journal, un cigarro habano, una petaca de whisky Famouse Grouse —la marca predilecta del novelista— y su estilográfica favorita.
The Journal
destacaba que Verdaguer también depositó parte de las cenizas en “un
hoyo cavado con sus propias manos al lado de la tumba de Thomas Lancelot
Robson”.
El diario acompañó el reportaje con una galería de imágenes en
las que se identifica claramente una urna funeraria con el nombre de Tom Sharpe escrito con rotulador y un certificado, de aspecto legal, enganchado en el recipiente. The Journal
completaba la noticia describiendo las fotografías de Sharpe que trajo
Verdaguer y las palabras que dijo durante el funeral improvisado.
Verdaguer continúa insistiendo hoy que nunca llevó
cenizas de Sharpe a Thockrington, que desenterró los objetos y los
regaló a alguien del pueblo, sin precisar quién fue la persona
agraciada. La Iglesia de Inglaterra asegura lo contrario.
Verdaguer fue condenada por el juez a una multa de 1.320 libras (1.582 euros)
y a recoger las pertenencias halladas bajo tierra.
“No sé en España
pero en Inglaterra para enterrar en un cementerio hay que tener
autorización”, dice Michael J. Slade, párroco de Saint Aidan.
Slade
obtuvo en noviembre de 2015 la autorización del Tribunal para exhumar lo
que pudo dejar Verdaguer en el cementerio; la sentencia detalla que fue
descubierta la urna en estado de descomposición pero con las cenizas
todavía dentro, la botella de whisky, la pluma y dos velas de
aniversario —aparentemente del 85 cumpleaños de Sharpe—.
Diarios como The Guardian o The Telegraph
publicaron en enero resúmenes de la sentencia del Tribunal
Eclesiástico.
Las cinco páginas del documento no tienen nada que
envidiar al humor pasado de rosca de las novelas de Sharpe.
Nancy Looper, según los correos electrónicos aportados por el reverendo
Slade, explicó que en 1999 habían consultado a la parroquia si el
escritor podía ser enterrado en Saint Aidan pero que, al no ser un
vecino, no sería posible
. Verdaguer garantizaba en unos correos de 2014
que nunca enterró cenizas humanas, que la urna estaba vacía.
También
lamentaba, según Slade, que las cenizas que ella tenía todavía no habían
podido ser enterradas. Verdaguer no compareció ante el Tribunal
. La
viuda, según la sentencia, ya había esparcido parte de las cenizas de
Sharpe alrededor de la iglesia de Saint Aidan a finales de 2014.
El reverendo Slade explicó la semana pasada a EL PAÍS que, tras la
sentencia, un representante de Verdaguer visitó la parroquia para
recoger los objetos enterrados
. Verdaguer dice no saber nada de ningún
representante suyo o de qué objetos se encontraron bajo tierra puesto
que, como siempre ha mantenido, ella se lo llevó todo del cementerio.
Contactado de nuevo por este periódico, Slade aseguró:
“La única verdad
sobre este asunto es la que le estoy explicando”.
Slade aportó además
nuevos datos, del registro de visitas de la parroquia:
“El 1 de febrero
de 2016, pasadas las nueve de la mañana, recibí al señor José María
García, de la empresa Taxis Costa Brava de Calella de Palafrugell,
quien, con la autorización delegada de la señora Verdaguer, se llevó
los objetos y las cenizas”.
García confirma por teléfono que viajó de
Calella a Thockrington en uno de sus vehículos —4.000 kilómetros de
carrera, ida y vuelta— y que se llevó los objetos que le dio Slade.
Después entregó los enseres a Verdaguer. García no puede precisar si
entre los paquetes había cenizas del difunto Sharpe.
“El cura era muy amable; estuvimos media hora con el papeleo, porque tuve que firmar no sé cuántos documentos”, añade García.
El escritor Thom Sharpe, en una imagen de 2005. BARRY LEWISCORBIS
Verdaguer es parca en palabras a la hora de exponer
su versión de los hechos pero no descarta que alguien volviera al
cementerio para enterrar objetos similares.
Recuerda que el homenaje a
Sharpe en el cementerio de Saint Aidan debía ser parte de un documental
sobre el escritor; la actuación fue filmada por dos periodistas amigos
suyos; Verdaguer espera que el material sea utilizado en algún
documental o en alguna actividad de su fundación.
La entidad fue
plenamente registrada hace un mes, según Verdaguer.
La primera acción de
la fundación fue la donación a la Universidad de Girona, a finales de
2015, de 100 legajos y 1.200 títulos de la biblioteca de Sharpe.
En
agosto está previsto que entre en funcionamiento su página web, en la
que se informará de rutas culturales sobre Sharpe.
En septiembre, en
Palafrugell, en el marco de la Bienal Xavier Miserachs, la Fundación
Vila-Casas mostrará una exposición de fotografías de Tom Sharpe durante
sus años de activismo contra el apartheid en Sudáfrica.
Un millar de cartas del autor de 'Misericordia' permite completar el retrato de un escritor muy celoso de su vida personal.
Benito Pérez Galdós lee en el salón del doctor Tolosa Latour, en Madrid, en 1897.
Lo dicen los autores de esta magna obra,
Alan E. Smith, María Ángeles Rodríguez Sánchez y Laurie Lomask: no es
fácil reunir todas las cartas de un escritor, tampoco las de Galdós.
Se
hace en este tomo por primera vez: más de 1.000. Comparadas con las que
escribió Unamuno, 50.000, no son muchas, pero sí llenas de interés en
persona tan gris y desdibujada como Galdós.
El personaje está más o menos esbozado, pero la persona no. ¿Tienen
valor, pues, estas cartas?
Más que ningún otro testimonio directo suyo.
Él publicó, ya viejo, en la revista La Esfera, unas memorias a las que llamó precisamente Memorias de un desmemoriado,
bastante decepcionantes: no cuenta casi nada personal en ellas. Se ve
que él se intrigaba poco.
Se lo dice a Clarín, cuando este le pide datos
biográficos para un estudio que escribe sobre el novelista canario:
“Me
parece a mí que los escritores, valgan lo que valieren, deben poner
entre su persona y el vulgo o público como una pequeña muralla de la
China, honesta y respetuosa.
Le aseguro a V. que siempre he tenido una
repugnancia instintiva a la familiaridad (como no sea con una mujer
guapa).
Las confianzas con el público me revientan.
No me puedo
convencer de que le importe a nadie que yo prefiera la sopa de arroz a
la de fideos…”.
Dejando de lado las que le escribió a su
amigo José María Pereda y a Clarín (estupendas), las mejores se las
mandó a sus mujeres.
Le interesaban mucho. Galdós, un solterón vocacional, fue también monógamo (más o menos).
Conocía a las mujeres muy bien y de su pluma salieron algunos de los
grandes retratos femeninos de la literatura española, y en todos los
registros, de doña Perfecta a Fortunata, de Isidora la Desheredada a
Tristana.
Y por tal razón son precisamente las cartas a sus amantes,
casi la mitad de este epistolario, lo más llamativo de él: faltan,
claro, las que le escribió a la Pardo Bazán, pero están las de Lorenza
Cobián, madre de la única hija que tuvo, las de Concha Morell, las de
Teodosia Gandarias y las de Conchita Catalá
. En todas observamos algo
parecido: reserva, secretismo y generosidad (en realidad Galdós las
mantuvo a todas ellas como mantuvieron a Fortunata algunos de sus
protectores).
¿Y cómo son esas mujeres, hay un rasgo común
en ellas?
Sí, las quiere más que sumisas, discretas, cariñosas y
ordenadas
. A casi todas las exige silencio cuando no romper esas mismas
cartas que les escribe.
Y si empiezan a pedir cotufas en el golfo (lo
que él no puede o quiere dar: matrimonio o, en su defecto,
entronizaciones oficiosas), Galdós se impacienta, y aunque jamás pierde
los nervios, acaba distanciándose de ellas y buscando el amor en otro
“nidito”
. Por lo demás confirman el célebre aforismo pessoano: todas las
cartas de amor son ridículas, pero más ridículo es quien no ha escrito
cartas de amor.
¿Y se transparenta aquí Galdós? Desde luego.
“Más que Homero o Dante me gusta acercarme a un grupo de amigos, oír lo
que dicen, o hablar con una mujer o presenciar una disputa, o meterme
en una casa de pueblo, o ver herrar a un caballo, oír los pregones de la
calles…”, le dirá a Clarín, éste sí un literato.
Sí, por estas
cartas se ve que don Benito hizo honor a un nombre que parece puesto
por él mismo. (Lo de la mala uva y el arte tiene mucho más prestigio,
desde luego, pero es otra cosa.
Ahí está, para confirmarlo,
Valle-Inclán, que profirió contra Galdós el insulto más injusto,
gratuito y dañino, ejemplo una vez más de que lo que menos soporta un
quevedesco es a un cervantino).
Darían estas cartas para escribir mucho sobre la naturaleza humana,
el siglo XIX y los españoles. Pero bástenos para cerrar esta reseña esas
palabras con las que Galdós se despide de una de sus amantes, un día en
que estaba de especial buen humor…
Porque se me olvidaba decir: Galdós tiene gracia por arrobas: “Tuyo
hasta la j[odía]… muerte”, le dijo a ella, y nos dice a todos cien años
después.