El grupo terrorista afirma en un comunicado que el ataque iba dirigido contra la población chií.
La zona del atentado, en el distrito de Al Karrada de Bagdad.Ali Abbas (EFE)ATLAS
Al menos 80 personas han muerto y 135 han resultado heridas en un
atentado con coche bomba perpetrado durante la madrugada del domingo en
una zona comercial del centro de Bagdad
. Según han explicado fuentes policiales, un conductor suicida
detonó el vehículo en medio de una multitud congregada cerca de la
tienda de helados Yabar Abu al Sharbat, ubicada en el distrito de
Karrada. El ISIS ha asumido la autoría del ataque.
El atentado se produjo sobre la una de la madrugada hora local y en
una zona muy concurrida de la capital.
Allí se encuentra la heladería
más popular y antigua de la ciudad iraquí
. Además, en pleno verano, los
vecinos prolongan las noches en la calle.
Sobre todo, en pleno mes
sagrado de ramadán, que se está celebrando actualmente.
La explosión ha destruido e incendiado varias tiendas aledañas en Al
Karrada, donde la mayoría de la población es chií.
El Estado Islámico ha
asumido la autoría del atentado a través de un comunicado: "En el marco
de las permanentes operaciones de seguridad de los soldados del
califato en la ciudad de Bagdad, el hermano muyahidín (guerrero santo)
Abu Maha al Iraqui logró hacer estallar su coche bomba en una
concentración de renegados (chiíes)".
Hasta Al Karrada se ha desplazado el primer ministro iraquí, Haidar
al Abadi, que ha sido increpado por la población del distrito.
También
le han lanzado piedras a su convoy.
Pese a ello, Al Abadi pronunció unas
palabras en la zona del ataque: "Los terroristas, después de haber sido
aplastados en los campos de batalla, cometen ataques con explosivos en
un intento desesperado"
Otro coche bomba estalló también en el mercado popular Shalal,
situado en la zona de Al Shaab, en el noreste de Bagdad y de población
también mayoritariamente chií.
Este atentado ha causado la muerte de un
civil y ha herido a cinco, además de causar destrozos en varios
comercios.
Irak libra una cruenta lucha contra el Estado Islámico desde junio de
2014, cuando el grupo terrorista se hizo con amplias zonas del norte y
centro del país y proclamó un califato.
El escritor se reinventa como artista contemporáneo. Tras el revuelo que
armó con ‘Sumisión’, la novela donde pronosticaba el dominio musulmán
de Europa, ahora desembarca en el Palais de Tokyo de París con
fotografías que retratan sus obsesiones: desde el vacío existencial
hasta el apocalipsis. TRAS SEMBRAR el pánico en el mundo de la literatura, Michel Houellebecq
se dispone a hacerlo en el del arte . Superado uno de los años más
complicados de su vida –el que acompañó la publicación de Sumisión,
su sexta novela, en la que profetiza la islamización de Francia y que
le ha valido amenazas de muerte–, el escritor se reinventa como fotógrafo. Houellebecq acaba de inaugurar una exposición en el Palais de Tokyo,
museo parisiense especializado en el más novedoso arte contemporáneo,
que permanecerá abierta hasta el final del verano. Sus imágenes retratan
paisajes decadentes y desangelados, repletos de edificios brutalistas
en los que un día se practicó el turismo de masas, parecidos a los que
uno logra visualizar cuando lee sus novelas. Houellebecq también ha
protagonizado una performance en la bienal Manifesta, en
Zúrich, donde se ha sometido a un estricto control médico del que ahora
expone el resultado: análisis de sangre y radiografías, resonancias
magnéticas y animaciones del latido de su corazón, reproducciones de su
cráneo y de su mano derecha. “Todo el mundo sabe que no lleva una vida muy sana. Y, sin embargo,
tiene buena salud”, explicó Henry Perschak, el médico suizo que condujo
los análisis. Si el escritor, premio Goncourt, es un icono de nuestro tiempo, es
comprensible que el más nimio de sus gestos sea percibido como una
auténtica obra de arte, casi como si fuera un Dalí o un Warhol. Envuelto
en su sempiterna parka, sin escolta a la vista y con la dentadura
postiza bien colocada, Houellebecq se presenta en un restaurante pegado
al Sena en una de las tardes que precedieron a su histórica crecida y
desbordamiento, tal vez los primeros síntomas de ese apocalipsis que no
deja de pronosticar. El autor de Las partículas elementales pide al camarero una botella de vino blanco, una tabla de quesos y un cenicero, del que se servirá para encadenar innumerables silk cuts,
que se fumará sujetándolos entre el anular y el corazón. A sus 60 años,
Houellebecq parece la sombra de sí mismo. “Ya no tengo interior / Ni
pasión, ni calor; / Pronto me reduciré / A mi estricto volumen”, jura en
uno de los poemas de su última antología, Configuración de la última orilla, que acaba de publicar Anagrama. El primer sentimiento que despierta es, inexplicablemente, la
compasión. Su voz resulta titubeante. Su sonrisa, tímida e infantil. Lo
que seguirá será una conversación llena de silencios, cubiertos por el
sonido algo angustiante de un ruidoso ventilador. En ella desgranará
escrupulosamente, sin perseguir la polémica ni el escándalo, cómo piensa
y trabaja, cómo percibe el mundo y cómo traduce esa visión en su obra. La primera imagen de su exposición contiene esta leyenda: “Hagan sus
apuestas”. La última de ellas dice: “No tiene usted ninguna
posibilidad”.
El apocalipsis aparece en libros suyos como La posibilidad de una isla, en El mapa y el territorio y, en cierta manera, en Sumisión,
donde describe la desaparición de la cultura francesa.
Hubo un tiempo en el que los ancianos jamás eran peleles infantilizados.
Era cuando la sociedad no tenía prisa por jubilarlos con gran soberbia.
SIEMPRE que voy a una exposición del Museo del Prado aprovecho la visita
para asomarme a dos o tres de mis cuadros favoritos, entre los que
están los imaginables y otros que no lo son tanto. Y a menudo me acabo
acercando a un retrato de un pintor español cuyo nombre corriente dice
poco a la mayoría: Vicente López (1772-1850). Su obra más conocida es el
que le hizo a Goya en 1826, con pincel y paleta en las manos y bien
trajeado por una vez. Sin duda es un excelente y algo academicista
retrato, pero no es ese el que a mí me gusta contemplar largo rato,
incansablemente. Éste es Félix Máximo López, de 1820, padre del
artista –infiero, pero no me consta– a tenor de la inscripción bien
legible sobre el teclado de un clavecín en el que el anciano apoya su
brazo izquierdo: “A D. Félix Máximo López, primer Organista de la Real
Capilla de Su Majestad Católica y en loor de su elevado mérito y noble
profesión, el amor filial”. Me imagino que el cuadro podrá verse en
Internet.Ese viejo organista parece en verdad muy viejo, aunque váyase a saber
qué edad tenía cuando fue pintado. Y sin embargo su atuendo y su actitud
son aún presumido y desafiante, respectivamente. Una chaqueta de bonito
azul marino con botonadura dorada queda empalidecida al lado de su
chaleco rojo vibrante, con su ondulación, y de los puños de la chaqueta a
juego con él. En la mano derecha sujeta una partitura cuyo título puede
leerse del revés: “Obra de los Locos, Primera parte”. Inclinado junto a
la manga, un bastoncillo de empuñadura dorada, recta y breve. La mano y
el brazo izquierdos, sobre el mencionado clavecín. El pelo blanco y
escaso lo lleva peinado un poco hacia adelante, a la manera de los
romanos pudorosos de su calvicie, y las cejas pobladas también se ven
encanecidas. Las orejas son grandes, pero bien pegadas a la cabeza; la
nariz ancha pero proporcionada con el resto; el labio superior más bien
exiguo, casi retraído, y sobre él se advierte una cicatriz vertical;
entre la mejilla y la nariz se adivina una verruga nada aparatosa, como
si se le hubiera posado una mosca ahí. Todo el retrato rebosa fuerza y a
mí me produce, como pocos otros, la sensación de tener enfrente a ese
hombre vivo, a él y no su representación; y esa fuerza está sobre todo
en la mirada, como suele ocurrir. El viejo mira fijamente al espectador
como sin duda miró muchas veces a sus discípulos y a sus seres cercanos. Y cada vez que contemplo esos ojos me parece oír voces distintas y
acaso contradictorias. Un día los imagino encarándose con alguien que le ha pedido ser su
aprendiz, o una recomendación: “¿Así que quiere usted ser organista,
joven, como yo? Pocos están dotados, y si no lo está ya se puede
esforzar, que de nada le va a servir”. Otro día los oigo murmurar: “Sí,
ya soy viejo, hijo, y quieres retratarme antes de que me muera. Podía
habérsete ocurrido antes, cuando no tenía este aspecto. Pero si se me ha
de ver así en el futuro, te aseguro que no me mostraré decrépito, sino
aún lleno de vigor. Empieza y acaba ya, cuando todavía estamos a
tiempo”. Un tercer día los oigo asustados, pero disimulando su temor y
esa incomprensión de las cosas que muchos ancianos llevan puesta
permanentemente en la mirada, como si ya todo les resultara ajeno y
baladí: “No sé quiénes sois ni qué buscáis, no entiendo vuestros afanes y
empeños, todavía dais importancia a insignificancias, aún lucháis y
ambicionáis y envidiáis, todavía sufrís; cuánto os falta para cesar,
como ya he cesado yo”. Siempre, en todo caso, oigo hablar a esos ojos,
en tono brioso, y de escepticismo, y de reto. Alguna vez me he figurado
que se dirigían al Rey, Fernando VII, y que en ese caso estarían
pensando: “¿Qué sabrás tú de música ni de nada, especie de mentecato
pomposo y cruel?” No quedan muchos viejos así en la vida real. Se los ha domesticado
haciéndoles creer que aún son jóvenes, tanto que se los trata como a
niños. Tiempo atrás escribí de la lástima que me daba un grupo de ellos,
completando tablas de gimnasia en pantalones cortos, en una plaza. Con
esos pantalones los vemos a manadas ahora, en verano. Sus hijas y nueras
los han engañado: “¿Por qué no vas a ponértelos, si así vas más cómodo y
fresco?” Apenas quedan viejos no ya dignos, sino que continúen siendo
los hombres que fueron, sólo que con más edad. Hubo un tiempo –largo
tiempo– en el que los ancianos no abdicaban de su masculinidad y jamás
eran peleles infantilizados. En el que seguían siendo fuertes, incluso
temibles, en el que se revestían de autoridad. Claro que era un tiempo
en el que la sociedad no tenía prisa por deshacerse de ellos, por
arrumbarlos, por entontecerlos, por desarmarlos y jubilarlos con gran
soberbia, como si no tuvieran nada que enseñar. Si miran el retrato del
primer Organista Félix Máximo López, seguro que reconocerán al instante
de qué les hablo.Es bueno que miren el retrato para ver que bien lo ha descrito Javier Marías y en general de tantos hombres que hasta el final fueron ellos mismos. Como mi padre, por ejemplo.
Las previsiones apuntan a un déficit a final de año que puede rondar los 18.000 millones.
La Seguridad Social camina en 2016 hacia el déficit más abultado de
su historia.
Solo se conocen sus cuentas de los cinco primeros meses del
año, pero lo ya visto apunta que los números rojos de este año
superarán a los de 2015. En julio ha hecho falta sacar 8.700 millones del hucha de las pensiones para pagar la extra.
Días antes el Ministerio de Empleo informó de que el saldo del sistema
hasta mayo empeoraba sobre 2015.
El grupo de investigación en pensiones
de la Universitat de València calcula que en 12 meses los gastos superan
a los ingresos en más 17.350 millones, 750 millones más que al cierre
del año pasado.
La ministra de Empleo y Seguridad Social en funciones, Fátima Báñez, responde a la prensa en la pasada campaña electoral Daniel PérezEFE
Los 8.700 millones que ha retirado el Gobierno de la hucha de las
pensiones, la mayor retirada hasta ahora de una sola vez, supera de
largo los 6.530 millones que hicieron falta hace un año.
Este es un claro síntoma de que las cuentas de la Seguridad Social
están empeorando respecto a 2015, un ejercicio que ya fue malísimo.
La
ejecución presupuestaria en los cinco primeros meses del año avalan el
síntoma.
En ese tiempo los ingresos superaban a los gastos por 2.855
millones, 700 millones menos que hace 12 meses (el saldo positivo a esas
alturas del año se debe a que aún no recoge la paga de la extra de
verano).
De continuar así, el déficit de la Seguridad Social (el referente al
sistema de pensiones, no el que en contabilidad nacional incluye en este
punto al Fogasa y la protección contra el desempleo) este año superará
al de 2015, cuando se marcó un récord negativo.
Entonces el desfase
entre ingresos y gastos llegó a 16.707 millones, el pasado mayo ya iba
por 17.357 millones, según un cálculo anualizado (sobre los últimos 12
meses) del grupo de actuarios del Instituto de Investigación de
Políticas de Bienestar Social de la Universitat de València.
Si la
progresión se mantiene hasta diciembre, el desfase superará los 18.000
millones.
Esta cifra ya se ha superado en el cálculo, también anualizado, de
los mismos investigadores que excluye de los ingresos las transferencias
de Hacienda y de los gastos no contributivos como los complementos a
mínimos: 18.048 millones, un 1,65% del PIB.
Que el agujero de la Seguridad Social crezca y añada así dificultades al objetivo de reducir el déficit del Estado,
contrasta con la recuperación de la afiliación, que en mayo crecía a un
ritmo anual del 2,6%.
Los ingresos por cuotas en ese mes incluso
crecían más, al 2,8%, y más que lo hubieran hecho de no ser porque las
cuotas de los desempleados se hundían, al 8%.
Pero todo esto resulta
insuficiente. Solo el gasto en pensiones sube un 3,3%.
Esto se debe a la opción del Gobierno de estimular la contratación
con reducciones directas de cotizaciones, lo que este año restará 2.500
millones a las arcas del instituto previsor.
También está el hecho de
que los salarios de los nuevos empleos tienen menores bases cotización,
mientras que los nuevos pensionistas que entran en el sistema tienen
prestaciones más altas. En 2015 el salario medio de los nuevos contratos era de 1.250 euros mensuales; la pensión de los nuevos jubilados, 1.342 euros.
Esta situación llevó a UGT y CC OO en la noche del viernes, cuando el
Gobierno hizo pública la disposición del Fondo de Reserva, reclamar al
nuevo Gobierno y a los partidos políticos que incrementen la
financiación de la Seguridad Social para fortalecer el sistema de
pensiones.
Todavía falta la liquidación del IRPF
Los 8.700 millones de euros que la Seguridad Social ha sacado de la hucha de las pensiones
en julio han servido para pagar la nómina ordinaria de ese mes y la
extraordinaria de verano.
Pero la Tesorería del instituto previsor
todavía tiene que afrontar otro reto este mes: la liquidación el 20 de
julio del IRPF de los pensionistas, unos mil millones más.
En unos días Empleo sabrá cómo ha ido la recaudación de junio
definitivamente.
Con esa información, con la situación de la caja y
viendo si se hay otros recursos en el sistema de pensiones que permitan
afrontar el pago, la Seguridad Social decidirá si es necesario sacar más
recursos del Fondo de Reserva, apuntan fuentes gubernamentales.
De ser necesarios más recursos, el remanente de la hucha de las pensiones probablemente caerá por debajo de los 25.000 millones. Todavía hay 25.176 millones.