Seis años de prisión por un delito de 79,20 euros cometido a los 18.
Ocurre en este país de tenaces ladrones millonarios que campan a sus
anchas.
SIEMPRE he tenido la sensación de que la vida es un desfiladero
tortuoso, un sendero colgado sobre el abismo. Hay personas a las que un
pequeño tropezón puede precipitar a las profundidades; otras, en cambio,
se dedican a ejecutar locas y arriesgadas cabriolas en el filo de la
nada, pero los arbustos detienen milagrosamente su caída. Sea como
fuere, creo que todos llevamos dentro nuestra posible perdición, la
puerta de nuestro infierno, la debilidad concreta capaz de hacernos
pedazos.
Cuando miro hacia atrás, veo que yo pude desbarrancarme unas cuantas
veces. Malas compañías, malas decisiones. Sin embargo, me salvé. Es
decir, ni siquiera llegué a resbalar. Pero se han dado casos de caídas
espectaculares que luego se han quedado en nada.Grandes prestigios construidos a partir de un patinazo descomunal. Como
sucedió, por ejemplo, con André Malraux (1901-1976), célebre escritor y
político francés, ministro de Cultura con De Gaulle. Y, sin embargo,
este padre de la Patria gala tuvo una juventud más que movida. En 1923,
con 21 años de edad y recién casado, viajó a Camboya con su mujer para
robar piezas de arte jemer. Los pillaron arrancando relieves milenarios
en un templo, cosa que no es la mejor referencia para convertirte luego
en ministro de Cultura. Los condenaron a tres años de cárcel, aunque
apenas pasaron unos meses en prisión porque los escritores se
movilizaron para sacarlos. Fue un tropezón que no se repitió: a partir
de aquello, el éxito, la respetabilidad, la consagración. Claro que no
todos los caídos cuentan con una legión de intelectuales firmando
manifiestos a su favor. También debió de ayudar que era un niño rico. Y
su ingenio natural, su talento, su gracia.Cuento todo esto impactada por el caso de Alejandro Fernández, un
granadino de 24 años que, si no media un milagro, habrá ingresado en
prisión para cuando ustedes lean esto. Repito una vez más que este
artículo tarda dos semanas en imprimirse; mientras lo escribo, a
Alejandro le faltan tan sólo 48 horas para que lo encierren. Su madre ha
colgado en Change.org una petición de indulto; en 24 horas ha subido de
3.000 firmas a 188.000. Todo empezó hace seis años, cuando Alejandro tenía tan sólo 18. Se
había hecho amigo de un hombre veinte años mayor que él, un conocido de
su novia. El tipo le trataba como a un igual y Alejandro se deslumbró:
era su héroe, su modelo, lo admiraba. Hicieron un viaje a Málaga y el
hombre le dio una tarjeta de monedero expedida a nombre de Alejandro. Dice el chico que confiaba tanto en su mentor que no sospechó que fuera
falsificada. El tipo le mandó comprar bebidas alcohólicas en una tienda y
eso hizo Alejandro, junto con un batido de chocolate para él, porque no
bebe. Todo costó 79,20 euros. Por esta compra le acusaron de
pertenencia a banda organizada y estafa. Le condenaron a doce años, que
luego la Audiencia redujo a seis. Ha estado en libertad provisional
desde entonces, presentándose los días 1 y 15 de cada mes. Y ahora, seis
años después, lo van a meter en la cárcel. Podemos creernos o no lo de que Alejandro ignoraba el negocio de las
tarjetas. Yo sí le creo, pero, aunque supiera más de lo que dice, los
hechos innegables son que tenía 18 años y lo manejaban tipos peligrosos
que le doblaban la edad; que carece de antecedentes penales y que está
totalmente rehabilitado. Alejandro ha estado trabajando desde entonces y
no ha vuelto a tener problemas con las leyes, “ni una multa de
tráfico”. Ahora es camarero con puesto fijo en un bar (y su jefe lo
apoya); tiene una casa con opción a compra y lleva cinco años viviendo
con una mujer que depende económicamente de él. Alejandro pidió el
indulto hace un año, pero esos procesos tardan y casi nunca prosperan. Ojalá se lo hayan concedido para cuando lean esto, pero no está claro. Y, si lo encierran ahora, lo perderá todo. Son demasiado frecuentes
estos absurdos legales, estos encarcelamientos tardíos, extemporáneos. Seis años de prisión por un delito de 79,20 euros cometido a los 18, ¡en
este país de tenaces ladrones millonarios que siguen campando a sus
anchas tan felices! Es una situación escandalosa y discriminatoria que
te hace perder la fe en la justicia.
Lo de los “derechos” de los animales es un despropósito. Con frecuencia
son sus propietarios quienes quieren para sí una especie de privilegio
añadido.
cUANDO Obama ocupó la Casa Blanca hace casi ocho años, se
encontró con un problema inesperado, mucho más grave que su raza o su
poco definida religión: no tenía perro. Hubo de comprarse uno a toda
prisa, porque en los Estados Unidos hace mucho que se llegó a la
peregrina conclusión de que quien carece de perro es mala persona. España presume de ser un país muy antiamericano, pero copia con
servilismo todas las imbecilidades que desde allí se exportan, y casi
ninguna de las cosas buenas o inteligentes.En la beatería por los chuchos (y por extensión por todos los animales,
dañinos o no), estamos alcanzando cotas demenciales, y, sobre todo, los
dueños de canes quieren imponer sus mascotas a los demás, nos gusten o
no. Leo que sólo en Madrid hay más de 270.000 censados, cifra altísima,
pero que no deja de representar a una minoría de madrileños. Ésta, sin
embargo, en consonancia con la lerda idea estadounidense de que los
perrólatras gozan de superioridad moral y de un salvoconducto de
“bondad” (Hitler se contaba entre ellos), abusa sin cesar y exige
variados “derechos” para sus perros. Lo de los “derechos” de los
animales es uno de los mayores despropósitos (triunfantes) de nuestra
época. Ni los tienen ni se les ocurriría reclamarlos. Quienes se erigen
en sus “depositarios” son humanos muy vivos, con frecuencia sus
propietarios, que en realidad los quieren para sí, una especie de
privilegio añadido. Los animales carecen de derechos por fuerza, lo cual
no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos,
algo distinto. Uno de esos deberes es no maltratarlos gratuitamente,
desde luego (pero si nos atacan o son nocivos también tenemos el derecho
e incluso la obligación de defendernos de ellos).Los dueños de perros claman ahora por que se deje entrar a éstos en casi
todas partes: en bares, restaurantes, tiendas, galerías de arte,
museos, librerías, y aun se les creen sus propios parques … Una
apasionada declara: “No apoyo sitios en los que no me dejen entrar con
mi familia” (sic). “Vaya con o sin mis perros”. (Supongo que
regiría igual para quien decidiera adoptar jabalíes, serpientes o
cachorros de tigre.) Ella y otros entusiastas celebran que ahora La Casa
Encendida abra sus puertas a los perros, y no sé si también la
Calcografía Nacional (donde se ha hecho una exposición de la Tauromaquia de Goya tan manipulada y falseada que se convirtió al pintor en un “animalista avant la lettre”
(!). En lo que a mí respecta, ya sé qué sitios no voy a volver a pisar,
por si las moscas. Nada tengo contra los perros, que a menudo son
simpáticos y además no son responsables de sus dueños. Pero no me
apetece estar en un restaurante rodeado de ellos. No todos están
educados, no todos están limpios ni libres de enfermedades, no todos se
abstienen de hacer sus necesidades donde les urjan, muchos ladran en
cualquier momento por cualquier motivo. Con frecuencia sus amos no se conforman con uno, sino que llevan tres o
cuatro, cada uno con su larga correa que ocupa la calle entera e impide
transitar a los peatones. Un perro es, además, un lujo. Su mantenimiento
es carísimo y una esclavitud, desde la comida especial hasta las
expulgaciones, las continuas visitas al veterinario, los lavados y
peinados y “esquilados” a cargo de expertos, incluso el tratamiento
“psiquiátrico” que necesitan muchos porque se “estresan”, se asustan al
oír el timbre, se desquician en pisos de escasos metros y en ciudades no
preparadas para su sobreabundancia. De las cacas que van sembrando no
hablemos; por mucho que se obligue a sus amos a recogerlas en una
operación de relativa asquerosidad, siempre los habrá que se negarán a
la humillación. Nada tengo contra los perros, ya digo, pero hay mucha
gente que sí, que les tiene miedo y no los soporta. Y se los intenta
imponer a esa gente en todas partes, hasta mientras come. Entre ella estaba Robert Louis Stevenson, que escribió en 1879: “Me vi
muy alterado por los ladridos de un perro, animal que temo más que a
cualquier lobo. Un perro es notablemente más bravo, y además está
respaldado por el sentido del deber. Si uno mata a un lobo, recibe
ánimos y parabienes; pero si mata a un perro, los sagrados derechos de
la propiedad y el afecto elevan un clamor y piden reparación … El agudo y
cruel ladrido de un perro es en sí mismo un intenso tormento … En este
atractivo animal hay algo del clérigo o del jurista … Cuando viajo a
pie, o duermo al raso, los detesto tanto como los temo”. Todo esto se
olvida, en efecto: según su tamaño y su raza, el que va con perro porta
un arma. Si está prohibido ir por ahí con una pistola o un cuchillo de
ciertas dimensiones, no se entiende tanta permisividad con una bestia
que obedecerá a su amo y que éste puede lanzar contra quien le plazca. Una vez un vecino misantrópico me insultó gravemente, sin motivo, en el
portal. Mi reacción normal habría sido encararme con él. Pero el hombre
sujetaba a un perro de aspecto fanático, que a su orden habría defendido
a su dueño aunque éste no llevara razón. Como es natural, porque a los
canes no les corresponde averiguar tales matices, sino someterse
ciegamente a quien los alimenta y cuida. Si eso no es un peligro en
potencia … En Madrid hay los perros que dije, así que no quiero
imaginarme cuántos enemigos me he creado en España con estas líneas.
Ninguno tendrá cuatro patas, eso es seguro.
Sonido compacto y potente en la presentación del último trabajo de músico.
Jean Michelle Jarre el viernes en el Sónar. Massimiliano Minocri
Hace tan solo unas semanas Jean-Michel Jarre editaba la segunda parte de su díptico Electronica, subtitulado esta vez The heart of Noisey
para demostrar precisamente eso, que el ruido tiene corazón, se plantó
en la noche de ayer viernes en el escenario más aparatoso de todos los
montados por el Sónar en la Fira de L’Hospitalet.
No era una actuación más ya que el músico de Lyon había escogido el
festival barcelonés para montar la presentación mundial de su nuevo
espectáculo basado precisamente en la música de ese disco
. La
expectación se notaba y la pregunta más repetida era ¿qué va a hacer
Jarre?
Pocas pistas podían extraerse del escenario totalmente negro en
el que el dj Ángel Molina intentaba poner en movimiento al personal para
acortar la espera; no se puede ni debe tratar a Molina como a un
telonero pero esta vez lo parecía
. El público se iba acercando pero
nadie bailaba.
Un público que, ni en los momentos más cálidos de la
actuación de Jarre, llegó a llenar la tercera parte de ese hangar
gigantesco de techos metálicos abovedados que para la ocasión se bautiza
como SónarClub y que, con su impresionante volumen, las luces nerviosas
y cambiantes y la profusión de rayos láser disparados contra el
personal, parecía sacado directamente de una película de ciencia
ficción.
A las 22,30, con exquisita puntualidad, un cañonazo de tonos
subgraves lo conmovió todo
. El suelo temblaba mientras el escenario
cobraba vida
. Unas primeras cascadas de colores rápidamente se fueron
transformando en una mezcla tan delirante como atractiva de formas
cambiantes que rodeaban la tarima sobre la que Jarre manipulaba todo
tipo de artilugios, incluida una guitarra
. Con la ayuda de otros dos
músicos en la retaguardia consiguió emular sin fisuras la sonoridad de
sus dos últimos discos antes de lanzarse a la recuperación obligada de
alguno de sus éxitos.
Llevar a un escenario su último trabajo era una tarea ardua por el
gran número de colaboraciones que han participado en la grabación,
colaboraciones además con un gran peso específico en el resultado.
Parecía difícil pero en el mundo de la electrónica todo es posible
hasta recrear a músicos que en ese momento deben estar a miles de
kilómetros de distancia haciendo cualquier otra cosa.
Así sucedió, por
ejemplo con la voz de la canadiense Peaches o la proclama del activista
estadounidense Edward Snowden (enlatada en su refugio moscovita).
Un sonido compacto y potente que, al tratarse de un recinto cerrado
(por grande que fuera), te zarandeaba con fuerza golpeándote la boca del
estómago marcó una actuación en la que el entramado sonoro parecía el
necesario acompañamiento de un espectáculo visual verdaderamente
impresionante. Una producción videográfica a menudo en tres dimensiones
que alcanzó momentos sobresalientes como la invasión de marcianitos de
ojos resplandecientes que acompañó la cuarta parte de Equinoxe o el arpa láser de The time machine.
Y una vez más dio la impresión de que el público de Jarre estaba allí
más para disfrutar con la vista más que con el oído.
Y razón no les
faltaba porque lo visto superó cualquier expectativa (que eran muchas)
mientras la música caminaba por senderos ya conocidos. Stardust cerró ochenta minutos de actuación y nadie pidió un bis.
El duque
de Cambridge estaba agachado junto a su hijo cuando la reina le ordenó
que se levantara durante el 'Trooping the colour'.
La familia real británica durante el 'Trooping the Colour'. Luca Teuchmann/WireImage
La autoridad de la reina Isabel II en Reino Unido es indiscutible, también con su familia.
El último en llevarse una regañina ha sido el príncipe Guillermo y a ojos de todo el mundo, ya que fue el pasado domingo durante el Trooping the Colour, una ceremonia anual realizada por los regimientos del Ejército británico y de la Commonwealth.
La familia real británica al completo —la reina Isabel, Carlos de Inglaterra y su esposa Camila de Cornualles,
el príncipe Guillermo con su mujer Kate Middleton y sus dos hijos y
Enrique de Inglaterra— se encontraba en el balcón principal del Palacio
de Buckingham mientras disfrutaban del desfile aéreo del Royal Air
Force.
El duque de Cambridge se agachó para hablar con su hijo, el
príncipe Jorge, que miraba intrigado al cielo. Fue en ese momento cuando
Isabel II
le dio unos golpecitos en el hombro y le dijo al segundo en la línea de
sucesión al trono británico que se levantara.
Este reaccionó a la orden
ipso facto.
Un breve gesto que ha pasado casi inadvertido hasta que este divertido momento se ha convertido en gif
—un formato de imágenes en movimiento— que circula por las redes
sociales y que da buena cuenta del genio y la autoridad de la reina de
Inglaterra. Incluso el pequeño Jorge, de 2 años, parece darse cuenta de
la que se avecina y se echa la mano a la frente.