Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

19 jun 2016

El momento de la perdición................................................Rosa Montero

Seis años de prisión por un delito de 79,20 euros cometido a los 18. Ocurre en este país de tenaces ladrones millonarios que campan a sus anchas.

SIEMPRE he tenido la sensación de que la vida es un desfiladero tortuoso, un sendero colgado sobre el abismo.
 Hay personas a las que un pequeño tropezón puede precipitar a las profundidades; otras, en cambio, se dedican a ejecutar locas y arriesgadas cabriolas en el filo de la nada, pero los arbustos detienen milagrosamente su caída.
 Sea como fuere, creo que todos llevamos dentro nuestra posible perdición, la puerta de nuestro infierno, la debilidad concreta capaz de hacernos pedazos.
Cuando miro hacia atrás, veo que yo pude desbarrancarme unas cuantas veces.
 Malas compañías, malas decisiones. Sin embargo, me salvé. 
Es decir, ni siquiera llegué a resbalar. Pero se han dado casos de caídas espectaculares que luego se han quedado 
en nada.
Grandes prestigios construidos a partir de un patinazo descomunal.
 Como sucedió, por ejemplo, con André Malraux (1901-1976), célebre escritor y político francés, ministro de Cultura con De Gaulle.
 Y, sin embargo, este padre de la Patria gala tuvo una juventud más que movida. 
En 1923, con 21 años de edad y recién casado, viajó a Camboya con su mujer para robar piezas de arte jemer. 
Los pillaron arrancando relieves milenarios en un templo, cosa que no es la mejor referencia para convertirte luego en ministro de Cultura.
 Los condenaron a tres años de cárcel, aunque apenas pasaron unos meses en prisión porque los escritores se movilizaron para sacarlos.
 Fue un tropezón que no se repitió: a partir de aquello, el éxito, la respetabilidad, la consagración.
 Claro que no todos los caídos cuentan con una legión de intelectuales firmando manifiestos a su favor. 
También debió de ayudar que era un niño rico. Y su ingenio natural, su talento, su gracia.Cuento todo esto impactada por el caso de Alejandro Fernández, un granadino de 24 años que, si no media un milagro, habrá ingresado en prisión para cuando ustedes lean esto.
 Repito una vez más que este artículo tarda dos semanas en imprimirse; mientras lo escribo, a Alejandro le faltan tan sólo 48 horas para que lo encierren. 
Su madre ha colgado en Change.org una petición de indulto; en 24 horas ha subido de 3.000 firmas a 188.000.
Todo empezó hace seis años, cuando Alejandro tenía tan sólo 18.
 Se había hecho amigo de un hombre veinte años mayor que él, un conocido de su novia. 
El tipo le trataba como a un igual y Alejandro se deslumbró: era su héroe, su modelo, lo admiraba.
 Hicieron un viaje a Málaga y el hombre le dio una tarjeta de monedero expedida a nombre de Alejandro.
 Dice el chico que confiaba tanto en su mentor que no sospechó que fuera falsificada. 
El tipo le mandó comprar bebidas alcohólicas en una tienda y eso hizo Alejandro, junto con un batido de chocolate para él, porque no bebe. 
Todo costó 79,20 euros.
 Por esta compra le acusaron de pertenencia a banda organizada y estafa. Le condenaron a doce años, que luego la Audiencia redujo a seis.
 Ha estado en libertad provisional desde entonces, presentándose los días 1 y 15 de cada mes.
 Y ahora, seis años después, lo van a meter en la cárcel.
Podemos creernos o no lo de que Alejandro ignoraba el negocio de las tarjetas. 
Yo sí le creo, pero, aunque supiera más de lo que dice, los hechos innegables son que tenía 18 años y lo manejaban tipos peligrosos que le doblaban la edad; que carece de antecedentes penales y que está totalmente rehabilitado. Alejandro ha estado trabajando desde entonces y no ha vuelto a tener problemas con las leyes, “ni una multa de tráfico”. 
Ahora es camarero con puesto fijo en un bar (y su jefe lo apoya); tiene una casa con opción a compra y lleva cinco años viviendo con una mujer que depende económicamente de él. 
Alejandro pidió el indulto hace un año, pero esos procesos tardan y casi nunca prosperan.
 Ojalá se lo hayan concedido para cuando lean esto, pero no está claro. 
 Y, si lo encierran ahora, lo perderá todo. Son demasiado frecuentes estos absurdos legales, estos encarcelamientos tardíos, extemporáneos.
 Seis años de prisión por un delito de 79,20 euros cometido a los 18, ¡en este país de tenaces ladrones millonarios que siguen campando a sus anchas tan felices!
 Es una situación escandalosa y discriminatoria que te hace perder la fe en la justicia.COLUMNISTAS-REDONDOS_ROSAMONTERO

Perrolatría.................................................................Javier Marias

Lo de los “derechos” de los animales es un despropósito. Con frecuencia son sus propietarios quienes quieren para sí una especie de privilegio añadido.


COLUMNISTAREDONDA_JAVIERMARIAS
cUANDO Obama ocupó la Casa Blanca hace casi ocho años, se encontró con un problema inesperado, mucho más grave que su raza o su poco definida religión: no tenía perro. 
Hubo de comprarse uno a toda prisa, porque en los Estados Unidos hace mucho que se llegó a la peregrina conclusión de que quien carece de perro es mala persona.
 España presume de ser un país muy antiamericano, pero copia con servilismo todas las imbecilidades que desde allí se exportan, y casi ninguna de las cosas buenas o inteligentes.
En la beatería por los chuchos (y por extensión por todos los animales, dañinos o no), estamos alcanzando cotas demenciales, y, sobre todo, los dueños de canes quieren imponer sus mascotas a los demás, nos gusten o no.
 Leo que sólo en Madrid hay más de 270.000 censados, cifra altísima, pero que no deja de representar a una minoría de madrileños.
 Ésta, sin embargo, en consonancia con la lerda idea estadounidense de que los perrólatras gozan de superioridad moral y de un salvoconducto de “bondad” (Hitler se contaba entre ellos), abusa sin cesar y exige variados “derechos” para sus perros. 
Lo de los “derechos” de los animales es uno de los mayores despropósitos (triunfantes) de nuestra época. 
Ni los tienen ni se les ocurriría reclamarlos. Quienes se erigen en sus “depositarios” son humanos muy vivos, con frecuencia sus propietarios, que en realidad los quieren para sí, una especie de privilegio añadido.
 Los animales carecen de derechos por fuerza, lo cual no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos, algo distinto. 
Uno de esos deberes es no maltratarlos gratuitamente, desde luego (pero si nos atacan o son nocivos también tenemos el derecho e incluso la obligación de defendernos de ellos).
Los dueños de perros claman ahora por que se deje entrar a éstos en casi todas partes: en bares, restaurantes, tiendas, galerías de arte, museos, librerías, y aun se les creen sus propios parques …
 Una apasionada declara: “No apoyo sitios en los que no me dejen entrar con mi familia” (sic). “Vaya con o sin mis perros”.
 (Supongo que regiría igual para quien decidiera adoptar jabalíes, serpientes o cachorros de tigre.) Ella y otros entusiastas celebran que ahora La Casa Encendida abra sus puertas a los perros, y no sé si también la Calcografía Nacional (donde se ha hecho una exposición de la Tauromaquia de Goya tan manipulada y falseada que se convirtió al pintor en un “animalista avant la lettre” (!).
 En lo que a mí respecta, ya sé qué sitios no voy a volver a pisar, por si las moscas.
 Nada tengo contra los perros, que a menudo son simpáticos y además no son responsables de sus dueños. Pero no me apetece estar en un restaurante rodeado de ellos. 
No todos están educados, no todos están limpios ni libres de enfermedades, no todos se abstienen de hacer sus necesidades donde les urjan, muchos ladran en cualquier momento por cualquier motivo. 
Con frecuencia sus amos no se conforman con uno, sino que llevan tres o cuatro, cada uno con su larga correa que ocupa la calle entera e impide transitar a los peatones.
 Un perro es, además, un lujo.
 Su mantenimiento es carísimo y una esclavitud, desde la comida especial hasta las expulgaciones, las continuas visitas al veterinario, los lavados y peinados y “esquilados” a cargo de expertos, incluso el tratamiento “psiquiátrico” que necesitan muchos porque se “estresan”, se asustan al oír el timbre, se desquician en pisos de escasos metros y en ciudades no preparadas para su sobreabundancia. 
De las cacas que van sembrando no hablemos; por mucho que se obligue a sus amos a recogerlas en una operación de relativa asquerosidad, siempre los habrá que se negarán a la humillación. 
Nada tengo contra los perros, ya digo, pero hay mucha gente que sí, que les tiene miedo y no los soporta.
 Y se los intenta imponer a esa gente en todas partes, hasta mientras come. 
Entre ella estaba Robert Louis Stevenson, que escribió en 1879: “Me vi muy alterado por los ladridos de un perro, animal que temo más que a cualquier lobo.
 Un perro es notablemente más bravo, y además está respaldado por el sentido del deber.
 Si uno mata a un lobo, recibe ánimos y parabienes; pero si mata a un perro, los sagrados derechos de la propiedad y el afecto elevan un clamor y piden reparación … El agudo y cruel ladrido de un perro es en sí mismo un intenso tormento … 
En este atractivo animal hay algo del clérigo o del jurista … Cuando viajo a pie, o duermo al raso, los detesto tanto como los temo”. 
Todo esto se olvida, en efecto: según su tamaño y su raza, el que va con perro porta un arma.
 Si está prohibido ir por ahí con una pistola o un cuchillo de ciertas dimensiones, no se entiende tanta permisividad con una bestia que obedecerá a su amo y que éste puede lanzar contra quien le plazca. 
 Una vez un vecino misantrópico me insultó gravemente, sin motivo, en el portal. 
Mi reacción normal habría sido encararme con él. Pero el hombre sujetaba a un perro de aspecto fanático, que a su orden habría defendido a su dueño aunque éste no llevara razón.
 Como es natural, porque a los canes no les corresponde averiguar tales matices, sino someterse ciegamente a quien los alimenta y cuida.
 Si eso no es un peligro en potencia …
 En Madrid hay los perros que dije, así que no quiero imaginarme cuántos enemigos me he creado en España con estas líneas. Ninguno tendrá cuatro patas, eso es seguro. 

18 jun 2016

Jarre: la imagen le ganó el pulso a la música................................................... Miquel Jurado

Sonido compacto y potente en la presentación del último trabajo de músico.

Jean Michelle Jarre el viernes en el Sónar.
Hace tan solo unas semanas Jean-Michel Jarre editaba la segunda parte de su díptico Electronica, subtitulado esta vez The heart of Noisey para demostrar precisamente eso, que el ruido tiene corazón, se plantó en la noche de ayer viernes en el escenario más aparatoso de todos los montados por el Sónar en la Fira de L’Hospitalet.

No era una actuación más ya que el músico de Lyon había escogido el festival barcelonés para montar la presentación mundial de su nuevo espectáculo basado precisamente en la música de ese disco
. La expectación se notaba y la pregunta más repetida era ¿qué va a hacer Jarre?
 Pocas pistas podían extraerse del escenario totalmente negro en el que el dj Ángel Molina intentaba poner en movimiento al personal para acortar la espera; no se puede ni debe tratar a Molina como a un telonero pero esta vez lo parecía
. El público se iba acercando pero nadie bailaba.
 Un público que, ni en los momentos más cálidos de la actuación de Jarre, llegó a llenar la tercera parte de ese hangar gigantesco de techos metálicos abovedados que para la ocasión se bautiza como SónarClub y que, con su impresionante volumen, las luces nerviosas y cambiantes y la profusión de rayos láser disparados contra el personal, parecía sacado directamente de una película de ciencia ficción.
A las 22,30, con exquisita puntualidad, un cañonazo de tonos subgraves lo conmovió todo
. El suelo temblaba mientras el escenario cobraba vida
. Unas primeras cascadas de colores rápidamente se fueron transformando en una mezcla tan delirante como atractiva de formas cambiantes que rodeaban la tarima sobre la que Jarre manipulaba todo tipo de artilugios, incluida una guitarra
. Con la ayuda de otros dos músicos en la retaguardia consiguió emular sin fisuras la sonoridad de sus dos últimos discos antes de lanzarse a la recuperación obligada de alguno de sus éxitos.
Llevar a un escenario su último trabajo era una tarea ardua por el gran número de colaboraciones que han participado en la grabación, colaboraciones además con un gran peso específico en el resultado.
Parecía difícil pero en el mundo de la electrónica todo es posible hasta recrear a músicos que en ese momento deben estar a miles de kilómetros de distancia haciendo cualquier otra cosa.
 Así sucedió, por ejemplo con la voz de la canadiense Peaches o la proclama del activista estadounidense Edward Snowden (enlatada en su refugio moscovita).
Un sonido compacto y potente que, al tratarse de un recinto cerrado (por grande que fuera), te zarandeaba con fuerza golpeándote la boca del estómago marcó una actuación en la que el entramado sonoro parecía el necesario acompañamiento de un espectáculo visual verdaderamente impresionante. Una producción videográfica a menudo en tres dimensiones que alcanzó momentos sobresalientes como la invasión de marcianitos de ojos resplandecientes que acompañó la cuarta parte de Equinoxe o el arpa láser de The time machine.
Y una vez más dio la impresión de que el público de Jarre estaba allí más para disfrutar con la vista más que con el oído.
Y razón no les faltaba porque lo visto superó cualquier expectativa (que eran muchas) mientras la música caminaba por senderos ya conocidos. Stardust cerró ochenta minutos de actuación y nadie pidió un bis.

 

La reprimenda de Isabel II a su nieto el príncipe Guillermo

El duque de Cambridge estaba agachado junto a su hijo cuando la reina le ordenó que se levantara durante el 'Trooping the colour'.

La familia real británica durante el 'Trooping the Colour'. Luca Teuchmann/WireImage

 

La autoridad de la reina Isabel II en Reino Unido es indiscutible, también con su familia.
 El último en llevarse una regañina ha sido el príncipe Guillermo y a ojos de todo el mundo, ya que fue el pasado domingo durante el Trooping the Colour, una ceremonia anual realizada por los regimientos del Ejército británico y de la Commonwealth. 

La familia real británica al completo —la reina Isabel, Carlos de Inglaterra y su esposa Camila de Cornualles, el príncipe Guillermo con su mujer Kate Middleton y sus dos hijos y Enrique de Inglaterra— se encontraba en el balcón principal del Palacio de Buckingham mientras disfrutaban del desfile aéreo del Royal Air Force.
 El duque de Cambridge se agachó para hablar con su hijo, el príncipe Jorge, que miraba intrigado al cielo. Fue en ese momento cuando Isabel II le dio unos golpecitos en el hombro y le dijo al segundo en la línea de sucesión al trono británico que se levantara.
 Este reaccionó a la orden ipso facto.
Un breve gesto que ha pasado casi inadvertido hasta que este divertido momento se ha convertido en gif —un formato de imágenes en movimiento— que circula por las redes sociales y que da buena cuenta del genio y la autoridad de la reina de Inglaterra. Incluso el pequeño Jorge, de 2 años, parece darse cuenta de la que se avecina y se echa la mano a la frente.