Sherezade y su padre conversan sobre la naturaleza de la ficción en una reveladora secuencia de Las Mil y Una Noches. Volumen 3: el embelesado,
la sorprendente, a ratos desconcertante y, sobre todo, honesta y
arriesgadísima entrega que cierra el tríptico monumental con que Miguel
Gomes ha querido enfrentar la crisis moral de todo un país sojuzgado por
la tiranía de mercado, la democratización del empobrecimiento y la
disolución de toda justicia social. ¿Para qué necesitamos las
historias?, se preguntan los personajes.
La ficción (o el arte) es el
nexo de unión entre los vivos y los muertos. También es un instrumento
para vivir lo no vivido.
Esta es la película más autorreflexiva del
conjunto y, al tiempo que subraya la funcional identificación entre
Sherezade y el cineasta, también desarrolla la idea de que la contadora
de historias, obligada a entrelazar cuentos para salvar su cuello, es el
correlato metafórico de todos los portugueses, capaces de encontrar
inesperadas vías de supervivencia en la reformulación poética de la
realidad.
La película empieza con un paseo de Sherezade fuera de los muros del
palacio donde se abren diversas posibilidades de ficciones que son
sucesivamente desechadas. Es un remanso de extrema libertad creativa, de
tono bienhumorado, enérgico y gozoso que, finalmente, da paso a uno de
los fragmentos más largos, minuciosos e inesperados de este laberinto de
historias, en las que se imbrican lo real y lo imaginario, servido en
tres generosas entregas: El embriagador canto de los pinzones
es, directamente, una inmersión documental en la comunidad de los
aficionados a las competiciones de pinzones canoros, una subcultura
nacida en un barrio de chabolas lisboeta posteriormente transformado en
comunidad de viviendas sociales.
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Gomes retrata ese microcosmos como un viaje a un Universo Paralelo,
cuyos matices y rituales desvela con curiosidad enciclopédica.
El uso de
los rótulos como elemento expresivo se hace eco de las intermitencias
en la narración de Sherezade, transmitiendo la naturaleza frágil de la
ficción, algo que siempre está a punto de romperse o desaparecer ante
las agresiones y la hostilidad de lo real.
No hay conclusión: sólo
belleza.
Y resistencia.
El verano según Faulkner es siempre tórrido, húmedo, sureño y
pegajoso.
Hasta mosquitos encontrarás en esta novela cómica que narra
las loquísimas aventuras de los pasajeros de un crucero.
Funny Girl, de Nick Hornby (Anagrama)
Nadie mejor que Hornby para retratar la frenética vida de Londres en
la década de los 60. Y lo mejor es que lo hace a través de una miss y
aspirante a actriz con mucha tela que cortar. Adictiva, como siempre.
Verano Azul, de Mercedes Cebrián (Alpha Decay)
Si perteneces a una de las generaciones que pasaban los veranos
enganchadas a las idas y venidas de Pancho, Bea, Desi, Piraña y
compañía, este es tu libro.
Un retrato emocional de toda una época, pura
nostalgia.
El dilema de Paola, de Cósimo de Monroy (Huerga & Fierro)
Tras el éxito de su blog, a medio camino entre la novela romántica y
el culebrón de alto postín con un trasfondo que refleja un enorme
conocimiento de la historia del Arte, Cósimo de Monroy debuta con esta
historia que es puro amor, puro lujo y puro verano.
Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir (Navona)
Nada más femenino que leer a una de las grandes del feminismo del
siglo XX (bien entendido). Esta historia tiene mucho de biográfico, así
que toma nota porque entre líneas encontrarás retazos de una vida
impresionante.
Un militar da una limosna a un niño mendigo en Belgrado. Bernardo Pérez
Hay que prestar atención al que cuenta lo que ha visto de cerca.
En los primeros años noventa David Rieff fue reportero enmedio de la gran explosión de salvajismo que fue la guerra de Yugoslavia,
y allí y entonces empezó a reflexionar sobre los efectos catastróficos
que puede tener algo tan reverenciado como la memoria histórica o la
memoria colectiva.
Una vez, saliendo de entrevistar a un general serbio,
uno de aquellos señores de la guerra que de la noche a la mañana se
convirtieron en matarifes de sus compatriotas, un ayudante del militar
le puso en la mano un papel doblado, como si le confiara un secreto.
Cuando Rieff lo abrió, en la hoja en blanco no había más que un número,
una fecha: 1453. Comprendió en seguida que se trataba de una consigna
delirante de memoria histórica. 1453 es el año en que los turcos
conquistaron Constantinopla y pusieron fin al Imperio Romano de Oriente.
Invocando esa fecha, los genocidas serbios se convertían nada menos que
en herederos de aquel imperio cristiano que más de cinco siglos después
continuaban la lucha contra los invasores infieles, ahora los bosnios
musulmanes a los que intentaban exterminar en beneficio de su sueño de
redención patriótica.
La guerra civil yugoslava sucedía en los años 90 del siglo XX y con
todas las ventajas modernas de las tecnologías de la destrucción, pero a
la gente se la mataba en nombre de cosas que habían sucedido en 1389, en 1453,
en un tiempo muy alejado y del todo ajeno, y sin embargo convertido en
presente por la obsesión vengativa y victimisma de las conmemoraciones.
No hay casi nadie que no piense que la preservación de la memoria es
uno de los valores supremos en una colectividad
. En mi trabajo como
escritor y en mi activismo como ciudadano yo mismo he intentado
contribuir al rescate de la memoria de la República española y de la
cultura que quedó amputada y dispersa tras la derrota en la Guerra Civil
y la grosera tentativa de lobotomía del franquismo.
Así que empecé a
leer con cierto reparo el libro de Rieff, titulado retadoramente In Praise of Forgetting.
¿Puede haber algo digno de ser alabado en la desmemoria? David Rieff
tiene una doble cualificación de ensayista agudo y luminoso y de
reportero
. Viene de la tradición de libertad intelectual y claridad
expresiva de Orwell y de John Gray, esa que brilla más que nunca en el
ejercicio de llevar la contraria a lo consabido.
Y además la combina con
un conocimiento de primera mano sobre los lugares más conflictivos del
mundo. Ha informado desde Israel, desde Rwanda, desde Irlanda, desde Argentina, desde la ex-Yugoslavia. Y en cada sitio ha sido testigo de los efectos terribles que puede
provocar una obsesión por el pasado histórico, y de las dificultades
extremas de restablecer un presente de convivencia viable sobre las
ruinas y las heridas abiertas que deja una dictadura o un enfrentamiento
civil.
La paz, o cuando menos la suspensión de las agresiones, es tan
imprescindible como la justicia.
Las víctimas han de ser honradas y los
verdugos castigados.
¿Pero qué ocurre si, en el mundo real, la paz y la
plena justicia resultan dos bienes igual de nobles pero a corto plazo
incompatibles entre sí? En Yugoslavia, en 1995, lo más urgente era que cesara la carnicería
.
Se consiguió en los acuerdos de Dayton, que no satisfacían a nadie y
que se han sostenido casi de milagro.
Pero gracias a ellos, serbios
ortodoxos, croatas católicos y bosnios musulmanes no han vuelto a
enfrentarse con las armas.
Algunos criminales de guerra han sido
juzgados y condenados, otros no. ¿Dónde está el equilibrio entre la
reconciliación y la justicia, entre la necesidad de reparar los crímenes
y los sufrimientos del pasado y la de establecer un presente de
convivencia entre unos y otros?
En este punto es donde David Rieff propone, cautelosamente, una
reflexión sobre la conveniencia de un cierto grado de olvido, que ha de
ser sobre todo no el olvido de lo que sucedió en la realidad, sino una
visión crítica del pasado que ponga el rigor de la historia por encima
de una memoria volcada en el fortalecimiento de la identidad colectiva,
dedicada a proveer justificaciones para los fracasos y coartadas
ennoblecedoras para los abusos y los crímenes, o para la simple
estupidez humana, o para el enaltecimiento de los valores del presente.
La memoria personal no es muy de fiar, pero al menos se ejerce sobre los
hechos que ha vivido uno mismo. La memoria colectiva, precisa Rieff, no existe como tal,
y es mucho más vaga en cuanto se alejan un poco en el tiempo las cosas
presuntamente recordadas, cuando empiezan a olvidar y a extinguirse los
que las vivieron y han podido contarlas.
En la memoria histórica hay una
actitud de reverencia hacia los hechos, los sacrificios, los heroísmos,
de las personas a las que se elige recordar
. Que con frecuencia esté
inspirada por los ideales más nobles no la exime del peligro de la
manipulación, porque con la misma facilidad se la puede poner al
servicio de intereses miserables y de ideales siniestros, o ni siquiera
eso, en esta época de autoestima confortable y narcisismo digital: al
servicio de la vanidad de sentirse perseguido y rebelde sin el menor
contratiempo y sin más esfuerzo que atribuirse los sufrimientos casi
siempre inventados de otros que vivieron o no hace mucho tiempo. “Para estar vivos nos contamos historias a nosotros mismos”, dice Joan Didion.
David Rieff reconoce, no sin cierto fatalismo, que las sociedades
humanas necesitan pasados manejables sobre los que sostener el presente
.
Pero su experiencia como reportero y sus conocimientos de la historia
le hacen mantenerse alerta ante la casi segura inevitabilidad de la
manipulación.
El precio de un pasado colectivo del todo alentador o
ejemplar es la mentira.
El grupo refuerza su solidaridad y su ultraje si
un dato inoportuno contradice su memoria histórica, que como todos los
rasgos de identidad se fortalece sobre todo cuando es puesto en duda por
los extraños.
El antídoto de una memoria histórica dañina o incoveniente no es otra
memoria histórica más justiciera
. Es la Historia
. Paradójicamente, dice
Rieff, en esta época en que la Historia prácticamente ha desaparecido
de enseñanza es cuando más proliferan todas las variedades de memorias
históricas.
Cuanto menos se sabe del pasado más vehementes son las
apelaciones a legitimidades fetichistas que solo el pasado parece capaz
de proveer
. Pasados a medida son los parques temáticos de la identidad a
la que cada uno se afilia, tan limpios de las incomodidades y la
impurezas de la realidad histórica como un centro comercial
herméticamente climatizado en uno de esos desiertos de las periferias
urbanas.
El antídoto de las fantasías adánicas o criminales sobre el
pasado es el estudio sobrio de la Historia, que no avanza en ninguna
dirección favorable y ni siquiera inteligible, y que es demasiado
complicada y en general amarga como para ofrecer las simplificaciones
consoladoras que alimentan la nostalgia o la movilización.
Muy cerca del
final de su libro David Rieff cita a Borges: “El olvido es la única
venganza/ y el único perdón”. Pero no es la justicia. In Praise of Forgetting: Historical Memory and its Ironies.
David Rieff. Yale University Press. New Haven / London, 2016. 160
páginas. 25 dólares.
No es una novedad que Podemos tiene dificultades para atraer el voto de las mujeres, nunca he pensado que haya votos femeninos ni votos masculinos, vaya, que da igual el voto no tiene sexo, o eso creí yo hasta leer que las mujeres no sincronizamos con un partido u otro....¿En función de qué o de quién? No somos más ignorantes, no somos mas miedosas, no somos tan tontas al contrario, no hay votos machistas, o eso creía yo.
Si que hay votos de gente masacrada por la política de derechas y la corrupción que seguirán viendo listo a Rajoy, puede ser, porque alguien que firme esta reforma laboral es para escupirle y darle la espalda, no darle el voto, pero entiendo que eso lo hacen hombres y mujeres.
Es algo que tampoco se ha solucionado a partir del pacto con
Izquierda Unida ni con el auge de liderazgos femeninos como los de Ada
Colau, Mónica Oltra, Carolina Bescansa, Teresa Rodríguez o Irene
Montero: de cada 100 potenciales votantes de Unidos Podemos, 54 son
hombres y 46 mujeres, según los últimos datos de Metroscopia —cosa que
no le ocurre al resto de partidos—. Pero lejos de entrar a valorar si
pueden atribuirse a la coalición rasgos de mayor o menor feminidad, o de
recurrir a la genérica idea de que ellas son ideológicamente más
conservadoras que ellos (cosa que hoy, demoscópicamente, no se
demuestra), sí se detecta que la devaluada imagen de Pablo Iglesias,
junto a otros factores, es un aspecto significativo.
1) La edad: cuanto más joven sea el electorado más probabilidad
existe de que los votos se dirijan hacia la coalición, y cuantas más
canas se peinen, mayor probabilidad de que PSOE y, sobre todo, PP llenen
sus alforjas. 2) El rechazo al bipartidismo: a mayor respaldo de la
nueva situación multipartidista mayor es la probabilidad de votar por
Unidos Podemos. 3) Negar los brotes verdes: cuanto peor se perciba la
situación económica más probable es que se acabe optando por la papeleta
morada en las urnas. Aun así, se detectan otros dos factores importantes que, sin embargo,
mantienen una relación paradójica. En el conjunto de España son menos
mujeres que hombres (23% frente a 27%) quienes aprueban la labor del
líder de la formación morada pero, entre su electorado, la situación es
la contraria, ellas lo respaldan algo más que ellos (79% frente a 76%). Así, parece difícil que la coalición consiga atraer a más mujeres para
conseguir la paridad de género entre sus votantes porque, de alguna
forma, Iglesias encanta a las suyas pero desencanta a las demás. Para las mujeres de más de 50 años, que puedan sentir añoranza por el
bipartidismo y no tengan una percepción tan negativa de la situación
económica, queda claro que Unidos Podemos no será su alternativa . Pero
para el resto de mujeres, a priori sin tantas reticencias hacia
la marca y con alguna probabilidad de votarle, la imagen de Iglesias
les supone más un lastre que un anzuelo. No sé que quieren decir eso de que si tenemos más de 50 años las mujeres no vamos a votar a Pablo Iglesias por su imagen....¿Pero en qué cabeza cabe? se vota un programa tenga formato de IKEA o formato del Cantar del Mio Cid. No somos tontas, no nos asustamos por una imagen "casual" tipo camisa, vaqueros y pelo recogido en una coleta, para no parecer una imagen religiosa de melena, pelo natural al viento. Es decir Pedro sánchez puede ir con camisa de Emidio Tucci, corbata de Pedro del Hierro el de antes, y un trajecito así como más barato. Un chico que lleve Camisa de Valentino, Vaquero Armani, Cinturón Tommi Hilgifer, zapatillas deportivas de una marca cara, es decir que hoy dia puede ser más pijo un deportivo que un clásico, así que no nos tomen por tontas, Iglesias te dice que música oye que cine ve, que libro lee, y ni idea que lee Rajoy ni Pedro ni que director de Teatro español o de Cine patrio les gusta. No siempre las apariencias en gañan...No se equivoquen y no digan que las mujeres y Podemos somos incompatibles, tb seremos incompatibles con el PP. Por cierto ¿Alguien me dice que marca de reloj que si marca las horas usan los de Podemos? hombres y mujeres....claro.