El
periodista Andrew Keen ataca en un libro las sombras de la Red, a la que
acusa de favorecer desigualdad, monopolios y vigilancia
El escritor y periodista Andrew Keen. LUIS SEVILLANO ARRIBASEL PAÍS
Todos callados.
Y extasiados ante el desfile del emperador. Hasta que
un chicuelo se atreve a decir lo que cualquiera ve: “¡No lleva ropa!”.
Andrew Keen se considera como aquel niño del cuento de Andersen, pero
1.200 años después.
Y, hoy en día, el relato se narra al revés: desnudos
estamos todos, por culpa del gran rey Internet. “Es genial, yo mismo lo
uso.
Y lo dejo claro en media página. Sin embargo, el resto del libro
está dedicado a los peros…”, sonríe. Es decir, a cómo la Red ha
incrementado monopolios, desigualdad, narcisismo y vigilancia, según el
autor.
Todas ellas razones por las que, tal y como se titula su obra, Internet no es la respuesta (Catedral).
El escritor y periodista Andrew Keen. LUIS SEVILLANO ARRIBASEL PAÍS
Todos callados. Y extasiados ante el desfile del emperador. Hasta que
un chicuelo se atreve a decir lo que cualquiera ve: “¡No lleva ropa!”.
Andrew Keen se considera como aquel niño del cuento de Andersen, pero
1.200 años después.
Y, hoy en día, el relato se narra al revés: desnudos
estamos todos, por culpa del gran rey Internet. “Es genial, yo mismo lo
uso. Y lo dejo claro en media página. Sin embargo, el resto del libro
está dedicado a los peros…”, sonríe. Es decir, a cómo la Red ha
incrementado monopolios, desigualdad, narcisismo y vigilancia, según el
autor.
Todas ellas razones por las que, tal y como se titula su obra, Internet no es la respuesta (Catedral).
Es el tercer libro que este periodista y escritor británico (Hampstead, 1960) dedica a las sombras de la Red, tras El Culto del AficionadoyDigital Vertigo.
Tanto que se ha ganado fans, críticos y la fama de gran polemista en
contra de la web.
Y con la misma virulencia acusa Silicon Valley y sus
gurús (con nombres y apellidos) de haberse aprovechado de nosotros para enriquecerse
mientras nos prometían un mundo mejor, más libre y más democrático.
Ante el 90% de los estadounidenses que considera que Internet ha sido
beneficioso para su existencia, según un estudio de 2014 del Centro de Investigación Pew citado en el propio libro, Keen disfruta remando contracorriente.
Y con una sonrisa acepta otro reto: resumir su tesis en un minuto.
“Hay cuatro claves. Internet está agravando la desigualdad entre ricos y
pobres; está contribuyendo a largo plazo a la crisis del paro, con
máquinas inteligentes que sustituyen incluso el trabajo especializado de
la clase media; está creando una economía de la vigilancia, donde somos
el producto, convertidos en datos que Google y Facebook venden a otras
compañías para hacer publicidad. Y nos está volviendo peor informados,
más ignorantes y narcisistas”
. Casi nada.
Para defender tan polémica aserción, Keen emplea a lo largo de 379
páginas (50 de bibliografía) anécdotas, datos, citas, reflexiones y
repasos históricos. “El principal reto era hacer un libro asequible,
entretenido y bien argumentado.
No escribo para académicos”, señala. Así
que en un párrafo se ríe del jefazo de Amazon, Jeff Bezos, en otro alude a un estudio de la ONU según el cual
en 2013 había más hombres con móvil (6.000 millones) que con acceso a
un retrete (4.500 millones) y en un tercero recuerda los origines de la
Red.
“Internet nació como investigación académica financiada con fondos
públicos. Los objetivos se podrían resumir en enfrentarse a la Unión
Soviética y generar un mundo mejor. Pero en 1991 comenzó su
comercialización”, asevera Keen.
Y, con ella, la galería de problemas
que él lamenta. “Si pudiera volver atrás, iría a mediados de los
noventa, cuando se empezó a ofrecer todo el contenido gratis. Y a 2001,
cuando Google estableció su modelo de negocio”, añade.
El escritor acusa
al buscador de hipocresía: en sus inicios, se oponía a la publicidad.
Hoy, en cambio, nos ha vendido a ella.
Pero, ¿por qué un ciudadano debería quejarse de servicios gratuitos y útiles como Google o Facebook
?
“El objetivo de Google, como dijo el propio Eric Schmidt [exdirector
ejecutivo], es conocernos mejor que nosotros mismos. Y para ello tienen
YouTube, Google Maps, Gmail, Android, los coches sin conductor… No se
trata del Gran Hermano de 1984 de Orwell, sino de vendernos
cosas
. Somos ratones encerrados en una jaula rodeados de estas grandes
compañías y de anunciantes”, remata Keen, quien también recuerda las trampas fiscales que han protagonizado Facebook, Apple, Google, Amazon y demás titanes 2.0.
Más allá de los colosos, Internet no es la respuesta se centra también en los más de 3.000 millones de internautas del planeta.
Y las conclusiones no son menos inquietantes: “Se nos olvida como
escuchar, estamos encarcelados en nosotros mismos y más solos que nunca.
La Red ha sacado algunas de nuestras peores características.
Si no
existiera, seguiríamos teniendo a Trump o a gente insultando a los
musulmanes.
Pero lo cierto es que es la plataforma perfecta para el
racismo o la misoginia, para que la rabia difunda sus metástasis”
. Keen
considera que la web ha fracasado también en su promesa de una
iluminación global y que, si continuara vivo, Voltaire estaría enormemente decepcionado.
Él también se siente defraudado: su libro ha sido bien recibido y
echa de menos la controversia. Entonces, héla aquí: para empezar, Keen
usa un smartphone y trabaja con Silicon Valley.
Además, ¿no le parece arrogante formular únicamente aserciones
tajantes? “Para un polemista que asume posiciones fuertes no hay espacio
para la duda”
“El objetivo de Google, como dijo el propio Eric Schmidt [exdirector
ejecutivo], es conocernos mejor que nosotros mismos.
Y para ello tienen
YouTube, Google Maps, Gmail, Android, los coches sin conductor…
No se
trata del Gran Hermano de 1984 de Orwell, sino de vendernos
cosas.
Somos ratones encerrados en una jaula rodeados de estas grandes
compañías y de anunciantes”, remata Keen, quien también recuerda las trampas fiscales que han protagonizado Facebook, Apple, Google, Amazon y demás titanes 2.0.
Más allá de los colosos, Internet no es la respuesta se centra también en los más de 3.000 millones de internautas del planeta.
Y las conclusiones no son menos inquietantes: “Se nos olvida como
escuchar, estamos encarcelados en nosotros mismos y más solos que nunca.
La Red ha sacado algunas de nuestras peores características.
Si no
existiera, seguiríamos teniendo a Trump o a gente insultando a los
musulmanes.
Pero lo cierto es que es la plataforma perfecta para el
racismo o la misoginia, para que la rabia difunda sus metástasis”.
Keen
considera que la web ha fracasado también en su promesa de una
iluminación global y que, si continuara vivo, Voltaire estaría enormemente decepcionado.
Él también se siente defraudado: su libro ha sido bien recibido y
echa de menos la controversia. Entonces, héla aquí: para empezar, Keen
usa un smartphone y trabaja con Silicon Valley.
Además, ¿no le parece arrogante formular únicamente aserciones
tajantes? “Para un polemista que asume posiciones fuertes no hay espacio
para la duda” . Además, ¿no le parece arrogante formular únicamente aserciones
tajantes?
“Para un polemista que asume posiciones fuertes no hay espacio
para la duda”. Más: dicen que su libro solo es un copia y pega de
polémicas y teorías de otros y que Internet amplía meritocracia y oportunidades
para todo el mundo.
“Es una crítica en parte justa.
No escribo nada que
no haya sido dicho antes. No soy un investigador original, lo que hago
es juntarlo todo.
No conozco muchos otros libros que resuman tantos
argumentos en un formato leíble y coherente”.
Por tanto, ¿su objetivo es hacer pensar al gran público? “Mi objetivo
es vender libros, estar en el debate público, ser invitado a
televisiones y hacer comprender aspectos que están ocultos”. Quizás, de
paso, también cambiar las cosas.
Hacia el final de la obra, Keen propone
una serie de soluciones que pasan por un mayor control gubernamental,
investigaciones como las que lanza cada vez más la UE contra los gigantes
de Internet y la propia movilización de expertos, académicos y grandes
compañías para arreglar los fallos del sistema.
Sobre ello escribirá su
próximo libro. Ya que Internet no es la respuesta, intentará ofrecerla él.
Hablar
de cine clásico asiático que no lleve por bandera la nipona resulta,
cuanto menos, complicado. Sin embargo hoy os traigo la primera de tres
excepciones. Tres cintas procedentes de La India que forman parte de un
todo, y quien sabe si en el futuro habrá más. De momento nos quedamos
con tres películas que unidas constituyen la conocida y aplaudida Trilogía de Apu, obra maestra de su director, Satyajit Ray. Y sin que sirva de precedente, quiero alterar ligeramente la estructura de mi crítica empezando por hablar del director de La canción del camino.
Satyajit Ray nació en 1920 en una familia de artistas bengalí que se
podía rastrear hasta diez generaciones. Desde joven mostró un gran
interés por el mundo del séptimo arte, convirtiéndose en un ávido
espectador en las salas de cine.
En un principio estudió diseño gráfico
en la universidad Visva-Bharati en Santiniketan, fundada por el
prestigioso Rabindranath Tagore. Aunque no terminó sus estudios, su
estancia en la universidad le permitió conocer de primera mano el arte
oriental, y especialmente el hindú, el cual llegaría a ser una clara
influencia. Comenzó a trabajar como diseñador gráfico en diferentes
lugares y compañías, y en 1947 funda junto a Chidananda Dasgupta y otros
cinéfilos Calcutta Film Society, lo cual le permite visionar
gran número de películas de procedencia extranjera. Gracias a los
contactos que realiza llega a conocer al director francés Jean Renoir,
el cual se encontraba en La India buscando localizaciones para su
película El Río. Fue gracias a este que comprendió que
convertirse en director de cine podía ser la perfecta y necesaria
válvula de escape para su vena artística
. Durante una estancia de
trabajo en Londres vio y estudió un gran número de películas, pero fue
tras visionar Ladrón de Bicicletas
(Vittorio de Sicca, 1948), que se convenció de la idea de que debía
convertirse en director de cine. Ray ya había discutido en un par de
ocasiones con Renoir acerca de una idea de película que posteriormente
sería Pather Panchali, proyectó que el director de La Gran Ilusión animó a Ray a llevar a cabo.
Influido por la obra maestra de Vittorio de Sicca, el director se basó principalmente en la novela homónima de Bibhutibhushan Bandyopadhyay
sobre la infancia de un joven bengalí a principios del siglo XX para
llevar a cabo su ópera prima. Como los propios directores neorrealistas,
Ray tuvo problemas financieros desde el principio para rodar su
película. Usó sus únicos ahorros para arrancar el proyecto con la idea
de que tras el visionado de lo rodado hasta el momento lograría algún
tipo de financiación. Estas ayudas no llegaban, y cuando lo hacían, eran
rechazadas ya que imponían cambios en el guión, por lo que proyecto se
alargó durante tres años cuando, tanto Ray como su director de
producción, Anil Choudhary, contaban con dinero nuevamente. La
elección del reparto no podía ser más neorrealista, todos los actores y
actrices eran meros aficionados, con la clara intención de aportar un
toque lo más realista posible. De la misma manera que el equipo técnico
apenas tenía experiencia cinematográfica, algo que no impidió que el
resultado final fuese, cuanto menos, notable. Gracias a una ayuda
estatal, Ray consiguió terminar y estrenar su película en 1955,
convirtiéndose en un éxito tanto de crítica como de público. Y no
únicamente en La India, también en occidente la cinta logró recopilar
premios de la crítica. Uno de sus principales impulsores fue el director
John Huston, quien se encontraba en La India buscando localizaciones
para su El hombre que pudo reinar, y que tras ver la escena de Apu y su hermana en las vías del tren,
trató de dar a conocer la cinta entre sus círculos en EEUU.
También
contó con detractores, como el propio François Truffaut, aunque fueron
minoritarios.
A partir de una edad, en este caso los 60, vas entrando en un bucle de desidia que te desinfla el alma y te hincha los tobillos.
Crees que tu vida ya solo puede adquirir billetes para trayectos
cortos, con compañeros de viaje que miran con nostalgia las huellas en
el cristal que dejan niños que se apasionan con lo que les ofrece
cualquier imagen del exterior. Así que hoy voy a recoger mis
recuerdos lúdicos y voy a darle un vuelco a las críticas que hago, a
veces, con gente que se niega a coger el tren de cercanías y sigue
apostando por el de alta velocidad. Tres personajes maduros
que se pintan sonrisas de impúber y posan atraídos por la luz fatua del
fotógrafo: Isabel Preysler, el escritor Vargas Llosa y el marqués de
Griñón. Titulares coincidentes: “Estoy pasando por la etapa más feliz de mi
vida”. Nada nuevo. Es cierto, pero ese mensaje también hace que muchos
abran los brazos a la esperanza perdida. Es un periodo en el que se nos
mandan mensajes preñados de rendición como estos: “Yo ya lo he vivido
todo”. “¿Un hombre en mi vida ahora? ¡Quita, quita!”. “Cuando te liberas
del sexo, tu vida y tu mente fluyen con más armonía”... Es posible. Me
viene a la memoria una letra de Patxi Andion de un preso que libera a su
mujer con esta frase: “Sé que las entrañas te laten y necesitas a otro
que las desate”. Y doy paso a mi parte frívola que se revuelve cuando
me pongo tan intensa: ¿El Nobel se ocupará de desembrollar las entrañas
a la Preysler? ¿O caerá rendido a los focos y dejará la novela para
hacerle las memorias a Bruce Jenner, ahora Caytlin, padre de las
Kardashian? De todas formas, espero que sean felices y nos regalen
momentos de intimidad. Un embarazo parece descartable, pero les animo a
que sigan cruzando fronteras con francotiradores que disparan a la
esperanza. No me gusta Vargas Llosa, creo que lo he dejado claro siempre que hablo de él. Tiene surcos en la cara rellenos de engaños.Isabel
ha acertado en recogerlo ahora. La edad amaina las fugas a otras
pieles. De Griñón he hablado menos, pero me dicen que esta vez no ha
acertado. Sabéis que me debo a los que me leéis y nunca doy un paso atrás para decir lo que pienso.Esta vez... ¡Muda! Que hablen otros. Hasta la semana que viene. Mañana me voy a oler a mis nietos. ¡Los necesito tanto!
Isabel Preysler cuenta que ella nunca ha tenido como objetivo casarse.
Que si lo ha hecho ha sido porque se lo han pedido. Es más, ni
necesario le parece. ¿Qué ha pasado con la reina de corazones? ¿Nos la
han cambiado?La viuda de Miguel Boyer acudió a un evento llevado acabo en la
tienda insignia de Pronovias y allí atendió a la prensa, que se
interesaron por su relación con Mario Vargas Llosa.
La pregunta sobre una posible boda era obligada cuando acudes a un evento de estas características. “¡Ni lo he pensado todavía!”, así que de vestido ni hablamos, “cuando llegue el momento lo pensaré…”,
respondía, como si fuera una locura que algunos ya nos hubiéramos
imaginado a la pareja en capilla. Pues no, que se quieren tomar las
cosas con relajo.
Eso sí, parece que cuando llegue el gran día,
Isabel no dará el ‘sí, quiero’, llevando una pieza en color blanco,
elegirá cualquier otro color, menos ese. Ya lo llevó en su día, y ahora
toca probar otro.
Y vestirse de madrina o de madre de la novia, tampoco. En casa, cuenta, que no tiene a nadie pensando en pasar por la vicaría, ni tan si quiera Ana y Fernando, que están más centrados en disfrutar de la convivencia que de organizar planes nupciales.
Sobre su pareja, que esta semana celebraba su 80 cumpleaños,
no tiene más que palabras de cariño y admiración.
“Lo mas bello que me
aporta Mario es el amor tan grande y profundo que me da”. “Me halaga que
diga que la felicidad tiene mi nombre y apellido”, confesaba sonriente,
encantada por la aventura en la madurez que le ha tocado vivir.
Isabel ahora es una mujer más preocupada en volver a ser abuela, que en casarse.
La duquesa del couché ahora disfruta con calma de su relación, mientras
paladea el devenir de los acontecimientos.
Y tiene que ser un gustazo,
porque, asegura que al lado de Vargas Llosa “cada día es mejor que el
anterior”.