El actor
confiesa que aunque se siente cómodo con sus canas y arrugas sabe que la
cámara lo dejará de querer y busca consolidar su carrera como director.
El actor George Clooney. Cordon press
George Clooney jamás ha tenido problemas con aceptar su edad, 54 años. “No tiene sentido intentar luchar contra el proceso de envejecimiento
lo que se trata es de llevarlo con elegancia”, ha dicho en el pasado
.
Sin embargo, eso no quiere decir que no sea consciente de cómo los años
van a afectar a su carrera frente a las cámaras.
“El público siempre
quiere ver a gente joven”, ha confesado en una entrevista con la cadena
británica BBC News.
“Cada vez se intenta envejecer menos en la pantalla.
Intento escoger las películas que mejor funcionan para mí, pero a
medida que pasa el tiempo son menos”, añadió el actor.
Cartel de la última película de George Clooney, '¡Ave, César!'. Cordon Press
Esto no significa que el protagonista de ¡Ave, César!
piense retirarse de la industria del cine, simplemente que prefiere
dedicar sus esfuerzos a su trabajo como director. “Es una de mis grandes
pasiones y realmente lo disfruto mucho
. A medida que envejeces en la
pantalla, se llega al punto en donde realmente entiendes que no podrás
permanecer por mucho tiempo más frente a la cámara.
Por lo que resulta
más divertido para mí, y también más creativo, dirigir”, explicó.
Con esta confesión el intérprete de Oceans Eleven intenta
mostrar que la industria del entretenimiento también puede ser cruel con
los hombres
. Según su experiencia no solo las actrices son objeto de
discriminación cuando cumplen cierta edad. Opinión con la que difieren
algunas estrellas, como Jane Fonda, de 78 años, que ha denunciado que los varones de Hollywood
consiguen aparecer “más deseables” con el paso de los años gracias al
poder que transmiten, mientras que en el caso de las mujeres “todo se
reduce a nuestro aspecto y por eso lo único que podemos hacer es intentar mantenernos jóvenes”.
George Clooney en 1989, con 28 años.
Aunque la edad sea la causa por la que Clooney ha decidido empezar a
cambiar de rumbo, no contempla someterse a ninguna intervención con tal
de alargar más su carrera como galán. "Me gustan mis cabellos grises y
mis arrugas.
Me gusta que mi rostro refleje ahora más personalidad, más
carácter que con 20 o 30 años", declaró a la revista alemana Meins
. Y contó que en un principio le costaba aceptar que él se veía mucho mayor que Brad Pitt, aunque solo fuera dos años mayor. "Antes esto me frustraba, pero ahora me da igual", señaló
El intérprete que se encuentra en plena promoción de ¡Ave César!
ha tenido tiempo para hablar de temas que van más allá de Hollywood.
Hace unos días se sentó con la canciller alemana Angela Merkel para
debatir acerca de la crisis de los refugiados sirios. Y aprovechando la
reciente celebración de Supermartes en Estados Unidos,
el exsoltero de oro no ha vacilado en confirmar su apoyo a Hillary
Clinton y despotricar contra Donald Trump.
“Está loco… La verdad del
asunto es que en época de elecciones las cosas se tornan raras.
Y
mientras más alto se oigan las voces, más lejos y extremistas se
vuelven
. Así que si oyes una verdadera estupidez, como: vamos a sacar a
todos los musulmanes del país, sabemos que eso no va a suceder”,
aseguró..
La
diseñadora asegura que su vida de madre trabajadora le obliga a ser más
práctica.
En su último desfile en Nueva York sorprendió con unas
zapatillas Adidas blancas.
Victoria Beckham en su último desfile en Nueva York. Instagram / cordon press
Se deshizo del autobronceador, abandonó los escotes, las manicuras
acrílicas y las minifaldas ganaron unos centímetros por arte de magia. Victoria Beckham
estaba dispuesta a hacer todo lo posible para encajar en el mundo de la
moda.
Lo único de lo que no se desprendía era de los tacones.
El
calzado plano lleva varias temporadas siendo tendencia, pero temporada
tras temporada la diseñadora seguía empeñada en no salir de casa sin
unos Christian Louboutin
de 13 centímetros.
La ex Spice Girl, que llegó a afirmar que con zapato
plano no podía concentrarse, eligió las alzas imposibles como seña de
identidad.
Por algo su libro de consejos de estilo, publicado en 2006 se
titula Esa media pulgada adicional: cabello, tacones y todo lo demás.
Ni las advertencias del podólogo pudieron con su dependencia de los stilettos.
Estaba hasta tal punto enganchada que inauguró un partido de béisbol
con deportivas de plataforma y llevó a sus hijos a un parque de
atracciones con unos incomodísimos zapatos más propios de un club de striptease.
Como en una versión actualizada de sansón, si le quitaban los tacones le arrebataban sus fuerzas. Desfile de Victoria Beckham en la Semana de la Moda de Nueva York. cordon press
Victoria Beckham saliendo de su tienda en Londres. cordon press
Por todas estas razones, nadie se esperaba lo que se vio al final de
la presentación de su nueva colección en la semana de la moda de Nueva
York.
Al acabar el desfile Beckham salió a saludar con el pelo recogido
en una coleta, pantalones masculinos, jersey de lana y calzada con unas
zapatillas Adidas blancas Stan Smith.
Un look sospechosamente similar al de Phoebe Philo, la venerada
y discreta directora creativa de la firma francesa Céline.
Algunos
presentes, perplejos con el cambio, se apresuraron a decretar que sus
pies marcaban el fin de una época.
La explicación, que dio a The Telegraph, es que su vida de madre trabajadora
le obliga a ser más práctica:
“Ya no puedo ponerme tacones, al menos
cuando estoy trabajando. Viajo mucho, y la ropa tiene que ser simple y
cómoda”, dijo al diario.
Las declaraciones tienen sentido, pero esta astuta mujer de negocios no
da puntada sin hilo.
En su última colección las modelos salieron a la
pasarela con mocasines planos y ropa más propia para ir al trabajo que a
un sarao.
La esposa de David Beckham sabe que la mejor publicidad es
ella misma, y para atraer a un público de profesionales serias tiene que
dar los últimos retoques a su imagen.
Loewe
triunfa en París con una colección definida por contrastes armoniosos,
mientras Dior se escuda en el clasicismo a la espera de su nuevo
diseñador.
Carrusel final del desfile de Loewe, que presenta en París su colección para otoño-invierno 2017.
Con la cara lavada y un logo rediseñado, Loewe protagonizó este viernes la jornada de desfiles en la semana parisina del prêt-à-porter
de la temporada otoño-invierno 2016-2017, donde la nueva colección
tramada por J.W. Anderson, el prodigio norirlandés de 31 años que ha logrado colocar la marca en la primera línea del lujo internacional,
recibió aplausos unánimes.
Al final del desfile, salió a saludar
retraído y cabizbajo, como acostumbra, aunque podría haber levantado
ambos brazos dibujando la señal de la victoria.
Carrusel final del desfile de Loewe, que presenta en París su colección para otoño-invierno 2017.
Con la cara lavada y un logo rediseñado, Loewe protagonizó este viernes la jornada de desfiles en la semana parisina del prêt-à-porter
de la temporada otoño-invierno 2016-2017, donde la nueva colección
tramada por J.W. Anderson, el prodigio norirlandés de 31 años que ha logrado colocar la marca en la primera línea del lujo internacional,
recibió aplausos unánimes. Al final del desfile, salió a saludar
retraído y cabizbajo, como acostumbra, aunque podría haber levantado
ambos brazos dibujando la señal de la victoria.
Una modelo luce una creación de Jonathan Anderson para Loewe. EFE
Anderson presentó una colección de una gran solidez, que parecía
estudiada al milímetro, pese a que todo manara con perfecta fluidez y
sin molestos subrayados
. La propuesta de Anderson está estructurada a
partir de un admirable juego de contrastes, que sitúan sus looks
en algún lugar entre la rigidez y la suavidad, lo radical y lo
accesible, lo discreto y lo aparatoso
. Las texturas naturales de los
abrigos de tweed y los jerséis en bambú orgánico contrastaban
con materiales tirando a sorprendentes, como el alambre y la goma
industrial, de los que el modisto se ha servido para dar forma a faldas y
vestidos.
Como es habitual, la perseguida sofisticación de Anderson
no tiene nada de ostentosa, pero tampoco se priva de ciertas
excentricidades.
En la pasarela primaveral ya sorprendió con pantalones
de celofán transparente o atuendos de trencadís
En esta ocasión, fueron los cortes mutantes de los abrigos, los collares
cervantinos en dorado, las mangas compuestas de aros de metal o los
bolsos en forma de gato, suspendidos del cuello como si fueran
colgantes, los que causaron cierta sensación y prometen convertirse en best seller
para los pudientes.
Tal vez sea ese el contraste más admirable: la
colección, situada en la frontera con lo conceptual, nunca renuncia a la
comercialidad.
De fondo, se escucharon hipnóticos mantras para dejar de fumar
(el propio modisto lo está "intentando"). Afirma Anderson que toda
colección debe contener una parte de incomodidad y extrañeza para ser un
éxito.
Lo que presentó este viernes supone un buen ejemplo de esa
máxima.
Unas horas más tarde, Dior presentaba su nueva colección, la segunda
entregada por Lucie Meier y Serge Ruffieux, el tándem que se ha colocado
provisionalmente al frente de la marca tras la dimisión inesperada de Raf Simons el pasado otoño.
A la espera del nombramiento oficial de su sucesor como director
creativo —suenan nombres como Sarah Burton o Riccardo Tisci—, el atelier
de la firma francesa pareció escudarse en cierto clasicismo.
Una modelo desfila con una de las creaciones de Christian Dior en París. WireImage
El desfile tuvo lugar en uno de los espectaculares patios interiores del museo del Louvre,
donde la marca hizo construir un gran cubo reflectante en el que
destellaban los edificios del antiguo palacio real, que albergaba
distintos pasillos tubulares próximos a un futurismo minimalista.
Su
presentación siguió esa misma directriz, dudando entre pasado y futuro
De fondo, se escucharon hipnóticos mantras para dejar de fumar
(el propio modisto lo está "intentando"). Afirma Anderson que toda
colección debe contener una parte de incomodidad y extrañeza para ser un
éxito. Lo que presentó este viernes supone un buen ejemplo de esa
máxima.
Unas horas más tarde, Dior presentaba su nueva colección, la segunda
entregada por Lucie Meier y Serge Ruffieux, el tándem que se ha colocado
provisionalmente al frente de la marca tras la dimisión inesperada de Raf Simons el pasado otoño
.
A la espera del nombramiento oficial de su sucesor como director
creativo —suenan nombres como Sarah Burton o Riccardo Tisci—, el atelier
de la firma francesa pareció escudarse en cierto clasicismo.
Una modelo desfila con una de las creaciones de Christian Dior en París. WireImage
El desfile tuvo lugar en uno de los espectaculares patios interiores del museo del Louvre,
donde la marca hizo construir un gran cubo reflectante en el que
destellaban los edificios del antiguo palacio real, que albergaba
distintos pasillos tubulares próximos a un futurismo minimalista. Su
presentación siguió esa misma directriz, dudando entre pasado y futuro
Valorizó el patrimonio de la maison reinventando diseños históricos, como el vestido ice cream que diseñó Christian Dior o el tailleur
bar de su célebre colección New Look, además de multitud de bordados y
estampados de aires retro
. A la vez, también se vieron faldones
asimétricos, volantes a la altura del pecho o incluso elementos
procedentes del workwear masculino. Sin el genio ni la
exuberancia de Raf Simons, la colección prefirió no correr riesgos
innecesarios, y el conjunto pareció coherente.
Apostando por la acumulación y la mezcla, la propuesta de Dior abrazó
una gran diversidad de formas y materias, del terciopelo y el leopardo
hasta el jacquard o el patchwork de estampados.
En la
nota de prensa del desfile, sus responsables dijeron haber querido
esbozar "una feminidad en movimiento", "lúdica y excéntrica". Hubo quien
salió descontento, pero también quien lo consideró una demostración
práctica de las virtudes de no tener presidente.
De acción
son las mejores películas que he visto en los últimos años del cine
español, con la excepción de 'El artista y la modelo'.
Luis Tosar y Rodrigo de la Serna, en 'Cien años de perdón'.
Hace veinte años vi en el festival de Berlín la ópera prima de un
director español (o vasco o catalán, no sé, me pierdo en eso de las
nacionalidades) llamado Daniel Calparsoro titulada Salto al vacío.
Y existía vértigo en ella y las transparentes huellas de un director con pretensiones de estilo, de originalidad, de destroyer.
Como la mayoría de los experimentos, me resultaban fatigosos los suyos,
aunque había secuencias, como la de esa actriz atractiva pero con
vocación de parecer rarita llamada Nawja Nimri pasando con su boca y a
toda hostia papelas de caballo en un paisaje siniestro, que revelaban a
alguien que sabía retratar sensaciones con su cámara.
CIEN AÑOS DE PERDÓN Dirección: Daniel Calparsoro. Intérpretes: Luis Tosar, Patricia Vico, Rodrigo de la Serna, Raúl Arévalo. Género: thriller. España, 2016. Duración: 98 minutos.
Y la continuidad de la carrera de este señor tan desgarrado, airado y
moderno no me fascinó durante demasiado tiempo.
Y vale, todos
evolucionamos, excepto los tontos irremediables (yo lo soy), y el tiempo
puede lograr que renuncies parcialmente a tu furiosa autoría para
convertirte en un profesional, uno de los conceptos más nobles y
admirables que existen (no hay muchos que tengan lo que hay que tener,
que hagan muy bien su trabajo sin reclamar el título de artista), que
incluso en un universo tan cutre y degradado como el de las series de
televisión españolas, te las ingenies para hacer cosas dignas, que
decidas convertirte en un buen narrador de películas de acción. Hay
quien menosprecia o desdeña el género.
Allá ellos. Yo creo que Hawks,
Ford y Hitchcock hacían películas de acción y que transmitían
sentimientos en medio de ella. No conozco a nadie mejor.
Luis Tosar y Rodrigo de la Serna, en 'Cien años de perdón'.
Hace veinte años vi en el festival de Berlín la ópera prima de un
director español (o vasco o catalán, no sé, me pierdo en eso de las
nacionalidades) llamado Daniel Calparsoro titulada Salto al vacío. Y existía vértigo en ella y las transparentes huellas de un director con pretensiones de estilo, de originalidad, de destroyer.
Como la mayoría de los experimentos, me resultaban fatigosos los suyos,
aunque había secuencias, como la de esa actriz atractiva pero con
vocación de parecer rarita llamada Nawja Nimri pasando con su boca y a
toda hostia papelas de caballo en un paisaje siniestro, que revelaban a
alguien que sabía retratar sensaciones con su cámara.
CIEN AÑOS DE PERDÓN Dirección: Daniel Calparsoro. Intérpretes: Luis Tosar, Patricia Vico, Rodrigo de la Serna, Raúl Arévalo. Género: thriller. España, 2016. Duración: 98 minutos.
Y la continuidad de la carrera de este señor tan desgarrado, airado y
moderno no me fascinó durante demasiado tiempo.
Y vale, todos
evolucionamos, excepto los tontos irremediables (yo lo soy), y el tiempo
puede lograr que renuncies parcialmente a tu furiosa autoría para
convertirte en un profesional, uno de los conceptos más nobles y
admirables que existen (no hay muchos que tengan lo que hay que tener,
que hagan muy bien su trabajo sin reclamar el título de artista), que
incluso en un universo tan cutre y degradado como el de las series de
televisión españolas, te las ingenies para hacer cosas dignas, que
decidas convertirte en un buen narrador de películas de acción.
Hay
quien menosprecia o desdeña el género. Allá ellos. Yo creo que Hawks,
Ford y Hitchcock hacían películas de acción y que transmitían
sentimientos en medio de ella. No conozco a nadie mejor.
Y de acción son las mejores películas que he visto en los últimos años del cine español, con la excepción de la admirable El artista y la modelo,
de Fernando Trueba, que nunca he sabido a que género pertenece.
Alberto
Rodríguez hace películas de acción y más cosas. Enrique Urbizu hace
películas de acción y más cosas. Daniel Monzón hace películas de acción y
más cosas.
Su cine aspira a ser visto por muchos, como el de cualquier
persona sensata que se dedique al espectáculo.
Proponen una oferta que
aspira a la demanda.
Y además de entretenimiento, intriga, tensión, esas
películas intentan provocar emociones. Y responden a su visión del
mundo.
No están destinadas a cuatro onanistas mentales convencidos de
que tienen un paladar selectivo, con una sensibilidad especial para
captar el auténtico arte, sino para esa cosa tan diversa, heterodoxa y
necesaria llamada público.
En Guerreros, Calparsoro mostraba su dotes para hacer cine bélico, sin abandonar el nihilismo.
Y seguí con interés la muy profesional Combustión,
cine muy digno que podía haber sido rodado en Hollywood, aunque con un
presupuesto cien veces menor.
Y la protagonizaba una señora muy sensual,
Adriana Ugarte, que debe ser tan buena actriz que no la he reconocido
en la vida real cada vez que me he cruzado con ella en el festival de
San Sebastián.
Y en Cien años de perdón (ojalá que pudiéramos robar a los
grandes ladrones y obtener no ya cien años de innecesario perdón, sino
de agradecimiento popular), apoyándose en el guion de Jorge
Guerricaechevarría, un señor que escribe cosas distintas y con sello
propio, Calparsoro logra una película tensa, entretenida, rodada con
personalidad y oficio, con actores competentes (espléndido e inquietante
el argentino Rodrigo de la Serna), que gira alrededor del asalto a un
banco donde guardan su rapiña los rufianes más poderosos, los padres de
la patria.
Y me aclaro.
No esperen la versión española de Heat, la película que más me ha enamorado en los últimos veinte años, pero sí un producto tan visible como audible.