Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

28 feb 2016

¿Se puede elegir cuidar?...................................................................... Carolina del Olmo

La atención a los hijos y a los padres ancianos es una experiencia humana que resulta arriesgado sortear.

Una de la serie de fotografías tomadas por Sara Naomi Lewkowicz que ha sido premiadas en el World Press Photo 2016.
La sociología siempre se encuentra en esa compleja tesitura de intentar hallar una explicación común para unas prácticas sociales que, bien miradas, no son más que la suma de un montón de prácticas individuales.
Y estas, como es natural, pueden explicarse por causas muy diversas
. Es como si en física tuviéramos que reconocer que, aunque las manzanas tienden a caer de los árboles al suelo por la ley de la gravedad, algunas lo hacen por otros motivos, e incluso las hay que no caen.
 Esta peculiaridad de las “ciencias” humanas se convierte, en todo lo que atañe a la maternidad/paternidad, en un motivo constante de bronca y malos entendidos
. Vaya, pues, por delante que cualquier decisión individual en materia de reproducción me parece perfectamente válida.
Por lo demás, es posible que a nuestro medio ambiente ideológico, lastrado por fuertes inercias patriarcales, le venga bien una reivindicación de la no maternidad libremente elegida.
 Pero buena parte del movimiento childfree puede explicarse poniéndolo en relación no solo con las grandes ventajas de nuestra época —libertad de elección de itinerarios vitales—, sino también con algunos de sus peores defectos.
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Uno de los principales problemas de nuestra sociedad es su desprecio de todo lo que tiene que ver con la vulnerabilidad humana.
Una vulnerabilidad particularmente notoria en la infancia, la vejez y la discapacidad.
 Hemos construido nuestra vida en común alrededor del mito del adulto autónomo y fuerte que busca maximizar sus opciones a lo largo de una trayectoria vital reducida a una serie de intercambios, entendidos a semejanza de los mercantiles
. Elijo mi estilo de vestir igual que elijo a mis amigos, mi trabajo (supuestamente) y si tengo o no tengo hijos
. Y si elijo comportarme de manera altruista y cuidar de mi prójimo lo hago precisamente así, como elección, no como expresión de un compromiso al que estoy obligada por formar parte de una red de reciprocidad e interdependencia que me ha permitido, entre otras cosas, llegar a adulta
. Nos dejamos engañar por el espejismo de la autonomía y la independencia y no vemos que si estamos aquí eligiendo ser así o asá es porque nos han cuidado, y mucho.
 Venimos al mundo como seres desvalidos totalmente dependientes, y seguimos siendo vulnerables y dependientes en mayor o menor grado a lo largo de toda nuestra vida.

Entre las experiencias básicas de socialización y desarrollo de niños y jóvenes se contó, durante milenios, la de cuidar, no solo la de ser cuidado.
 Hoy día, en cambio, la mayoría de las personas —especialmente las de clase media o alta entre las que triunfa el estilo de vida childfree— llegan a adultas sin haber cuidado de nadie, en lo que es posiblemente una singularidad histórica sin precedentes.
 Tal vez por eso tanta gente experimenta la maternidad/paternidad como una brecha vital profunda.
 Y por eso hay cada vez más gente que considera el cuidado una opción, algo que puede elegirse o evitarse, cuando seguramente sea una experiencia humana fundamental que, como mínimo, es arriesgado intentar sortear.
Mariarosa Dalla Costa hablaba del amargo descubrimiento de aquellas mujeres que en los años setenta tomaron la decisión de no tener hijos con el objeto de salvaguardar su autonomía y luego se encontraron con que no podían obviar el cuidado de sus padres ancianos
. Durante demasiado tiempo el cuidado ha sido destino y obligación para las mujeres: sin duda, ha llegado el momento de repartirlo (entre sexos y clases) y dotarlo del apoyo y la institucionalización social que tanto necesita.
 Pero eso no significa que no deba ser ya asunto nuestro, ni tampoco que su asunción deba ser necesariamente amarga
. Ojalá los childfree actuales se ahorren el descubrimiento del que hablaba Dalla Costa, pero espero que sea porque entre todos hayamos sido capaces de construir una sociedad que ponga el cuidado en el centro de sus preocupaciones, y no porque se hayan “liberado” también de ese otro “lastre”.
Carolina del Olmo es ensayista, autora de ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista.

 

27 feb 2016

Leonardo DiCaprio, ha llegado tu hora en los Oscar.................................................... Gregorio Belinchón

El actor puede ganar por fin su ansiado Oscar tras cuatro candidaturas infructuosas

La historia la contó así George Clooney en 2013: pachanga de baloncesto en Cabo San Lucas, la ciudad turística de la California mexicana.
 A un lado Clooney y sus amigos
. Años y años de jugar juntos al baloncesto. 
No son el actor y otros, sino que George es uno más.
 Al otro, Leonardo DiCaprio y su corte.
 Aquí sí hay clases: el séquito se comporta como tal. Leo es el más grande, Leo es el mejor. 
El partido empieza y la paliza que le mete el equipo de Clooney al de DiCaprio es de órdago.
 Algo que no se refleja en cómo se comportan los amigos de DiCaprio, que siguen como si ganaran de calle liderados por una estrella rutilante. 
“La discrepancia entre el partido y cómo hablaban ellos del partido me hizo pensar sobre la importancia de que en tu vida haya alguien que te diga las cosas como son.
 Y no estoy seguro de que cerca de Leo haya alguien así”.
Esta noche Leonardo DiCaprio (Hollywood, 1974) compite por sexta vez por el Oscar: cinco como actor y otra más como coproductor de El lobo de Wall Street.
  Se lo mereció en 2005, cuando encarnó con crudeza a Howard Hughes, el multimillonario que terminó encerrado loco en un hotel de Las Vegas en The Aviator. 
En aquella edición se lo arrebató Jamie Foxx por Ray. Antes había competido por ¿A quién ama Gilbert Grape? (1994) —uno de sus pocos papeles secundarios—, y posteriormente volvió con Diamantes de sangre y El lobo de Wall Street. 
 La Academia ha disfrutado durante décadas haciéndole feos: a lo anterior se suma, por ejemplo, que no lo nominaran con Titanic.
En realidad, de DiCaprio solo habla con cariño Kate Winslet, su compañera en la superproducción de James Cameron y en Revolutionary Road, y con respeto sus directores, cineastas de renombre como Martin Scorsese, Clint Eastwood, Christopher Nolan, Baz Luhrmann y ahora Alejandro González Iñárritu, su director en El renacido. 
 Si alguien con quien se puede comparar es con el futbolista Cristiano Ronaldo: el actor es bueno, buenísimo, pero en cambio no es muy querido por el gran público y no ayuda a ello algunos de sus gestos, como su mirada de asco y desprecio a Lady Gaga en los últimos Globos de Oro. 



Leonardo DiCaprio, ha llegado tu hora en los Oscar

El actor puede ganar por fin su ansiado Oscar tras cuatro candidaturas infructuosas

La historia la contó así George Clooney en 2013: pachanga de baloncesto en Cabo San Lucas, la ciudad turística de la California mexicana. A un lado Clooney y sus amigos. Años y años de jugar juntos al baloncesto. No son el actor y otros, sino que George es uno más. Al otro, Leonardo DiCaprio y su corte. Aquí sí hay clases: el séquito se comporta como tal. Leo es el más grande, Leo es el mejor. El partido empieza y la paliza que le mete el equipo de Clooney al de DiCaprio es de órdago. Algo que no se refleja en cómo se comportan los amigos de DiCaprio, que siguen como si ganaran de calle liderados por una estrella rutilante. “La discrepancia entre el partido y cómo hablaban ellos del partido me hizo pensar sobre la importancia de que en tu vida haya alguien que te diga las cosas como son. Y no estoy seguro de que cerca de Leo haya alguien así”.
Esta noche Leonardo DiCaprio (Hollywood, 1974) compite por sexta vez por el Oscar: cinco como actor y otra más como coproductor de El lobo de Wall Street. Se lo mereció en 2005, cuando encarnó con crudeza a Howard Hughes, el multimillonario que terminó encerrado loco en un hotel de Las Vegas en The Aviator. En aquella edición se lo arrebató Jamie Foxx por Ray. Antes había competido por ¿A quién ama Gilbert Grape? (1994) —uno de sus pocos papeles secundarios—, y posteriormente volvió con Diamantes de sangre y El lobo de Wall Street. La Academia ha disfrutado durante décadas haciéndole feos: a lo anterior se suma, por ejemplo, que no lo nominaran con Titanic. En realidad, de DiCaprio solo habla con cariño Kate Winslet, su compañera en la superproducción de James Cameron y en Revolutionary Road, y con respeto sus directores, cineastas de renombre como Martin Scorsese, Clint Eastwood, Christopher Nolan, Baz Luhrmann y ahora Alejandro González Iñárritu, su director en El renacido. Si alguien con quien se puede comparar es con el futbolista Cristiano Ronaldo: el actor es bueno, buenísimo, pero en cambio no es muy querido por el gran público y no ayuda a ello algunos de sus gestos, como su mirada de asco y desprecio a Lady Gaga en los últimos Globos de Oro.
En realidad, ha habido estrellas que han tenido que esperar más años para ganar el Oscar (Al Pacino, Paul Newman) y algunas nunca lo obtuvieron: Barbara Stanwick, Greta Garbo, Kirk Douglas —le dieron uno honorífico—, Cary Grant… De los actuales, Tom Cruise, Johnny Depp, Liam Neeson, Gary Oldman, Ian McKellen, Glenn Close o Ralph Fiennes nunca han agradecido la estatuilla de Hollywood porque nunca se la han llevado. Así que DiCaprio no está solo en el club de “Intérpretes que no te creerías que nunca han ganado el Oscar”.
El estadounidense no ha hecho más de 30 películas; en sus inicios sí trabajó en diversas series de televisión como Rosanne, Los problemas crecen, La nueva Lassie o ¡Dulce hogar… a veces!
  Hoy ya no tiene ni necesidad ni prisa.
 Más interesado se muestra por todo lo que concierne al medio ambiente: a través de sus mensajes avisando del cambio climático, y de los documentales producidos por su empresa Appian Way.
 Él mismo ha hablado ante la ONU o participado en la COP21, la conferencia que en diciembre reunió en París a los gobernantes mundiales para lograr un acuerdo que parara la destrucción de la Tierra.
 En cualquier entrevista, DiCaprio aprovecha para colar un mensaje ecológico, y suena a auténtico.
Tanto como su pasión por las rubias de medidas de pasarela. Como le soltaron Tina Fey y Amy Poehler en unos Globos de Oro:
“Y ahora, como vagina de supermodelo, demos una calurosa bienvenida a Leonardo DiCaprio”.
 La lista es larga: Bridget Hall, Naomi Campbell, Kristen Zang, Amber Valleta, Bijou Phillips, Gisele Bündchen, Eva Herzigova, Bar Refaeli, Erin Heatherton, Toni Garrn, Kelly Rohrbach…
 Eso sí, ya no es el fiestero de finales de los noventa.
 Y el rodaje de El renacido fue todo excepto una fiesta, con condiciones infernales de frío y riesgo de hipotermias.
Cuando esta noche Julianne Moore abra el sobre y anuncie que DiCaprio ha ganado el Oscar, habrá movilizaciones en varias ciudades españoles para celebrarlo, se acabará el cachondeo con el videojuego Red Carpet Trampage que escenifica en formato arcade (los videojuegos clásicos de la década de los ochenta) el camino del actor para conseguir la estatuilla. Probablemente, se hará justicia
. Y sobre todo, habrá un resoplido de alivio del mismo DiCaprio: adiós a la maldición.

 

(Continuación de Boris y Hillary)

Siempre he querido conocer Nevada, porque en The Women, esa gran comedia de George Cukor, es el sitio donde tienes que residir dos meses para conseguir un divorcio rápido. 
Pero ahora me gusta más.
 Días después Hillary volvió a escribirme, solicitando otros 19 dólares extra para ayudarla a vencer en Carolina del Sur y acercarse así a lo que llaman el Supermartes. 
 Esta vez me escribió: “Quiero saber que estás conmigo.
 Solo te cuesta 19 dólares y demostrarme que estás en esta pelea conmigo”.
Entonces decidí escribir sobre ello en esta columna. 
¿Qué hago? De aquí a junio estaré pagándole a Hillary 19 dólares por semana. 
Y, al final, no puedo ni votar por ella. 
Pero sí quiero que sea presidenta.
 Tengo la sensación de que pese a que este sistema de recaudación es muy transparente, igual te crea una falsa cercanía con una persona que puede llegar a ser muy encantadora pero muy poderosa.
 Pero cuando eres presidente es difícil que tengas amistades reales. 
Además, sinceramente, no quiero dejar de recibir sus e-mails.
Porque el mundo que va a encontrar Hillary si es elegida es como para tener amigos, aunque sean imaginarios.
 La libra esterlina se hunde por “miedo al Brexit
. La radio alerta de que no hay suficientes reservas de vacunas para enfrentar una epidemia de zika. El enfrentamiento entre Chiquetete y Raquel Bollo Dorado es brutal.
 Y Belén Esteban pone en duda su propia biografía. 
Resulta todo tan amenazante que podría ser un gran error no asegurarle a Hillary esos 19 dólares que me solicita todas las semanas.Como dice Rajoy: “Lo más urgente ahora es esperar”.
 
“Hola, Boris, soy Hillary”.

Hillary en mi ‘mail’................................................................... Boris Izaguirre

Resulta todo tan amenazante que podría ser un gran error no asegurarle a Clinton esos 19 dólares que me solicita todas las semanas por correo.

 

Hillary Clinton ha colapsado mi e-mail.
 Nunca imaginé, al darle mi dirección, que nuestra relación iba a crecer de esta manera.
 Cuando alguien me mira furtivamente el móvil, se asombra de ver esos mensajes que siempre empiezan, “Hola, Boris, soy Hillary”. “
¿Y, eso?”, me preguntan. Hago como si no tuviera importancia y agrego:
“Me tiene loco, no para de escribirme”.
El equipo de campaña de la señora Clinton ideó esta relación electrónica para captar no solo votantes sino, como explican, “crecer felizmente”, en dirección a ser la primera presidenta de Estados Unidos. Al principio, los correos fueron más tentativos, parecían como del censo, preguntando mi edad, orientación sexual y si estaba o no en algún proceso de reasignación de género.
Supongo que respondí muy efectivamente y me preguntaron si votaría por los republicanos o más bien me declararía demócrata.
 Me declaré demócrata, porque al fin y al cabo Jacqueline Kennedy lo fue hasta el final.
 Fue entonces cuando empezaron a llegar esos mails de Hillary, supercordiales, superpragmáticos y superclase media-alta neoyorquina.
O sea, superguay.
 Yo le respondí, directamente pero con mucha cortesía e incluso citando detalles de sus dos libros de memorias.
 Hillary me respondió de vuelta, agradeciéndome mis apuntes sobre su biografía y me explicó sus aspiraciones en cada uno de los Estados que recorre durante estas elecciones primarias, que ellos llaman caucuus, y que la obligan a estar en campaña para ser nominada candidata presidencial.
Tanta épica me tentó a escribirle sobre Susana Díaz y Pedro Sánchez y como cada uno de ellos vivió sus candidaturas dentro del PSOE, pero resultó ser un texto con muchas explicaciones y los americanos lo que leen es sobre resultados.
 Pero Hillary siguió escribiéndome.
 Y comenzó a pedirme dinero.
 Cada una de las elecciones en cada uno de los Estados, cuesta una fortuna
. Y Hillary, con mano de hierro pero con guante de terciopelo, me sugirió que escogiera entre aportar tres dólares hasta un máximo de 300.
Yo, que todavía no puedo votarla pero que me encanta tenerla en mi mail, le ofrecí 25, sin decírselo ni a mi marido para no levantar polémicas.
 A Hillary, siempre estupenda, le encantó mi donación.
 Incluso me comentó que me veía como una persona segura pero cautelosa y que eso le gustaba.
 Yo pensé que ahí se acabaría la cosa, pero cuando llegó a Nevada volvió a contactar para decirme que esta primaria era MUY importante y que mi donación iba a suponer una diferencia.
 Respondí que me gustaba mucho su manera de recaudar fondos y que ojalá en España ocurriera algo similar para luego no tener que lamentarse de juicios por financiación ilegal y choriceo general.
Pero Hillary no me dio tregua.
 Necesitaba esos 19 dólares para conseguir ganar a sus adversarios en Nevada.
 No podía negarme, volví a dárselos, además es tan fácil, pulsas sobre la palabra DONAR en rojo y tus 19 dólares pueden conseguir que una mujer sea presidente de Estados Unidos
. El domingo pasado, Hillary estaba en todos los titulares porque había ganado en Nevada.
  Y yo estaba feliz.