"No podemos permitir que la avaricia de las industrias del carbón, petróleo y gas determinen el futuro", dice el actor.
Leonardo DiCaprio, anoche en la víspera de la inauguración del Foro Económico Mundial de Davo
Leonardo DiCaprio, anoche en la víspera de la inauguración del Foro Económico Mundial de Davos. JEAN-CHRISTOPHE BOTT (EFE)
En plena promoción de su última película, El renacido, y metido de lleno en la carrera para llevarse (por fin) su primer Oscar, Leonardo DiCaprio
acudió ayer a un acto en la víspera de la inauguración del Foro
Económico Mundial celebrado en Davos (Suiza) para recibir un galardón
por su trabajo en la protección del medio ambiente.
Una ocasión que el
actor aprovechó para anunciar “15 millones de dólares en nuevos
compromisos” que su fundación, creada en 1998,
llevará a cabo en distintas partes del planeta, seis millones y medio
de los cuales destinará a la protección de un bosque en Sumatra (India).
Nuestro
planeta no puede ser salvado a menos que dejemos los combustibles
fósiles bajo tierra, que es donde pertenecen. Hace 20 años describimos
este problema como una adicción, hoy tenemos los medios para poner fin a
esta dependencia”, dijo DiCaprio, mensajero de la paz de la ONU.
Una noche en la que el intérprete, de 41 años, se mostró tajante en
sus posiciones. “Simplemente no podemos permitir que la avaricia
corporativa de las industrias del carbón, petróleo y gas determinen el
futuro de la humanidad.
Estas entidades, con un interés financiero en la
preservación de este sistema destructivo, han negado, e incluso
ocultado la evidencia del cambio climático.
Ya es suficiente.
La
historia los culpará de la devastación”, dijo la estrella de Hollywood
en uno de los discursos más largos de la noche y de los más aplaudidos
por los líderes políticos, culturales y corporativos reunidos en Suiza.
De izquierda a derecha:
Leonardo DiCaprio, Hilde Schwab, cofundadora de la funcación Scwab; y el
vicepresidente estadounidense, Joe Biden, participan en un acto en la
víspera de la inauguración de la reunión del Foro Económico Mundial. / LAURENT GILLIERON (EFE)
Además del actor, también fueron premiados con un Cristal Award -que
premia personalidades de las artes que desarrollan también trabajo de
liderazgo social, ambiental o comunitario- la actriz china Yao Chen por su trabajo con los refugiados, el artista Olafur Eliasson y el rapero y empresario Will.I.Am por su trabajo ayudando a jóvenes sin recursos.
Los premiados con el Cristal Award, desde la izquierda: Olafur Eliasson, William Adams, Yao Chen y DiCaprio. / Michel Euler (AP)
Constituyen el método más acabado de pedagogía y sabiduría popular. En ellos se acumulan siglos de experiencia.
romualdo faura
Los refranes o paremias son un almacén de sentido común, un libro de
texto de filosofía práctica y el catón de la vida social y cultural de
un pueblo.
Constituyen el método más acabado de pedagogía y sabiduría
popular.
En ellos se acumulan siglos de experiencia.
El origen del
refranero español es muy dispar: procede principalmente del
arabigoandaluz, que a su vez bebe de fuentes orientales, pero también
recoge nuestra herencia grecolatina y ha sido cuidadosamente conservado
en el ámbito rural, donde se han utilizado refranes y proverbios en la
vida cotidiana, en calidad de consejos y advertencias, ante múltiples
situaciones. El refranero en Don Quijote. En los diálogos entre
Don Quijote y Sancho Panza se encuentran muchos refranes que usamos en
la actualidad.
Además, Cervantes nos advierte de que “el refrán que no
viene a propósito, antes es disparate que sentencia”.
De ahí la
importancia de entender su contenido, porque un refrán inoportuno es
como un chiste contado sin gracia. “Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia” (Cervantes). El dato.
El Centro Virtual Cervantes ofrece un estudio conocido como el
refranero multilingüe.
En él se recogen un total de 1.625 paremias
españolas populares con su correspondencia –literal o conceptual– en 13
lenguas (alemán, catalán, francés, gallego, griego antiguo y moderno,
inglés, italiano, polaco, portugués, rumano, ruso y vasco).
Se trata de
un experimento único en el mundo no solo por esta combinación
lingüística, sino también por la información aportada en cada pieza.
En todas partes cuecen habas. Los refranes tienen un
carácter universal.
Un antropólogo diría que ante iguales necesidades,
el ser humano encuentra idénticas respuestas. Resulta fascinante
observar cómo las distintas culturas afloran a través de su expresión
refranera
. Por ejemplo, animales como el gato, el perro, el gallo, la
gallina, la vaca y el caballo figuran en casi todas las lenguas.
El
zorro – frecuente en Francia y Alemania– se sustituye por el lobo en
España. Y lo mismo sucede con la gastronomía: si el vino resulta
importante en las paremias española, francesa y provenzal, los polacos
aluden a la cerveza; y los alemanes hablan de tocino y manteca mientras
aquí mencionamos el aceite. Escritos y hablados. Las paremias populares no solo
se encuentran en el habla, también en numerosos documentos desde la Edad
Media hasta nuestros días, y en obras literarias como La Celestina o el
Lazarillo de Tormes.
Cada día tiene su afán. Hay refranes morales,
supersticiosos o laborales, especialmente de carácter agrícola.
Estos
enlazan con los de ámbito meteorológico o de calendario.
Uno de los
últimos reductos del refranero español se encuentra en los almanaques
que aún se publican en diferentes localidades.
El más popular es el
Calendario Zaragozano. Mariano Castillo y Ocsiero (inmortalizado en la
portada) fue el “célebre astrónomo” que popularizó este boletín que se
edita desde 1840. Píldoras de sabiduría alemana. Deutsche Welle pone a
disposición de los interesados en la lengua y cultura germanas un
recurso interesante: cada día publica proverbios aún vigentes que
servirán para conocer mejor los usos y costumbres de los alemanes
. Uno
de los más destacados es “la mejor almohada es una conciencia
tranquila”.
La Reina Letizia ha sido la encargada de inaugurar el evento, con un paseo por los principales 'stands' instalados por países.
La Reina Letizia, acompañada por la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, durante la inauguración de Fitur. Luis Sevillano
La Feria Internacional del Turismo, Fitur,
ha arrancado hoy en Madrid. Se trata de una de las citas claves en el
mundo donde se reúne el sector turístico mundial para debatir los retos
del mundo de los viajes y donde se comercializan la oferta que marcará
las próximas temporadas. La Reina Letizia ha sido la encargada de inaugurar el evento, con un paseo por los principales stands
instalados por decenas de países, comunidades autónomas y empresas en
el recinto ferial de Ifema
. Ha estado acompañada, entre otros, por la
presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz.
Los pabellones se han vuelto a llenar con el colorido de los países y
su oferta turística.
Los países pelean por llamar la atención y lanzar
los eslóganes que se fijen mejor en la memoria de los visitantes al
evento internacional. Las empresas de touroperadores, hoteleras y
aerolíneas han desplazado agentes que se reúnen con ejecutivos y
comerciales para cerrar ventas. Y en paralelo, la organización ha
preparado conferencias y debates especializados en todos los
subsectores: desde turismo sanitario a viajes de compras. Destaca este
año el interés creciente por las herramientas tecnológicas aplicadas al
mundo del turismo.
La Reina Letizia ha sido la encargada de inaugurar el evento.
Ha
acudido a Ifema y ha conocido de cerca la oferta de muchos países.
Le
acompañaba, entre otros, el ministro de Industria y Turismo, José Manuel
Soria y la ministra de Fomento, Ana Pastor.
Este año el socio destacado
de Fitur es Andalucía, por lo que también estaba invitada a la
inauguración Susana Díaz, presidenta de la Junta, que ha acompañado a la
Reina, con la que ha mantenido una conversación durante su paseo
. El
Rey, que en otras ocasiones sí acude al primer día de evento, está este
año no ha podido asistir centrado en los encuentros con los partidos
políticos tras la Elecciones Generales.
"La feria consolida la realidad turística nacional de recuperación
.
Así la ciudad de Madrid, que en los últimos meses se ha visto
beneficiada con una clara mejora de sus resultados turísticos, prevé un
impacto económico de entre 180 y 200 millones de euros por todas las
actividades que se moverán en torno a una de las principales ferias
turísticas del mundo", ha asegurado la directora de Fitur, Ana
Larrañaga, en una entrevista con Europa Press. La Reina Letizia, saluda
al presidente de la Feria Internacional de Turismo (FITUR) y de Iberia,
Luis Gallego, en presencia de la ministra de Fomento, Ana Pastor y el
ministro de Industria, José Manuel Soria Juan Carlos HidalgoEFE.
El cineasta se estrena en literatura con 'Consumidos', obra pretenciosa de argumento intragable y personajes grotescos.
Guardar
ampliar fotoEl director David Cronenberg. Christopher Wahl / Getty
En el convencimiento de que mi espíritu es simple, que jamás he
podido entender los tratados filosóficos y que casi nunca puedo captar
el arte de las vanguardias y la militancia en la modernidad, me he
esforzado por comprender y admirar los revolucionarios valores que tanta
gente ilustrada, cool, sofisticada, a la moda que convenga y
con alergia hacia las convenciones y el alcanfor del clasicismo ha
descubierto cotidianamente en cineastas, escritores, pintores y músicos
empeñados en renegar de los viejos lenguajes para contar historias y
describir sentimientos, poseedores todos ellos al parecer de universos
desasosegantes, investigadores del horror y no sé cuántas cosas más.
Ateniéndome al cine, una de mis permanentes fobias es ese director suizo llamado Jean-Luc Godard,
especializado en ensayos fílmicos (¿se dice así?), que según cuentan
sus infinitos acólitos cambió las reglas del cine, le otorgó frescura y
libertad y abrió caminos con su estilo destroyer a varias generaciones de directores inquietos y prestigiosos.
ampliar fotoEl director David Cronenberg. Christopher Wahl / Getty
En el convencimiento de que mi espíritu es simple, que jamás he
podido entender los tratados filosóficos y que casi nunca puedo captar
el arte de las vanguardias y la militancia en la modernidad, me he
esforzado por comprender y admirar los revolucionarios valores que tanta
gente ilustrada, cool, sofisticada, a la moda que convenga y
con alergia hacia las convenciones y el alcanfor del clasicismo ha
descubierto cotidianamente en cineastas, escritores, pintores y músicos
empeñados en renegar de los viejos lenguajes para contar historias y
describir sentimientos, poseedores todos ellos al parecer de universos
desasosegantes, investigadores del horror y no sé cuántas cosas más.
Ateniéndome al cine, una de mis permanentes fobias es ese director suizo llamado Jean-Luc Godard,
especializado en ensayos fílmicos (¿se dice así?), que según cuentan
sus infinitos acólitos cambió las reglas del cine, le otorgó frescura y
libertad y abrió caminos con su estilo destroyer a varias
generaciones de directores inquietos y prestigiosos.
Tampoco he podido
gozar de las infinitas virtudes del moderno cine asiático, aunque todos
los festivales, las revistas especializadas, cinematecas y demás templos
de la cultura moderna aseguraran que la salvación, la vitalidad y la
trascendencia del cine estaban localizadas en Oriente. Y en Occidente
han disfrutado de selectiva adoración desde el comienzo de su obra tres
hombres con talento genuino (aunque no sea del tipo que me enamora) que
han sido entronizados por las academias de la modernidad como maestros
de lo inquietante, analistas supremos de la magia y la plasticidad que
contienen las tinieblas, algo de lo que me convencieron, me asustaron y
me fascinaron directores como Hitchcock, Jacques Tourneur, Georges
Franju, Roman Polanski y algunos más, pero sus supuestos sucesores casi
siempre me provocan bostezos o irritación abordando temáticas presididas
por la oscuridad.
Sus nombres son David Lynch, Lars von Trier y David
Cronenberg, iconos intocables en los altares de la modernidad y la
posmodernidad.
Los protagonistas son una errática pareja de periodistas de la nueva era que siguen la pista de un crimen
No me inquieta, pero sí me ataca el sistema nervioso el cine de Trier, excepto en la verdaderamente estremecedora Rompiendo las olas
.
Y las pesadillas de Lynch me son ajenas, no entiendo dónde reside su
magia, aunque en dos ocasiones me ha emocionado retratando sentimientos,
los de un anciano que hace un viaje muy largo para despedirse de su
agonizante hermano en esa espléndida road movie titulada Una historia verdadera, y la atmósfera presidida por el horror y la piedad hacia un ser deforme y desamparado que crea en la preciosa El hombre elefante.
La primera podría llevar la firma de John Ford,y la segunda, la de Tod Browning. En cuanto a David Cronenberg, ese turbio creador canadiense,
las características que marcan sus películas más personales me resultan
fatigosas o repelentes, su desmedido amor a la sangre y las vísceras,
sus fantasías sadomasoquistas, la gratuidad disfrazada de filosofía, la
sobredosis de violencia, su estética de la monstruosidad, su morbo
insano.
Sin embargo, en varias ocasiones el tono angustioso y las
perturbadoras imágenes y sonidos que ha creado este hombre me han
afectado.
Tengo un recuerdo duradero e hipnotizado del científico que va
transformándose en insecto de La mosca; la tragedia envuelta
en sexo y drogas, el enfermizo derrumbe, el fatalismo sin retorno de
aquellos hermanos gemelos que ejercen de ginecólogos en Inseparables; los provocados accidentes de tráfico y las mutilaciones como exclusivo motor del erotismo en la obsesiva Crash.
Y sobre todo me intrigan, aterran y conmueven dos películas de
Cronenberg cuyos guiones sospechosamente no vienen firmados por él, en
los que este narra las historias sin aplicarles su sello más
identificable y repetido, el que aman sus fans de siempre.
Lo hace de
forma clásica.
Son la intrigante y magnífica Una historia de violencia
y una obra maestra protagonizada por la violencia implacable del poder,
la compasión por los débiles, la complejidad emocional y el lirismo
duro titulada Promesas del Este.
Inmediatamente después retrata
con profundidad la retorcida historia de sexo y de amor entre Jung y
una paciente suya aquejada de histeria y la tortuosa relación entre Jung
y Freud en la intensa Un método peligroso.
El esplendor de
estas tres películas consecutivas no es duradero
. En sus últimas
entregas Cronenberg retorna a sus experimentales aficiones en las
insoportables, retóricas y vacías Cosmopolis y Maps to the Stars.
ampliar fotoEl director David Cronenberg. Christopher Wahl / Getty
En el convencimiento de que mi espíritu es simple, que jamás he
podido entender los tratados filosóficos y que casi nunca puedo captar
el arte de las vanguardias y la militancia en la modernidad, me he
esforzado por comprender y admirar los revolucionarios valores que tanta
gente ilustrada, cool, sofisticada, a la moda que convenga y
con alergia hacia las convenciones y el alcanfor del clasicismo ha
descubierto cotidianamente en cineastas, escritores, pintores y músicos
empeñados en renegar de los viejos lenguajes para contar historias y
describir sentimientos, poseedores todos ellos al parecer de universos
desasosegantes, investigadores del horror y no sé cuántas cosas más.
Ateniéndome al cine, una de mis permanentes fobias es ese director suizo llamado Jean-Luc Godard,
especializado en ensayos fílmicos (¿se dice así?), que según cuentan
sus infinitos acólitos cambió las reglas del cine, le otorgó frescura y
libertad y abrió caminos con su estilo destroyer a varias
generaciones de directores inquietos y prestigiosos. Tampoco he podido
gozar de las infinitas virtudes del moderno cine asiático, aunque todos
los festivales, las revistas especializadas, cinematecas y demás templos
de la cultura moderna aseguraran que la salvación, la vitalidad y la
trascendencia del cine estaban localizadas en Oriente. Y en Occidente
han disfrutado de selectiva adoración desde el comienzo de su obra tres
hombres con talento genuino (aunque no sea del tipo que me enamora) que
han sido entronizados por las academias de la modernidad como maestros
de lo inquietante, analistas supremos de la magia y la plasticidad que
contienen las tinieblas, algo de lo que me convencieron, me asustaron y
me fascinaron directores como Hitchcock, Jacques Tourneur, Georges
Franju, Roman Polanski y algunos más, pero sus supuestos sucesores casi
siempre me provocan bostezos o irritación abordando temáticas presididas
por la oscuridad. Sus nombres son David Lynch, Lars von Trier y David
Cronenberg, iconos intocables en los altares de la modernidad y la
posmodernidad.
Los protagonistas son una errática pareja de periodistas de la nueva era que siguen la pista de un crimen
No me inquieta, pero sí me ataca el sistema nervioso el cine de Trier, excepto en la verdaderamente estremecedora Rompiendo las olas.
Y las pesadillas de Lynch me son ajenas, no entiendo dónde reside su
magia, aunque en dos ocasiones me ha emocionado retratando sentimientos,
los de un anciano que hace un viaje muy largo para despedirse de su
agonizante hermano en esa espléndida road movie titulada Una historia verdadera, y la atmósfera presidida por el horror y la piedad hacia un ser deforme y desamparado que crea en la preciosa El hombre elefante. La primera podría llevar la firma de John Ford, y la segunda, la de Tod Browning. En cuanto a David Cronenberg, ese turbio creador canadiense,
las características que marcan sus películas más personales me resultan
fatigosas o repelentes, su desmedido amor a la sangre y las vísceras,
sus fantasías sadomasoquistas, la gratuidad disfrazada de filosofía, la
sobredosis de violencia, su estética de la monstruosidad, su morbo
insano. Sin embargo, en varias ocasiones el tono angustioso y las
perturbadoras imágenes y sonidos que ha creado este hombre me han
afectado. Tengo un recuerdo duradero e hipnotizado del científico que va
transformándose en insecto de La mosca; la tragedia envuelta
en sexo y drogas, el enfermizo derrumbe, el fatalismo sin retorno de
aquellos hermanos gemelos que ejercen de ginecólogos en Inseparables; los provocados accidentes de tráfico y las mutilaciones como exclusivo motor del erotismo en la obsesiva Crash.
Y sobre todo me intrigan, aterran y conmueven dos películas de
Cronenberg cuyos guiones sospechosamente no vienen firmados por él, en
los que este narra las historias sin aplicarles su sello más
identificable y repetido, el que aman sus fans de siempre. Lo hace de
forma clásica. Son la intrigante y magnífica Una historia de violencia
y una obra maestra protagonizada por la violencia implacable del poder,
la compasión por los débiles, la complejidad emocional y el lirismo
duro titulada Promesas del Este. Inmediatamente después retrata
con profundidad la retorcida historia de sexo y de amor entre Jung y
una paciente suya aquejada de histeria y la tortuosa relación entre Jung
y Freud en la intensa Un método peligroso. El esplendor de
estas tres películas consecutivas no es duradero. En sus últimas
entregas Cronenberg retorna a sus experimentales aficiones en las
insoportables, retóricas y vacías Cosmopolis y Maps to the Stars.
Y resulta que al creador de imágenes David Cronenberg también le ha
dado por la literatura.
Me llega su primera novela, titulada Consumidos.
De entrada, me intriga. Pero mi mosqueo aparece en la faja promocional. Que al excelente actor Viggo Mortensen, que ha protagonizado con absoluta solvencia Una historia de violencia, Promesas del Este y Un método peligroso,
le parezca un libro apasionante me parece comprensible, la relación
entre ambos debe de ser cómplice y mutuamente admirativa.
Pero la cita
extraída del comentario sobre la novela que ha aparecido en algún
periódico o revista asegurando que Consumidos es “un bufé
libre, delicioso e inesperado para fans de Burroughs, Ballard y DeLillo”
me provoca un escalofrío.
No me apasiona la literatura de ninguno de
ellos.
Los he leído por la obligación de conocer su reputada y rompedora
obra, pero jamás los releeré.
No es mi rollo, aunque en alguno de sus
libros me hayan despertado cierto interés.
Y no es extraño que
Cronenberg haya adaptado al cine El almuerzo desnudo, Crash y Cosmopolis.
Pues eso, que disfruten con Consumidos los entusiastas de estos
tres autores y del mundo que ha creado el reconocible Cronenberg.
Su
estilo literario no es nada memorable, pero el argumento me resulta
intragable, una idiotez con pretensiones
. En un ejercicio heroico, me
propongo llegar al final. Lo consigo acompañado de una desidia infinita.
Es difícil encontrar una página en la que no aparezcan todo tipo de
nuevas tecnologías, un universo del que me siento ajeno, del que no
entiendo nada.
Vale, la culpa es mía, es absurdo y suicida no adaptarse
al presente y al futuro.
Pero no es solo el aburrimiento ante lo que
desconozco
. Es que la trama y los personajes son grotescos. Lo protagoniza una errática pareja de periodistas de la nueva era,
gente que ya no necesita escribir, que utiliza cámaras digitales y
numerosos artilugios visuales y auditivos para hacer sus
investigaciones.
Y estas consisten fundamentalmente en seguir la pista
de un filósofo que ha asesinado a su también filósofa esposa y después
se la ha zampado, de gente que solo se complace sexualmente follando con
enfermos terminales, que únicamente alcanza el orgasmo con personas
invadidas por tumores y ganglios.
O con otras criaturas exóticas que se
arrancan la piel.
Pasan más cosas, no muchas, pero todas obedecen al
disparate sanguinolento, a la vocación por el espanto y la anormalidad.
Habrá quien encuentre muy divertida, amoral y corrosiva la imaginación
de Cronenberg.
Allá ellos.