Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

19 jul 2015

Si todo, todo.................................................... Javier Marías

La humanidad está cayendo, una vez más, en la tentación de carecer de límites, y de no ponérselos.

En su libro El científico rebelde, en el capítulo “Generales”, el anciano físico y matemático inglés Freeman Dyson señala que el antiguo “carácter limitado del armamento” hacía que los objetivos militares fueran a su vez limitados, lo cual posibilitó que “el ejercicio del poder marítimo británico en el siglo XIX fuera peculiarmente benigno”
. Cita a Robert Louis Stevenson, quien expresó en pocas palabras la filosofía que había permitido a Inglaterra adquirir un imperio sin perder el sentido de la proporción:
 “Casi todos los ciudadanos de nuestro país, salvo los humanitaristas y unas pocas personas que en su juventud han estado presionadas por un entorno excepcionalmente estético, pueden comprender a un almirante o a un boxeador profesional y simpatizar con él”.
 Y añade Dyson: “Este es el límite que la búsqueda de la gloria militar nunca debería sobrepasar.
 Un general o un almirante no han de recibir por sus éxitos ni más ni menos honores que un púgil triunfador”.
El sueño totalitario es siempre el de la dominación absoluta, sin disidencias ni discrepancias
Todo eso, la limitación, la proporción, la falta de deseo y la imposibilidad de aniquilar a un país entero, ni siquiera a su ejército; la conformidad con las victorias parciales y suficientes, la creencia de que no se debe ni puede borrar del mapa a las poblaciones, de que no es conveniente dejar a una nación ni a una facción postradas indefinidamente, ni humillarlas hasta lo insoportable, se fue al traste con la Segunda Guerra Mundial, cuando el británico Sir Hugh Trenchard impuso su criterio de bombardeos aéreos indiscriminados, secundados al instante por los estadounidenses.
“Una estrategia de bombardeos estratégicos garantiza que la guerra será total”, dice Dyson. Los generales se vieron poseídos por el culto a la destrucción que podían lograr con ellos, “y desde entonces, como resultado de sus actividades, nosotros mismos no hemos dejado de vivir bajo la amenaza de esa destrucción”.
Lo cierto es que esta ya no nueva mentalidad ha invadido casi todas las esferas.
El sueño totalitario es siempre el de la dominación absoluta, sin disidencias ni discrepancias ni fisuras ni reparos ni objeciones.
 Pero ese es también el sueño ideal de los partidos democráticos, que en el fondo aspiran a ganar por la mayor diferencia imaginable en las urnas, a ser posible por unanimidad.
 Si un sistema nos permite alcanzar en la teoría el 100% de los votos, ¿por qué no procurar obtenerlos para así gobernar sin trabas?
Y lo mismo que ocurrió con los generales está sucediendo hoy con la tecnología y los servicios secretos.
 La capacidad de controlar y vigilar se ha hecho ya monstruosa; no digo “total” ni “omnipotente” porque todavía nos falta ver qué más se inventa en ese campo.
 Hace unas semanas apareció la noticia –una columnita lateral de este diario– de que tras la aprobación de la nueva ley francesa de servicios secretos, éstos podrán rastrear masivamente datos telefónicos y cibernéticos sin control judicial.
Las operadoras de telecomunicaciones, los buscadores y las redes sociales deberán instalar una especie de cajas negras para detectar cualquier conducta sospechosa.
 Los agentes franceses, a los que la ley no amparaba en muchas de sus prácticas, podrán ahora, a través de los sistemas Imsi Catcher, captar y registrar los datos de teléfonos y ordenadores de sospechosos y de cuantos estén a su alrededor. También utilizar micrófonos ocultos en lugares privados o balizas para seguir automóviles.
Y entrar en domicilios particulares si lo consideran necesario, es decir, a su arbitrio. En sitios como Abu Dabi, Dubai, Qatar y similares, es ya perfectamente factible saber los movimientos de alguien desde que sale de su casa por la mañana hasta que regresa al atardecer, mediante las cámaras instaladas en las calles y establecimientos.
 También resulta que algunos de los aparatos llamados “inteligentes”, desde televisores hasta tabletas y smartphones, pueden llevar microcámaras incorporadas, por lo que ya nadie nos asegura que no estemos siendo espiados incluso en nuestros salones y alcobas, probablemente sin tener ni idea, sin duda sin nuestro consentimiento.
Si las nuevas tecnologías nos lo permiten todo, hagamos uso de todo hasta las últimas consecuencias, parece ser la consigna
En Dinamarca y otros países se estudia abolir el dinero en efectivo y, so pretexto de luchar contra el fraude y el “negro”, obligar a todo el mundo a pagar cualquier servicio o chuchería con tarjeta o móvil, de manera que el Estado tenga conocimiento de en qué empleamos nuestros míseros céntimos. La humanidad está cayendo, una vez más, en la tentación de carecer de límites, y de no ponérselos.
 Si las nuevas tecnologías nos lo permiten todo, hagamos uso de todo hasta las últimas consecuencias, parece ser la consigna.
 Sepamos hasta el último detalle de los pasos de cualquiera, sus compras, sus gustos, sus amistades, sus amoríos, sus prácticas sexuales, si se masturba o no en casa, qué escribe, qué conversaciones tiene, qué ve, qué escucha, qué lee, a qué juega, su historial médico, cómo vive y cómo muere.
 Pocos protestan por esta invasión y apropiación absolutas de la intimidad. Hace sólo un par de generaciones, el 1984 de Orwell nos parecía a todos una pesadilla, un infierno.
 La versión real de eso, sólo que multiplicada por diez, a las generaciones actuales les parece de perlas
. No sólo no se rebelan, sino que colaboran. Veremos cuánto les dura ese parecer
. Claro que, si un día lo cambian, será ya demasiado tarde.
elpaissemanal@elpais.es

 

Los Beatles, Harrison Ford y el hombre que sólo amaba a las negras.............................Rosa Montero

El fin del concierto fue como la famosa escena de ‘El acorazado Potemkin’, pero sin cadáveres.

Leyendo los innumerables textos que se han publicado últimamente sobre aquel famoso concierto de los Beatles en las Ventas de Madrid, con motivo del 50º aniversario del evento, me ha inundado el recuerdo de aquella noche.
 Yo tenía 14 años, estaba muy poco desarrollada y aún era una niña
. Una niña, eso sí, perdidamente enamorada de Paul McCartney.
 No sé cómo conseguí permiso de mi padre para ir al concierto junto con mi hermano, que tenía 19 años y cargó el pobre conmigo, sin lugar a dudas muy mortificado por el hecho de tener que acudir al acontecimiento del siglo como niñera.
Teníamos las localidades más baratas, arriba del todo, en la andanada, lejísimos del escenario. Fue todo tan emocionante como decepcionante.
 Estaban allí, eran ellos de verdad; pero sonaban horriblemente y apenas se les veía: no eran más que cuatro escarabajitos negros dando brincos allá abajo.
Esa injustificada carga policial fue mi primer contacto con la brutalidad del régimen
Cuando salimos de aquel concierto en realidad tan anodino, sucedió sin embargo algo para mí inolvidable.
 Junto con otros cientos de jóvenes entramos en el metro para volver a casa
. Íbamos tranquilos, sin ningún alboroto.
 Pero tras bajar las escaleras y dar la vuelta al corredor que llevaba a los andenes, aparecieron dos apretadas filas de grises, los temibles guardias del franquismo, que, sin ningún aviso, cargaron ferozmente porra en mano.
 Todo el mundo dio media vuelta y emprendió una frenética huida, todo el mundo menos yo, que, de pura sorpresa, me quedé paralizara.
 Las líneas de guardias pasaron junto a mí aporreando a los fugitivos y sin tocarme, como un río que se abre en torno a una piedra: yo era claramente una niña y me ignoraron.
Cuando el tumulto se alejó, me volví estupefacta y contemplé la escalera vacía regada por los restos de la estampida: zapatos desparejos de mujer, algún bolso, gafas de sol, papeles.
 Era como la famosa escena de El acorazado Potemkin, pero sin cadáveres.
 Mi hermano también había salido corriendo, y con razón: llegó con un verdugón de porra atravesado en los lomos.
 Ahora no recuerdo cómo me fui a casa; sin duda sola, estaba acostumbrada, iba sola al colegio en metro todos los días.
 Lo que sí recuerdo es que esa injustificada carga policial fue mi primer contacto con la brutalidad del régimen.
 La primera vez que me indignó el franquismo.
Cuento esta anécdota y advierto que la he contado en muchas ocasiones.
 A lo largo del tiempo me han llamado numerosas veces de radios o diarios para repetir el rollo de las Ventas.
 Es curioso cómo la vida de una persona puede terminar reducida públicamente a tres o cuatro pequeñas pinceladas, a menudo las más banales.
Por ejemplo, hace muchos años le hice una entrevista a Harrison Ford mientras rodaba el último Indiana Jones.
 La charla se realizó a retazos, mientras Ford iba rodando escenas, vestido con la camisa caqui de su personaje y regresando cada vez a mí con más rasguños, más magulladuras y más sangre en la cara (todo puro maquillaje, por supuesto).
La fama crece y arraiga en el imaginario colectivo de forma casual, incierta y a menudo mentirosa
Era el momento de máximo esplendor del actor y mi texto debió de caerle en gracia a la gente, porque a partir de aquella entrevista, una más entre las 2.000 que he hecho en mi vida, me convertí, sin yo quererlo, en una especie de experta en Harrison Ford, de modo que en los años posteriores me han preguntado un montón de veces en diversos medios sobre el actor, como si yo le conociera muchísimo, cuando apenas si compartí con él una hora de conversación.
 Es una de las famas más estrafalarias que he tenido: la de especialista harrisonfordiana. Así, con tan pocos mimbres, se tejen arbitrariamente las reputaciones.
La fama, en efecto, crece y arraiga en el imaginario colectivo de forma casual, incierta y a menudo mentirosa.
 Lo cual me recuerda un maravilloso, bárbaro y políticamente incorrecto cuento de Leónidas Andreiev, Un hombre original, en el cual un pobre chupatintas de una pequeña ciudad rusa declara un día que a él le gustan las mujeres negras.
Es falso, le horripilan, pero esa afirmación por entonces extraordinaria le gana el respeto de sus jefes, el ascenso social y el amor de una muchacha maravillosa.
Hasta que llega una negra a la ciudad y el hombre se ve obligado a renunciar a su verdadera amada y a casarse con ella. Destrozado, el tipo muere de pena a los dos años, pero, eso sí, en lo más alto de su fama.
 Cada vez que oigo trompeteos de prestigios (o de desprestigios) en esta sociedad tan estridente, me acuerdo de ese cuento y me pregunto si la cosa será verdaderamente para tanto.
@BrunaHusky
www.facebook.com/escritorarosamontero
www.rosamontero.es

 

Disparando a la brisa........................................................................... Antonio Muñoz Molina

Dos libros muy distintos que acabo de leer tienen el hilo común de las amistades caminadas y conversadas.

Dos personas caminan por el paseo marítimo de Barcelona. / Consuelo Bautista

Los mejores pensamientos son los pensamientos caminados, dice Nietzsche.
 Pero son mejores todavía los pensamientos caminados y conversados; los que brotan no de la solitaria divagación, sino del intercambio entre dos inteligencias caldeadas por la amistad, aguzadas por el hábito de la disputa cordial y exigente.
 Admiramos las Ensoñaciones del paseante solitario, de Rousseau, pero también nos damos cuenta de cómo la soledad puede aproximarse a la obsesión y al delirio
. En La vida de Samuel Johnson, de James Boswell, hay tanta inteligencia y tanta capacidad de observación y escrutinio como en las mejores páginas de Rousseau, pero hay también agitación, alegría, burla, picaresca, disfrute de la vida y sobre todo, junto al impulso caminante, el caudal continuo de las conversaciones, la comedia de las voces humanas mezclada a los ruidos que intuimos aunque no los oigamos, el de los vasos y las carcajadas de los bebedores en una taberna, el de la cena en un reservado, el de la ciudad, Londres, por la que andan siempre de un lado a otro el doctor Johnson y su discípulo Boswell, y en torno a ellos los amigos con los que se encuentran y los desconocidos con los que traban alegremente una conversación.
La lectura, la escritura, la invención artística suelen exigir soledad y silencio.
 En la conversación, el pensamiento se vuelve locuaz y al encarnarse en el sonido de las voces adquiere también un metal de presencia verdadera que lo confunde con el afecto y lo protege contra las tentaciones de la abstracción y del monólogo.
El que conversa vuelve su curiosidad hacia las palabras del otro y ejercita de antemano la tolerancia. Cualquier tema suscitado en una conversación adquiere la temperatura de la amistad, y muchas veces también del amor.
Una amistad es una conversación y una caminata. Al doctor Johnson lo imaginamos caminando deprisa
Una amistad es una conversación y una caminata.
 Al doctor Johnson lo imaginamos caminando deprisa seguido por Boswell, divagando con él sobre las cosas que van viendo, o subido junto a él a un coche de caballos, o viajando en una barca de alquiler entre Londres y Greenwich, siempre con el destino final de una cena muy conversada que se prolonga hasta las tantas.
Está el placer sedentario de conversar en una barra, en la mesa de café o de restaurante, pero hay momentos de conversación caminada que son insuperables, como si por el simple hecho de andar juntos los amigos sientan más inclinación hacia la pura charla sin objetivo preciso, el divagar de las palabras junto al de los pasos.
 No se están haciendo grandes confidencias, ni formulando ideas profundas, ni discutiendo los asuntos imperiosos del día: simplemente se habla, y el arroyo tranquilo de la conversación va de un lado a otro.
 A esa manera de ir charlando por ahí se le llama en inglés, con una expresión de gran belleza poética, “shooting the breeze”: dispararle a la brisa, entretenerse con nada.
Sin que los conversadores se den cuenta, el paso se ha hecho más lento, quizá porque han comido bien y han tomado más de un vaso de vino.
 Y algunas veces los pasos se detienen del todo, porque uno de los amigos, con frecuencia el de más edad, se ha quedado quieto para facilitar un recuerdo, o para subrayar una afirmación.
 En Nueva York tengo dos amigos propensos a caminar y conversar así, lo cual no deja de presentar ciertas dificultades en esas aceras por las que la gente camina con una urgencia que excluye implacablemente cualquier desviación de su propia línea recta.
Mi amigo Vicente Echerri anda a un ritmo de capital de provincia cubana por la que todavía no circu­laran muchos automóviles, como habrían andado su padre o sus tíos al salir de un café en su Trinidad natal. Norman Manea, por descansar las piernas o por asegurarse de que no me apresuro, se tomaba de mi brazo la última vez que caminamos juntos conversando, Broadway arriba, un anochecer de principios de verano.
 Su mujer y la mía se alejaban muy por delante de nosotros. Norman y yo comparábamos recuerdos de dictadores y de plazas llenas de multitudes disciplinadamente entusiastas, Ceausescu y Franco, Bucarest y Madrid, los grados de opresión y chantaje de la vida diaria, la extrañeza del futuro en el que vivíamos ahora y la ciudad, tan lejana de nuestros orígenes, por la que caminábamos.
Para que cobrara forma su mezcla de crónica y memoria, Vivian Gornick necesitaba los paseos con su amigo Leonard
Dos libros muy distintos que acabo de leer tienen el hilo común de las amistades caminadas y conversadas.
 Escribir un libro es inventar la forma única que se corresponde con su materia. Francisco García Olmedo, en Buscando a Antonio Ferres, cuenta sus encuentros y sus conversaciones con el novelista, vigoroso y lúcido a los noventa años. Intercala poemas suyos, fragmentos autobiográficos de sus novelas.
 La conversación desemboca en la memoria personal del novelista; los paseos, los encuentros semanales para desayunar en una cafetería de la calle de Bravo Murillo de Madrid, anclan en el presente los muchos viajes de la vida errante de Antonio Ferres, que viajó clandestinamente a París y a Europa Oriental en los tiempos de su militancia comunista y fue profesor en universidades remotas del Medio Oeste en Estados Unidos.
 De una página a otra, el libro cambia delante del lector, de la perspectiva de García Olmedo a la de Ferres, de la conversación al recuerdo, a la anotación de diario, al efecto de collage de un poema o una cita.
Algunas veces he caminado conversando por Madrid con García Olmedo.
 Su libro tiene ese tono, ese ritmo.
 Cambié bruscamente a una velocidad más rápida cuando me puse a leer The Odd Woman and the City, de Vivian Gornick.
 Gornick escribe sobre las calles proletarias del Bronx que conoció de niña y el Manhattan cultivado y neurótico en el que vive ahora, todo el arco de una vida vivida en la misma ciudad por la que sigue caminando y conversando a los 80 años.
 En Nueva York, donde el aislamiento personal puede ser tóxico, una amistad conversada es todavía más valiosa que en Madrid.
 Para que cobrara forma su mezcla de crónica, divagación y memoria, Vivian Gornick necesitaba el hilo y el eje de sus conversaciones y sus paseos con un amigo, Leonard, mucho más elusivo que el Ferres de García Olmedo o el Johnson de Boswell, pero igual de valioso como presencia real y como artificio literario.
 Vivian Gornick, que ha sido una de las voces mayores del feminismo americano, escribe de los dones y las dificultades del amor tan vívidamente como del disfrute de una soledad elegida, que es a la vez el regalo y el precio de la independencia personal.
 Una vez a la semana queda con su amigo Leonard, que es gay y también vive solo.
 Van a un restaurante, al teatro, al cine, a un concierto, toman café, una última copa en la casa del otro.
 La compañía mutua es muy intensa, muy discutidora, pero los límites no se traspasan.
 A veces uno de los dos amigos tiene la tentación de llamar al otro antes del plazo acordado, pero se contiene.
 Se conocen tan bien que cada uno escucha en la voz del otro lo que estaba a punto de decir. Cuando están solos, piensan algo como si lo dijeran en voz alta.
 El libro de la mujer sola y caminadora en Nueva York es una declaración de amistad tan apasionada como una declaración de amor.

 

Un diván de pesadilla..................................................................................... Javier Martín-Arroyo / Antonio Jesús Mora Caballero

Veintiséis mujeres denuncian agresiones y abusos sexuales de un psiquiatra sevillano.

 

Javier Criado, el psiquiatra denunciado, en 2008 / PACO PUENTES (EL PAÍS)

“Mi cabeza hervía
. Fueron tocamientos, masturbaciones y relaciones sexuales durante dos o tres meses (…)
Su voz se me clavaba en lo más hondo de mi mente.
Me dijo ‘no cojas a tu marido, yo soy tu chupete’ (…) Pero yo no me sentía agredida, sino en terapia. No era una víctima entonces.
Pensaba que era culpable.
 Necesitaba pasar página pero curada”. Este testimonio pertenece a una de las 26 mujeres que han denunciado al psiquiatra sevillano Javier Criado por supuestas agresiones y abusos sexuales, a los que se han sumado dos hombres que censuran su mala praxis
. Las denunciantes forman parte de la clase alta sevillana, algunas de ellas adineradas como Matilde Solís, exesposa del duque de Alba, cuya confesión desencadenó esta semana el salto mediático del caso.
El médico niega los hechos, en contraste con la veintena larga de mujeres —pacientes desconocidas entre sí hasta que compartieron sus experiencias en las redes sociales— que relatan una serie de abusos que incluyen relaciones sexuales plenas sin consentimiento.
 De las 26 mujeres, cinco sufrieron agresiones y tres eran adolescentes de 16 y 17 años.
¿Cómo pueden haber guardado silencio tal número de víctimas a lo largo de 35 años?
 Una supuesta víctima, que pide el anonimato, responde que el psiquiatra ha manipulado a sus pacientes, enfermas medicadas con ansiolíticos y antidepresivos:
“Sabe jugar con la debilidad de la mujer pudorosa, que vive en una ciudad complicada, en la que hay mucha tarea en la casa, mucho machismo en la sociedad. Y a la que el estrés y la ansiedad llevan a acudir a un psiquiatra, algo vergonzante.
 Cuando te das cuenta del problema, te percatas de que es hermano mayor de una cofradía antigua, que escribe en el mejor periódico de Sevilla y, a pesar de todas esas barreras, te preguntan si estás segura de lo que cuentas
. Te retraes y piensas que llevas una mancha en el ánimo, en tu alma, transformado en tumor”.
Hace dos semanas las pacientes remitieron sus testimonios al Colegio de Médicos de Sevilla y este solo tardó 24 horas en denunciarlo ante la fiscalía, que ahora investiga el caso.
 Mientras que avanza el expediente de información reservada del colegio profesional, las pacientes arman su querella para evitar la prescripción de los delitos, ya que el primer supuesto abuso se remonta a 1979, cuando el doctor tenía 29 años.
“Tenemos muchos testimonios y todos coinciden, pero no me voy a quedar en los abusos y agresiones.
El doctor les receta unas medicinas [Lexatin y Ludiomil] y las víctimas consienten con su voluntad alterada.
 Le tienen que pedir permiso para casarse y salir con otros hombres
. Es maltrato psicológico y la finalidad última era someterlas y dominarlas”, explica la abogada Inmaculada Torres.
Al margen de los medicamentos, Criado utilizó en las supuestas agresiones técnicas de hipnosis con algunas de las mujeres, según las denuncias.
 El psiquiatra apenas escuchaba a sus víctimas y estas se limitaban a oírle relatar sus logros profesionales, méritos académicos y reconocimiento público, pero sobre todo disquisiciones sobre sexo.

Una demanda contra Criado que la juez evitó investigar

En 2005, dos pacientes denunciaron a Javier Criado por agresiones sexuales y, tras la detención en comisaría del psiquiatra sevillano, dos años después, el caso se archivó.
 Sin embargo, la investigación de la juez María Dolores Sánchez tuvo un recorrido muy corto, según censuró la fiscal del caso.
 Dos mujeres denunciaron los supuestos abusos sexuales, aunque una de ellas no ratificó su denuncia, y la policía elaboró un atestado con una valoración “ciertamente larga y personal”, subrayó la fiscalía.
El ministerio público solicitó a la entonces titular del Juzgado de Instrucción 18, hoy magistrada de la Audiencia de Sevilla, “una serie de diligencias para el esclarecimiento de los hechos, como recabar la historia clínica de los diferentes psiquiatras que trataron a la Sra. R. B. después del doctor Criado”
. Y al no obtener respuesta, la fiscal Ana María Linares censuró la inacción de la juez para investigar al psiquiatra
: “Petición que, no solo no ha obtenido respuesta judicial motivada, sino siquiera judicial respuesta”.
La causa se abrió en junio de 2005 y la juez tardó dos años en dictar auto de incoación de sumario, en marzo de 2007.
 En todo este tiempo la magistrada solo tomó declaración a la paciente denunciante y a Criado como imputado
 “No se ha practicado ni una sola diligencia más para el esclarecimiento de los hechos denunciados por la primera”, censuró la fiscal.
Ante este rechazo para investigar más extremos, el ministerio público se vio abocado a pedir que se archivara la investigación:
 “Únicamente contamos con dos versiones absolutamente contradictorias e irreconciliables, no hay elementos de carácter periférico y de naturaleza objetiva que sustenten la verosimilitud de los hechos que narra la señora R.”, concluía la fiscal en su escrito del 30 de abril de 2007.
 Los investigadores del Servicio de Atención a la Familia (SAF) de la policía contactaron con otras pacientes que confirmaron los supuestos abusos, pero finalmente estas no interpusieron denuncia. “No querían porque se cuestionaba su credibilidad.
Para dar ese paso tienes que estar muy fuerte”, sostienen fuentes de la investigación.
Referencias al suicidio
En los años noventa, cada sesión costaba 12.000 pesetas (72 euros). “No me dejaba hablar, no conseguí explicarme en ningún momento.
 Me decía que no le contara los problemas a mi marido porque este se podría suicidar”, explica esta víctima.
La referencia al suicidio era constante, y Criado supuestamente la utilizaba para inocular temor en las víctimas.
 Matilde Solís se disparó con una escopeta de caza, otra mujer saltó desde su balcón y quedó parapléjica, mientras que la mujer que accede a contar a EL PAÍS su calvario admite haber sentido ganas de tirarse en marcha de su vehículo.
 “Javier Criado me llamó por teléfono pocos días antes de mi intento de suicidio.
Hizo mención a tres temas en concreto que desencadenaron en mi cabeza la absoluta desesperación. Lo hizo porque yo había empezado a contar cosas de él”, relató Solís en su cuenta de Facebook.
Mientras que algunas pacientes abandonaron la consulta médica al identificar acercamientos impropios durante las primeras sesiones, otras, con la voluntad alterada, sufrieron abusos durante más de una década. Solís lo expone con crudeza: “Llegué a su consulta con 22 o 23 años, metida en una fuerte depresión, vulnerable, maleable
. Con los límites de lo moral borrosos y otros problemas añadidos que él ignoró (…) Aquella relación indefinible, se prolongó en el tiempo, me casé y se convirtió en una especie de amistad.
 Javier Criado abusó de una persona enferma, desesperada, a lo largo de los años.
No prestando ayuda, ignorando problemas, manipulando como solo lo puede hacer un buen conocedor de los resortes de la mente, que es lo que no podemos negarle”.
Lazos con la alta sociedad
El psiquiatra, sobrino del exalcalde de Sevilla entre 1968 y 1975 Juan Fernández, columnista y antiguo presentador de un programa en Canal Sur, siempre ha mantenido lazos con la alta sociedad. Desde hace más de seis años es hermano mayor de la Hermandad de Pasión, una de las cofradías más señeras de la capital andaluza, que ha mantenido una histórica vinculación con la familia real española desde 1844.
Ante el aluvión de testimonios coincidentes desde Madrid, Cáceres, Sevilla, Huelva, Córdoba y Cádiz, la comunidad médica ha reaccionado con cautela por la presunción de inocencia, pero alarmada ante la dimensión del caso.
La Comisión Central de Deontología de la Organización Médica Colegial (OMC) hacía hincapié en el desprestigio que causa sobre la profesión “la divulgación” de este tipo de casos: “El doctor Criado merece el beneficio de la presunción de inocencia, pero la alarma creada exige una investigación pronta y con todas las garantías, para las denunciantes y el denunciado”, informó en un comunicado.
Al margen del Colegio de Médicos, seis víctimas trasladaron sus testimonios al arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, dado que la Iglesia ratifica el nombramiento de los hermanos mayores en Sevilla. Tras rechazar una primera reunión con ellas, en el segundo encuentro las mujeres solo obtuvieron de Asenjo buenas palabras y su preocupación por la gravedad de la denuncia.
Los pacientes se han organizado para acumular más testimonios a través del correo victimasjaviercriado@gmail.com
. Uno de ellos, Pablo Cabrera, exige que se aparte al psiquiatra de la profesión:
 “De entrada, que no ocurra más y mientras se demuestran los hechos y estos presuntos delitos, que este señor de momento no ejerza más hasta que se termine el proceso”.
En 2003, Criado respondió en una entrevista a la pregunta ¿El sexo es más fuente de placer, estrés o de melancolía?: “Permite vivir, sobrevivir y pervivir
. La humanidad existe gracias al sexo. De no ser por el sexo esta entrevista no se habría celebrado”.
 A continuación, negó que hubiera “recetado sexo como medicina”.