Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

21 jun 2015

En el corazón de Chanel................................................................................. Carles Gámez

Douglas Kirkland inmortalizó en una serie de imágenes publicadas por primera vez en el libro 'Coco Chanel: Three weeks 1962' el renacimiento en el mundo de la moda de la diseñadora.

Coco Chanel y el fotógrafo Douglas Kirkland.
En el verano de 1962 Douglas Kirkland un joven fotógrafo canadiense viaja hasta Paris por encargo de la revista Look para fotografiar la colección que prepara la diseñadora Coco Chanel.
 La creadora está a punto de cumplir 79 años y vuelve a gozar del respeto de las editoras de moda después de los “años de penitencia” de la posguerra.
Durante cerca de tres semanas Kirkland registra con su cámara la geografía íntima de la diseñadora: El centro de operaciones de la Rue Cambon, la suite del Hotel Ritz, el segundo hogar de la diseñadora, y hasta tienen tiempo de realizar juntos una escapada a Versalles. Chanel le invita a cenar en los mejores restaurantes de la ciudad y hasta le guía sobre el uso de los cubiertos en la mesa. Un encuentro que comenzaba con recelos y acabará en un flechazo total.
 Todo ese material, parte del cual ya se había editado, ha sido reunido en el libro Coco Chanel: Three weeks 1962 (Glitterati) junto a otras imágenes que permanecían inéditas.
Como ha recordado Kirkland con motivo de la presentación “me sentía un poco atemorizado delante de aquella pequeña mujer que continuaba manteniendo ese estilo impecable, llena de energía y siempre erguida como si fuera una bailarina”.
Imagen publicada en el libro Coco Chanel: Three Weeks 1962 (Glitterati)
Las históricas imágenes de Kirkland inmortalizan el icono de la moda con su pequeño sombrero de paja, el clásico tailleur y el eterno cigarrillo colgando de sus labios.
A principios de los años sesenta la casa Chanel vive su renacimiento en el mundo de la moda.
Los tiempos del boato del new look han quedado atrás y la silueta Chanel, ese ejercicio de elegancia y libertad para la mujer, había vuelto a conquistar los salones de moda.
El toque Chanel está detrás de la transformación de una rolliza Romy Schneider que acaba de colgar los miriñaques de Sissí para convertirse en una joven dama chic en su debut a las órdenes de Luchino Visconti
. Chanel también ha colaborado en el hechizo de las imágenes de la película El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961) con su deslumbrante vestuario para la protagonista Delphine Seyrig. Después de ese primer encuentro intimidatorio la diseñadora le da luz verde para fotografiar con total libertad.
A diferencia de otros creadores que guardan celosamente su colección, Kirkland se sumerge en la trastienda de la casa de moda.
“Todavía no sé porque lo hizo, quizás mis inseguridades sobre la moda le hizo recordar las que ella tenía cuando era niña”.
Imagen del libro 'Coco Chanel: Three Weeks 1962' (Glitterati)
Kirkland ha vuelto a evocar su fascinación delante de aquella mujer -que ya comienza a tener problemas de artritis- “esculpiendo magistralmente con sus manos una solapa o el hombro de una chaqueta”.
 Durante tres semanas Douglas Kirkland captó en total intimidad a la mujer que había transformado la silueta femenina del siglo XX, el mito de la moda y el estilo que seguía dando muestras de su verbo vitriólico
. Ante la emergencia del nuevo delfín de la moda, Yves Saint Laurent declara: “Tiene un gusto excelente. Cuanto más me copia, mejor gusto tiene”
. En medio de la sesión fotográfica llega la noticia de la muerte de Marilyn Monroe, la estrella que había hecho del perfume Chanel nº 5 la mejor arma de seducción.
 De los labios de la diseñadora solo sale un comentario: “Pobre”.
 Desde entonces, el nombre de Chanel comenzaba a escribir otra leyenda.

 

Cara de pasajeros del ‘Titanic’......................................................... Javier Marías

Es un misterio adivinar por qué casi todos los políticos olvidan las adversidades en cuanto sopla a su favor una leve brisa.

Es bien sabido que a las personas les cuesta indeciblemente prever y adelantarse a los acontecimientos, incluso a los inminentes.
 Baste recordar como ejemplo popular, tantas veces recreado por el cine, la incredulidad de los pasajeros más acomodados del Titanic, que, cuando el barco se iba ya a pique, se negaban a admitir que eso estuviera pasando, tan interiorizada tenían la idea de que una catástrofe así era “imposible”, y aún más que les ocurriera a ellos.
 Es comprensible que la mayoría de la gente, de hecho, no quiera ponerse nunca en lo peor, y que, mientras le va bien, no le apetezca amargarse con medidas precautorias; que crea o ansíe creer que los estados favorables durarán siempre y se entregue a la euforia, como si el mañana no existiera o no tuviera posibilidades de volverse en su contra.
 Sí, es comprensible y todos incurrimos a veces en el optimismo sin freno, o en el carpe diem (pero en este último caso al menos sabemos que se trata de coger el día, ni siquiera en plural, y que con el nuevo amanecer todo puede haberse acabado: hay conciencia de la fugacidad de la suerte).
Lo que ya no resulta comprensible es que habiten en semejante inconsciencia quienes se pasan la vida con el ojo puesto en el futuro, los políticos.
 Ellos o sus consejeros no cesan de hacer estimaciones y cálculos, y, en la teoría, cuando los demás mortales chapoteamos en 2011, ellos ya están instalados en 2015, y así sucesivamente.
No resulta ser así en la práctica, sin embargo, no desde luego en este país nuestro.
 La estupefacción dibujada en los rostros de muchos dirigentes del PP tras las elecciones municipales y autonómicas ha sido en verdad antológica.
 El Gobierno de su partido se ha pasado tres años y medio, desde las generales de 2011, actuando como si la mayoría absoluta obtenida entonces estuviera destinada a ser eterna.
 Como ya se le advirtió desde muchas páginas –también desde esta–, si algo no puede hacerse en un Estado democrático es gobernar contra los ciudadanos sin pausa.
El descontento entre éstos ha sido masivo, explícito y ruidoso: los médicos y enfermeros, los profesores y alumnos, los rectores de Universidad, los jueces y abogados, los funcionarios, las clases medias y bajas, las pequeñas y medianas empresas, los comerciantes, los desempleados, los “dependientes”, los jóvenes que han debido emigrar, los científicos e investigadores, las bibliotecas sin presupuesto, los músicos, cineastas, actores y escritores, todos ellos se han visto tratados con desprecio y daño, sus protestas desatendidas y hasta “criminalizadas” por esos dirigentes. Ninguno de esos colectivos es “de izquierdas”, ni menos aún “antisistema”.
 Son tan sólo la sociedad, de la cual se ha hecho caso omiso y a la que se ha desdeñado.
 Llegan unas elecciones –ni siquiera generales– y el PP se queda perplejo ante la pérdida de dos millones y medio de votos y del poder en ciudades y regiones que creía adeptas para siempre.
 No cabe imaginar políticos peores, aquellos que no cuentan con el futuro y no perciben el hartazgo de la gente, o que sí lo perciben pero le restan toda importancia.
Hasta que truena, claro.
La fuerza de persuasión del presente es descomunal, sin duda.
 El que triunfa se olvida pronto de las penurias pasadas antes de alcanzar la celebridad o el éxito, y tiende a creer que siempre fue un ídolo.
 Por el mismo mecanismo, también se convence de que nunca dejará de serlo; de que, una vez llegada la culminación, ésta es irreversible.
Nadie en una situación privilegiada está dispuesto a recordar los millares de ejemplos que nos brinda la historia: de personajes que, tras conocer la gloria, cayeron en la miseria y en el olvido o la abominación, y tuvieron tiempo de asistir a ello, a su caída en desgracia
. El PP ya lo vivió hace no mucho, en 2004.
 Tanto da: de nuevo creyó que lo de 2011 era imperecedero, y se permitió comportarse despóticamente.
 Lo peor es que esta falta de previsión y esta megalomanía no son exclusivas de ese partido
. Quienes ahora se ven aupados y favorecidos (sin verdadera base, sino en una suerte de carambola o espejismo), como el PSOE o Podemos (un Podemos híbrido y enmascarado), adoptan ya modos arrogantes e inflados
. Es llamativo el engreimiento con que Ada Colau anuncia propósitos y desafíos, cuando hoy (el día en que escribo) aún no es seguro que vaya a ser alcaldesa de Barcelona.
 Bordea lo patético que Pedro Sánchez saque pecho, cuando su partido, hundido en 2011, ha perdido aún más votos.
 Es alarmante que Pablo Iglesias recuerde cada vez más, en soberbia, en tono autoritario, al Aznar más crecido; también en el infinito desprecio por sus rivales.
 Como el PP en 2011, parecen todos convencidos de que no hay vuelta de hoja; de que la ola que los eleva (moderadísimamente, por ahora) no va a descender ni a quebrarse; de que de aquí a seis meses serán ellos quienes manden, deroguen leyes e implanten otras, hagan reformas, suban impuestos, dicten arbitrariedades y “sepan” lo que conviene a la sociedad preconcebida por ellos.
 En verdad es un misterio, por qué a casi todos los políticos, del signo que sean, se les pone en seguida –en cuanto sopla a su favor una leve brisa– cara de pasajeros del Titanic al embarcar: faltaría más, de primera clase.
El que triunfa se olvida pronto de las penurias pasadas antes de alcanzar el éxito, y tiende a creer que siempre fue un ídolo
elpaissemanal@elpais.es

 

Un humilde canto a la democracia................................................................. Rosa Montero

Agitar las banderolas del miedo al cambio suena a lo mismo que se decía del PSOE en 1982.

 Pero los socialistas llegaron al poder y no pasó nada.

Nunca he militado en ninguna organización política y la única vez en mi vida que he participado en un mitin electoral a favor de un partido fue en 1982, en un acto de la cultura en apoyo del joven Felipe González
. No me arrepiento en absoluto de ello, porque creo que para este país era esencial que los socialistas llegaran al poder y se viera que no pasaba nada.
 Me refiero a nada catastrófico: en aquellos años éramos unos completos ignorantes de la política y aún vivíamos en la estela de esa profunda anomalía social que es toda dictadura.
 Por entonces, y aunque cueste creerlo, la mitad de los españoles pensaban que los del PSOE eran unos demonios rojos y contraculturales.
 Las señoras mayores de talante conservador temían que llegaran los socialistas y les quitaran los abrigos de piel
. No es una exageración mía: las pobres lo decían de verdad, y no eran sólo las ricachonas quienes tenían miedo, sino también las típicas abuelas con sus chaquetones horrorosos de astracán comprados a plazos.
Quién les iba a decir que luego las pieles las llevarían los socialistas, los pellejos de verdad y los metafóricos.
Recuerdo hoy aquella anécdota de los abrigos al hilo de las muchas barbaridades que se han dicho tras las elecciones del 24-M.
 Resucitar el fantasma de los sóviets y agitar furiosamente las banderolas del miedo resulta tan estúpido y tan inculto como aquellos comentarios de las señoras de las pieles.
 Pero, por desgracia, me temo que la cosa no es tan inocente como entonces.
Ya no somos una sociedad inocente, para mal pero también para bien, porque la inocencia es ignorancia y ahora desde luego sabemos mucho más.
 De modo que, cuando los políticos sacan ahora a pasear sus truculencias, tan sólo me parecen tahúres con las cartas marcadas que intentan jugar sucio.
La política que yo quiero es una labor modesta, pertinaz, equilibrada y esforzada
La democracia es un sistema lúcidamente pesimista; al contrario que las dictaduras totalitarias de derechas e izquierdas, que prometen implantar el paraíso en la Tierra (pero luego por sus Edenes corren ríos de sangre), la democracia parte de la convicción de que el ser humano dejado en libertad tenderá a crear un poder absoluto, eterno y aplastante.
Por eso el sistema democrático se basa en fragmentar y distribuir el poder lo más posible, entre los votantes, los medios de comunicación, los colectivos profesionales, los jueces, las asociaciones ciudadanas, los sindicatos…
 Cuanto más desarrollada esté una democracia, más repartido estará el poder real y más nos vigilaremos los unos a los otros para evitar abusos.
La notable transparencia informativa, que es otra de las buenas cosas de la democracia, nos permite ver las enormes imperfecciones del sistema: su hipocresía, su desigualdad, su corrupción.
 Aun así, tengo la total certidumbre de que es el único régimen posible y de que fuera del marco democrático está el infierno
. Lo que tenemos que hacer, eso sí, es mejorarlo, empujarlo, agitarlo, regenerarlo.
 Tenemos que cambiar las leyes electorales y fomentar la alternancia política
. No es bueno, por ejemplo, que un partido pueda eternizarse en el poder
. No más 24 años del PP en Castilla y León, no más 36 años del PSOE en la Junta de Andalucía; 36 años duró la interminable dictadura de Franco, y no parece sano para una sociedad que ningún grupo de poder pueda enraizar su chiringuito de ese modo.
Ya digo que éste es un sistema pesimista: no les demos la oportunidad de perderse.
La democracia, en fin, es un ejercicio de pactos y consensos que exige alcanzar cierta concordia. Tuvo que ser así desde el principio de los tiempos; estoy segura de que entre los trogloditas ya había algunos que preferían discutir con los demás cómo se distribuían los mejores lugares de la cueva, y otros que pretendían quedarse con el sitio más calentito a garrotazos.
 Hemos hecho un largo camino desde la caverna (¿o quizá no?) y ahora impera justamente eso, la negociación y el entendimiento.
 Por eso me parece tan sano, tan democrático, que venga gente nueva.
 La política moderna no es un Juego de tronos, cosa que me parece una tontada suprema. La política que yo quiero se parece mucho más a la serie danesa Borgen.
Una labor modesta, pertinaz, equilibrada y esforzada, como quien teje una manta con diferentes hebras.
 Este artículo es un humilde canto a la democracia.
 O más bien es un canto a la democracia humilde, la de aquellos políticos que aspiran a ser servidores de la colectividad y no unos pequeños, miserables y deshonestos caciques de tarjetas negras.
@BrunaHusky
www.facebook.com/escritorarosamontero, www.rosamontero.es

 

Desnudo...................................................................... Manuel Vicent

El ciudadano anónimo no es consciente de que para las redes sociales no deja de ser un insecto a merced de la telaraña.

 Las elecciones nunca las gana la oposición, siempre las pierde el Gobierno, derrotado por los corruptos o los incompetentes que albergue en su seno, un principio que debería tener presente la izquierda recién llegada al poder.

 Dicho esto, una advertencia. Los políticos no han incorporado todavía a su ADN la conciencia de estar viviendo siempre bajo los focos de la pista de un circo mediático. 

Tampoco el ciudadano anónimo y tributable es consciente de que para las redes sociales no deja de ser un insecto a merced de la telaraña. 

No obstante, existen indicios de que algunos empiezan a darse cuenta de este peligro.

 A eso obedece el que se haya convertido en una costumbre instintiva taparse la boca con la mano cuando se está en una tribuna pública, en los escaños del Parlamento o el banquillo del estadio en el momento de hablar con el vecino.

 Solo el movimiento de los labios ya es un lenguaje universal que podría delatarte. La araña siempre está preparada para comerse al mosquito, bien porque este se ha ido de la lengua ante un micrófono que creía cerrado, bien por ignorar que un tuit se envía universo entero y no se destruye jamás.

 La culpa de un tuit no tiene redención posible. Si cometes un asesinato, te confiesas, te arrepientes, el cura te absuelve y ya estás perdonado.

 O si caes en manos de la justicia los años de cárcel al final también te redimen.

 Pero el tuit idiota, malvado, procaz, ridículo que en un momento de rabia, soledad, odio, frivolidad u otra excrecencia del alma hayas mandado a la red te perseguirá incluso más allá de la tumba, porque el tuit no tiene pasado, siempre es un hecho presente, vertical, inmanente, sin contexto, que en el fondo constituye el detritus que el alma va dejando atrás formando un camino de miguitas hacia ese punto del pasado en que apareces en pelota picada.