Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

21 jun 2015

Cara de pasajeros del ‘Titanic’......................................................... Javier Marías

Es un misterio adivinar por qué casi todos los políticos olvidan las adversidades en cuanto sopla a su favor una leve brisa.

Es bien sabido que a las personas les cuesta indeciblemente prever y adelantarse a los acontecimientos, incluso a los inminentes.
 Baste recordar como ejemplo popular, tantas veces recreado por el cine, la incredulidad de los pasajeros más acomodados del Titanic, que, cuando el barco se iba ya a pique, se negaban a admitir que eso estuviera pasando, tan interiorizada tenían la idea de que una catástrofe así era “imposible”, y aún más que les ocurriera a ellos.
 Es comprensible que la mayoría de la gente, de hecho, no quiera ponerse nunca en lo peor, y que, mientras le va bien, no le apetezca amargarse con medidas precautorias; que crea o ansíe creer que los estados favorables durarán siempre y se entregue a la euforia, como si el mañana no existiera o no tuviera posibilidades de volverse en su contra.
 Sí, es comprensible y todos incurrimos a veces en el optimismo sin freno, o en el carpe diem (pero en este último caso al menos sabemos que se trata de coger el día, ni siquiera en plural, y que con el nuevo amanecer todo puede haberse acabado: hay conciencia de la fugacidad de la suerte).
Lo que ya no resulta comprensible es que habiten en semejante inconsciencia quienes se pasan la vida con el ojo puesto en el futuro, los políticos.
 Ellos o sus consejeros no cesan de hacer estimaciones y cálculos, y, en la teoría, cuando los demás mortales chapoteamos en 2011, ellos ya están instalados en 2015, y así sucesivamente.
No resulta ser así en la práctica, sin embargo, no desde luego en este país nuestro.
 La estupefacción dibujada en los rostros de muchos dirigentes del PP tras las elecciones municipales y autonómicas ha sido en verdad antológica.
 El Gobierno de su partido se ha pasado tres años y medio, desde las generales de 2011, actuando como si la mayoría absoluta obtenida entonces estuviera destinada a ser eterna.
 Como ya se le advirtió desde muchas páginas –también desde esta–, si algo no puede hacerse en un Estado democrático es gobernar contra los ciudadanos sin pausa.
El descontento entre éstos ha sido masivo, explícito y ruidoso: los médicos y enfermeros, los profesores y alumnos, los rectores de Universidad, los jueces y abogados, los funcionarios, las clases medias y bajas, las pequeñas y medianas empresas, los comerciantes, los desempleados, los “dependientes”, los jóvenes que han debido emigrar, los científicos e investigadores, las bibliotecas sin presupuesto, los músicos, cineastas, actores y escritores, todos ellos se han visto tratados con desprecio y daño, sus protestas desatendidas y hasta “criminalizadas” por esos dirigentes. Ninguno de esos colectivos es “de izquierdas”, ni menos aún “antisistema”.
 Son tan sólo la sociedad, de la cual se ha hecho caso omiso y a la que se ha desdeñado.
 Llegan unas elecciones –ni siquiera generales– y el PP se queda perplejo ante la pérdida de dos millones y medio de votos y del poder en ciudades y regiones que creía adeptas para siempre.
 No cabe imaginar políticos peores, aquellos que no cuentan con el futuro y no perciben el hartazgo de la gente, o que sí lo perciben pero le restan toda importancia.
Hasta que truena, claro.
La fuerza de persuasión del presente es descomunal, sin duda.
 El que triunfa se olvida pronto de las penurias pasadas antes de alcanzar la celebridad o el éxito, y tiende a creer que siempre fue un ídolo.
 Por el mismo mecanismo, también se convence de que nunca dejará de serlo; de que, una vez llegada la culminación, ésta es irreversible.
Nadie en una situación privilegiada está dispuesto a recordar los millares de ejemplos que nos brinda la historia: de personajes que, tras conocer la gloria, cayeron en la miseria y en el olvido o la abominación, y tuvieron tiempo de asistir a ello, a su caída en desgracia
. El PP ya lo vivió hace no mucho, en 2004.
 Tanto da: de nuevo creyó que lo de 2011 era imperecedero, y se permitió comportarse despóticamente.
 Lo peor es que esta falta de previsión y esta megalomanía no son exclusivas de ese partido
. Quienes ahora se ven aupados y favorecidos (sin verdadera base, sino en una suerte de carambola o espejismo), como el PSOE o Podemos (un Podemos híbrido y enmascarado), adoptan ya modos arrogantes e inflados
. Es llamativo el engreimiento con que Ada Colau anuncia propósitos y desafíos, cuando hoy (el día en que escribo) aún no es seguro que vaya a ser alcaldesa de Barcelona.
 Bordea lo patético que Pedro Sánchez saque pecho, cuando su partido, hundido en 2011, ha perdido aún más votos.
 Es alarmante que Pablo Iglesias recuerde cada vez más, en soberbia, en tono autoritario, al Aznar más crecido; también en el infinito desprecio por sus rivales.
 Como el PP en 2011, parecen todos convencidos de que no hay vuelta de hoja; de que la ola que los eleva (moderadísimamente, por ahora) no va a descender ni a quebrarse; de que de aquí a seis meses serán ellos quienes manden, deroguen leyes e implanten otras, hagan reformas, suban impuestos, dicten arbitrariedades y “sepan” lo que conviene a la sociedad preconcebida por ellos.
 En verdad es un misterio, por qué a casi todos los políticos, del signo que sean, se les pone en seguida –en cuanto sopla a su favor una leve brisa– cara de pasajeros del Titanic al embarcar: faltaría más, de primera clase.
El que triunfa se olvida pronto de las penurias pasadas antes de alcanzar el éxito, y tiende a creer que siempre fue un ídolo
elpaissemanal@elpais.es

 

Un humilde canto a la democracia................................................................. Rosa Montero

Agitar las banderolas del miedo al cambio suena a lo mismo que se decía del PSOE en 1982.

 Pero los socialistas llegaron al poder y no pasó nada.

Nunca he militado en ninguna organización política y la única vez en mi vida que he participado en un mitin electoral a favor de un partido fue en 1982, en un acto de la cultura en apoyo del joven Felipe González
. No me arrepiento en absoluto de ello, porque creo que para este país era esencial que los socialistas llegaran al poder y se viera que no pasaba nada.
 Me refiero a nada catastrófico: en aquellos años éramos unos completos ignorantes de la política y aún vivíamos en la estela de esa profunda anomalía social que es toda dictadura.
 Por entonces, y aunque cueste creerlo, la mitad de los españoles pensaban que los del PSOE eran unos demonios rojos y contraculturales.
 Las señoras mayores de talante conservador temían que llegaran los socialistas y les quitaran los abrigos de piel
. No es una exageración mía: las pobres lo decían de verdad, y no eran sólo las ricachonas quienes tenían miedo, sino también las típicas abuelas con sus chaquetones horrorosos de astracán comprados a plazos.
Quién les iba a decir que luego las pieles las llevarían los socialistas, los pellejos de verdad y los metafóricos.
Recuerdo hoy aquella anécdota de los abrigos al hilo de las muchas barbaridades que se han dicho tras las elecciones del 24-M.
 Resucitar el fantasma de los sóviets y agitar furiosamente las banderolas del miedo resulta tan estúpido y tan inculto como aquellos comentarios de las señoras de las pieles.
 Pero, por desgracia, me temo que la cosa no es tan inocente como entonces.
Ya no somos una sociedad inocente, para mal pero también para bien, porque la inocencia es ignorancia y ahora desde luego sabemos mucho más.
 De modo que, cuando los políticos sacan ahora a pasear sus truculencias, tan sólo me parecen tahúres con las cartas marcadas que intentan jugar sucio.
La política que yo quiero es una labor modesta, pertinaz, equilibrada y esforzada
La democracia es un sistema lúcidamente pesimista; al contrario que las dictaduras totalitarias de derechas e izquierdas, que prometen implantar el paraíso en la Tierra (pero luego por sus Edenes corren ríos de sangre), la democracia parte de la convicción de que el ser humano dejado en libertad tenderá a crear un poder absoluto, eterno y aplastante.
Por eso el sistema democrático se basa en fragmentar y distribuir el poder lo más posible, entre los votantes, los medios de comunicación, los colectivos profesionales, los jueces, las asociaciones ciudadanas, los sindicatos…
 Cuanto más desarrollada esté una democracia, más repartido estará el poder real y más nos vigilaremos los unos a los otros para evitar abusos.
La notable transparencia informativa, que es otra de las buenas cosas de la democracia, nos permite ver las enormes imperfecciones del sistema: su hipocresía, su desigualdad, su corrupción.
 Aun así, tengo la total certidumbre de que es el único régimen posible y de que fuera del marco democrático está el infierno
. Lo que tenemos que hacer, eso sí, es mejorarlo, empujarlo, agitarlo, regenerarlo.
 Tenemos que cambiar las leyes electorales y fomentar la alternancia política
. No es bueno, por ejemplo, que un partido pueda eternizarse en el poder
. No más 24 años del PP en Castilla y León, no más 36 años del PSOE en la Junta de Andalucía; 36 años duró la interminable dictadura de Franco, y no parece sano para una sociedad que ningún grupo de poder pueda enraizar su chiringuito de ese modo.
Ya digo que éste es un sistema pesimista: no les demos la oportunidad de perderse.
La democracia, en fin, es un ejercicio de pactos y consensos que exige alcanzar cierta concordia. Tuvo que ser así desde el principio de los tiempos; estoy segura de que entre los trogloditas ya había algunos que preferían discutir con los demás cómo se distribuían los mejores lugares de la cueva, y otros que pretendían quedarse con el sitio más calentito a garrotazos.
 Hemos hecho un largo camino desde la caverna (¿o quizá no?) y ahora impera justamente eso, la negociación y el entendimiento.
 Por eso me parece tan sano, tan democrático, que venga gente nueva.
 La política moderna no es un Juego de tronos, cosa que me parece una tontada suprema. La política que yo quiero se parece mucho más a la serie danesa Borgen.
Una labor modesta, pertinaz, equilibrada y esforzada, como quien teje una manta con diferentes hebras.
 Este artículo es un humilde canto a la democracia.
 O más bien es un canto a la democracia humilde, la de aquellos políticos que aspiran a ser servidores de la colectividad y no unos pequeños, miserables y deshonestos caciques de tarjetas negras.
@BrunaHusky
www.facebook.com/escritorarosamontero, www.rosamontero.es

 

Desnudo...................................................................... Manuel Vicent

El ciudadano anónimo no es consciente de que para las redes sociales no deja de ser un insecto a merced de la telaraña.

 Las elecciones nunca las gana la oposición, siempre las pierde el Gobierno, derrotado por los corruptos o los incompetentes que albergue en su seno, un principio que debería tener presente la izquierda recién llegada al poder.

 Dicho esto, una advertencia. Los políticos no han incorporado todavía a su ADN la conciencia de estar viviendo siempre bajo los focos de la pista de un circo mediático. 

Tampoco el ciudadano anónimo y tributable es consciente de que para las redes sociales no deja de ser un insecto a merced de la telaraña. 

No obstante, existen indicios de que algunos empiezan a darse cuenta de este peligro.

 A eso obedece el que se haya convertido en una costumbre instintiva taparse la boca con la mano cuando se está en una tribuna pública, en los escaños del Parlamento o el banquillo del estadio en el momento de hablar con el vecino.

 Solo el movimiento de los labios ya es un lenguaje universal que podría delatarte. La araña siempre está preparada para comerse al mosquito, bien porque este se ha ido de la lengua ante un micrófono que creía cerrado, bien por ignorar que un tuit se envía universo entero y no se destruye jamás.

 La culpa de un tuit no tiene redención posible. Si cometes un asesinato, te confiesas, te arrepientes, el cura te absuelve y ya estás perdonado.

 O si caes en manos de la justicia los años de cárcel al final también te redimen.

 Pero el tuit idiota, malvado, procaz, ridículo que en un momento de rabia, soledad, odio, frivolidad u otra excrecencia del alma hayas mandado a la red te perseguirá incluso más allá de la tumba, porque el tuit no tiene pasado, siempre es un hecho presente, vertical, inmanente, sin contexto, que en el fondo constituye el detritus que el alma va dejando atrás formando un camino de miguitas hacia ese punto del pasado en que apareces en pelota picada.

8 leyes de Murphy que tienen base científica

Estos principios son (a veces) algo más que pesimismo sin fundamento y memoria selectiva.


¡Pues que venga Murphy a limpiar!
¡Pues que venga Murphy a limpiar!.
La ley de Murphy dice que si algo puede salir mal, saldrá mal. Este Murphy era el ingeniero aeroespacial Edward Aloysius Murphy y formuló su ley en 1949 después de descubrir que estaban mal conectados todos los electrodos de un arnés para medir los efectos de la aceleración y deceleración en pilotos.
Es innegable que tanto esta ley como las que siguieron, con sus corolarios, principios y máximas, tienen su principal explicación en la memoria selectiva y en nuestros sesgos, como la inclinación a la negatividad, que nos hace temer y recordar más los casos negativos que los positivos o neutros, y el sesgo de confirmación, que nos lleva a hacer caso sólo a los ejemplos que ratifican nuestras creencias.
De todas formas, algunas de estas leyes tienen algo más de fundamento del que puede parecer. A veces incluso cuentan con investigaciones y pruebas que las respaldan.
1. Si algo puede salir mal, saldrá mal
Como recuerdan en Ask a Mathematician, “nada dura para siempre, así que en algún momento todas las piezas de una máquina se romperán”.
 A lo que podríamos añadir que cuanto más tiempo y trabajo comporte una tarea, más fácil será que en algún momento surja algún contratiempo.
 Es decir, aunque no todo saldrá mal siempre, ni mucho menos, esta primera ley de Murphy se cumplirá a menudo, a condición le demos tiempo suficiente.
Por cierto, al parecer (este punto no está claro), el enunciado original dice que “si hay dos o más maneras de hacer algo y una de ellas puede resultar en una catástrofe, alguien se decidirá por esta".
2. La tostada siempre cae en el lado de la mantequilla
En 1997 Robert Matthews publicó un artículo en Scientific American en el que recogió pruebas que confirmaban algunas de las leyes de Murphy.
 Una de ellas: la de la tostada.
Según Matthews, la altura de la mesa es determinante en este caso, ya que la rebanada de pan, untada o no, “no tiene tiempo para dar una vuelta completa y volver a caer bocarriba al llegar al suelo”.
Hay que recordar que no lanzamos las tostadas al aire como si fueran una moneda, sino que simplemente se nos caen mientras intentamos, sin éxito, desayunar.
Matthews, que es físico y matemático, ya había publicado un estudio demostrando esta teoría en 1995. Su trabajo fue premiado con un Ignobel, la parodia de los Nobel cuyo objetivo es recompensar las investigaciones que primero hacen reír y luego hacen pensar. Por cierto, la primera ley de Murphy no se llevó este premio hasta 2003.
El propio Matthews explica sus investigaciones en un vídeo. Está en inglés, pero las pruebas y demostraciones se entienden muy claramente.

8 leyes de Murphy que tienen base científica

Estos principios son (a veces) algo más que pesimismo sin fundamento y memoria selectiva


  • ¡Pues que venga Murphy a limpiar!
    ¡Pues que venga Murphy a limpiar!.
    La ley de Murphy dice que si algo puede salir mal, saldrá mal. Este Murphy era el ingeniero aeroespacial Edward Aloysius Murphy y formuló su ley en 1949 después de descubrir que estaban mal conectados todos los electrodos de un arnés para medir los efectos de la aceleración y deceleración en pilotos.
    Es innegable que tanto esta ley como las que siguieron, con sus corolarios, principios y máximas, tienen su principal explicación en la memoria selectiva y en nuestros sesgos, como la inclinación a la negatividad, que nos hace temer y recordar más los casos negativos que los positivos o neutros, y el sesgo de confirmación, que nos lleva a hacer caso sólo a los ejemplos que ratifican nuestras creencias.
    De todas formas, algunas de estas leyes tienen algo más de fundamento del que puede parecer. A veces incluso cuentan con investigaciones y pruebas que las respaldan.
    1. Si algo puede salir mal, saldrá mal
    Como recuerdan en Ask a Mathematician, “nada dura para siempre, así que en algún momento todas las piezas de una máquina se romperán”. A lo que podríamos añadir que cuanto más tiempo y trabajo comporte una tarea, más fácil será que en algún momento surja algún contratiempo. Es decir, aunque no todo saldrá mal siempre, ni mucho menos, esta primera ley de Murphy se cumplirá a menudo, a condición le demos tiempo suficiente.
    Por cierto, al parecer (este punto no está claro), el enunciado original dice que “si hay dos o más maneras de hacer algo y una de ellas puede resultar en una catástrofe, alguien se decidirá por esta".
    2. La tostada siempre cae en el lado de la mantequilla
    En 1997 Robert Matthews publicó un artículo en Scientific American en el que recogió pruebas que confirmaban algunas de las leyes de Murphy. Una de ellas: la de la tostada.
    Según Matthews, la altura de la mesa es determinante en este caso, ya que la rebanada de pan, untada o no, “no tiene tiempo para dar una vuelta completa y volver a caer bocarriba al llegar al suelo”. Hay que recordar que no lanzamos las tostadas al aire como si fueran una moneda, sino que simplemente se nos caen mientras intentamos, sin éxito, desayunar.
    Matthews, que es físico y matemático, ya había publicado un estudio demostrando esta teoría en 1995. Su trabajo fue premiado con un Ignobel, la parodia de los Nobel cuyo objetivo es recompensar las investigaciones que primero hacen reír y luego hacen pensar. Por cierto, la primera ley de Murphy no se llevó este premio hasta 2003.
    El propio Matthews explica sus investigaciones en un vídeo. Está en inglés, pero las pruebas y demostraciones se entienden muy claramente.
    3. La información más importante de cualquier mapa está en el doblez o en el borde
    A veces nos vemos obligados a recurrir a planos y guías en papel, como si estuviéramos en la Edad Media. O en 1998.
     A menudo nos da la impresión que la información importante de nuestra ruta o destino se pierde en un doblez o en el borde del mapa, obligándonos a tener que ir pasando páginas adelante y atrás para orientarnos.
    No es sólo una impresión
    . Si miramos el ejemplo extraído de Why do buses come in threes, veremos que un borde de un plano de apenas un centímetro supone el 28% del área total. Si ampliamos el borde a dos centímetros, hay un 47% de posibilidades de que el punto que buscamos esté justo ahí. 
    Por este motivo las buenas guías de carretera y planos de ciudades duplican al menos el 30% de la información de cada página.
    4. Los pares de calcetines siempre van de dos en dos antes de entrar a la lavadora y de uno en uno al salir de ella


    Esta ley viene explicada por la teoría de probabilidades y combinatoria, según el ya citado artículo de Matthews.
     Con independencia de qué ocurre con estas prendas en la lavadora (un misterio que está más allá de las humildes pretensiones de este artículo), “la pérdida aleatoria de calcetines siempre es más probable que cree el número máximo posible de calcetines impares”.
    Si perdemos sólo un calcetín, ya tendremos uno suelto
    . Como ya no nos pondremos ese calcetín suelto, el próximo que perderemos al hacer la colada será otro que tenga pareja, por lo que ya tendremos dos calcetines desparejados.
    Y si perdemos más de uno a la vez, lo más fácil es que sean de pares diferentes, como explica el estadístico Victor Niederhoffer en Daily Speculations. "Si tienes 20 calcetines -10 pares diferentes-, después de perder el primer calcetín, las posibilidades de que el segundo deshaga otro par son de 18 sobre 19, frente a 1 sobre 19 de que sea un calcetín del mismo par".
     Es decir, si no compramos pares nuevos para reponerlos, corremos el riesgo de acabar con un cajón lleno de calcetines impares.
    5. La otra cola siempre es más rápida
    Este asunto ya lo tratamos en otro artículo: si nos da la impresión de estar en la cola más lenta es porque 1) la cola más lenta es por lo general la que tiene más gente y, en consecuencia, es la cola en la que es más fácil que estemos y 2) si sólo escogemos una cola y hay, por ejemplo cuatro, hay un 75% de posibilidades de que al menos una de las otras colas sea más rápida que la nuestra. Por tanto, la mayor parte de las veces habrá al menos otra cola que sea más rápida.


    Nunca nos cansaremos de este gif
    Lo mismo se aplica al tráfico, como se explica en Principia Marsupia.
    En este caso hay que añadir que pasamos más tiempo en el carril lento precisamente porque es el más lento y además pasamos más tiempo siendo adelantados que adelantando.
    6. Llevar un paraguas cuando hay previsión de lluvia hace menos probable que llueva
    Aunque no hay relación causal entre un hecho y otro (sería un ejemplo de correlación ilusoria), Matthews explica los motivos por los que es muy habitual que acabemos acarreando el paraguas sin necesitarlo.
     Este autor explica lo siguiente:
    • Aunque las predicciones de lluvia son cada vez más acertadas, hay que tener en cuenta que si vivimos en un sitio con pocas precipitaciones, la mayoría de las veces se acierta a la hora de decir que NO lloverá.
    • No nos importa tanto si va a llover a lo largo del día como si va a llover durante el tiempo que estemos en la calle. "Las probabilidades de que llueva en la hora, más o menos, que estés paseando son por lo general muy bajas en casi todo el mundo".
    • Si tenemos en cuenta ambos factores, es muy probable acabar paseando el paraguas inútilmente porque "incluso las previsiones en apariencia precisas de las que disponemos actualmente no son lo suficientemente buenas para predecir de forma fiable los eventos menos frecuentes".
    7. No importa cuántas veces se demuestre una mentira, siempre quedará un porcentaje de personas que creerá que es verdad
    Se trata de una de las muchas versiones de una popular frase de Mark Twain, que dijo que una mentira puede dar media vuelta al mundo mientras la verdad aún se está poniendo los zapatos.
    Hay muchos motivos que dan la razón, al menos en parte, a esta ley de Murphy. 
    De entrada, los rumores exitosos juegan con nuestras emociones y ansiedades, como hacen leyendas urbanas clásicas como "la chica de la curva" 
    . También se dirigen a nuestras inclinaciones y sesgos: a muchos nos pareció graciosísimo que Esperanza Aguirre creyera que Saramago era Sara Mago, por ejemplo, y convertimos el chiste en anécdota porque deseábamos que fuera verdad
    .
    Además, a medida que los rumores se difunden, les damos aún más credibilidad, simplemente por el hecho de que los oímos más.
     Esto nos lleva a difundirlos, por lo que entramos en un círculo vicioso. 
    Los medios juegan un papel importante en este punto: un estudio del año pasado recogía que muchos medios de comunicación dedican más tiempo y trabajo a propagar rumores falsos que a verificarlos y desmentirlos.
    Eso sí, las noticias falsas se resisten a los desmentidos. 
    Vimos un ejemplo hace unos meses cuando volvimos a publicar la historia de Ricky Martin y la mermelada: aún encontramos comentarios en foros y webs que aseguraban que el episodio había ocurrido realmente, pero que nunca se emitió y las grabaciones se destruyeron, siguiendo la retorcida lógica habitual de las teorías de la conspiración. ¿Cómo probar que jamás existió algo que nadie vio y que luego fue destruido?
    8. Siempre encuentras las cosas en el último sitio en el que miraste
    La razón es que no seguimos buscando después de encontrarlas. 
    “Aquí estaban las llaves, en el tercer sitio en el que busqué.
     Luego he mirado en el cajón y debajo de la cama, pero ahí no las he visto”.
    Por otro lado, si encontramos algo en el primer sitio donde buscamos, no se puede decir que esté perdido, por mucho drama que le pongamos al asunto.
     Se pueden admitir excepciones.
     Por ejemplo, si ese primer sitio es una oficina de objetos perdidos.