Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

17 ago 2014

“Sin ideología y sin sexo no se puede ser actor”......................................................................... Juan Cruz

Como directora de una escuela de interpretación, cree que se aprende más de la vida.

Cristina Rota. / claudio álvarez

¿Más de enseñar que de actuar? La meta era ser actriz y dirigir. Pero en España me di cuenta de que mis hijos y yo no íbamos a ser felices si yo no era un referente de festejo por la vida
. Postergué lo de ser actriz y creé el centro para enseñar.
Maestra, pues... Tuve buenos maestros, generosos. Nos daban clases clandestinas: ¡en la dictadura no dejaban leer a Heráclito y burlaban esa prohibición!
¿Por qué lo prohibieron? No se argumentaba en la dictadura; nosotros lo sabíamos: hablaba de que la vida cambia.
 Prohibieron a Kant, las Matemáticas modernas, todo lo que expandía el pensamiento. ¡Si te descubrían con un libro de Mafalda...! ¡Un chiste!
Esas prohibiciones suelen provocar el efecto contrario... Si tienes maestros generosos, desafiantes. Algunos fueron despedidos.
 Hice un trabajo sobre Antígona, que se rebela contra el poder.
Me dijo el profesor: “Yo no lo puedo presentar, ni ponerte nota; vamos a negociar qué hacemos”
. Y me dijo algo que no olvidé: “No estrelles tu cabeza contra un muro cuando la causa esté perdida: ve por los costados, busca la orilla”.
 Aprendíamos clandestinamente.
“El festejo de la vida es aceptar el dolor, la salida del sol, los conflictos, el hambre, la angustia...”
¿Cómo le afectaron las prohibiciones, su propio drama? Forja un carácter, te prepara mejor para la vida.
 Si tienes buenos referentes no te estrellas. Tenía un compromiso: cambiar todo eso.
Rehizo su vida porque quería que fuera un festejo para sus hijos No, no la rehice. No creo que se rehaga una vida.
 Seguí un proceso lógico de lo que había aprendido: estar en la vida, ver la realidad.
 No permití hacer un corte en mi historia. Pasé de emigrante a inmigrante, una condición muy extraña, sin identidad.
 Si cortaba con mi historia iba a enfermar.
¿Y cómo se cambia del dolor a la decisión de hacer de la vida un festejo? Aceptando que en la vida nos educan mal.
 Nos preparan para un festín que siempre llegará cuando seamos mayores
. Es una mentira: el festejo en la vida es que todo lo que viene lo tienes que elaborar como puedas, pero no olvidar.
 El festejo de la vida es aceptar el dolor, la salida del sol, los conflictos, el hambre, la angustia...
¿Cuál es la huella más imborrable? La desaparición de Diego.
 Me obligó a replantearme muchas cosas, a adoptar una responsabilidad muy fuerte con respecto a la educación de mis hijos para que no fueran infelices, para que no prendiera en ellos el rencor, para que no aprendieran a odiar.
Difícil tarea enseñar eso. Fue doblemente doloroso porque tenía que medir palabras, acciones, y no ser una madre depresiva y triste.
 Lorca decía que él escribía para restañar las heridas. Lo hacemos incluso para reparar los errores de nuestros padres.
 Estamos los que tratamos de reparar y los viven en el rencor.
No es fácil.
Aquí hubo mucho odio. Ahora estamos otra vez a la greña. Cuando no resuelves en el momento adecuado e intentas enterrarlo todo, los muertos siempre salen a la luz
. La transición fue en parte perversa; negociaciones quizá demasiado rápidas, tal vez por miedo a perder cada uno su cuota.
 Una democracia forjada así te deja en el mismo sitio.
 Es como si España siguiera estancada en igual discusión.
¿Qué les enseña primero a los jóvenes que quieren ser actores? Que se aprende más de la vida, lo demás es técnica.
Si no veo al otro, si no me conecto con los conflictos humanos, sin ideología y sin sexo no se puede ser actor
. Es lo primero que comunico. Lo segundo es que el primer deseo del actor es ser actor.
Siempre los Argentinos  tienen ese don, hacernos creer que todo lo saben.......¿Que pasa en su Pais? ¿Por qué en cuanto pueden vienen a esta España llena de defectos que solo ellos conocen y ven?..

 

Víctor Manuel vuelve a su tierra................................................................ Juan Cruz

El autor de ‘El cobarde’ cuenta su historia, que arranca en el horror de la guerra

 

Víctor Manuel, en su casa de Madrid. / Sofía Moro

Medio siglo después de empezar a cantar, Víctor Manuel San José (Mieres, Asturias, 1947), regresa a la tierra de su abuelo Víctor, que le inspiró una de sus grandes canciones. Vítor murió en 1970; a los nueve años entró en una mina y ya no salió hasta 42 años más tarde… El otro abuelo, Ángel, fue preso a la cárcel de Oviedo, junto a su hermano, en 1939.
 Tres años más tarde lo fusilaron; están ambos en la fosa común del cementerio de Oviedo. Con otros 1.800.
 Esos recuerdos marcan toda la memoria de la infancia de Víctor Manuel Sanjosé. A ella vuelve ahora.
Los días 12 y 13 de septiembre actuará acompañado por amigos suyos y de su propia mujer, Ana Belén, en el recinto de La Eria, en Oviedo, en las fiestas de San Mateo, para festejar con los suyos su medio siglo cantando y componiendo.
 Estará también rodeado de casi todos: Joan Manuel Serrat, Miguel Ríos, Miguel Bosé, Wyoming, Joaquín Sabina, Pedro Guerra, Miguel Poveda, Marisa Valle, Chus Pedro, Hevia, Estopa, Luis Eduardo Aute, Rosendo, Ismael Serrano, Pablo Milanés…
Regresa, pues, al sitio del que viene, de donde empezó a cantar, “a componer sin tener ni puta idea, contando historias”.
 Entre otras la ya legendaria rememoración de su abuelo Víctor
. El abuelo hunde sus raíces en la vida de la posguerra y de la guerra, de la que él no supo nada hasta que ya fue un muchacho
. En casa, el padre escuchaba la Pirenaica y guardaba silencio.
“No quería contarme lo que habían sido la guerra y la posguerra…
 A su padre, el abuelo Ángel, lo habían matado en la cárcel de Oviedo, en 1941.
Estaba allí desde la guerra, lo sacaron y lo fusilaron”.
Los recuerdos de la posguerra marcan toda la infancia del cantante
“Desde los cinco años me llevaba a la fosa común, el Día de Todos los Santos
. Un día le pregunté por qué lo habían matado. ‘Por robar una cesta de huevos’, me dijo. Y de ahí no salió nunca.
 A los 12 años quise apuntarme a la OJE [la Organización Juvenil del franquismo] porque tenía bocadillos baratos. Me dijo: ‘Son los que mataron a tu abuelo’. No me dijo quién lo denunció, nada; hace cinco años encontré, gracias a la gente de la Memoria Histórica, el expediente del abuelo y de mi tío abuelo…
 Alguien los denunció por rojos”.
El miedo marcó la conversación de la casa; al padre siguieron amenazándolo (“cabrón, te vamos a matar”) por rojo, por hijo de rojo. “Vivíamos en Mieres, un pueblo pequeño, y había muchísima gente que te podía joder la vida si quería… La primera vez que supe todo lo que pasó allí fue cuando ya empezaba a cantar, en 1967, por un libro de David Muñiz, El movimiento obrero en Asturias
 Me quedé pasmado”. El silencio había sido abrumador. “En Argentina descubrí al alcalde rojo de Mieres, Miguel Llaneza, y a sus hijos, uno de los cuales había sido guerrillero hasta 1949… Me contó cómo bajaba del monte y se plantaba en medio del pueblo para demostrar que a su mujer no la había dejado encinta el Espíritu Santo sino él”.
Pero se cantaba en casa; la madre cantaba tonadillas, canciones de Concha Piquer, caxigalines, que son canciones chiquitas.
“Mi padre cantaba mucho también, pero canciones mexicanas, Allá en el rancho grande
 Mi madre tenía ese punto negativo con el que echaba las cosas hacia abajo, ‘no te lo creas, no te lo creas’. Y mi padre era un fosforito
. Cada cosa buena que nos pasaba la convertía en un acontecimiento”. El abuelo fue pronto una inspiración. El cobarde, El tren de madera, El abuelo Víctor… forman una trilogía que ahora sonará en Oviedo y que es un tributo a aquella gente; canciones como esas las prohibía la censura franquista, “y ahí fue donde yo me fui dando cuenta cabal, a los 18 ó 19 años, de lo que era verdaderamente la dictadura”.
'El cobarde' no es un canto antimilitarista español, es sobre un soldado en Vietnam
Pero a veces la censura sobreactuaba sus apreciaciones.
 Por ejemplo, El cobarde “no nació para contar una historia de lo que sucedía aquí, no era un canto antimilitarista español… Yo había leído un reportaje de Oriana Fallaci sobre un soldado americano que se negaba a combatir en Vietnam, temblaba porque no quería disparar.
Era un cobarde en Vietnam. Cuando salió la canción Pilar Miró se empeñó en ponerla a mediodía en TVE; la suspendieron de empleo y sueldo”.
El jurado del Festival del Atlántico (Puerto de la Cruz, Tenerife) la premió, pero el capitán general de Canarias, Héctor Vázquez, ordenó que se revocara la decisión. “Quedó luego la cuarta; hasta el tercer premio se retransmitía en la Península. Por eso la dejaron cuarta”.
Un día se vengó, cuando estaba en el cuartel, en Valladolid. “Un grupo de oficiales borrachos me pidió que cantara algo. Canté El cobarde. No se enteraron
. Era Nochevieja”. Algún tiempo después, prohibidas sus canciones, se fue a México con Ana; representaron allí una comedia musical (sin éxito), siguieron de gira, y alguien inventó para el diario Pueblo una historia: Víctor y Ana habían pisoteado la bandera española en el escenario.
 “El follón que se armó aquí fue espectacular.
 En el estreno de una película que hicimos con Gonzalo Suárez [que los descubrió para el cine] entraron los guerrilleros de Cristo Rey, rajaron las butacas; la película estuvo un solo día en cartel. Nos convertimos de apestados en apestosos.
Y nos quedamos seis meses en México. Un contacto nuestro preguntó si tenían algo contra nosotros. No lo tenían. Volvimos. La DGS nos interrogó para nada, pues nada había”.
La época fue un torbellino que comenzó, para él, con El cobarde.
 Fue la era de la militancia; “tiempo de mucho peligro, físico a veces; me sacaron una pistola en Argamasilla de Alba, pero había allígente dispuesta a defenderte. Las cosas estaban cambiando. Yo no existía como cantante, estaba prohibido en todos los circuitos.
 Ana se defendía mejor, hacía películas de mucho éxito, era la que mantenía la casa.
 Yo, mientras, conocí, en el PCE y fuera de él, a gente excepcional que regalaba su energía”
. Luego vino la Transición y en seguida el hijo David, en 1976, “y decidí retirarme a componer… Nacen entonces Soy un corazón tendido al sol, Sólo pienso en ti”. Empieza, pues, un ciclo más sentimental, el que dura hasta hoy. “Pero estuvo también Canción de la esperanza, que hablaba de política:
‘Que no cese la esperanza acorralada,/ con un voto no cambiamos casi nada’
. Es 1978. Una canción enteramente dedicada a los últimos días de Franco: ‘Tanto imaginarnos una muerte digna en ti y tú salpicabas la pared’…
 Pero las que funcionaron fueron las canciones sentimentales”.
He aprendido que alcanzas al colectivo más grande desde lo más pequeño
- Narrador musical. ¿Cómo podría resumir lo que ha querido contar en estos cincuenta años?
- He querido contar la vida.
 He aprendido que con el tiempo alcanzas al colectivo más grande desde lo más pequeño.
 Lo descubrí cuando escribí El abuelo Víctor; estaba convencido de que era una canción para mí; no pensaba que a nadie le pudiera interesar una canción que hablara de un abuelo que ha sido picador allá en la mina; era una canción mía para cantarla en mi casa.
 Un día apareció un amigo en casa, la canté y él se puso a llorar.
 Lo mejor que he aprendido es eso: la cosa más pequeña por la que te intereses toma una dimensión que a ti se te escapa de las manos.
Ahí vuelve Víctor Manuel ahora, al territorio del abuelo Víctor, rescatado por el nieto para la buena memoria de la vida.

Pimplar como nuestros padres........................................................................Carlos Primo

¿Ha aniquilado la fiebre ‘gourmet’ nuestra capacidad de disfrutar de una copa? ¿Podremos volver a beber sin hablar de lo que bebemos?.

Dean Martin, Frank Sinatra y Sammy Davis Jr. con una botella en la mano y una mesa llena de copas. Algunos lo llaman vicio.
 Para otros es arte

¿Qué fue antes, comer o ir de cañas? En 1950, el científico Jonathan Sauer revolucionó los círculos académicos cuando sugirió que los hombres del Neolítico, en contra de la creencia generalizada, no habían comenzado a cultivar cereales para producir harina, sino cerveza.
 Lo que parecía una boutade ha acabado siendo una teoría ampliamente aceptada, y la confirmación de lo que todo sospechábamos: que el ser humano siempre ha tenido un vaso en la mano, especialmente en los momentos importantes.
“Cuando ganas te mereces champán; cuando pierdes, lo necesitas”
. Son palabras de Napoleón Bonaparte, que conocía como nadie las virtudes del espumoso.
 En sus días de vino y rosas (las frases hechas nunca son inocentes), su afición a la bebida predilecta de María Antonieta demostraba que, más allá de diferencias políticas, las élites del Antiguo y el Nuevo Régimen festejaban sus éxitos del mismo modo.
George Brummell zanjó una ruptura amorosa diciendo que poco se podía esperar de una dama que bebe cerveza
Al otro lado del canal de la Mancha, el joven británico George Brummell (Beau Brummell para los amigos, aunque tenía pocos), fundador de la secta del dandismo y tan dictatorial en la bebida como en el atuendo, dejaba claros sus gustos a golpe de aforismos
. Se dice que una vez rechazó una segunda copa de champán que no estaba a la altura de sus expectativas con un taxativo “gracias, pero no bebo sidra”, y que relativizó una ruptura amorosa diciendo que poco podía esperar de una dama “a quien han visto bebiendo cerveza”.
En la época de Brummell se bebía mucho, pero apenas se hablaba de la bebida.
 Era el alcohol el que reflejaba las diferencias sociales: podía ser un indicador de sofisticación, de elegancia, de incultura o de rebeldía.
 Incluso creativa. ¿Es posible trazar una línea causa-efecto entre la absenta y aquella generación de artistas que, por primera vez, quisieron alejarse de la realidad? ¿O delimitar los efectos que tuvo el whisky en varias generaciones de machos alfa estadounidenses?
 Desde luego, hay una línea continua que une los tiempos de la conquista del Oeste, cuando los salones eran esencialmente dispensarios de whisky, y los años centrales del siglo XX, cuando el Jack Daniels se convirtió en el santo y seña de aquel fenómeno a medio camino entre la mafia, la fiesta y el lujo que fue el Rat Pack de Frank Sinatra, Peter Lawford, Dean Martin y Sammy Davies Jr. Durante décadas, pedir un whisky doble era toda una declaración de hombría que apenas admitía matices y que no requería explicación alguna.
En el pasado, beber no era un acto de cosmopolitismo sino algo tan cotidiano como comer, vestirse o jugar a las cartas
Los expertos coinciden en señalar que es difícil saber cómo sabían las bebidas alcohólicas de siglos pasados: los procesos eran menos sofisticados, las materias primas también y, sobre todo, la población no las consumía en un acto de cosmopolitismo, sino porque la bebida era algo tan cotidiano (aunque no tan políticamente correcto) como comer, vestirse o jugar a las cartas.
Hoy el alcohol ha ganado en calidad, respetabilidad y riqueza, pero también ha perdido parte de su espontaneidad.
El boom de la coctelería ha convertido las ciudades en enormes bares con aspiraciones premium, y el acto de beber, en un alarde de saber enciclopédico, una metaexperiencia que vuelve casi imposible tomar un gintonic sin que la conversación orbite acerca de los botánicos de turno.
 Que la sofisticación del alcohol va unida a una cultura que permite apreciar y valorar sus matices es algo que nadie pone en duda.
Ahora bien, ¿no habría que recordar que el alcohol no sólo es un fin, sino también un medio para otras cosas? Imaginen que Toulouse-Lautrec, cuando se entregaba a la absenta, hubiera tenido una carta tan extensa como el menú de whiskies en cualquier buen hotel de Shanghái (un atlas de varias páginas con referencias ordenadas por valles y regiones de Escocia).
Se habría levantado antes de pedir, aturdido, abortando no se sabe cuántas obras maestras.
La respuesta a este “problema” no pasa necesariamente por el nihilismo alcohólico (consumir sin criterio comprenderá que no es una opción) ni por reivindicar la ignorancia, sino por recordar que tomarse una copa es algo enormemente disfrutable, y que los bares son lugares donde se va a estar en buena compañía, no a hablar de lo que está bebiendo
. O al menos no solo a ello. Eso déjeselo al bartender
. O al coctelero (por favor, ¡no los confunda!).

 

Muerte de un misionero.................................................................Amelia Castilla / Cristina Galindo

Trabajador, cercano y humilde. Miguel Pajares puso su vida al servicio de los débiles

Su fallecimiento, unido al millar de víctimas del ébola, pone en evidencia la gravedad de la epidemia.

Foto sin datar de Miguel Pajares en África cedida por la familia.

"Estaba muy asustado", recuerda Félix Pajares de la última conversación telefónica que tuvo con su hermano Miguel días antes de que el sacerdote destinado en Liberia diera positivo en las pruebas de detección del virus del ébola.
 No se lo quita de la cabeza. Oírle tan desanimado a él, un misionero con años de experiencia en África, que nunca se quejaba de sus problemas personales —pese a su delicada salud—, que siempre decía que había que ser positivo, le hizo temer lo peor.
“Sabía que corría un gran riesgo allí, pero decía que la gente le necesitaba”, cuenta frente a su casa en La Iglesuela (Toledo), donde el religioso nació hace 75 años.
 Los tiempos de ayudar a los demás estaban a punto de terminar para Pajares, repatriado por el Gobierno el 7 de agosto y fallecido el martes pasado en un hospital madrileño
. La primera víctima del ébola fuera de África. Desde que abandonó Monrovia, el Hospital Católico de San José, regentado por la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, a la que el sacerdote pertenecía desde niño, está cerrado
. Allí se contagió el virus, mientras atendía casi sin apenas recursos a los enfermos que llegaban a urgencias a un ritmo de 400 pacientes diarios (frente a los 80 habituales).

La situación en la capital sigue siendo desesperada, según las noticias que llegan de la zona.
 El número de fallecidos en los cuatro países del África occidental afectados (Liberia, Sierra Leona, Nigeria y Guinea Ecuatorial) supera ya el millar y hay casi 2.000 casos registrados, según la Organización Mundial de la Salud.
 Además de Pajares, han muerto otros empleados del hospital de San José: el liberiano Patrick Nshmdze, director del centro, la hermana congoleña Chantal Pascaline y el hermano ghanés George Combey.
Todos ellos, junto a la hermana guineoecuatoriana Paciencia Melgar, infectada también y que sigue en Liberia, formaban una familia.
“Cambié muchos conceptos después de conocer al padre Miguel y el resto del equipo, tenía una idea completamente diferente de los misioneros
. Me admiraba su capacidad de trabajo y su manera de enfrentarse a las cosas
. Eran muy cariñosos.
 Me siento terriblemente mal por lo que ha ocurrido.
 Ahora que el hospital está cerrado pienso en todos los proyectos frustrados y las vidas rotas”, se lamenta Carmen Casaus, enfermera de la Fundación Mujeres por África, con sede en Madrid, que colabora con la orden. Casaus convivió un año con ellos.
“No hablábamos de religión, allí no había espacio para eso. 
Aquello era humanismo puro y duro”, dice Salmean
Hay alrededor de 13.000 misioneros españoles repartidos por el mundo
. Su imagen dista mucho del cliché del religioso de antaño con la cruz en una mano y la Biblia en la otra convirtiendo a los nativos
. Sin hábitos, con conocimientos médicos y en muchos casos sin si quiera haber sido ordenados sacerdotes, los misioneros viajan por otros países movidos por la fe y una actitud vital que pasa por la necesidad de ayudar a los necesitados.
Cuando el padre Miguel aterrizó en Monrovia, hace siete años, ya conocía África.
 Pero esta vez le tocaba vivir en uno de los países más pobres y castigados del continente.
 El hospital San José, que este año ha cumplido medio siglo de existencia, se encontraba entonces en obras.
 Lo estaban reconstruyendo con donativos de fieles y de instituciones españolas tras quedar seriamente dañado en la guerra civil que asoló el país durante 14 años (1989-2003).
Liberia (3,8 millones de habitantes) aún lucha por cerrar las heridas abiertas durante el conflicto armado, que dejó 250.000 muertos, 800.000 desplazados, miles de mutilados que dependen de la beneficiencia para subsistir y secuelas psicológicas en gran parte de la población, sobre todo mujeres (se calcula que el 70% sufrió abusos sexuales) y niños, drogados y utilizados como soldados.
 El hospital, el Católico como lo conocen allí, no cerró ni un solo día durante la guerra.
 Con las balas sonando a su alrededor, acogían a los heridos sin preguntar a qué facción pertenecían. Entre las muchas anécdotas de esos días terribles, quizás la que mejor definía su trabajo ocurrió la mañana en que entraron los soldados y mataron a los heridos
. Médicos y enfermeros, liberianos, fueron subidos bajo amenazas a un camión ante la mirada de los religioso
s. Fue el momento en que el hermano Justino, antecesor de Pajares, se encaramó hasta el vehículo para situarse al lado de los sanitarios, dispuesto a correr la misma suerte.
 Aquello paralizó a los soldados, que accedieron a liberarlos con una advertencia: “No curen a los malos”.
Son historias que se contaban a la sombra del cocotero, en las horas de más calor, cuando no funcionaba la electricidad y se apagaban los ventiladores.
Lo recuerda Javier Salmean, médico de la Fundación Mujeres por África:
A la izquierda, la hermana Paciencia y la hermana Chantal con el padre Miguel, en una imagen de la Fundación Mujeres por África.
“Cada tres meses los invadíamos, usábamos sus quirófanos para operar al menos a medio centenar de enfermas de fístula perianal [una lesión que se produce cuando el parto se prolonga demasiado y que deja a las mujeres incontinentes]; a veces nos veíamos obligados a colocar a dos enfermas en la misma cama, pero por parte del padre Miguel o de la hermana Chantal Pascaline sólo encontramos cariño y generosidad.
 No hablábamos de religión, allí no había espacio para eso. Aquello era humanismo puro y duro”.
Antes de arrancar el proyecto médico de esta fundación, que preside la exvicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, Salmean visitó otros hospitales de la ciudad, pero el ambiente que encontró era “hostil y duro” por parte de las instituciones.
Al final elegimos el Católico porque disponían de unas instalaciones razonables (140 camas y tres quirófanos) y porque tanto el padre Miguel, como las hermanas Chantal y Paciencia eran encantadores.
 Durante toda mi vida he sido muy laico y, especialmente, en la medicina estaba convencido de que los religiosos no pintaban nada en los hospitales españoles.
En Monrovia cambié de opinión, aquello era distinto, me sorprendió su implicación en el día a día, su buena disposición y cómo te facilitaban las cosas
. Naturalmente que cumplían con su labor religiosa, su liturgia de mañana y sus rezos por la tarde pero trabajaban sin parar”.
El hospital disponía de aire acondicionado, pero los religiosos vivían de manera austera.
 En la polvorienta y pobre Monrovia, donde la mayoría de su habitantes (cerca del medio millón) carece muchas veces de lo más básico, como electricidad y agua corriente, el Católico era un oasis de tranquilidad y, sobre todo, de limpieza.
El centro atendía a diario a multitud de personas, casi todos niños menores de cinco años, con anemia, malnutrición, parasitosis, neumonías, diarreas y malarias.
Decía que lo importante es ser buena persona y que hay un único Dios, un Dios que cada uno adapta a su cultura
Al padre Miguel le gustaba que lo llamaran de tú, sin formalismos
. “Lo que quería era trabajar en la trinchera; ayudar a la gente a pie de calle”, afirma Javier Pajares, uno de sus sobrinos
. Recuerda cuando su tío visitaba la Iglesuela (unos 500 habitantes) , donde todavía vive parte de la familia.
 Se sentaba en el bar de la plaza con una cerveza sin alcohol para ver el fútbol. “Le gustaba el Real Madrid”, afirma uno de los responsables del establecimiento, Eugenio González. “Nos hablaba de África, de los pocos recursos que tenía, de lo mucho que había que hacer allá
. Me decía: ‘Allí no tenemos de nada, falta gente cualificada para todo; el país es un desastre, se vive al día’.
Siempre nos traía detalles y aprovechaba los viajes a España para recaudar fondos para el hospital”, explica el sobrino.
Miguel se crió en el seno de una familia modesta que vivía del campo.
 No les sobraba el dinero, pero los cinco hermanos tuvieron la posibilidad de estudiar. Gregorio, por ejemplo, cursó formación profesional en Madrid y emigró a Düsseldorf (Alemania), donde ha vivido hasta su jubilación. Félix, sin embargo, prefirió la agricultura a los libros. Mientras,
Miguel eligió la vida religiosa de muy joven: a los 12 años ingresó en la escolanía de San Rafael. Estudió enfermería, se ordenó sacerdote, perfeccionó el inglés en Irlanda del Norte y, en los años sesenta, emprendió su primer viaje a África.
 Su casa natal se encuentra frente al Ayuntamiento de ese pequeño municipio, que ha sentido su muerte como si de la familia se tratara.
 En la iglesia, hay una urna para donaciones, tanto para el hospital de San José en Monrovia, como para otra misionera autóctona que vive en Filipinas.
 En la Iglesuela conocen a la hermana Chantal, la compañera de fatigas de Miguel en África.
Más de una vez se la llevó de vacaciones para desconectar de la dura Liberia.
Uno de los primeros viajes del sacerdote a África.
Quizás para acordarse de los suyos, el misionero intentó reproducir en Monrovia el huerto de su hermano Félix en la localidad toledana.
 “Siempre se llevaba semillas, pero se quejaba de que allí no producían casi nada... como mucho alguna escarola”, cuenta. Miguel jugaba bien al tenis, deporte que practicaba casi a diario, en la pista de una mansión abandonada colindante al hospital que compraron para ampliar las instalaciones.
 Y recomendaba a todos que practicaran deporte para sentirse mejor.
 Se ocupaba de hacer la compra, conducía hasta el mercado y regateaba hasta conseguir precios más bajos. Había días que se presentaba feliz con una barracuda de 20 kilos, otros había que conformarse con arroz y pollo.
En el patio del hospital, junto al huerto, tenía gallinas.
 Presumía de poder ofrecer desayuno, comida y cena a los pacientes.
 La hermana Chantal administraba la farmacia, donde guardaban antibióticos imposibles de conseguir en la ciudad
. Ella conocía los dialectos de todas las tribus, lo que facilitaba enormemente la comunicación con los pacientes a la hora de rellenar historiales médicos. Con el responsable de los quirófanos, de religión musulmana y con tres esposas, las relaciones eran inmejorables.
 “Cada uno piensa como quiere”, solía argumentar la hermana. “Mi tío era muy abierto”, recuerda su sobrino Javier. “Se pasaba el tiempo leyendo, a veces libros sobre otras religiones, y solía decir que había un solo Dios y que luego cada uno lo adaptaba a sus circunstancias, que lo importante era ser buena persona”, añade.
La familia de Pajares temía por su vida desde junio, cuando volvió a África tras un mes en España por temas personales.
“Tenía previsto finalizar su misión en Liberia en septiembre y el ébola comenzaba a expandirse; le pedimos que se quedara ya en España; no quiso”, insiste otro de sus hermanos, Gregorio. Se encontraba cansado, le fallaba el corazón y había sufrido una operación de próstata, recuerda José María Viadero, director de la ONG Juan Ciudad, que agrupa los proyectos de cooperación internacional de la orden.
Volvió a Liberia a rematar algunas cuestiones.
El padre Miguel fue el maestro de Viadero. En 1976, cuando el director de la ONG se encontraba en el noviciado le pidió que lo llevara con él a África; luego, el paso del tiempo acabó por situarlo en un despacho desde el que atender sus reclamaciones.
 Cuanto más te implicas sobre el terreno menos te importa la jerarquía o la obediencia debida. “Con él no había manera, se metía en todos los embolados posibles
. Cuando le decía que él era mi maestro me respondía: ‘deja de llamarme maestro y haz lo que te pido’. Al final se salía con la suya, como cuando consiguió que la orden la pagara un motor fuera borda a un pescador al que conoció en la playa”, recuerda.
A partir de su regreso a Monrovia todo se precipitó.
 El virus del ébola avanzaba imparable y las noticias vía correo electrónico o por teléfono sonaban cada vez más alarmantes
. Falló la previsión y nadie había aplicado medidas de aislamiento para atender a los enfermos. Los médicos y el personal sanitario de los otros hospitales, tan faltos de recursos como ellos, habían abandonado y se habían cerrado los centros.
 El Hospital San José multiplicó las urgencias El primero en notar los síntomas fue Patrick Nshmdze, el director del centro.
 Las pruebas de detección del virus en un principio resultaron negativas y los religiosos descuidaron las medidas de protección.
Cuando el padre Miguel pidió auxilio, la orden le envió 10.000 dólares y un cargamento con medicación que llegó tarde.
 Ni siquiera pudieron retirarlo en el aeropuerto. Fue recogido posteriormente, según datos de la Orden, por Médicos sin Fronteras.
También se movilizó Mujeres por África y en una semana mandaron 4.800 buzos anticontagio, pero tampoco llegaron a tiempo.
 Los religiosos fueron traslados al campo donde el Gobierno liberiano reúne a los infectados y entonces se preparó su evacuación a España.
Cuando los soldados del Ejército español llegaron al hospital para evacuar al padre Miguel el 7 de agosto, se encontraba tan debilitado que apenas controlaba lo que ocurría.
 Todos los que le conocen afirman que, en su sano juicio, no hubiera consentido que la hermana Chantal, de nacionalidad congoleña, se quedara allí. Con él se llevaron a Juliana Bohi, otra monja que se encontraba en el centro, con pasaporte español, que todavía se encuentra internada en el Hospital Carlos III de Madrid.
La Orden ya tiene listo un nuevo equipo de religiosos preparado para aterrizar en Monrovia.
Y sigue la ruleta de la muerte, en esos paises subdesarrollados por el postcolonialismo europeo, se trabaja mientras la fuerza te acompaña, y nos guste o no, la mayoría que están y mueren son de ordenes religiosas y ONG, ¿Que Pasa con las Organizaciones mundiales de la salud? dónde hay hambre y enfermedades solo los asisten religiosos, como ellos dicen:Humanismo puro...