Cambió de oficio hace diez años para asumir una función que carecía de instrucciones. El aprendizaje no ha sido fácil.
A la Princesa no le importa confesar que ella y su marido tienen
caracteres dispares. Don Felipe tiende a la calma, la reflexión, la
moderación y el equilibrio; nunca dice una palabra que no deba; rara vez
pierde los nervios y se toma el tiempo que sea necesario antes de tomar
una decisión. Le cuesta lanzarse. Toda su vida ha sido un estricto,
solitario y minucioso aprendizaje diseñado a conciencia por otros, que
culminará cuando ocupe la Jefatura del Estado: el oficio de la familia
desde hace cinco siglos. Ella, por el contrario, es hiperactiva,
expansiva, impaciente, apasionada, espontánea y dura de pelar. Más de
altibajos. Para ganársela hay que convencerla. Y no siempre es fácil. Es
capaz de soltar un taco con la maestría borbónica de su suegro.
Proyecta frescura y cercanía. Su andadura vital, muy de clase media, de
ascensor social, ha estado marcada por la normalidad y el esfuerzo. Por
eso cree profundamente en la meritocracia por encima de la política de
cuotas: es el resumen de su propia biografía. Letizia ha luchado; se ha
pateado la calle, viajado en autobús hasta el extrarradio, estudiado en
colegios públicos; conoce la olla a presión de la universidad y los
sinsabores del mercado laboral; la separación de sus padres y un
divorcio en su anterior existencia. Y, al final, el triunfo profesional.
Felipe ha contemplado desde niño a los poderosos del planeta sentados
en el salón de casa. Ella presenció el golpe del 23 de febrero por
televisión en el pisito ovetense de los Ortiz Rocasolano; él pasó toda
aquella negra noche en el Palacio de la Zarzuela junto su padre, el Rey.
Doña Letizia aclara que esa disparidad de orígenes y talantes ha sido
positiva y que propicia que ambos se complementen a la perfección en el
terreno profesional (en su papel de futuros reyes) y como pareja. Cada
uno cumple su papel; cada uno aporta lo que domina. Y el cóctel
funciona; las piezas encajan. Ambos aman la vida y sus pequeños
placeres. Hoy, diez años después de su boda, son socios, cómplices y
compañeros de viaje en un oficio que solo ellos conocen; difícil de
explicar; basado en la absoluta ejemplaridad, utilidad, austeridad,
principios y discreción de una familia y en el hecho de que el material
sensible del Estado del que son receptores no podrá jamás traspasar los
muros de piedra de su casa, colgada sobre las 16.000 hectáreas del Monte
de El Pardo, entre escoltas, ciervos y encinas. Un hogar en el que
piensan continuar en el futuro. Porque lo han construido ellos.
Más allá de su distinto origen y formación; de sus diferentes gustos,
amistades, estilo y método de enfrentarse a la vida, hay un espíritu
que comparten de perfeccionismo y autoexigencia; una profunda admiración
mutua (en cualquier conversación, ella prefiere hablar más del
Príncipe, al que define como una persona honesta, que vale la pena y
está haciendo un trabajo impecable por su país, que de sí misma) y un
proyecto común que decidieron sin intromisiones de nadie. Y del que la
piedra angular era construir una familia normal (su burbuja a la que
rara vez acceden los adustos funcionarios de la Casa de Su Majestad el
Rey) y conseguir que sus hijas, al margen de las funciones
institucionales a las que iban a estar llamadas en el futuro
(especialmente la infanta Leonor, la segunda en la línea de sucesión),
crecieran como unas niñas felices y ajenas al espectáculo mediático que
aún sigue provocando la monarquía (quizá porque esa luminaria forma
parte de su esencia y capacidad de atracción). Y que sigue
proporcionando oxígeno económico a muchos medios de comunicación;
incluso entre los que se definen como serios. Una portada con Letizia
vende. Un cotilleo, mucho más. Una imagen comprometida haría rico a un
paparazzi.
Según la Princesa, lo han logrado. Son una familia feliz. Han
superado esa primera prueba. La pareja trae y lleva a sus hijas al
colegio, a 10 minutos de su casa. Y la madre se pelea con las hijas
porque destrozan a diario un par de leotardos. Leonor y Sofía están
creciendo alegres, estudiando en el mismo colegio en que lo hizo su
padre y contemplan con naturalidad lo que ocurre a su alrededor. Lo
demostraron el pasado 2 de mayo, cuando asistieron junto a sus padres a
la ceremonia de las bodas de plata de la graduación de don Felipe en la
Academia General del Aire: una celebración emocionante para los
oficiales de los tres Ejércitos y donde participan sus familias e hijos
en un ambiente relajado. Era su primer acto oficial. Y lo aprobaron sin
fisuras inclinando la cabeza como ordena el ceremonial ante la bandera
bajo un sol de justicia levantino. Un gesto que se habían preparado en
casa de la mano del general Emilio Tomé, de 61 años, uno de los hombres
de confianza del Príncipe desde 1985. Hoy, según una persona del entorno
inmediato de la pareja, la escena que mejor describe la vida de los
Príncipes de Asturias cuando cae la tarde es: “Baños, cenas, cuentos,
mimos, besos, duérmete yaaaa, apaga la luz, hasta mañana”.
Doña Letizia suele recalcar con guasa que Leonor y Sofía han nacido dentro del oficio. Ella llegó a los 31 años
Doña Letizia suele recalcar con guasa que Leonor y Sofía lo han
tenido más fácil que ella: han nacido dentro del oficio, lo ven con
naturalidad, no les causa ninguna sorpresa que su abuelo sea el Rey.
Ella aterrizó en ese mundo a los 31 años. Ella tuvo otra vida. Quizá por
eso, a la hora de protegerlas y evitar su excesiva exposición pública,
el Príncipe esté permanentemente en guardia. Nadie sabe mejor que él lo
que supone ser un niño diferente, observado por todos, rodeado de
adultos, silencioso, sujeto a la adulación y los usos cortesanos,
siempre a la sombra de un padre triunfador: el hombre que devolvió la
democracia a los españoles. Don Felipe no quiere que esa historia se
repita con sus hijas. Son lo más importante para él. Como dijo el día de
su boda, en unas palabras absolutamente personales y sin el visado
(como es preceptivo) del Gobierno: “Aspiramos a fundar una familia. Y
queremos alcanzar el necesario equilibrio entre lo público y lo privado,
entre las obligaciones —que lo son de por vida— y la legítima y
necesaria vida familiar; sabiendo que nuestro trabajo requiere una
serenidad, una dedicación, una constancia y una mesura tales que
permitan hilar el tiempo político con el tiempo humano”.
Aquel gris 22 de mayo de 2004, tras abandonar la catedral de Nuestra
Señora de La Almudena bajo una cortina de lluvia, Felipe y Letizia no lo
tenían fácil. Una persona de su entorno reflexiona sobre el estado de
ánimo de la nueva Princesa de Asturias en aquellos primeros días: “Ser
libre y anónima es algo que (casi) nadie entiende porque nadie lo ha
perdido. No ser libre, estar permanentemente cuestionada, vigilada, no
poder trabajar en lo que era una vocación, es algo que también es
difícil de comprender porque a (casi) nadie le ha pasado eso todo junto.
Y seguramente esa situación no despierte mucha empatía en la gente,
porque es incomprensible e inimaginable, pero Letizia se metió en ese
lío exclusivamente por amor”.
Para continuar, no existía un libro de instrucciones sobre la misión
de la nueva Princesa como no la había tampoco de su marido; no había
tradición, experiencia, costumbre ni precedentes. La monarquía había
sido instaurada democráticamente en España tras la aprobación de la
Constitución de 1978, pero en su funcionamiento y el perfil de sus
miembros colaterales todo estaba por hacer. La nueva monarquía española
recogía retazos de las tradiciones y liturgias del pasado (como el mando
supremo de las Fuerzas Armadas por parte del Rey), pero partía de cero
en todo lo demás. Sus precedentes inmediatos remitían a antes de la
Guerra Civil. La institución no había experimentado la puesta al día de
las monarquías europeas tras la II Guerra Mundial, que, para sobrevivir,
se habían bajado del trono, aburguesado, mezclado con los ciudadanos y
hecho más transparentes, austeras y útiles. Los usos de la Corona
española en los siglos XIX y XX no servían por tanto de guía.
Todos los ojos estaban fijos en los Príncipes de Asturias. Pronto se
convirtieron en el centro de atención. En especial la recién llegada. Se
les exigía mucho, pero nadie (ni siquiera el Gobierno) sabía muy bien
el qué ni el cómo. Felipe, Letizia y su pequeño equipo inmediato (apenas
media docena de personas al frente de las que estaba Jaime Alfonsín, un
abogado del Estado que se acerca a los 60 años) tenían que llenar de
contenido esa misión no escrita. La Constitución no decía nada al
respecto. Tampoco existía un estatuto o ley orgánica que marcara el
camino. El horizonte profesional/vital de los Príncipes era tan etéreo
como el que se concentra en estas dos frases que se repetían
continuamente para explicar su trabajo: “Servir a España” y “ser un
símbolo”. ¿En qué consistían esos postulados tan pomposos? (como todo el
lenguaje que rodea a la monarquía). La pareja lo tradujo en ser los
empleados de un servicio público (según define el Príncipe), sin
horarios ni vacaciones, y donde hay que estar siempre dispuesto a dar lo
mejor de uno mismo (esfuerzo, ejemplo, solidaridad, influencia,
capacidad de representación) a través de las pequeñas y grandes acciones
de la vida; de los actos públicos y de los privados, para que el país y
sus ciudadanos se beneficien a corto o medio plazo de ese trabajo. Para
conseguir un Estado más próspero y cohesionado. Para elevar el
prestigio internacional. Para ser un paño de lágrimas de los que sufren,
ya sea la madre de un niño con una enfermedad incurable o unos ancianos
españoles en una recepción en algún rincón recóndito del mundo.
“Ser un símbolo”. “Servir a España”. Dos ideas que el Príncipe
llevaba programado en sus genes pero que la Princesa debía metabolizar a
toda prisa. Lo hizo.
El resultado es un trabajo hecho a conciencia por
la pareja, pero repleto de intangibles; difícil de traducir en hechos
inmediatos, pero que se puede adivinar en aspectos concretos, como dar
una imagen de estabilidad institucional del país, representarle
dignamente en el exterior (estableciendo incluso relaciones especiales
con Latinoamérica, Oriente Medio y sus primos de las otras monarquías),
abrir puertas, crear un ambiente propicio para atraer inversiones y
turistas, proporcionar voz y visibilidad a los que no la tienen e
impulsar la excelencia, la lengua y la cultura.
No hay que olvidar que
la Corona es uno de los elementos más reconocibles y prestigiosos de la
marca España; un poderoso símbolo visual muy reconocible fuera de
nuestras fronteras.
Y todo envuelto en algunas cuestiones (nuevas en el
marco de la monarquía) que preocupan al Príncipe, como son la
transparencia y los principios éticos de la institución.
Cuando presentó
su Fundación Príncipe de Girona, en diciembre de 2011, la definió como
“honesta y transparente”; no daba puntadas sin hilo: con esa reflexión
se colocaba en las antípodas del Instituto Nóos, de su cuñado, Iñaki
Urdangarín, cuya sede social en Barcelona había sido registrada por la
policía unos días antes.
Ese es su trabajo. Lo llevan a cabo sin red ni guion. Cuando sea Rey,
cuando asuma la Jefatura del Estado, Felipe de Borbón añadirá a esa
etérea retahíla las amplias funciones constitucionales inherentes a su
posición; no así ella, ya que la Constitución deja claro en su artículo
58:
“La Reina consorte o el consorte de la Reina no podrán asumir
funciones constitucionales, salvo lo dispuesto para la Regencia”.
Él
será el jefe del Estado y ella, su consorte; su complemento y una pieza
clave en la representación de la institución y de la Nación. Puede ser
mucho. Depende de ella.
Así lo ha hecho la Reina Sofía durante casi 40
años, hasta tener una capacidad de influencia y visibilidad dentro y
fuera de la institución y dentro de la maquinaria de la Zarzuela, muy
superior a su condición de reina consorte.
Hoy, la Reina alcanza junto al Príncipe las mejores calificaciones de
popularidad en las encuestas bisemanales que encarga la Casa. En un
escalón inferior está el Rey. Doña Letizia es la peor valorada, aunque
aprueba. La Princesa no termina de sintonizar con la opinión pública.
El Príncipe y la Reina son los más populares en las encuestas. La Princesa aprueba, pero es la peor calificada
Una de las primeras normas de Letizia cuando llegó al Palacio de la
Zarzuela como Princesa en mayo de 2004 fue no entrar en el territorio de
la Reina. Doña Sofía, a través de su fundación y también de sus propios
intereses vitales, alcanzaba ámbitos tan dispares como la enfermedad de
Alzheimer, la música clásica, la cooperación internacional o los
microcréditos. Letizia tenía que encontrar su sitio. Sin hacer sombra a
nadie. Como el Príncipe. A ellos les tocaba esperar.
Lo primero fue conocer la Casa. Con bloc y bolígrafo Letizia recorrió
durante semanas cada una de las once dependencias básicas de la
estructura de La Zarzuela, desde Seguridad a Comunicación pasando por
Protocolo y el Gabinete de Planificación; también conoció a los 11
hombres (no hay mujeres en los puestos ejecutivos) a cargo de la nave
bajo la autoridad férrea del Rey (que constitucionalmente nombra y
releva sin dar cuentas a nadie a sus colaboradores). Su media de edad es
de 60 años, tres son diplomáticos, otros tres, militares; el resto, dos
oficiales de la Guardia Civil, un abogado del Estado y un interventor
del Estado. La mayoría ha hecho toda su carrera en la Casa. Letizia era
la última en llegar. Algunas personas del microcosmos de la Zarzuela no
la tratarían bien. Tomó nota.
En 2005 y 2007 Doña Letizia aseguró con dos hijas la sucesión al
trono. Cumplió con la institución. Y comenzó a reflexionar sobre cuáles
eran los nichos (como ella los define) en donde podría centrarse y ser
más útil. Hoy, los ha encontrado en el entorno de la educación, la
innovación, las enfermedades raras y la que en los últimos tiempos
consume en gran parte las energías, la nutrición, un asunto en el que
colabora con la Organización Mundial de la Salud y la FAO, a cuyas
reuniones de trabajo asiste en Ginebra. A su lado, como apoyo, los 150
miembros de la Casa, pero, especialmente, José Manuel Zuleta, de 53
años, aristócrata y coronel de caballería, con el que curiosamente ha
logrado entenderse a la perfección y hoy es uno de sus incondicionales.
Zuleta (que trabaja en Zarzuela desde hace casi 30 años) solo se lamenta
que el trabajo de la Princesa no sea más conocido y reconocido por la
opinión pública. Y que siempre parezca más importante lo que lleva
puesto que lo que hace. En el entorno inmediato de ella se lanza esta
reflexión: “Su condición femenina parece que solo es relevante cuando se
convierte en un valor comercial para los medios de comunicación que
utilizan esa imagen. Todo eso pervierte por completo la labor
institucional que desarrolla.
Letizia comenzó a contar con su propia agenda en 2007
. Desde su
llegada a La Zarzuela, ha asistido a 190 actos oficiales en solitario y
ha tenido 107 audiencias en las que se ha reunido con más de 2.000
personas, a los que hay que sumar los 1.516 que ha compartido con el
Príncipe y las 248 que han recibido juntos
. A esa actividad hay que
sumar 73 viajes a 38 países.
Sin embargo, la gran tarea de los Príncipes empezaría a partir del
accidente del Rey en Botsuana, en abril de 2012, y las sucesivas
operaciones quirúrgicas que llegaron a continuación, nueve en tres años
.
Un espacio de tiempo en el que asumieron (intentando no hacer sombra al
Monarca, que es el único que posee todas las potestades
constitucionales de forma indelegable) en muchas ocasiones la
representación del Estado.
Fueron tiempos convulsos para la monarquía española, marcados por las
desavenencias dentro de la Familia Real y, en concreto, por el caso
Urdangarin, que condujo a declarar como imputada por primera vez en la
historia a una hija del Rey, la infanta Cristina, hermana de su marido y
en los comienzos de la relación entre los Príncipes, fiel aliada de
Letizia.
Esos tiempos de camaradería han quedado muy lejos.
El 8 de
febrero de este año, doña Cristina viajaba a Palma y se sentaba en el
banquillo ante el juez José Castro.
Esa misma noche, a su vuelta a
Madrid, la Infanta se reunió con toda su familia, en el Palacio de la
Zarzuela, para darles cuenta de lo sucedido.
En ese grupo no estaba la
Princesa; tampoco en la cena posterior, en la que solo participaron la
Reina y sus dos hijas, Elena y Cristina
. Según fuentes de la Zarzuela,
“la Princesa nunca ha perdonado a sus cuñados cómo han puesto en peligro
a la institución y a la propia posición de su marido. Al Príncipe le da
pena su hermana, sabe que lo está pasando mal y es un sentimental y la
Reina tira mucho en ese sentido de mantener a la familia unida contra
viento y marea; sí, el Príncipe estuvo en esa reunión familiar de
febrero, pero fue una excepción.
Los Príncipes se han negado
rotundamente a aparecer a su lado.
No lo han hecho en público ni tampoco
en privado.
El Príncipe nunca supo de los negocios de su cuñado.
Una
actuación que va en contra de toda su visión ética del mundo y de cómo
ve el futuro de la monarquía, que si quiere perdurar tiene que ser útil e
intachable”.
La monarquía de Felipe y Letizia será distinta.
Con una estructura
más pequeña, moderna, abierta y transparente.
Y sin preferencias del
varón sobre la mujer para acceder al trono.
El Príncipe no lo oculta.
En
otras de sus palabras, estas en Barcelona, en 2011, expresaba esa idea:
“Quiero hacer realidad mi deseo firme y permanente de adaptar y de
adecuar la institución a los tiempos que vivimos en cada momento,
impulsando un proyecto que une nuestra historia con el futuro, que
engarza nuestra tradición a un espíritu de vanguardia y progreso”.