Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

27 abr 2014

Las lecciones de la imaginación....................................................... Javier Marías

Ya pasó Sant Jordi, el Día del Libro, y de aquí a un mes empezará la Feria madrileña del mismo objeto, con las perspectivas más lúgubres en muchísimos años.
 No es sólo que las librerías estén ahogadas por la crisis y por la piratería en aumento. 
No es sólo que los editores busquen desesperadamente algún título que arrastre a las masas a comprarlo, y que a la mayoría ya les dé igual que se trate de una obra digna o de la enésima porquería más o menos sadomasoquista, cateta y machista con origen en Internet, donde habrá cosechado legiones de “seguidores” rudimentarios y descerebrados, de los que se limitan a pedir “más”: más “sexo fuerte”, más violencia, más torturas gratuitas, poco a poco –oh qué moderno– se vuelve a uno de los textos más soporíferos de la historia de la literatura: Las 120 jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade, escrito en 1785, reiterativo catálogo de atrocidades que acaba por arrancar bostezos hasta a los más voluntariosos depravados.
 No es sólo que los autores anden preocupados y deprimidos, al ver cómo sus nuevas novelas se venden infinitamente menos que las anteriores (eso los que alguna vez han tenido un número apreciable de lectores) o nacen ya muertas, destinadas a ser devueltas a la distribuidora a las pocas semanas de aterrizar en los escaparates.
 La última vez que me pasé por una librería y eché un vistazo a las novedades, vi no pocas que superaban las seiscientas páginas y a las que, por su aspecto, o por la descripción leída en las reseñas que las ensalzaban, o por la mera conjunción de nombre, título, grosor y precio, uno no podía augurar más que una rápida caída en el vacío.
 “Ojalá me equivoque”, pensé con escasa fe. “Ojalá cada una de ellas sea un gran éxito; y sean leídas y discutidas por muchos y recomendadas por los únicos que hoy gozan de verdadera influencia, los lectores desconocidos”.
El íntimo convencimiento de que no será así en casi todos los casos me produjo melancolía. Precisamente porque también me dedico a escribirlos, sé cuánta tarea y esfuerzo hay detrás de cada libro, los largos meses o años empleados en sacarlo adelante; aunque sea malo, o esté hecho de cualquier manera, sólo llenar esa cantidad de páginas requiere un monumental trabajo.
 No soy de los que creen que fue mejor toda época pasada.
 Al contrario: estoy seguro de que nunca se han leído (ni comprado) tantos libros como en nuestros tiempos; de que siempre ha habido obras que han caído en el vacío; de que los grandes éxitos jamás habían alcanzado ventas tan superlativas como ahora. 
Sin embargo sí creo que la magnitud de la indiferencia nunca había sido tan mayúscula como la que aguarda a los libros condenados a ella desde el principio.
 Y la mayoría de éstos son –ay– los que se ha dado en llamar absurdamente “libros literarios”, es decir, los que tienen ambición y voluntad de estilo, los que no se ciñen a contar una historia más o menos interesante y santas pascuas.
 Los que tal vez –tal vez– hacen que la gente piense o se fije en el funcionamiento del mundo, los que en el espacio de unas cuantas horas –las que tardamos en leerlos– nos brindan entendimiento y conocimientos que quizá no adquiriríamos por nuestra cuenta ni en el transcurso de una vida completa.
Tengo la sensación de que nos vamos adentrando en una de esas épocas en las que se tiende a juzgar superfluo cuanto no trae provecho inmediato y tangible.
 Una época de elementalidad, en la que toda complejidad, toda indagación y toda agudeza del espíritu les parecen, a los políticos, de sobra o aun que estorban
. Y como los políticos, incomprensiblemente, poseen mucho más peso del que debieran, detrás suele seguirlos la sociedad casi entera.
 Son tiempos en los que todo lo artístico y especulativo se considera prescindible, y no son raras las frases del tipo: “Miren, no estamos para refinamientos”, o “Hay cosas más importantes que el teatro, el cine y la música, que acostumbran a necesitar subvenciones”, o “Déjense de los recovecos del alma, que los cuerpos pasan hambre”.
Quienes dicen estas cosas olvidan que la literatura y las artes ofrecen también, entre otras riquezas, lecciones para sobrellevar las adversidades, para no perder de vista a los semejantes, para saber cómo relacionarse con ellos en periodos de dificultades, a veces para vencer éstas
. Que, cuanto más refinado y complejo el espíritu, cuanto más experimentado (y nada nos surte de experiencias, concentradas y bien explicadas, como las ficciones), de más recursos dispone para afrontar las desgracias y también las penurias. Que no es desdeñable verse reflejado y acompañado –verse “interpretado”– por quienes nos precedieron, aunque sean seres imaginarios, nacidos de las mentes más preclaras y expresivas que por el mundo han pasado.
 Casi todos los avatares posibles de una existencia están contenidos en las novelas; casi todos los sentimientos en las poesías; casi todos los pensamientos en la filosofía.
 Nuestros primitivistas políticos tachan de inútiles estos saberes, y hasta los destierran de la enseñanza
. Y sin embargo constituyen el mejor aprendizaje de la vida, lo que nos permite “reconocer” a cada instante lo que nos está sucediendo y aquello por lo que atravesamos.
 Aunque sea no tener qué llevar a casa para alimentar a los hijos.
 También esa desesperación se entiende mejor si unos versos o un relato nos la han dado ya a conocer, y nos han preparado para ella.
 Sí, no se desprecie: sólo imaginativamente.
 O nada menos.

Pronto será normal tener cien años....................................................................... Rosa Montero

El demógrafo estadounidense James Vaupel dijo hace unas semanas que es probable que el 50% de los niños nacidos en España en 2014 lleguen a cumplir cien años
. España, ya se sabe, es uno de los países más longevos del mundo
. Actualmente la esperanza media de vida es 82,2, a sólo unas décimas de los dos primeros, Japón y Francia.
 Y no es sólo España: ahora mismo hay casi 500.000 personas en el mundo con más de cien años.
 La longevidad, que antes era una rareza que parecía propia de los patriarcas bíblicos, hoy es algo que empieza a ser bastante común.
Como nadie quiere morirse, se diría que estas son buenas noticias
. Pero a mí la verdad es que me inquietan un poco. Es evidente que viviremos mucho más, pero ¿en qué condiciones físicas y sociales, a qué precio?
 Hay que prepararse para ese futuro.
 Siempre me ha parecido absurda e incluso algo suicida la poca atención que se presta a los ancianos en nuestro país
. Es como si la gente no quisiera hablar de los viejos, como si no deseáramos recordar que todos vamos hacia allá, que la vejez es el territorio en donde pasaremos una buena parte de nuestra vida, eso si tenemos suerte, desde luego, porque para alcanzar la senectud hay que tener la estupenda suerte de no morirse. 
“Envejecer no es malo, sobre todo teniendo en cuenta la alternativa”, decía Mateo Alemán, el autor de la célebre novela picaresca Guzmán de Alfarache (por cierto que este año se cumplen cuatro siglos exactos de su muerte: la alternativa acabó atrapándolo, como a todos).
Le oí citar esta frase el otro día a José Antonio Serra, Tin para los amigos, jefe del servicio de geriatría del hospital madrileño Gregorio Marañón, en una estupenda conferencia que dio en la Fundación Ramón Areces. Serra es uno de los ocho promotores del recién creado Centro de Estudios del Envejecimiento
. Entre ellos hay médicos especializados en salud pública, geriatras, epidemiólogos, sociólogos; son ocho personas interesadas en el reto de envejecer que han decidido agitar un poco las aguas y reflexionar públicamente sobre el tema para ver si la sociedad reacciona.
Siempre he pensado que la vejez es la época heroica de la existencia
. Puede ser un trayecto muy duro y muy difícil (“hacerse mayor no es para blandengues”, reza un refrán estadounidense), pero también emocionante y pleno
. De hecho, creo que una buena vejez puede rescatar y redimir una mala vida. Pero para ello tenemos todos que cambiar nuestros prejuicios.
 En la conferencia, Serra dijo que había hecho el experimento de googlear “envejecimiento problema” y se había encontrado con más de cinco millones de entradas
. En cambio, “envejecimiento reto” sólo tenía dos millones de entradas, y ya me parecen muchas, teniendo en cuenta la mala prensa que sufren los ancianos (“cuestan mucho a la sociedad, son una carga…”).
 Hace un par de años el Fondo Monetario Internacional mostró en un informe su preocupación por el “riesgo” de que la gente viva más.
 Los viejos son tan irresponsables que se empeñan en no morirse.
Entre otras cosas, los ancianos son menos caros socialmente si tienen mejor salud y son más autónomos.
 La vejez no es una enfermedad, repite siempre Serra; uno puede ser viejo y estar muy sano; es más, su ambición de optimista irreductible es la de conseguir morir sanísimo
. Sin embargo, a muchos viejos no se les atiende debidamente porque tanto a los familiares como al sistema médico e incluso al propio anciano les puede parecer que a esa edad es normal llorar y estar triste, cuando lo que tienen es una depresión; o caerse o que les duela algo, cuando puede que sean síntomas de alguna enfermedad no diagnosticada.
 Se habla de hígado senil, cardiopatía senil, demencia senil, como si la senilidad fuera la fuente de la dolencia, cuando “no hay ninguna enfermedad que se explique sólo por la edad”.
Hace cuatro años, Serra tomó a 40 ancianos entre 90 y 97 años de una residencia geriátrica y les puso a hacer gimnasia tres días a la semana durante dos meses.
 Bueno, puso sólo a la mitad, porque la otra mitad era el grupo de control.
 Y los ancianos mejoraron tanto su estabilidad, su fuerza, su ánimo, que tuvieron que cerrar el gimnasio con llave porque los 20 viejos del grupo de control, envidiosos, intentaban colarse en las instalaciones y hacer ejercicio por su cuenta.
 Quiero decir que la vida es maravillosa, el cuerpo es maravilloso, la mente humana es de una fortaleza y adaptabilidad increíbles
. No hay que resignarse a ser viejos, hay que reinventar una nueva vejez
. Estamos batiendo récords sociales de supervivencia y el mundo al que nos dirigimos tendrá que ser por fuerza distinto.
 Pero eso no tiene por qué ser malo. Como dice Tin Serra, el 30% de la población no puede ser un problema.
@BrunaHusky, www.facebook.com/escritorarosamontero, www.rosa-montero.com

Ser agradecidos nos hace más felices

El secreto está en ser capaces de dar las gracias sin que ocurran hecho extraordinarios

Así se consigue estar más contentos sean cuales sean las circunstancias de nuestras vidas.

Ilustración de João Fazenda

Hay dos clases de gratitud: la condicional y la incondicional
. La primera consiste en sentirse bien cuando las cosas salen como uno espera. Como no siempre es así, acaba siendo una emoción esquiva y poco duradera. La segunda consiste en una actitud y un hábito de vida, sentirse bien sin que haya ocurrido nada especial; es decir: estar agradecido por todo y por nada a la vez.
 Y al no estar condicionada por ningún otro acontecimiento, esta actitud es la precursora de la felicidad y el éxito personal en la vida.
¿Tenemos en cuenta cuántas personas han contribuido a que este día sea posible? Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos estamos recibiendo las bendiciones de innumerables personas, la mayoría desconocidas, que hacen de nuestras vidas una experiencia mejor.
 Por ejemplo, ¿cuántas personas han intervenido en la elaboración del desayuno? El agricultor, el granjero, el molinero, el transportista, el tendero… el sol, la lluvia, el viento, el agua… las manos que lo prepararon y sirvieron.
 Si contásemos cuánta gente nos sirve directa e indirectamente en un solo día de nuestra vida, no podríamos más que sentir puro agradecimiento.
Cuanta más gratitud sientas, más feliz serás
y tu vida cambiará más rápido” Rhonda Byrne
Por no mencionar a nuestros padres, nuestros médicos, nuestros maestros, nuestros amigos, nuestros compañeros o empleados… todas las personas que han contribuido a que consiguiéramos algo significativo, o simplemente que nos han ayudado a sobrevivir hasta el día de hoy.
Es innegable que debemos un inmenso reconocimiento a infinidad de personas que hacen posible que sigamos con vida o que disfrutemos de nuestro momento actual tal como es
. Y para poder expresarlo es necesario estar muy presente de manera que seamos conscientes de las cosas buenas y positivas que nos rodean.
Si además miramos hacia atrás en el tiempo y repasamos todos los descubrimientos y avances tecnológicos que hacen nuestra vida más cómoda y segura, sin olvidar los pensadores y sabios que la han enriquecido, entonces este sentimiento debería extenderse casi a los orígenes de la humanidad.
Cuando reflexionamos sobre todo ello, cada día se convierte en una sucesión de oportunidades para acordarnos con una sonrisa de personas que han contribuido con mucho o poco a nuestra vida y para sentir el deseo de devolver el favor a las generaciones futuras.
Los psicólogos Emmons y McCollough estudiaron las consecuencias de la gratitud y acabaron concluyendo que tiene profundos efectos en el bienestar físico y también emocional de las personas. En su estudio analizaron las muchas formas de expresarla, como, por ejemplo:
  •  Con una nota personal.
  •  Comparándose con gente que tiene problemas graves.
  •  Dando simplemente las gracias.
  •  Controlando mentalmente los pensamientos negativos.
Y descubrieron que las personas que hacían de esta actitud un hábito de vida se sentían más saludables, más optimistas y más felices con sus vidas
. Otros investigadores llegaron a la conclusión de que este hábito mejora las relaciones con las personas y propicia el altruismo.
 Además de ayudar a superar el estrés y las actitudes negativas. Pero uno de los frutos más importantes de la gratitud es que contribuye a generar felicidad.

Para saber más

LIBROS
‘Gratitud’, de Louise L. Hay
(Hay House Ediciones)
‘El efecto gratitud’, de John Demartini
(Urano Ediciones)
‘Cuaderno de ejercicios de gratitud’
de Yves-Alexandre Thalmann
(Editorial Terapias Verdes)
PELÍCULAS
‘Qué bello es vivir’, de Frank Capra
‘El color púrpura’, de Steven Spielberg
En otros estudios, con mayores y con niños, se ha profundizado en la relación entre la felicidad, inducida por buenos recuerdos y sentimientos de gratitud, y el éxito general en la vida.
Y se ha concluido que las personas que se sienten más contentas consiguen una existencia más longeva, mejores ingresos, mejores relaciones, y también ser más eficaces ante los problemas profesionales y personales.
 Es decir, ahora sabemos que “la felicidad da éxito” (y no al revés, como se creía antes: “El éxito da la felicidad”, lo cual ya intuíamos que no era cierto).
Estados Unidos y Canadá tienen una celebración muy particular: Thanksgiving Day, el día de acción de gracias, una de sus fiestas más importantes
. Es una fiesta en cuyo origen, tal vez europeo, se celebraba el final de las buenas cosechas. Hoy día es una reunión familiar en la que se honra expresar lo que se siente por los incontables dones que disfrutamos como civilización.
Habrá quien piense que para apreciar o poder verbalizar esa sensación primero debe ocurrir algo que lo motive; es decir, que la emoción debe ser la consecuencia de un acontecimiento favorable.
 Pero necesariamente no ha de ser así. En realidad, es posible abrigar gratitud sin que haya ocurrido nada especial antes. Ser capaces de dar gracias por algo que aún no ha sucedido.
 Aunque esta posibilidad pueda ser incomprensible para la mayoría, tiene muchas ventajas
. La más obvia es que podemos empezar a estar agradecidos en este mismo momento, sea cual sea la situación personal de cada uno.
Las personas más felices sienten gratitud por todo y por nada en especial.
 No necesitan razones concretas (aunque si se ponen a buscarlas, la lista de motivos es inacabable). Viven instaladas en reconocer lo bueno que tienen por el simple hecho de estar vivas, al margen de lo que les sucede
. No necesitan razones de peso para estar agradecidas porque haber recibido la vida ya les es suficiente
. Incluso hay personas, tan habituadas a vivir en esta actitud, que agradecen cosas tan intangibles como una sonrisa, un amanecer, una inspiración, la brisa suave, la calidez del sol o un instante de paz… O incluso son capaces de agradecer a futuro: algo valioso que se aprenderá mañana, el próximo libro que se leerá y que quizá aún no está ni escrito, o incluso la música que sonará en el propio funeral
. Es lo que se podría llamar “agradecimiento gratuito”: no se debe a nada tangible, pero conmueve por igual.
Uno de los hábitos comunes de las personas felices es el de empezar el día dando gracias por pequeñas cosas para generar una actitud dichosa para el resto de la jornada.
Basta con celebrar pequeños detalles de la vida, pero no por ello menos valiosos
. Hacer una lista mental de razones que merecen ser aplaudidas ayuda a sentirse reconciliado con las que nos hacen más difícil la existencia.
 En realidad, no importa el objeto, sino la emoción que provoca en nosotros.
Demos gracias a las personas que nos hacen felices; son los adorables jardineros que hacen florecer nuestras almas”
Marcel Proust
La maestría en este arte se alcanza cuando uno es capaz de agradecer incluso las dificultades extremas que a cada uno le toca vivir, porque somos capaces de pensar que detrás de cada lágrima, de cada instante de sufrimiento, hay un aprendizaje, una enseñanza que nos convierte en personas más humanas, más suaves, y más comprensivas con el abatimiento de los demás.
 Es lo que se llama “ver lo bueno de lo malo” que siempre existe, aunque cueste reconocerlo en una primera mirada.
Para finalizar, hay una palabra que siempre es bien recibida por todos, y es: “Gracias”.
 Todas nuestras comunicaciones con otras personas deberían terminar con ella.
Tampoco estaría de más escribir cada día una breve nota de agradecimiento por cualquier vía (e-mail, sms, WhatsApp…) a las personas que hayan aparecido en nuestra vida por el motivo que sea. Un simple y corto mensaje de gratitud a quien haya influido en nuestro pasado o en el presente.
 Nada más que dos líneas, sin que tenga especial relevancia el papel que haya desempeñado
. Con toda certeza, esta actitud hará que las cosas empiecen a cambiar.

 

El zumbido del moscardón....................................................... Juan Cruz


Jaime Abello, director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). / SAÚL RUIZ

El silencio de la Semana Santa en México acompañó como un ritual extraño en esta ciudad la larga despedida de Gabriel García Márquez, su ciudadano más ilustre.
Al autor de El coronel no tiene quien le escriba los ruidos le cortaban la escritura, y aún así vivió medio siglo en una urbe que es quizá la más ruidosa del mundo, un hervidero tan lleno de rumores, de música y de gritos que parece un caldo propicio para que aquí también habite el olvido.
Ese sonido de México se calmó como un suspiro el Jueves Santo no sólo porque la gente abandonó las calles y se fue al mar sino porque dejó de respirar Gabriel García Márquez.
 Como pasa con los artistas muertos que reciben tal cantidad de agasajos, en este momento en que él entra en otro silencio produce pavor imaginar que algún día ocurra con él lo que pasó a otros grandes: que acabe cayendo sobre su obra la indiferencia que manda al purgatorio a los que en vida recibieron tantas alabanzas como en las que los honraron en las despedidas.
Esto no parece posible, pues desde Cien años de soledad García Márquez es un clásico que se enseña en las escuelas, el lugar donde prosperan los autores muertos, y porque además, según todas las estimaciones pasadas y las que ahora han acompañado el multitudinario adiós, su obra sigue tan viva como cuando fue publicada. Alma Guillermoprieto explicaba el orgullo que tenía Gabo mostrando sus diccionarios; no mostraba igual devoción enseñando sus propios libros, pero más de una vez, hasta en los últimos tiempos, explicó que ninguno de ellos debía entrar al menos en su olvido; si tuviera que rescatar, decía, hubiera elegido El otoño del patriarca y El coronel no tiene quien le escriba.
La herencia literaria de Gabo será más nutrida que esos dos libros, y formará parte del fondo incluso de las librerías menos cuidadosas
. Su escritura es la señal de un asombro, y ese resplandor es muy difícil que acabe, pues es la definición misma de un territorio en el que se identifica un mundo, el de América, que es el de Macondo y por tanto el de García Márquez; y seguramente para su memoria escrita no habrá ni purgatorio ni olvido.
Pero donde quiso Gabriel García Márquez que tuviera su residencia el futuro de su legado es en su herencia como maestro de periodistas.
 Con una perspicacia muy de Gabo, él puso en marcha hace veinte años una fructífera fundación para que periodistas enseñaran a periodistas, y esa fundación, llamada Fundación por el Nuevo Periodismo Iberoamericano, situada en Cartagena de Indias, está garantizada como institución, está avalada por el legado de Gabo y cuenta con la financiación y los apoyos suficientes como para que el compromiso de García Márquez con el periodismo se prolongue en el tiempo como tributo suyo “al mejor oficio del mundo”.
Los libros serán perdurables, seguro, pero él quería que fuera perdurable su propio concepto del periodismo, basado en la verificación, el estilo y la ética, y Jaime Abello, director de la fundación desde que se inició ésta, cree que él y su equipo, “y nuestros numerosos colaboradores”, están dispuestos a seguir ese ejemplo como si fuera “la prolongación de sus propias clases”.
 Gabo le dedicó un día un libro, El general en su laberinto, con esta dedicatoria: “Para Jaime, de su jefe que no manda”. “Proponía, no imponía”, dice Abello, “y en la época en que empezaba a transformarse el periodismo como negocio concibió maneras de devolver a los periodistas la ambición necesaria para retener al lector, contando buenas historias”.
 Esa calidad tenía que basarse “en la exactitud y en la ética”, y todo eso que quiso que se enseñara en los cursos y talleres de la FNPI “tiene hoy vigencia en un mundo digitalizado”
. Ha cambiado “el financiamiento del periodismo, pero Gabo estaba seguro de que el periodismo no acabará jamás si persiste la ambición creativa”.
Puso en marcha esa idea García Márquez en 1994, después de desechar otros proyectos de publicaciones
. “Era un hombre pragmático, sabía que en ese momento hacía falta buscar armas para que en la crisis que se adivinaba con Internet los periodistas fueran mejores…
 Así se han ido haciendo dos generaciones de cronistas y reporteros que venían y vienen de todas partes de América y de España”.
 Ahora ese periodismo que tiene el sello de Gabo tiene muchos nombres propios que forman parte de la mejor camada del periodismo intercontinental: Leila Guerriero, Julio Villanueva Chang, Alberto Salcedo Ramos, Martín Caparrós… ¿Por qué lo hizo? “Porque creía en el periodismo; y fue clarividente, no nos dijo que predicáramos su periodismo, sino que rescatáramos lo mejor del periodismo. Era realista y mágico
. Pero en él la magia es la puntica, el realismo es lo profundo”, dice Abello.
Esa escuela “ha dejado una marca profunda en miles de reporteros de América Latina”, dice Luis Miguel González, que pasó por ahí, estuvo también en la Escuela de Periodismo de EL PAÍS y ahora dirige el mexicano El Economista…
“Que lo haya hecho un tipo que podía haberse gastado el dinero en cualquier cosa habla de su disciplina a favor del oficio y de su generosidad: él no llegó diciendo 'hagan lo mío'”. “No”, tercia Abelló, “ahí no hubo nunca dogma alguno”. “Ni ego”, añade Luis Miguel. “Impresionaba verlo escuchar; dejó trabajar
. No creó la Fundación para que fuera un teatro en el que él hablara”. Guillermo Osorno, cronista y editor mexicano, cree que Gabo logró un milagro tan increíble como los que se leen en Cien años de soledad: “Creó en quince años una red de cronistas y editores que ahora constituyen lo más notable del periodo mundial en habla española…
Los lazos entre los alumnos siguen funcionando”.
En aquel entonces, México miraba a Estados Unidos y España, prosigue Luis Miguel, “se fijaba en Europa, y lo que la Fundación nos dio fue un referente hispanoamericano para ejercer el oficio. Y jóvenes y maduros, como Caparrós, Leila, Christian Alarcón, Julio Villanueva o Héctor Feliciano se convirtieron en puntos de referencia, de igual modo que lo fueron antes Gay Talese, Norman Mailer o Tom Wolfe”.
Prendió una obsesión del fundador: “En periodismo, ética y técnica con inseparables, como el zumbido del moscardón”.
 Gabo deja esa herencia, pero el porvenir deja a sus discípulos un reto que simplifica Luis Miguel González:
“Para los medios se acabaron los privilegios; ahora tenemos que competir con los juegos electrónicos. Esto abre un periodo inmenso de lucha”.
Y en esa guerra se producirán bajas y sombras. García Márquez dejó dicho en Cien años de soledad que las especies en extinción no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra.
 Ya se ve que ocurre con el oficio, obligado a competir con los juguetes o con la piratería. ¿Habrá para esta especie una segunda oportunidad sobre la tierra? Osorno: “La habrá. Las nuevas generaciones vendrán con historias nuevas”. Abello: “Las crisis siempre han generado tiempos mejores”.
Luis Miguel González: “Hay futuro, pero no para todos… Claramente, el futuro implica que el pastel será más chico. Habrá periodistas muy buenos que tendrán lo que quieran, y los que vienen detrás tendrán pocas oportunidades de prosperar.
 Ese desequilibrio inmediato es preocupante”.
Abello trabajó 18 años con Gabo; “nunca tomé notas de lo que dijo, viví sin espiarlo; me queda su dulzura personal, una amistad; conocí sus vidas, la personal, la pública…
 Me siento depositario de una confianza que me compromete para siempre y es un motivo de orgullo honrar en esta Fundación su deseo de contribuir a que el periodismo que quiso fuera mejor.
 Era un gusto trabajar con él. Trabajábamos y luego nos íbamos a bailar.
Un día nos dijo, en Monterrey, después de una serie de actos de la Fundación: "'¡ Y pensar que todo esto estaba en nuestra imaginación!'” Tuvo dos hijos, un diseñador y un cineasta, e ideó esta Fundación para que la gente supiera por qué le tenía tanta gratitud a este oficio
. Él deja en herencia, también, su modo de hacerlo.