Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

24 abr 2014

No tan princesa....

Elena Poniatowska dice verdades como puños sin perder la sonrisa

El discurso de la autora de 'La noche de Tlatelolco’ mezcló el agradecimiento y la crítica a México.

Sus Majestades los Reyes de España y la escritora Elena Poniatowska, en la entrega del Premio Cervantes. / Luis Sevillano

Ayer hubo en Alcalá de Henares dos reyes y una princesa. Los reyes son los de España; la princesa, Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor.
 A la princesa —polaca de familia, parisina de nacimiento y mexicana por convicción— le molesta que la llamen Elenita, le hace gracia que le digan Poni, y se ríe con lo de princesa.
 Prefiere reportera. Por eso aguantó sin perder la sonrisa que la nube de periodistas que le seguía los pasos le preguntara una y otra vez de dónde salían aquel vestido o los pendientes en forma de pez, qué le había dicho el príncipe Felipe el día anterior —“hablamos de la educación de sus hijas”— o qué le hubiera dicho su corrosivo amigo Carlos Monsiváis, fallecido hace cuatro años.
Los muertos estuvieron ayer muy presentes durante la entrega del Cervantes a Elena Poniatowska, empezando por el muerto más reciente e ilustre, Gabriel García Márquez, que, curiosamente, se murió sin recibir el mayor galardón de las letras en español: después del Nobel de 1982 ya no quiso más premios.
 Poniatowska se acordó de él desde el púlpito en el que probó sonido diciendo “está muy bonito” y “me da mucho miedo”.
También se acordó de Paula Amor, su madre, que en 1942 la llevó a México huyendo de la II Guerra Mundial a bordo del Marqués de Comillas, el barco con el que Gilberto Bosques —el Schindler mexicano, le dicen— “salvó la vida a tantos republicanos” españoles.
A la tarea salvadora de Bosques consagra estos días en Madrid el Instituto Cultural de México la muestra Solidaridad en tiempos difíciles ...no fui yo, fue México y su comisaria, la historiadora María Luisa Capella, recordaba ayer en los jardines de la universidad alcalaína que la exiliada Poniatowska es un ejemplo de lo que significó la acogida mexicana.
 “Elena es mexicana por elección y ella misma ha dicho en el discurso que consideraba a María Zambrano nuestra. México es agarroso”, dice Capella, que recuerda el caso de desterrados que volvieron a España con la democracia pero seguían viajando regularmente al país que los adoptó. “¿Vas de visita?”, preguntaba. “Qué visita”, respondían. “A regar las plantas”.
La galardonada recordó que solo cuatro mujeres han ganado el premio
Cuando Capella busca una palabra para definir a la premiada recurre a dos: congruente, firme.
 Lo dice porque la chispa que usa para glosar el papel acogedor de su país se transforma en fuego cuando habla de aquellos a los que ese mismo país desdeña a diario: los pobres, las mujeres.
 No por casualidad la exposición que la Universidad de Alcalá dedica cada año al ganador del Cervantes se titula esta vez Una obra de rabia y de amor.
 De la irrisoria presencia femenina en el palmarés del premio —4 mujeres, 35 hombres— a la últimas asesinadas en Ciudad Juárez, Poniatowska fue soltando cargas de profundidad sin perder la sonrisa y sin dejar nunca de achinar los ojos.
Y fue ese aparente contraste entre el fondo y la forma lo que destacaron muchos de los que la escucharon ayer.
 Si Clara Janés hablaba de “la gracia y la elegancia con la que dice verdades como puños”, Rosa Montero subrayaba la capacidad de la premiada para “siendo crudamente realista, recrear la realidad hasta que parece creación suya.
Es lo que hacen los grandes escritores: dar con una voz que es única aunque esté hecha de voces de los otros
. Su valentía podría haberla convertido en abogada, en activista o en periodista solo, pero es sobre todo escritora”.
Hablando de la mano de hierro en guante de seda que se gasta Poniatowska, el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael señaló alguna vez la inteligencia de la escritora a la hora de hacer de sí misma un personaje agridulce:
“la Despistada Sublime, la Aristócrata Populachera, la Falsa Tonta”
. Ayer, mientras esperaba su turno de palabra, la premiada peló un caramelo y se lo llevó a la boca. Luego sacó los papeles y habló sin pelos en la lengua.
 Por su lado pasaron las ilustres Tina Modotti y Leonora Carrington, su marido, el estrellero Guillermo Haro y la anónima Josefina Bórquez, la Jesusa Palancares de Hasta no verte, Jesús mío, esa obra maestra de la literatura testimonial —y de la literatura a secas— protagonizada por una lavandera destrozada por la maldita vida que le echa en cara a su narradora que no vea que todo el mundo es malo: “No sea usted pendeja, solo usted cree que la gente es buena”. le dice. “No hay buenos. Solo Jesucristo y no lo conocí”.
 Así se habla de Poniatowska en un libro de Elena Poniatowska.

 

23 abr 2014

Tejer en el agua......................................Ángel Gabilondo..........del Blog El Santo del Angel

Books12 shona young GRANDE
Escribir en el agua o escribir en el alma. Puestos a plantearnos si es conveniente o no escribir, Platón distingue en el final del Fedro que hay dos formas de hacerlo.
 Mientras la primera se limita a tratar de dejarlo ya todo dicho, para que se recuerde bien, a fin de repetirlo estricta y exactamente, cuando se escribe en el alma, lo inscrito se comporta como una semilla que, en el corazón de quien escucha, florece como en los jardines de Adonis.
Y entonces ya es cosa de memoria, de reactivación, de reitineración, y no solo de reiteración.
 La cuestión no se reduce por tanto a escribir o no, sino a hacerlo o no adecuadamente.
En última instancia, lo escrito en el agua del recuerdo se borra y se diluye, pues supone ofrecer un texto ya clausurado, que propiamente solo cabe aceptarse en su sentido definido y, al darlo por dicho, es cuestión de rendirse ante lo que es así, sin más, sin distinta posibilidad
. Sin embargo, escribir en el alma implica una manera diferente, puesto que no propone algo ya zanjado, sino que abre nuevas posibilidades.
Reactiva el decir. En definitiva, exige la acción de leer.
 La lectura viene a ser así reescritura, que no es un mero redundar, sino un propiciar que algo diga otra vez, sin que necesariamente sea algo igual.
Malentenderíamos, sin embargo, el texto de Platón si dedujéramos precipitadamente que velar por la memoria es desatender el recuerdo, o que el agua no alcanza al alma.
 Ello conduciría a ignorar esa escritura que, incidental o efímera, tanto nos dice, pues incluso en su limitación no deja de ser una convocatoria. No hay memoria sin recuerdo, ni sólo con él.
 Se precisa el juego con alguna suerte de olvido. Asimismo, la escritura en el agua no pocas veces se diluye precisamente en lo que llamamos alma.
Ello se hace patente de múltiples formas, y muy singularmente en la relación entre texto y tejido. Enlazar y entrelazar, coser y descoser, hilar y trenzar,  mallar y frisar, definen toda una acción que compone, apresta y adereza para tramar y componer como escritura cuanto queda inserto en diferentes soportes.
 Shell paper mache on wire attached to board GRANDE
Todo lo arreglaremos/ poco a poco:/ te obligaremos, mar,/ te obligaremos, tierra,/ a hacer milagros/ porque en nosotros mismos,/ en la lucha,/ está el pez, está el pan/ está el milagro./”
La Oda al mar de Pablo Neruda subraya significativamente el necesario desplazamiento, el que apunta a nuestra intervención, a nuestra participación y así mismo a nuestra necesidad
. Es él y nosotros, ella y nosotros: el mar y la escritura.
 Pero no parece adecuado reducir la escucha a mera voluntad.
 La imposible apropiación, la materialidad de la inviable absoluta dominación hace de ellos, mar y escritura, Aún, tarea permanente: Dejando esta cortante cicatriz/ el mar abajo muere y agoniza/ y nace y muere y muere/ y nace y muere y nace.”
Precisamente así, el enlace del amor y la escritura, que comparten las mismas vicisitudes, son bien reconocidas por lo que el mar es y significa
. Su superficie es ya epidermis que ha de ser surcada, atravesada, literalmente escrita, tejida por los hilos de un ir y venir incesante, mientras, tan atractivo como enigmático, no es simple soporte, sino contenido efectivo de las propias aventuras que propicia.
El libro-mar es entonces navegación.
Leemos como nadamos, como embarcamos, como atisbamos horizontes y archipiélagos, como necesitamos desafíos, y costas, y puertos.
Y travesías, incesantes, tantas veces descorazonadoras, pero plenas de vida. Al abrir un libro corremos suertes inauditas y asimismo encontramos algunos reposos inesperados.
 Leer es también tejer y tramar.
Emergence Clay sculptures and feather boa. GRANDE
El libro da respuesta a la entraña de papel que en muchas ocasiones le constituye. Ya no es simplemente un formato, ni es suficiente con reconocer que se trata de una de sus posibilidades, es manera de ser que constituye contenido de la forma.
 Las fibras que componen el papel se aglutinan mediante enlaces por puente de hidrógeno.
 No basta la pulpa de celulosa, se necesitan las fibras vegetales molidas, precisamente suspendidas en agua
. El papel no es un simple receptáculo de la escritura, es también palabra suya. Silencioso, asimismo la dice, la que solo se oye en ciertas orillas.
La escritura no se agota en la voz de las palabras.
 Su decir desborda rebosante cuanto queda inserto y nos alcanza. Es a su vez aire y brisa, viento y tempestad, no solo agua tinta. Y es a la par aquello que ha de leerse, el espíritu de la letra, su ritmo, su respiración y cuanto con eso asimismo se proclama.
 Leer no se reduce a deletrear.
Nadie lee por nosotros, ni siquiera quien lo hace para nosotros.
Ello no elude nuestra necesaria intervención. La atenta escucha reescribe lo oído con la imprescindible hospitalidad, la que no es resignada rendición ante lo que nos adviene.
Por eso es tan importante no dejar de aprender a leer, que es una forma de reescribir y de reescribirse, de no claudicar ante el estado de cosas, de iniciar una y otra vez una travesía, un desplazamiento, el de la transformación de lo que ya resulta inexorablemente propuesto como dado.
La escritura en el alma teje la escritura en el agua, hace texto donde unos rasgos dispersos arañan y peinan, inscriben.
 Y así nos enseña a no dilapidar posibilidades, sino a hacerlas florecer y crecer desde la capacidad de fructificar la memoria.
 Antes de predisponerse a presuponer que es tiempo de proclamar los albores de un decir impoluto, conviene comenzar por considerar que lo ajustado pasa por una reescritura en medio de olas.
 Y ello no excluye, antes bien exige, la lectura límpida y refrescante, la que, para serlo, nos compete y nos exige
. La semilla nos requiere, a decir del Fedro, para que pueda resultar conveniente escribir
. Nos requiere y se requiere.
Travelling light paper mache Life size
(Imágenes: Esculturas de Shona Young, Book nichtting. Cotton yard and poetry books; Shell. Paper mache on wire attached to board; Emergence. Clay sculptures and feater boa; Travelling light. Paper mache. Life size)

Y Dios creó a la 'garçonne'

Inolvidable como 'La Juani' de Bigas Luna, Verónica Echegui acepta el reto de transformarse en Francçoise Hardy.


Para dar volumen a su melena se usó la brocha de peinado Volume Maker, de ShuUemura. / Sergi Pons

Verónica Echegui lleva todo el día caracterizada como Françoise Hardy
. Lo ha hecho a petición de ICON, que ha elegido a la mítica cantante francesa como inspiración para esta sesión de fotos.
Y el parecido entre ellas a veces es tal que, cuando se topa uno con la actriz madrileña en el Passeig de Gràcia ataviada cual accidente pop de 1965, llama más la atención por lo extravagante de la escena que por estar cruzándose con la chica que hace más de un lustro fue escogida entre casi 3.000 aspirantes para protagonizar Yo soy la Juani, la cinta con la que Bigas Luna anticipó la eclosión del poder choni
. Lo que más le ha sorprendido a Echegui ha sido descubrir que, como le pasó al mundo con Crowded House, conocía más temas de la intérprete de Tous les garçons et les filles de los que pensaba. “Durante la sesión han puesto música suya para ambientarnos y he empezado a recordar las canciones.
No sabía que eran de ella, pero me sonaban. Luego he conectado: ¡mi madre! Ella estudió en un colegio francés y siempre ponía música francesa.
Como desde pequeña me ha frito la cabeza con sus músicas, sabía que existía, pero no registraba.
 Es que siempre me metía con ella, su vena franchute”.

El cabello reluciente de Echegui se consigue con el aceite Exiquisite Oil de Mat. / Sergi Pons
Artista sin permiso: Sus padres, abogado él y funcionaria ella, no apoyaron su empeño en ser actriz. En la foto, evocando uno de los retratos más clásicos de la cantante francesa, con un jersey de punto de Acne y gorra de Kangol para la sombrerería Yoqs.
Aclarada la conexión entre ambas mujeres, Verónica toma asiento en un sillón tan incómodo como fotogénico de la terraza de una suite en el séptimo piso del barcelonés Hotel Mandarin y pregunta qué tipo de entrevista se le va a plantear.
 Muerde una de esas galletas con aspecto de cemento armado que prometen dejarte el trasero con la misma textura. “Me siento muy ridícula”, confiesa tras recibir como respuesta el encargo de ser amable, simpática, osada e industriosa en lo que a producir titulares se refiere
. En fin, se le pide que no sea otra actriz más (debería resultarles más fácil y divertido a las actrices no hacer siempre de actriz entrevistada, después de todo se dedican a actuar), otra más que habla de lo que no sabe, o que no habla de nada en concreto, o que, simplemente, viene a contarnos una película que ya hemos visto.
 Para el caso, podría ser la última de Daniel Sánchez Arévalo, La gran familia española, su primera incursión en la comedia después de tantos años de sufrimiento en la pantalla. Insistimos en el reclamo de titulares.
 “Lo que pasa es que un día pienso una cosa y luego cambio de parecer. Me leo y pienso ‘qué horror’. Hay muchas preguntas en cuyas respuestas no he pensado mucho
. Es complicado, porque parece que hay que tener una idea clara al respecto de cualquier cosa, y no es que yo no quiera colaborar con la prensa, pero a veces una no opina nada sobre algo
. Puede resultar una situación un tanto extraña.
 No quiero contestar, y lo digo sin acritud. Parece un detalle feo, pero es que no tengo nada que decir”. Esta es la mejor respuesta a una pregunta que no hemos formulado que jamás no hayan dado.

Infierno en Hollywood


Sergi Pons
He escogido papeles de forma demasiado pensada y estratégica. Y mira, cuando no está conectado con el alma, me sale mal, reflexiona la actriz, que viste camiseta de rayas 'vintage' de Kiliwatch y bolso de Dior.
Admite Verónica que la suya es una personalidad muy asertiva, lo que puede conducirle, en ocasiones, a actos que, en un universo como este, se entienden como declaraciones de guerra. Un ejemplo podría ser la carga de profundidad que durante la entrega de los Premios Gaudí le lanzó a Icíar Bollaín, con quien trabajó en Katmandú, una de sentimientos y buenas intenciones. Aquel rodaje fue un infierno para esta madrileña de 30 años. 
Se puso enferma en Nepal y ya no se recuperó hasta un mes después de su vuelta a Madrid. “Sufría unos dolores de estómago que me moría, vomitando y haciéndomelo encima. Gastroenteritis, infección de orina… todo el pack.
 Ahí pensé seriamente que debo aprender una técnica para dosificar energía.
 Debes descansar mucho y comer mucho”. Más allá de racionalizar el esfuerzo físico que suponen para Echegui rodajes como este, El patio de mi cárcel (“perdí mucho peso y estaba grogui, me iba durmiendo por las esquinas, como una yonqui”) o La fría luz del día, cinta de acción con Sigourney Weaver y Bruce Willis que significó su primera incursión en el universo hollywoodiense (“me echaba tres carreras seguidas y se me salía el corazón del pecho”), lo que realmente necesitaba la actriz, y por extensión, su entorno era una cinta en que el desgaste emocional fuera también menor. Y ahí llegaron Sánchez Arévalo y su camarilla para darle una comedia.
 “Mi madre llevaba años diciéndome: ‘¿Por qué no haces alguna comedia, hija mía? Me vas a matar. Estoy harta de verte sufriendo. ¿Quién eres? ¿Juana de Arco?”.
 Recordemos que ha sido presa yonqui, voluntaria con conciencia social, ciega obsesionada con ser madre o víctima de un accidente aéreo a medio grado de la hipotermia (así la veremos en la próxima Kamikaze, de Álex Pina). 
El cambio era necesario. “La verdad es que hacer esta película me ha limpiado. 
Al curro ya le doy muchísimo.
 Si me meto en un proyecto me implico, pero cuando acaba el rodaje, me tomo unas cañas. Cargar el personaje no es sano. 
Necesito más comedia, porque debo acostumbrarme a disfrutar, me falta práctica”.

Sergi Pons
Maquillaje y peluquería: Pedro Cedeño para Talents. Agradecimientos al Hotel Mandarin de Barcelona.

Cual pluma al viento

La actriz confiesa que no le gustan los planes a largo plazo.
 Por ejemplo, está aprendiendo inglés pero no sabe si se dejará llevar por la atracción que ejerce Hollywood.
“Si estás todo el tiempo pensando en el futuro, te angustias. Es complicado planear mucho más. ¿Qué quieres que te diga? ¿Que quiero salir en la próxima de Bayona y que le voy a pegar un telefonazo? ‘Oye, Jota, méteme en tu película, que es parte de mi plan…”.

 

“Se puede salir de la crisis sin cribar los derechos de la gente”............................................................. Juan Cruz

El físico marca, y el de Marisa Paredes trasmite una imagen de diva, a veces soberbia

Ella afirma que son los personajes que interpreta los que la han dotado de esa aura

El teatro la hace florecer, los recuerdos la estructuran y el futuro tiene el nombre de su hija: María.

La actriz Marisa Paredes / Sofía Moro

Es delicada como una piel. Blanca, rubia, o platino, sensual; sus ojos miran dos veces cada vez que miran. Marisa Paredes.
 Llena el lugar en el que está solo observando de reojo; hay en sus gestos cierta pillería blanca, como si estuviera de vuelta y nadie la fuera a engañar con halagos o con melindres.
 Una diva. “No, tan solo tengo apariencia de diva”.
Ahora va con una ropa sencilla, se prepara para actuar (en El cojo de Inishmaan, de Martin McDonagh, montaje de Gerardo Vera, con Terele Pávez e Irene Escolar) y lleva una especie de tartera que deposita en algún lugar del camerino; es un sitio sencillo que ella de pronto convierte, por ejemplo, en el camarote de Bette Davis.
 “Los demás me hacen diva, mis personajes son de diva, con determinadas personas tengo una actitud que ellos consideran soberbia. 
Pero nunca voy de diva. Creo que tiene que ver con mi presencia física”.
Una diva descalza. “Sí, ja ja ja. Descalza cuando ando por casa, cuando hace calor. Alguna vez alguien me retrató así, como una diva descalza. Arturo Ripstein [con quien hizo Profundo carmesí] me llamó ‘estrella cercana’. 
Es cierto, insisto, que mis personajes son más bien así. ¡Pero mírame en esta función que estoy haciendo!”.
Yo siento hasta la ropa del personaje, y cuando no la siento, por dentro y por fuera, es que algo va mal
Ahí, en El cojo de Inishmaan (hasta el 20 de abril en el madrileño teatro Infanta Isabel), es una irlandesa a la que se le ha ido la cabeza y teje y desteje su vida cuidando piedras como una posesa. “¡Nada que ver con una diva!”
. Marisa Paredes mueve los dedos ante sí.
 Flacos, perfectos, los dedos acostumbrados a unas manos que explican tanto como lo que dicen sus labios, o su risa. Tiene ese aire distante de las estrellas, pero en la cercanía siempre está a punto de reír.
A los 14 años debutó en el cine.
 Así que se ha hecho persona y actriz al mismo tiempo
. “El 99% de los papeles que he interpretado me han dejado cosas por dentro
. Si no rebuscas, miras, observas, se te aleja.
 Yo siento hasta la ropa del personaje que interpreto, y cuando no la siento, por dentro y por fuera, es que algo va mal”.
Una actriz muy emocional, “casi siempre entro en las interpretaciones por las emociones; es parte de mi forma de trabajar
. Hurgando en ti es cuando aparece lo que buscas.
 Por eso te quitas el disfraz y el personaje te deja tantas cosas a ti como las que tú le das a él”.
Dos papeles, Gertrude, de Hamlet, en el teatro, y la mujer a la que da cuerpo en Tacones lejanos, de Almodóvar, en el cine, han arañado el alma. 
“Aquel ser que se olvida de todo y se entrega a la pasión sin pensar en nada más. Y en Tacones lejanos, aquella mujer que se entrega a su propio trabajo, no existe otra cosa, deja a su hija más o menos abandonada… 
Recuerdo que pensaba: si tuviera que dejar a mi hija María, que entonces, en 1995, tenía 12 años, por hacer estas cosas, ¡cómo lo podría montar!”.
Ella tuvo la suerte de tener a su madre, “y si hice Tacones lejanos fue porque estaba ella… Algunos de mis trabajos importantes los he podido hacer porque mi madre cuidaba a María: esa fue mi suerte”
. Ese de Tacones… fue uno de los personajes que te enfrentan al espejo, dice Marisa Paredes. “Siempre te dejan cosas, hacen que afrontes situaciones que quizá viven contigo, pero solo afloran cuando tú eres capaz de fantasearlas”.
Marisa Paredes en el vestíbulo del teatro Infanta Isabel de Madrid. / Sofía Moro
Y hay realidades, claro, que trascienden la fantasía. La muerte de su madre, en 2004. Las palabras recorren el cuerpo de la actriz y al llegar a los ojos, esa mirada azul es una confesión llena de memoria. “Esa pérdida es algo que durará mientras viva… Fue el colmo de la generosidad y de la alegría… Una mujer humilde dentro de una enorme grandeza, matándose a trabajar como se mataban aquellas mujeres, limpiando la portería, la tienda de abajo, la casa del primero derecha…, subiendo y bajando escaleras porque no había ascensor
. Cuando fregaba, a veces yo la ayudaba a subir cubos de agua de las fuentes que había en la plaza de Santa Ana”.
“Se fue y la vi cómo se iba; murió de un cáncer en la cabeza… Tanto mis hermanos como yo intentamos que aquello se alargara lo más posible y la doctora que la atendió nos dijo en el momento más especial: ‘Mirad, no vale la pena dejarla vivir. Déjenla morir, ella os va a querer hasta el final y vosotros a ella.
 Estén ahí, hagan lo que sea necesario para que no tenga dolores porque el dolor es tremendo…’. Mi madre no había sido nunca especialmente religiosa, desde luego no era beata, algo que sí era mi abuela… Cuando me dediqué a este oficio, los hijos de mi abuela decían: ‘¡Anda que cuando se entere la abuela!’. Pues creo que el comentario de la abuela, cuando se enteró, fue este: ‘¡En todas partes está Dios, hijos!’…”.
La madre lo heredó todo, “menos la beatería”. Solo de vez en cuando iba a la iglesia, “supongo que a aliviarse, a sentir eso que se puede sentir en un templo, cierto alivio, serenidad, paz. Cuando estaba muy malita, en la residencia, los curas pasaban a ver cómo estaba. Para que no quedara nada por decir, o por no decir, le dije: ‘Mamá, está ahí el cura, ¿quieres verle?’. ‘Bueno, que pase’, contestó, pero en realidad lo hizo más por el cura que por ella. Tenía 84 años cuando murió. Pero sí, yo estaba serena, había hecho lo que había podido, aunque me hubiera gustado tenerla más”.
La actriz repasando un guion. / Sofía Moro
La última mirada. “Dolorida, sorprendida, intranquila; asustada, no sé si por la misma droga que le daban, una mirada de espanto.
 Eso sí se me quedó de tal manera que a los dos días escribí una carta que se titulaba y empezaba así: ‘Aquella terrible mirada”.
–Cuando ocurre eso relativizamos todo.
–Porque te acercas más a la muerte. Conforme se van acercando las pérdidas de los amigos, y desde luego de los seres queridos, se produce una orfandad clarísima.
 Es parte de ti que desaparece, que se va del todo, y hay un hueco profundo. Desde luego, no conozco a nadie a quien esta circunstancia no lo haya hecho más maduro, más consciente.
–Ahora está la hija, ocupando el sitio que usted tenía ante la madre…
–Es actriz, se apellida como el padre, Isasi [Antonio Isasi-0, cineasta]. Quizá podría haberle ayudado mi apellido, pero ella quería conseguirlo con su nombre y el apellido del padre, no quería otras trampas.
 La admiro mucho… Es hija mía y de su padre, los dos relacionados con el cine y con el teatro… Con lo cual tiene que hacer un doble esfuerzo para demostrar que ella es ella; tienen que mirarla tal como es. Eso es futuro, mi hija verá su futuro.
El tiempo pasa, se ve en mi cara, en mi alma, en todo… Ante ese vendaval, hay que oponer realismo y paciencia
El tiempo pasa, “se ve en mi cara, en mi alma, en todo… Hay tiempos y arrugas para cada persona. Sería ridículo y estúpido pensar que puedes hacer de todo, es como pensar que eres capaz de detener el tiempo”.
 Ante ese vendaval, “hay que oponer realismo y paciencia… Las actrices intentan estirarse un poco, o más que un poco [ríe], para que esa arruguita no se vea, pero se va a notar mucho más de lo que es. Incluso ese juego de la cámara contigo ya no es que el tiempo pase por ti, es que pasa el triple cuando estás ante un primer plano en la cara”.
Fue una niña “pilla, divertida, muy intensa. Era la pequeña de cuatro hermanos, dos chicas y dos chicos; el hermano anterior siempre estaba con su pandilla, se metían en las cuevas que había en la plaza de Santa Ana y que fueron refugios en la guerra…
 Mi rabia era que yo no podía hacerlo. ‘¡No puedes!’, gritaban, ‘¡eres una chica!’. Mi madre discutía con mi padre: ‘Cuando llegó la República tuvimos la posibilidad de votar y fuimos mujeres. Luego nos habéis convertido en esclavas…’. Ella me contaba cómo había sido en la República”.
La diva chica era “una niña que trataba de escapar por donde podía y de inventarme cosas, era muy fantasiosa. Me ponía delante de un espejo, me disfrazaba con cualquier cosa y jugaba a ser la reina de Saba”.
–¿Y era tan guapa como ahora?
–¡Era más! Eso dicen los que me vieron. Hace poco estuve en el Café Gijón y escuché un piropo: ‘Ahora es guapa. ¡Lo que habrá sido!’. Bueno, hazte a la idea, ponme 30 años menos, ¡ja ja ja!
–¿Y su padre era guapo?
Una de las piedras con las que habla su personaje en la obra 'El cojo de Inishmaan'. / Sofía Moro
–Lucio, claro que era guapo. Y altivo, yo tengo algo de él. Y mi madre era guapa también, Petra… Él era el portero de la casa y trabajaba en Cervezas El Águila.
 Todos los obreros tenían asumida su condición; pero como él era tan guapo, se consideraba de otro mundo, se enfadaba si las camisas no estaban bien planchadas, por ejemplo, y de ahí surgían aquellas discusiones con mi madre, que le reprochaba que la tratara como a una esclava… Eran los tiempos en que los hombres eran amos y señores de las casas y del mundo.
 Recuerdo el miedo que le teníamos. Pavor. Escuchábamos sus pasos por la escalera y ya nos poníamos alerta… Luego era cariñoso, a su manera.
 Creo que era un momento en que los varones eran así; si no, se pensaba que no eran hombres. Después he visto pasar el tiempo y ya los hombres empujan los cochecitos de los bebés.
–La vida por dentro, Marisa. ¿Y la vida alrededor?
–Uf, menos mal que está el teatro, que me ha dado vitalidad y esperanza. Mira lo que hacen con la sanidad, la educación, la cultura. ¡El IVA! Bochornoso 
. Es como si la cultura no existiera. ERE a montones, los bancos que se quedan con el dinero público… La mayoría del PP ha sido un desastre. La gente va perdiendo la fe. ¡Hasta el aborto lo echan para atrás!
 Que estamos en crisis es cierto, pero vamos a encontrar una fórmula para salir y que no sea a base de cribar los derechos de la gente. Un momento terrorífico.
El teatro, dice, le “hace florecer”.
 Ahí, en el camerino, la estrella cercana, la diva descalza, se quita la rebeca.
 Marisa Paredes se viste para el escenario. Con ella va todo lo que ha visto. Y en algún momento, dice, se acordará de la realidad como un eco
. La ficción le ayudará también a ser ella misma.

 

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