Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

22 abr 2014

Nube viajera..................................... Ángeles Mastretta

No peno al escritor, peno a la sonrisa que abría el mundo a su paso, a la voz llena de genio con que nombraba la vida.

García Máquez con su mujer Mercedes Barcha en 2007 en Aracataca. / DANIEL MUÑOZ (REUTERS)

No sé por dónde empezar a decir qué. Yo ahora mismo no peno al escritor, peno a la sonrisa que abría el mundo a su paso, a la voz llena de genio con que nombraba la vida, convocándola.
 Todo lo que pasara a su lado era una fiesta. El arroz blanco, el mar, los hielos de su whisky. Un overol de mezclilla recién estrenado.
 Lo que fuera y hubiera para gozarlo y contagiar su regocijo por el mundo todo, incluso las minucias.
Evoco en desorden. Lo recuerdo muchas veces acercándose a la mesa.
Un día puse unas servilletas azules, dobladas no sé cómo sobre el plato. Tenían un bies amarillo. “Estas servilletas parecen la envoltura de un regalo”, dijo y se puso a agitar la suya.
 Decía cosas así, que ahora no recuerdo sino como un consuelo.
 Siempre tenía algo bueno que decir. Habían venido a comer los Sabina. “¿Cómo estás?, Gabo”, le preguntó Joaquín. “No sé, respondió él, “hace tiempo que no me hago caso”.
Todo a su lado era una fiesta. El arroz blanco, el mar, los hielos del whisky
Recuerdo ahora en destellos. Los ojos de niño insaciable, las manos blancas y los dedos muy largos. La voz armoniosa con que decía un soneto de Lope.
 El modo en que abrazaba. La serenidad con que oía.
 La pertinencia con que supo reírse y jugar.
Se acercaban los jóvenes y lo besaban con naturalidad. Como si desde siempre.
 A mi hija le firmó una vez una galleta redonda que ahí tiene guardada, desde hace como 15 años. Y a mi hijo el único libro que le ha interesado tener con dedicatoria.
Esto escribí una vez:
“¿Quién sabe qué mal quiso compensar la fortuna cuando puso, en el siglo nuestro, la vida y los milagros del Gabo García Márquez? ¿Quién sabe de dónde sale el genio? ¿Quién la razón por la cual el destino nos lo acerca? Que las estrellas lo adivinen, a nosotros nos tocó atestiguarlo.
Ver a García Márquez andar el mundo con sus ojos en vilo y sus palabras en el aire, ha sido uno de los grandes prodigios que nos ha dado la vida.
No se juega con el amor, ni con la historia, ni con los cuentos de la tierra y el río. O se juega para ganarles, como ha hecho el Gabo. 
 De semejante triunfo hemos sido testigos sus lectores, que siempre somos sus amigos.
No solía hacerlo, creo que estaba acostumbrado a los elogios, pero ese día Mónica me llamó para pasarme a Don Gabriel.
 “Estoy que patino, con eso que dijiste”.
Contaba yo, en ese texto, una rara noche en Cartagena, cuando ya estábamos todos exhaustos, pero más él que había tenido feria, en su nombre, durante seis días.
 Mientras cenábamos corrió por la ciudad el chisme de que Don Premio andaba en la calle, y durante la cena una señora pidió entrar con su niño a tomarse una foto
. Al rato había una peregrinación esperando con sus libros y sus hijos. Cuando terminaron la cena y las firmas, salimos a la calle de piedra. Ahí esperaba un grupo de músicos cantando La gota fría
. Al ver a esos hombres tocando sus célebres instrumentos el Gabo dejó de caminar con los pies pegados al piso, como le había dicho el médico y él nos recomendaba, y se puso a bailar a media calle.
 Sergio Ramírez debe tener las fotos que Tulita su mujer nos tomó entonces. Creo que ahí anduvo la esencia de la felicidad. Había estrellas.
Podía haber cualquier postre si le servíamos helado de vainilla
Hubo muchas tardes. Una de ellas nos hizo reír con los líos en que lo había metido un señor al que tuvo a bien inventar usando un sombrero que debe quitarse, ponerse, acomodar y recoger todo el tiempo.
 No sólo tenía que hacerse cargo del hombre sino de su sombrero. También lo había puesto en líos un gato.
 Se le ocurrió inventar un gato, pero dado su escaso tratar con los gatos no sabía cómo lidiar con él, así que decidió ponerlo a hacer lo que fuera y después preguntarles a expertos en gatos si lo que el suyo hacía era posible.
Helado de vainilla. Podía haber cualquier postre, si al final le servíamos helado de vainilla. Y cantábamos.
Creo que una de las últimas versiones ilustres que hicimos juntos, por hacer quiero decir cantar en desorden, fue la de Nube Viajera.
Una canción que cuyo estribillo dice: “Ay dónde estás, por qué no vuelves a iluminarme, nube viajera, por una sola de tus caricias, todo lo diera, aunque volvieras de nuevo a irte lejos de mí”.
Otro día les cuento más.
 Y espero que mejor contado. Ahora sólo he querido estar en estas páginas dedicadas al genio nuestro, al hombre bueno y excepcional que tanto añoramos ya, para desde aquí volver a darle un abrazo a Mercedes
. Me estoy haciendo al ánimo de salir rumbo al velatorio. Al mismo en el que estuvimos con Álvaro Mutis, porque así son estos mexicanos que vinieron de Colombia, estos colombianos de pura sangre que con tanto cariño han vivido en México.
 Sencillos. Quieren estar cerca y que todos estemos. Dice Mercedes que le ha dicho a Carmen. “Ya estarán ahora tomando algo y contando cosas”. “¿De qué hablan ustedes?” les preguntaron un día. “De las mismas vaínas”, contestaron.
Ángeles Mastretta es escritora mexicana.

 

21 abr 2014

La burbuja del café.....................................................Javier Guzmán

La OIC (Organización Internacional del Café) acaba de informar de que el precio medio mensual de su compuesto de café de referencia ha sufrido un aumento del 20% respecto a febrero.
Esta burbuja de precios esta vez encuentra su explicación en la posible falta de suministro provocado por la actual sequía del primer productor del mundo, Brasil.
Pero las situaciones de alta volatilidad de precios durante los últimos años son cada vez más recurrentes y en absoluto son coyunturales.
El café es un ejemplo nítido de cómo funciona el actual sistema agroalimentario en el mundo, así observamos que el 80% del cultivo del café mundial es producido por 25 millones de pequeños agricultores que reciben un precio miserable; están condenados a sobrevivir con menos de dos dólares al día.
 Los pequeños productores de los países del sur están dedicando sus mejores tierras a un producto para exportación que reproduce una pobreza eterna, en lugar de dedicarlo a cultivos destinados a la alimentación y al estímulo de los mercados y economías locales.
Entonces si el campesinado no aumenta su renta ni siquiera en momentos de alza del precio, ¿quién se lleva la ganancia de este producto superventas?
 Pues ya pueden imaginar, empresas transnacionales que controlan el mercado.
 Además en los últimos años estas empresas han ido más allá y ahora quieren controlar también el último eslabón, la producción: para ello desarrollan estrategias de acaparamiento de tierras en países del sur.
Los Estados europeos no pueden seguir ignorando su responsabilidad en este asunto, urge abordar una regulación y control de la actuación de las empresas fuera de las fronteras europeas, así como abordar una regulación estricta que acabe con el fenómeno de la especulación alimentaria que condena al hambre y la miseria a millones de personas en el mundo.— Javier Guzmán. Director de VSF Justicia Alimentaria Global

Charlene, santa en vida........................................Luz Sánchez-Mellado

Lo que habrá pasado esa chica con ese marido tan, digamos, ambiguo, esa cuñada tan perfecta y esos sobrinos procreando mientras ella no concibe ni a tiros, no está pagado por muy multimillonario que sea su contrato de matrimonio.

 

Charlene de Mónaco en noviembre de 2013. / Reuters

Me vais a perdonar, queridos, pero hoy voy a hacer poco ruido
. El justo para cubrir el expediente y volver al curso de desconexión digital en un cenobio de Los Monegros que he pillado en un chollo de último minuto.
 Y es que en estos curros de hoy en día ya no se respetan ni las canas, ni los trienios, ni las fiestas más sacras del calendario. ¿Tú te crees que anoche, estando yo meditando superanalógicamente sobre si mamo o lipo, bótox o ácido, o láser o cortacésped, va mi jefe y me localiza en el puesto de telecomunicaciones avanzadas que han instalado las monjas en el sagrario por si llama el papa Francisco?
 Que le mande lo que sea ya mismito, echando obleas, porque le han retirado una publi de “Sexo es vida” por no ofender el luto del colectivo católico y necesita una pieza de relleno, me la clava doblada.
 Así, sin epidural ni nada, el sátrapa.
Mira, porque estaba superrelajada con el incienso y el orujo de malas hierbas del huerto que destilan las hermanas, que si no, lo mando al Gólgota como Judas a su baranda.
 Porque ya me contaréis ustedes vosotros, que diría Kiko Rivera, por muy agnóstica que sea la que suscribe, con qué cuerpo puede una ponerse a desollar gratuitamente al prójimo estando todavía su santo patrón, el Cristo de La Columna, de cuerpo presente.
Pero tendré que hacer un poder, cual Jesús del Gran Ídem, no sea que me finiquiten y tenga que empezar a mover mis contactos y mis glúteos justo ahora que, entre las torrijas, los pestiños y las flores de sartén de las novicias, no quepo ni por las puertas giratorias.
Así que a ver qué traen las revistas. Antonio Banderas, la baronesa Thyssen, el clan Rivera-Ordóñez-Pantoja y Gorrones Anexos, y las Campos de Telecinco en pleno: madre, hija y nieta, haciendo balconing procesionario. O sea, lo de todos los años. Menos mal que ¡Hola!, siempre en vanguardia, apuesta por una santa en vida para su portada: Charlene de Mónaco, yerma y mártir. Amueblada con su Armani Privé y con su tiara Ocean de 850 diamantes y 359 zafiros por montera, eso sí, que se mueran los pobres, que los feos siempre pueden operarse como hizo ella para parecerse como un huevo a una castaña a Su Alteza Serenísima Su Suegra, la princesa Gracia.
 Lágrimas como puños, brotan de las piedras leyendo la entrevista anexa.
Esa infancia de niña blanca soportando el apartheid de Suráfrica.
 Esa adolescencia de patito feo plana cual tabla y con dos metros de envergadura de meñique a meñique.
Esa juventud con el pelo aplastado bajo el gorro de goma tragando cloro por las piletas del mundo. Hasta que llegó Él, Alberto Piscinas, y empezó a saber lo que es tragar quina a hectólitros.
Porque lo que habrá pasado esa chica con ese marido tan, digamos, polisémico, esa cuñada tan perfecta y esos sobrinos tan monísimos procreando como cobayas mientras ella no concibe ni a tiros, no está agradecido ni pagado por muy multimillonario que sea su contrato de matrimonio.
 Por eso, en cuestión de royals sobrevenidas, soy más de Catalina Pelazo Middleton, que lo mismo te juega al cricquet, que te patronea una regata, que se frota la nariz con un maorí con el culo al aire sin perder esa sonrisa llena de piños
. Pero, claro, a ella Guillermo la mira. Y apuesto que, en ocasiones, hasta la toca.

Los últimos días de García Márquez.......................................Juan Cruz

El escritor será despedido hoy en el Palacio de Bellas Artes de México, un honor reservado a los más grandes.

 

Gabriel Garcia Marquez saluda a los periodistas el día de su cumpleaños el pasado marzo. / EDGARD GARRIDO (REUTERS)

Gabriel García Márquez murió a las 12.08 del mediodía del último jueves en su casa de México, un día antes de que un terremoto escala 7,2 sacudiera la ciudad en la que él escribió Cien años de soledad y donde transcurrió medio siglo de su vida.
La causa inmediata de su muerte fue un paro cardíaco, pero no es aventurado decir que en el desenlace fatal tuvo que ver el deterioro general de su salud.
Una semana antes había sido ingresado para cuidarle una afección pulmonar. Una vez que se alivió esa bronquitis, los médicos aconsejaron a la familia que sometieran al paciente a un proceso de cuidados paliativos.
 En esa situación estuvo atendido por un médico que le visitaba tres veces al día.
 Murió en paz, sedado, sin dolores, rodeado de su mujer, Mercedes Barcha, de sus dos hijos varones, Gonzalo y Rodrigo, y de sus cinco nietos.
En Cien años de soledad escribió: “Morirse es mucho más difícil de lo que uno cree”.
 Alrededor el estupor que causa cualquier muerte fue atenuado por una lenta espera en la que ni la familia ni los amigos, y ni siquiera los medios, hicieron aspavientos
. Había en éstos una pugna por saber si en efecto fue el cáncer que padeció el que había acabado con la vida de Gabo. En realidad fue el tiempo el que acopió todas las causas y las hizo desembocar en una sola: Gabo está muerto, el autor de Cien años de soledad dejó esta vida sintiendo que se iba yendo
. Alrededor tuvo una atmósfera de serenidad, a la que contribuyeron Mercedes y el resto de la casa. Algunos medios reclamaron más información de lo que había sucedido, o que ésta se facilitara con más prontitud.
 No está en la tradición de Gabo, que también debe ser de su mujer avisar de lo que les resulta propio. Si ya lo saben, ¿qué más han de saber? Murió, no hay parte.
A veces se ponía a leer sus propias obras y preguntaba: '¿y cuándo yo escribí esto estaba drogado o qué?”
García Márquez tenía 87 años, que cumplió el 6 de marzo pasado, cuando el público lo pudo ver por última vez.
 El Nobel de Literatura de 1982 había sufrido un cáncer del que se trató con éxito en Los Ángeles, donde vive su hijo el cineasta Rodrigo.
 A lo largo del tiempo esa enfermedad acompañó las especulaciones, de modo que en torno a las circunstancias en que vivía se construyó un oscuro árbol mitológico que luego enlazó con la diatriba pegajosa sobre lo que le ocurría a su memoria; si sus lagunas eran consecuencia de esa importante afección o si advertían de un alzheimer o una demencia senil.
 Ante la corriente de rumores la familia actuó como ahora ante la más importante noticia de la muerte: naturalidad y exposición
. García Márquez ha seguido estando presente en saraos literarios e incluso en bodas (recientemente inauguró la bolera que construyó un amigo), ha ido con Mercedes Barcha a actuaciones públicas de músicos caribes y cada año, desde 2006, cuando cumplió ochenta años y se empezó a decir que se le iban las cosas de la cabeza, salió todas las veces de su casa, con la rosa amarilla en el ojal para celebrar con sus vecinos un año más de su vida y para ahuyentar, con ese color los malos farios, pues “mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme”.
En todo ese tiempo, cuando tuvo encima admiradores y también fisgones, el Nobel caribeño multiplicó su capacidad para integrarse en los ambientes más festivos de Cartagena y de México y desarrolló una facultad que quizá tenía atenuada: la de sonreír.
 También se acercó a los otros, recuperó una simpatía de la que hizo gozar a a los demás. Para él mismo se reservaba la coña marinera, que los colombianos llaman mamadera de gallo. A veces se ponía a leer sus propias obras, como si las estuviera reconstruyendo. Y preguntaba a los que tenía alrededor: “Ven acá, ¿y cuándo yo escribí esto estaba drogado o qué?”.
 Y luego se arrancaba a sí mismo una carcajada. Ya en este periodo no tuvo tan en cuenta las frialdades de la fama; después de Cien años de soledad “la fama”, le dijo un día a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba, “estuvo a punto de desbaratarme la vida (…), perturba el sentido de la realidad, tal vez tanto como el poder, y además es una amenaza constante a la vida privada.
Por desgracia, esto no lo cree nadie mientras no lo padece”.
Algunos medios reclamaron más información. Pero no está en la tradición de Gabo, que también debe ser de su mujer, avisar de lo que les resulta propio
Como lo padecieron, se blindaron contra ello en la casa más grande que han tenido, esta de la calle Fuego 144.
 El blindaje fue una cura de espanto que los confabuló a padres, a hijos y a otros parientes, que ahí dentro, en esa casa sólida de dos pisos, han vivido estos últimos tiempos con Gabo manteniendo el silencio para el que fueron entrenados desde la madre al último nieto, sin dar otra explicación de lo que ocurría que lo que se presentaba cada vez como un rumor más plausible.
 El agravamiento fue ratificado pocos días antes de la muerte por una gran amiga de la familia con estas palabras que parecían un parte poético y no la desgarrada consecuencia de una noticia imparable:
-Hubiera querido que no me sobreviviera.
En sus mejores tiempos una conversación sobre esas circunstancias hubiera sido un ruido para Gabo, y lo que lo animó en las últimas semanas, dicen quienes saben, ese entrenamiento para el silencio, que es en definitiva una resignación radical de la palabra, funcionó en la casa con la precisión de los discos que le gustaba escuchar, los de Béla Bartok, los de Bach.
 No sólo se habían entrenado desde hacía décadas para que el silencio fuera una parte de la casa, pues el padre estaba trabajando, sino que en este periodo final de la vida les sirvió para evitar alharacas callejeras o periodísticas, búsqueda de noticias donde se estaba produciendo una sola noticia: el regreso de la ambulancia, la precisión de los médicos: cuidados paliativos.
 El resto era esperar, con la misma ansiedad rabiosa con la que esperaron algunos personas de sus ficciones, como el coronel que siempre esperó hasta que gritó “¡Mierda” en El coronel no tiene quien le escriba, una novela que él tuvo entre sus grandes obras, como tuvo El otoño del patriarca.
Por otra parte, la enfermedad y sus secuelas, así como el extravío recurrente de su memoria, fue preparando poco a poco al propio Gabo para su paulatina despedida, de los compromisos que más quiso (la escritura, la Fundación Nuevo Periodismo que fundó y que ha vivido veinte años decisivos para la historia del futuro del periodismo en español); y de hecho se jubiló a su manera.
La asunción de esa nueva vida se basó, desde hace un lustro, más o menos, en la aceptación de la vejez; desde que se anunció, hace esos años, que había dejado de escribir, que ya no habría más memorias ni más cuentos, él se fue recogiendo a la intimidad, apartándose de lo público, llegando a creer que eso lo iba a apartar de la fama que todos los días a todas horas tocaba a su puerta gritando mercancías averiadas que él no quería comprar ya nunca más.
A esa zona de silencio en la que ha vivido estos últimos tiempos “ha contribuido”, decían ayer quienes los conocen en esa intimidad, “los hijos, las nueras, los nietos, y sobre todo Mercedes”. Constituyen, explicaba este informante, “una familia muy linda que le ha dado a Gabo un entorno amabilísimo tanto en Los Ángeles, donde vive su hijo Rodrigo y donde se trató del cáncer desde 1999, en Cartagena de Indias y aquí”.
En estos tiempos con Gabo, el autor de Cien años de soledad es cierto que perdió memoria; atendía a las realidades más esenciales, interactuaba con los suyos, y para salvar cuestiones que le ponían en un brete (no reconocer a alguien, no recordar caras o hechos), García Márquez recurrió a su rapidez mental; se notaba que calibraba la salida que tenía ante cualquier circunstancia de esas y preguntaba por nombres propios o se reía de sus propios olvidos una vez que éstos no parecían tener solución posible.
 Pero, que se sepa, nunca se produjo ningún diagnóstico que asegurara que Gabriel padeciera alzheimer.
 Al mismo tiempo que se producían esas evidencias, quizá de demencia senil, el escritor desarrolló un carácter bondadoso y humorístico
. En su vida pública anterior podía ser hosco (“más bien defensivo”), pero en esta época “rebajó sus prevenciones” y atendió de esa nueva manera, abierta, risueña, a todos aquellos que llegaban a él.
Todo este proceso de la enfermedad de Gabo y el posterior agravamiento ha contado con el acuerdo de la familia.
 La sociedad mexicana, donde ha desarrollado medio siglo de vida, se ha comportado cumpliendo, decía ayer Héctor Aguilar Camín, “el hecho cierto de que es el escritor mejor y más querido de las letras.
 ¡Los lectores y las musas lo adoran! Los adoran sus colegas más grandes (¡y eso que somos especialistas en la envidia!) y sus colegas más chicos le rinden pleitesía…
 Ahora lees Cien años de soledad, veinte años después de no haberla tocado, y sales de ella alucinado por su frescura, por su humor, por su transparencia”.
Hoy lo despiden mexicanos y colombianos, en una ceremonia insólita, pues jamás dos presidentes se habían juntado en el homenaje a un ciudadano que sólo tiene una de las dos nacionalidades
. La urna que se disputan los aires de ambos países será el objeto que concitara la luz del Palacio de Bellas Artes, pero más acá se queda la luz verdadera de la obra insólita del hijo del telegrafista. Estarán los hijos, los nietos, la madre. Mercedes Barcha ha sido la que ha organizado la conversación de esa tribu en la que todos, en la salud y en la enfermedad, se han comportado con una sensatez inconmovible.
 Decía ayer un amiga de ellos: “Gabo es el de la familia que salió más chistoso”.
Él dijo: “Lo malo de la muerte es que es para siempre”. Como siempre ocurre, parece que no está ocurriendo.
Pero esta noticia que él no dio se produjo a las 12.08 del Jueves Santo, Día del Amor Fraterno, y preside desde entonces una vida inmortal.