Los atentados del 11-M fueron ideados en Karachi a finales de 2001 como venganza por el desmantelamiento de la célula que
Al Qaeda
había establecido siete años antes en España, un grupo bautizado con el
nombre de Abu Dahdah en alusión al que fue su líder desde 1995.
El
ánimo de venganza fue esencial en la decisión inicial de atentar en
España y en la temprana movilización, concretamente a partir de marzo de
2002, de lo que será la red que ejecutó
el 11-M.
Así lo corroboran una serie de hechos
. En primer lugar, que Amer Azizi, antiguo miembro de la desarticulada célula de
Abu Dahdah,
que no fue detenido por encontrarse en Irán cuando se desarrolló la
Operación Dátil, fuese quien adoptó en su origen la decisión de atentar
en España
En segundo lugar, que otro allegado de la misma, Mustafa
Maymouni, se ocupase de recomponer una nueva y decididamente operativa
célula yihadista en Madrid a partir de los restos de aquella
. Por
último, que tres seguidores más de Abu Dahdah —Serhane ben Abdelmajid
Fakhet, el Tunecino; Said Berraj y Jamal Zougam— desempeñaron papeles
fundamentales en la preparación y ejecución de la matanza en los trenes
de Cercanías.
Además, en el caso del 11-M, no solo Azizi y otros implicados que
procedían de la célula de Abu Dahdah albergaban deseos de venganza
contra España y los españoles. También los guardaba Allekema Lamari,
quien fue miembro de una célula del
Grupo Islámico Armado (GIA),
desarticulada en Valencia en 1997, que cumplía condena hasta su
extemporánea excarcelación en 2002, juró que “los españoles pagarían muy
caro su detención”.
Lamari no ocultaba su “resentimiento hacia España” y manifestaba que
tras salir de prisión su “único objetivo” era “llevar a cabo en
territorio nacional atentados terroristas de enormes dimensiones, con el
propósito de causar el mayor número de víctimas posibles”, según se lee
en distintos documentos del
Centro Nacional de Inteligencia (CNI)
elaborados antes y después del 11-M.
En uno de ellos se afirmaba que,
de no haber sido uno de los fallecidos en la explosión suicida ocurrida
en Leganés el 3 de abril de 2004, estaría decidido a “continuar con su
venganza” contra “la población y los intereses españoles” con “la
ejecución de nuevos atentados terroristas”.
¿Unos moritos de Lavapiés?
Pero los atentados en los madrileños trenes de Cercanías se llevaron a
cabo no solo con la participación de individuos previamente
relacionados con la célula de Abu Dahdah y con quienes estos atrajeron.
La red terrorista del 11-M, que calculo estuvo compuesta en la práctica
por más de treinta personas, tuvo un segundo componente, introducido a
partir de las estructuras europeas del
Grupo Islámico Combatiente Marroquí
(GICM), cuyos dirigentes habían optado en febrero de 2002 por
reorientar su actividad operativa, atendiendo a criterios de
oportunidad, hacia países donde residieran sus miembros.
Eso tuvo
implicaciones directas en los parámetros de amenaza terrorista para
Marruecos y España. En el verano de 2003 se sumó a la red terrorista un
tercer componente: una banda de delincuentes comunes radicalizados en
mayor o menor medida en el salafismo yihadista por lealtad a su jefe,
Jamal Ahmidan, El Chino.
Lamari no ocultaba su “resentimiento hacia España”
Finalmente, los propios líderes de Al Qaeda en Pakistán asumieron los
planes terroristas en curso unos cinco o seis meses antes del 11-M,
mientras Amer Azizi se había convertido en adjunto al jefe de
operaciones externas de esa organización yihadista y cuando la guerra de
Irak ofreció un contexto favorable para presentarlos en el marco de su
estrategia general.
A pesar de ello, en los años que siguieron al 11-M se extendió, tanto
en ámbitos académicos como también entre las comunidades de
inteligencia y los medios de comunicación, la siguiente interpretación:
los atentados de Madrid fueron producto de una célula independiente,
carente de conexiones internacionales significativas con organizaciones
terroristas establecidas lejos de nuestras fronteras, y que cuantos de
un modo u otro intervinieron en llevarlos a cabo eran inmigrantes
musulmanes radicalizados a sí mismos en el contexto de la contienda
iraquí por entonces en curso.
Tanto los implicados como su entramado, despectivamente retratados en
España como “moritos de Lavapiés” serían exponentes, en definitiva, de
lo que se denominó “una yihad sin líder”.
Pues bien, la evidencia que
proporciono en ¡Matadlos! refuta sobradamente esa interpretación del
11-M, tanto respecto a las características de los actores individuales y
colectivos que estuvieron detrás de lo sucedido como al verdadero
porqué de la decisión de atentar en España.
La matanza en los madrileños
trenes de Cercanías fue, en realidad, una expresión temprana a la vez
que compleja de las capacidades con que podía llegar a contar Al Qaeda
en Europa occidental dos años y medio después del 11-S.
Condiciones favorables
Pero si los terroristas pudieron cumplir su venganza y llevar a cabo
la matanza en los trenes de Cercanías, pese al conocimiento previo que
las
Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado
tenían de una sustanciosa porción de quienes pertenecieron a la red del
11-M e incluso al seguimiento al que habían sido sometidos algunos de
ellos, fue porque se dieron varias condiciones favorables
. Para empezar,
los desajustes judiciales, el limitado conocimiento sobre el nuevo
terrorismo internacional por parte del ministerio público durante
demasiado tiempo y la inexistencia de una legislación adecuada para
abordar los desafíos de dicho fenómeno global, hicieron posible que
distintos individuos vinculados a células y grupos yihadistas en nuestro
país, como la de Abu Dahdah, eludieran su detención o condena para
terminar implicándose en la preparación y ejecución de los atentados de
Madrid.
Y es que las disposiciones sobre delitos de terrorismo que
contempla el Código Penal no se modificaron, para mejor corresponder a
las características y manifestaciones del actual terrorismo yihadista,
hasta diciembre de 2010, más de nueve años después del 11-S y
transcurridos casi siete desde el 11-M.
Por otro lado, los terroristas del 11-M mostraron una gran habilidad,
a buen seguro derivada de la capacitación que algunos de ellos había
adquirido en campos de entrenamiento de Al Qaeda en Afganistán, a la
hora de preservar la naturaleza de sus intenciones
. Por ejemplo,
comunicándose entre sí mediante un uso del correo electrónico o de la
telefonía móvil hasta entonces desconocido no solo para la policía o los
servicios de inteligencia españoles sino también para otros europeos y
occidentales en general.
En cualquier caso, una coordinación —no ya
óptima sino a la altura de las auténticas necesidades— entre las
correspondientes secciones del Cuerpo Nacional de Policía y de la
Guardia Civil dedicadas a la lucha contra el terrorismo yihadista, el
tráfico de drogas y el comercio ilícito de sustancias explosivas, muy
probablemente hubiese permitido cruzar datos, hacer sonar las alarmas y
desbaratar los preparativos para perpetrar los atentados de Madrid.
Estremece que, aún dos años después de la
matanza en los trenes de Cercanías, un 16% de los musulmanes residentes
en España exhibían actitudes positivas hacia los atentados
Pero no fue hasta mayo de 2004, dos meses después del 11-M y
transcurrido más de un cuarto de siglo desde que la democracia española
hacía frente al terrorismo de ETA, cuando se hizo realidad el hasta esos
momentos inexistente acceso conjunto y compartido a las bases de datos
policiales para ambos cuerpos con competencias antiterroristas en todo
el territorio nacional, al tiempo que se fundó el Centro Nacional de
Coordinación Antiterrorista (CNCA).
Tampoco la cooperación intergubernamental en relación con la amenaza
del terrorismo internacional —aunque se habían registrado avances desde
los atentados del 11-S y era un campo al que las Fuerzas y Cuerpos de
Seguridad del Estado venían prestando una cuidadosa atención, en
especial por lo que se refiere a la
Comisaría General de Información (CGI),
contribuyó a impedir los atentados de Madrid como sí permitió frustrar
los planes para perpetrar un segundo 11-M a inicios de 2008 en el metro
de Barcelona.
Pese a que los directa o indirectamente implicados en los
atentados de Madrid eran extranjeros, residentes o no en nuestro país,
sobre todo marroquíes, un buen número de ellos eran conocidos por las
agencias de seguridad de sus países de origen e incluso algunos
destacados integrantes de la red del 11-M fueron detenidos o
investigados, antes de que se iniciara su formación o durante el
proceso, en Francia, Reino Unido, Marruecos o Turquía.
Pero del mismo
modo que una Comisión Rogatoria internacional dirigida a las autoridades
de este último país demoraba su tramitación en exceso, haciendo posible
que Said Berraj no fuese detenido por pertenencia a la célula de Abu
Dahdah y se convirtiera en uno de los terroristas del 11-M, los
servicios antiterroristas marroquíes no trasladaron indicio alguno en
base al cual sospechar de lo que se estaba preparando en España, pese a
que en 2003 detuvieron al iniciador de la red del 11-M, Mustafa
Maymouni, y a que las autoridades turcas entregaron ese mismo año a las
de Rabat a Abdelatif Mourafik, quien inicialmente le transmitió las
instrucciones de Amer Azizi desde Pakistán.
Una sociedad vulnerable
Sería un error, en otro sentido, ignorar que buena parte de los
individuos implicados en la red del 11-M eran también conocidos, en el
seno de la colectividad musulmana residente en Madrid, precisamente por
el extremismo de sus actitudes y creencias religiosas.
Tampoco
resultaría acertado obviar el hecho de que fueron bastantes quienes en
el seno de las mismas, acudiendo regularmente a lugares de culto
islámico y teniendo contacto con sus responsables, en algún momento
tuvieron razones para pensar que entre sus conocidos o amigos había
quienes estaban preparándose para cometer atentados, dentro o fuera de
España.
La justificación que a menudo se hace del terrorismo en esos
ámbitos, dependiendo de dónde, contra qué blanco o con qué propósito se
ejecute un atentado, o la pretensión de que la lealtad basada en la
pertenencia a una misma religión está por encima del respeto al Estado
de Derecho y a la convivencia democrática, no son excusa para incumplir
el deber de informar a las autoridades del país en que habitan.
Estremece que, aún dos años después de la matanza en los trenes de
Cercanías, un 16% de los musulmanes residentes en España exhibían
actitudes positivas hacia los atentados contra civiles en supuesta
defensa del islam o hacia el entonces
líder de Al Qaeda, Osama bin Laden.
A diferencia de lo que ocurrió en el Reino Unido tras los atentados
suicidas del 7 de julio de 2005 en Londres, la matanza del 11-M dividió a
los españoles, incluso dividió a las víctimas de la matanza en los
trenes de Cercanías y a sus familiares.
Cabe asociar esta lacerante
realidad a tres factores.
En primer lugar, a la ausencia de un mínimo de
sensibilización colectiva previa acerca de la amenaza que el terrorismo
yihadista, además del de ETA, suponía para España y los españoles desde
mediados los años noventa; en segundo lugar, a una cultura política en
sí misma proclive a la polarización; en tercer lugar, a la ausencia de
consensos de Estado en sectores fundamentales para las instituciones
representativas, la sociedad civil y el conjunto de los ciudadanos, como
la política exterior, la política de defensa o la propia política
antiterrorista.
Hay lecciones todavía por extraer de las consecuencias
que acarrearon los atentados de Madrid, en el ánimo de edificar una
sociedad española menos vulnerable a la par que más consciente y
resiliente ante desafíos del actual terrorismo global que bien pueden
derivar, como en el 11-M, de la venganza.
Fernando Reinares es catedrático de
Ciencia Política y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan
Carlos, e investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real
Instituto Elcano. Galaxia Gutenberg acaba de publicar su libro ¡Matadlos! Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España.