De un plumazo, cambió las sesiones de psicoanálisis, tras 16 años,
por la brega en la dirección de cine, y la pantalla se lo agradeció.
“Dejé la terapia porque cuando filmas no hay tiempo para más.
Y al
acabar mi primer rodaje, descubrí que estaba bien. Por eso tengo que
seguir haciendo películas”.
Cuatro largometrajes —y un puñado de cortos
con su correspondiente pedigrí festivalero— más tarde,
Daniel Sánchez Arévalo
(Madrid, 1970) asegura que es capaz de coger distancia de su trabajo.
“Me regodeo menos
. Acabo la película y lo único que quiero es empezar mi
siguiente proyecto.
Tengo hitos en mi trabajo: uno es cuando los jefes,
mis productores, se entusiasmaron con el resultado; otro, cuando vio la
película mi familia, y mi madre me llamó emocionada a la salida,
llorando.
Te calmas: ya está, lo he logrado”.
No necesita Sánchez Arévalo muchos respaldos.
En plena crisis de
taquillas, el cineasta siempre ha contado con un beneplácito general.
Azuloscurocasinegro
(2006), su debut como director de un largo, tras dedicarse a los
guiones de series y a los cortometrajes, superó el millón de euros y
llamó la atención sobre su potencial, con tres goyas de acompañamiento;
Gordos (2009), arriesgadísima y ambiciosa pirueta, llegó a los 1,8 millones de euros;
Primos
(2011), una comedia ligera escrita del tirón, recaudó 3,5 millones de
euros.
Y con él, ha ido madurando su “escudería” de actores amigos: Quim
Gutiérrez, Raúl Arévalo y Antonio de la Torre. El trío participa en
La gran familia española, el devenir de la boda del pequeño de cinco hermanos —cuya vida está íntimamente ligada a los protagonistas de
Siete novias para siete hermanos,
la película que Sánchez Arévalo más veces ha visto en una sala— la
misma tarde de la final del Mundial de fútbol de Suráfrica, una terrible
coincidencia porque ¿quién se iba a creer que la selección española iba
a pasar de cuartos aunque hubieran ganado la Eurocopa?
En
La gran familia española, que se estrena el viernes,
Sánchez Arévalo da un puñetazo en la mesa del cine español: ha hecho
suya la fina línea que une la ironía amorosa de
Pequeña Miss Sunshine
con la perplejidad cotidiana de las películas de Wes Anderson; sin
perder frescura el cineasta ha madurado.
Y de paso, ha colocado a toda
su familia, cosa que en los tiempos que corren…
“Es la gran familia
dentro de
La gran familia...: están mi hermana, mi madre, mi hermano hizo el
making of,
actúa mi padrastro [el actor Héctor Colomé], aparecen los dibujos de mi
padre [el dibujante José Ramón Sánchez], que es la mascota del equipo
de la peli…”. Para lograr destilar el mejor
sanchezarevalismo, el cineasta empezó buscando lo opuesto: “Cuando acabé
Primos,
busqué algo que no tuviera nada que ver conmigo. Estoy huyendo de mí
mismo todo el rato. Supongo que estaba dentro de una batería de ideas
que tengo por ahí, a las que no hago caso hasta que me llega la zozobra
del ‘Y ahora, ¿qué?’.
Así estalló el concepto de la boda del hermano
pequeño, del padre que enferma y se detiene la celebración”. En
realidad, la semilla deviene de su corto
Traumalogía, del que
la nueva película hereda algo de la historia y una cuidadosísima
planificación de los planos:
“Me quedé con ganas, sabía que ahí había un
largo.
Y seguí su línea… aunque cambiando los personajes. En realidad
no hay nada nuevo dentro de mi universo, pero intento perfeccionarlo. He
buscado hacer una comedia con sentimientos, con una parte dramática que
al final se apodera de la película. Para mí, la mejor comedia de la
última década es
Los descendientes, que no es en realidad una comedia".
Me costó aceptar que es imposible que mis películas gusten a todos”
Y el fútbol, la ya mítica final del Mundial de Suráfrica 2010, con su
patada voladora de De Jong, su prórroga, su “Iniesta de mi vida”…
“Fue
el último elemento en llegar al guion, surgió al pensar en cómo enmarcar
la boda, y nace de mi afán habitual por poner trabas a los
protagonistas. Te casas con 18 años recién cumplidos y tu novia
embarazada, con lo que ya tienes a la familia cabreada, y encima
coincide con ese partido”.
A Sánchez Arévalo le relaja poder resumir sus películas en una frase.
Con esta ha sido fácil. “En
Azuloscurocasinegro
lo pasé fatal. ‘¿De qué va?’, me preguntaban. Y no tenía una respuesta
sencilla”. De guinda, la familia, otro tema recurrente en su cine.
“Claro, no hay nada más cercano”.
Chesterton decía que los amigos eran
el regalo de Dios para compensar habernos dado la familia. “Mis amigos
tienen muy mala baba, que por otro lado está bien porque son unos Pepito
Grillo, y los considero parte de mi familia…”.
Y ríe travieso. “Soy muy
mundo cochinilla, de encerrarme en mí mismo, de aislarme”.
Sánchez Arévalo se define “de naturaleza complaciente”. Y desgrana:
“No soporto el conflicto. De crío estaba obsesionado con ser un chaval
bueno. Fue una pelea constante, porque era gamberro, caprichoso,
egoísta… y a la vez buscaba no decepcionar.
Me sigue pasando. Esa
fantasía de que mis películas gusten a todo el mundo es imposible… pero
me ha costado aceptarlo”.
De ahí pasa a la taquilla:
“La gente está
dejando de ir al cine y nadie hace nada por remediarlo. Intento no
pensar mucho en ello, porque si no, te bloqueas, dejas de hacer cosas
.
Soy muy permeable a lo que le pasa a la industria, y te entran ganas de
salir corriendo. Y reconozco que yo soy un privilegiado. En fin, debemos
reflexionar ante este cambio.
Amenábar decía:
‘No quiero hacer cine que
no vea nadie’. No quiere ser un grito en el desierto. Lo firmo. Yo
nunca escribí un diario, no encontraba el sentido de escribir algo para
ti. Necesito compartir”.
Soy permeable a lo que pasa y te entran ganas de salir corriendo”