Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

19 may 2013

A vueltas con lo mismo,

No es que la película no se parezca a la novela, sino que la destroza dolorosamente.

Un fotograma de la película 'El gran Gatsby', adaptada de la novela de Francis Scott Fitzgerald.
Un hombre contempla el anochecer en el borde del embarcadero, sobre la inmensidad oscurecida, tratando de apresar con el juego ambarino de su mano derecha un fuego verde diminuto, parpadeante, al otro lado de las aguas. Ha medido el tamaño de su sueño, ha elegido creer que es posible cambiar el pasado y ser protagonista de lo que nunca ocurrió, pero que podrá ser.
 Ese hombre es Jay Gatsby, que ha vuelto de una biografía secuestrada al derrumbe vital, con esa sombra esquiva asociada a su nombre que es la espuma acuosa de un misterio: me aseguran que es un espía alemán, que ha sacado toda su fortuna del contrabando, dicen que mató a un hombre.
 Y lo hizo, porque se asesinó a conciencia; pero no en la Gran Guerra, sino en la construcción de un personaje que guardara, en el fondo dorado de sus ricos ropajes, lo mejor de sí mismo.
Baz Luhrmann, director de esta adaptación, aduce que la crítica no comprenderá su filme
Jay Gatsby era su autor, el norteamericano Francis Scott Fitzgerald, príncipe radiante, hermoso y fragilísimo, de una Edad del Jazz crepuscular, porque anunció el derrumbe con su exceso encendido.
 Fitzgerald fue el cronista de los años 20, pero también su ángel caído, con conciencia total del personaje que asiste a su propio desmoronamiento y lo puede contar.
 Pero antes, mucho antes de que Charles Scribner rechazaran su primera novela, con su título provisional El ególatra romántico, había sido el joven y guapo teniente Jay Gatsby y había pedido en matrimonio a Zelda Sayre, que le había rechazado por la muy sureña razón de “no tener dinero suficiente para mantener a una esposa”.
 Al igual que Gatsby, Scott, que nunca llegaría a las trincheras, porque el armisticio se declaró cuando estaba a punto de embarcarse para Europa, se fraguó una biografía lo bastante sólida como para poder hacerse digno de su aspiración: se empleó en una agencia de publicidad neoyorquina y trabajó hasta la extenuación en la reescritura de su novela, que pasaría a llamarse A este lado del paraíso y se convertiría, tras su publicación, en el mayor éxito de críticas y ventas del momento, convirtiendo a su autor en portavoz de toda una generación que sentía, leyendo la novela, que sus personajes hablaban no exactamente como ellos, sino como les gustaría hacerlo, con el latido fúlgido del jazz en las pérgolas, la cristalería y el champán en su red de palabras.
Sin embargo, no sería en A este lado del paraíso —ambientada en la vida universitaria en Princeton— donde Scott Fitzgerald narraría ese viaje interior, su empeño íntimo por convertirse en la mejor versión ritual de sí mismo, para poder aspirar al amor y cambiar el pasado, sino en El gran Gatsby, donde el héroe decide imponer su deseo a la realidad, ahogándola en derroche, fastuosidad y misterio, para dejar de ser un oscuro teniente sin porvenir y lograr convertirse, cinco años después, en Gatsby, el magnate que ofrece fiestas desenfrenadas en su lujosa mansión en Long Island, erigida no por casualidad enfrente de la casa de Daisy Buchanan, donde un faro esmeralda atraviesa la marea expectante hasta alcanzar, en su vuelo nocturno, los ojos azules del protagonista.
Baz Luhrmann, director de esta adaptación, aduce que la crítica no comprenderá su película como tampoco en la época entendió la novela, atribuyéndose las mismas dotes de talento, sobriedad, elegancia y sensibilidad de Fitzgerald: una complacencia que ya es significativa de lo que encontrará el espectador. Un director no puede estar más enamorado de sí mismo que de sus personajes.
 No es que no se parezca a la novela —aunque el alucinado cineasta presuma de “adaptación definitiva”—, sino que la destroza, dolorosamente, entre el almíbar estético y la cursilería, la composición de video-clip o el imposible hip-hop, mezcla genialoide que sólo lleva al tedio colosal. Veo la infantil y circense El gran Gatsby y me pregunto por qué los papeles de hombres parecen interpretados por muchachos: con un director tan creativo, lo raro es que Tobey Macguire, que caracteriza a Nick Carraway, el mejor amigo de Gatsby, no se convierta en Peter Parker y comience a trepar por un rascacielos a ritmo de fox-trot.
Francis Scott Fitzgerald seguirá siendo siempre un gran escritor: sobrevivió a su éxito y posterior caída, al crack del 29, al alcoholismo, a su matrimonio desgraciado, y sobrevivirá, también, a esta desgracia perpetrada por Baz Luhrmann.
 Por el precio de la entrada, uno puede comprarse la novela.
 Después de padecer durante 143 interminables minutos, me he ido a mi bar favorito, he pedido un dry martini y he bebido para olvidar.
Joaquín Pérez Azaústre es escritor.

 

La ‘Perfección absoluta’ vale 20 millones

La compañía de diamantes Harry Winston adquiere la valiosa pieza en una subasta exclusiva de Christie's en Ginebra

El diamante llamado Perfección Absoluta, de 101,73 quilates, que ha sido vendido por 20,7 millones de euros en Christie's. / EFE

Un diamante bautizado como Perfección absoluta, de 101,73 quilates, ha sido vendido por 26,7 millones de dólares (20 millones de euros) en la última jornada de las subastas de primavera de la firma Christie's en Ginebra.
Esta se convirtió en la primera gran compra de la compañía de diamantes Harry Winston, desde que fue adquirida por el Grupo suizo Swatch en un operación que alcanzó el millar de dólares.
Minutos después de cerrada la transacción, la firma anunció que este diamante será conocido a partir de ahora como Winston Legacy (Legado de Winston) en honor a su fundador.
Clasificado por el Instituto Americano de Gemología como un diamante del mejor color -'D'-, incomparable transparencia, forma perfectamente simétrica y sin defectos, este diamante incoloro ha sido el más importante por su talla y características de pureza en ser presentado a una subasta.
Esta fue la primera vez que este diamante, de forma de pera, salía al mercado.
Su origen estuvo en Botsuana, donde fue encontrado como una piedra bruta de 236 quilates, tras lo cual fue sometido a un procedimiento de tallado que requirió 21 meses de trabajo.
El valor alcanzado por este diamante superó todos los récords previos de diamantes similares, incluido el conocido como Archiduque Joseph -por quien fuera su primer propietario oficial, el archiduque José Augusto de Austria-, que fue vendido el pasado noviembre por 21,4 millones de dólares también por Christie's en esta misma ciudad.
Otro diamante espectacular incoloro fue el Estrella de la Estación, vendido en 1995 por 16,5 millones de dólares, mientras que por el diamante Chloe se obtuvo 16,1 millones de dólares.
En la misma subasta se vendieron hoy tres joyas pertenecientes a Don Marco Alfonso Torlonia, Príncipe di Civitella Cesi, hijo de la Infanta Beatriz de Borbón y Battenberg y de Alessandro Torlonia, quinto Príncipe Civitella-Cesi.
Un brazalete de diamantes estilo Art Deco de Bulgari, que perteneció a la Infanta Beatriz, quien lo recibió como regalo de parte de su esposo, fue vendido por 143.000 dólares (110.000 euros), un precio que no incluye impuestos ni comisiones.
Un broche de zafiros y diamantes, que data del siglo XIX, y que también perteneció a Beatriz de Borbón fue vendido por 102.200 dólares (79.090 euros).
Don Marco Alfonso Torlonia puso igualmente a la venta unos hermosos pendientes de diamantes que por varios minutos concitaron la atención de la sala y que partieron por 245.000 dólares (189.000 euros).
Una esmeralda excepcional de origen colombiano y 23,28 quilates, engastada en un anillo, partió por 1,58 millones de dólares (1,22 millones de euros), un importe en el que no están considerados los gastos extras que debe afrontar el comprador.
Un collar de raras perlas naturales, esmeraldas y diamantes fue muy peleado por varios interesados, entre quienes finalmente hubo uno dispuesto a pagar prácticamente cinco veces más de su precio estimado: 5,69 millones de dólares (7,3 millones de euros).

 

Sobre un adiós

La periodista Maruja Torres deja el diario. La Dirección le había planteado estudiar un tipo de colaboración que no pasaba por mantener la columna de Opinión.

 

En la tarde del jueves, Maruja Torres colgó en Twitter una nota en la que informaba de que “el director de EL PAÍS me ha echado de Opinión y yo me he ido de EL PAÍS. Tantos años... Pero es un alivio”.

Una noticia que aquella misma tarde fue recogida en las redes sociales, cuyos mensajes básicamente eran de apoyo a la periodista y críticos con el diario.
Maruja Torres empezó a colaborar en este diario en 1981 en el suplemento dominical.
 Realizó tareas tanto de reportera como de columnista. Cubrió, entre otros, conflictos como los de Beirut o Panamá, donde fue testigo de la muerte de su compañero fotógrafo Juantxu Rodríguez, que falleció por los disparos de un soldado estadounidense durante la invasión de aquel país en 1989.
El mismo día en que anunció su marcha publicaba en el diario su habitual columna, titulada en esta ocasión Ignominia, que concluía afirmando que “hay más dignidad en la uña del meñique de un desahuciado que en la cúpula que nos aniebla”
.
"No hay giro ideológico alguno en el diario", afirma Javier Moreno
El contrato de la periodista terminaba en junio y hace dos meses se le comunicó que no podría ser renovado en las mismas condiciones
. El director, Javier Moreno, le anticipó entonces por teléfono que quería hacer cambios en Opinión y que necesitaba que dejara de publicar su columna y aplazaron la consideración de alternativas para una futura entrevista.
El jueves, se celebró.
 Ante la posibilidad de estudiar una participación en el diario ajena a Opinión, la periodista declinó la oferta. Según me ha comentado Maruja Torres, no fue una cuestión de dinero, tema que ni se trató.
“Quise mantener mi autonomía”. Al no poder continuar en Opinión decidió no considerar ningún tipo de oferta alternativa “por dignidad”
. Durante la conversación conmigo, Torres comentó que quedan en el diario muchos periodistas a los que aprecia y a los que seguirá leyendo.
A la hora de cerrar esta edición se habían recibido varios mensajes de lectores críticos, entre la decepción y el enfado, con lo sucedido.
María Esmeralda Casado escribe que “me parece indignante que se le proponga negociar ‘nuevas vías’ y eliminarla de Opinión, que es, a mi juicio, donde debe estar y donde tiene muchos lectores, con lo que demuestran una gran falta de sensibilidad hacia la columnista y quienes la leen”
. José Alberto lee con estupor “la noticia de que también se va Maruja Torres. Cada vez quedan menos”. Esther Martín escribe que “hoy me entero de que no volveré a leer a Maruja Torres en EL PAÍS.
 Le ruego transmita a los responsables del periódico mi preocupación, que supongo no será solo mía. (…) Han de saber que un periódico no es una empresa; es mucho más”.
 Y concluye con un “qué lástima”.
Manel San Nicolás lamenta “que estas cosas ocurran en el periódico que presume de ser un referente del progresismo”.
 Luis Baltés expresa su “profunda tristeza ante la noticia que publicaban otros medios de comunicación de la salida de Maruja Torres.
 Mis actuales preferencias en EL PAÍS están localizadas mucho más en columnistas y articulistas que en la información del periódico”, concluye.
 Remedios Madrona manifiesta su decepción ante la noticia de que la periodista abandona el diario.
 “Las frases aceradas, la libertad infinita que le confieren sus muchos años y su tremenda experiencia, las columnas de Maruja Torres en el diario y su Perdonen que no me levante en el suplemento semanal son imprescindibles para mí, al menos mientras ella siga con las mismas ganas de contar lo que siente y lo que ve”.
Un tema reiterado es la convicción, por parte de quienes manifiestan su desacuerdo, particularmente en las redes sociales, de que la decisión está relacionada con declaraciones de la periodista durante la crisis del ERE en este diario.
 Otros lectores, tras conocer la noticia, aventuran que prescindir de esta firma, aunque no compartan siempre sus posiciones o manera de expresarlas, es un indicio de giro ideológico por parte del diario y una pérdida de pluralidad.
He trasladado al director del diario los citados mensajes. Esta es su respuesta: “No hay relación con el ERE ni giro ideológico alguno en el diario. Que un columnista determinado deje de colaborar en el periódico no tiene absolutamente nada que ver con la línea editorial de este, que se expresa en sus editoriales. Y el responsable último de ellos es el director; también es función mía decidir sobre los colaboradores, entre los que siempre se ha procurado que haya diversidad y pluralidad. Las columnas no son propiedad de los que escriben en ellas
. Hay proyectos que se agotan o que resulta necesario cambiar, no es fácil encontrar el equilibrio entre la renovación y la continuidad.
A lo largo de la historia del periódico son muchos los columnistas que han dejado el diario, otros han vuelto después de un periodo de tiempo, otros se han ido incorporando; ninguno de esos cambios ha supuesto una modificación en la línea editorial de EL PAÍS”.
Los espacios de un diario no son propiedad vitalicia de los articulistas del mismo y es facultad del director su gestión.
Con todo, así lo valoran los mensajes recibidos, la pérdida de una firma tan arraigada en este periódico no es una buena noticia.
Siento Tristeza Maruja Torres me ha acompañado desde hace muchos años y creo que dejar que se vaya corresponde a la nueva linea política de ese Periódico. no sé que pensará Cebrián que yo creo que debería ser el 1º en irse.

El gran Gatsby o no hay lugar para el Recuerdo

Cartel 'The Great Gatsby'

Para fans de quimeras y excesos románticos.

Lo mejor: el reencuentro amoroso
Lo peor: que los fans de 'Moulin Rouge' esperen más fuegos artificiales.

El gran Gatsby

Director: Baz Luhrmann Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Carey Mulligan, Isla Fisher, Tobey Maguire, Joel Edgerton, Callan McAuliffe, Gemma Ward País: Australia, USA Año: 2012. Fecha de estreno: 17-05-2013 Género: Drama

Por Sergi Sánchez

Lo más sorprendente de El Gran Gatsby luhrmaniano es su vocación de película literaria. A la manera del David Cronenberg de Cosmópolis (2012), el cineasta australiano ha sido inmensamente fiel al lirismo decadente de la prosa de F. Scott Fitzgerald. La voz en off de Nick Carraway (Tobey Maguire) se incrusta, desde la literalidad, en las imágenes de la Gran Tragedia Americana de este hombre (excelente Leonardo DiCaprio) que se reinventó a sí mismo a la medida de su megalómana medida; que quiso ser más rico que Dios para recuperar a su primer y único amor (Carey Mulligan); y que aprendió a esperar a que la luz verde del otro lado de la costa iluminara su suntuoso Xanadú, su palacio edénico, su triste torre de marfil. Letras y frases de la confesión de Carraway se incrustan en un libro que parece ilustrado por Peter Greenaway, y la palabra conquista la imagen.
La conquista porque Baz Luhrmann necesita demostrar al mundo que es mucho más que un Vincente Minnelli colgado de ácido, o que un Luchino Visconti adicto a los after hours. Y demuestra con creces que, lejos del decorativismo acartonado de la versión que Jack Clayton firmó en 1974 con Robert Redford y Mia Farrow, ha sabido llevar a su terreno la crónica del declive americano que Scott Fitzgerald escribió en los años 30 sin saber que estaba siendo visionario.

Dinero, fiestas y Visconti

A Baz Luhrmann no le interesa demasiado establecer paralelismos entre la dolce vita pre Crack del 29 y el orgasmo de los mercados pre Lehmann Brothers.
 En su cine, todo es superficie, todo nos habla en plano detalle. Al espectador no le costará demasiado percibir la facilidad con que el discurso socioeconómico de El Gran Gatsby se proyecta en la contemporaneidad.
 La primera parte de la película es una fiesta eterna bañada en Veuve Clicquot, una orgiástica y condensada reformulación de la escena del baile de El Gatopardo (Luchino Visconti, 1963) a ritmo hip-hopero.

Aprender a calmarse

Parece que Luhrmann, el rey de la intertextualidad, el kistch y el anacronismo, estilista que hace de la vulgaridad una radical forma de refinamiento, está dispuesto a repetir la operación estética de Moulin Rouge (2001) hasta que llega el primer encuentro entre Gatsby y Daisy.
 En esta hermosa secuencia, que revisita la escena de la pecera de Romeo + Julieta de William Shakespeare (1996), la película aprende a calmarse y atender a lo que le importa: el amor postergado y sublimado, los obstáculos que el destino coloca entre los amantes, el orgullo de clase como veneno mortal para la pasión verdadera. Nada que no le hubiera gustado escribir a Shakespeare, nada que el propio Jay Gatsby no hubiera suscrito con una sonrisa tensa y un brindis maníaco.


Pero.....no da con el producto adecuado, al margen de Leonardo Dicaprio que se mete en su papel y demuestra una vez más que es un excelente actor todo parece de cartón dibujado con purpurina.
Apenas recuerdo a Roberrt Redford que a paratir de ahí fue Gastby toda su vida, dificil de entenderlo, Mia Farrow estaba mucho mejor de Daisy que esta sosa y fea que han puesto, dificil de creer que Dicaprio pasara su vida pensando en ella.
No sé que diría Scot Fitgerald si la viese.