La canción popular contemporánea se encuentra por tanto en una tesitura problemática.
Tiene que reunir sus componentes fundamentales —música y letra—, que han pugnado largamente por independizarse.
O mimetizar danzas de una tribu cuya lógica del ritmo aún no comprende. ¿Cómo realizar acercamientos tan improbables en su pequeño marco? ¿Sería de alguna utilidad poner música al poema contemporáneo, recuperar el sentido literal de “cantos” como los de Ezra Pound? ¿Dar un paso atrás buscando los versos más musicales y atrevidos de nuestra lengua, como los de Garcilaso, Juan de la Cruz y Góngora? ¿O acercarse a las rimas del Nuevo Mundo que aún conservan algo de balada céltica, como las de Edgar Poe? Los resultados de esos intentos suelen adolecer de una gratuidad que limita las posibilidades del poema. Poner música a un poema es silenciar en parte la consonancia inaudita que persigue, que rebasa su propia época y cualquier forma de registro de actualidad.
Puede ser, en todo caso, un ejercicio recomendable para los escritores de canciones, pero eso no nos exime de la obligación de llevar a cabo nuestra propia tarea.
Es lógico que intentemos mejorar el lenguaje de las canciones, hacerlo más “poético”, pero sólo hasta cierto punto, porque ese intento puede quedarse en corrección estéril.
El ejemplo de los poetas, para los autores de canciones, debería asemejarse a su voluntad de ejercer la libertad sonora del músico en su propio terreno.
Debería ponerse por meta el llevar su propio lenguaje al límite de sus posibilidades expresivas. Pero el terreno de la canción ha sido devastado, es tierra baldía, sus elementos fundamentales —letra y música— discurren lejos de su alcance.
La canción contemporánea, igual que el poema y que la música instrumental, se ha convertido en un medio de expresión tan alejado como ellos de la unidad idílica originaria
. Lo específico de la canción es juntar letra y música, resolver la tensión creciente entre lo que puede ser dicho en verso y las formas instrumentales que se prestan a acompañarlo. Su tarea se ve abocada a oscilar entre el vacío del desarraigo y un exceso de soluciones posibles. Del poema tradicional puede tomar las formas que le permitieron asociarse en su época con sones hoy desaparecidos. Del poema contemporáneo, algo de la libertad asociativa que alumbra una red de significaciones inauditas.
Del discurso musical fijado por escrito, células rítmicas, melodías, relaciones armónicas o asociaciones tímbricas pasadas por el estrecho tamiz del formato más sencillo. Todo ello difícilmente puede cuajar si no se reproduce el hechizo de un son extranjero en la lengua propia, un influjo comparable al de las ondas electromagnéticas.
Quizá para asemejarse al poema o al discurso musical en sus mejores logros la canción deba empezar por renunciar a parecer “poética”.
Debe, ante todo, parecer canción, responder a una necesidad difícil de reconocer. Eso implica trascender, en cierto modo, los conceptos de lo musical y de lo poético, rozar los límites de la convención eufónica. En este sentido, los modelos derivados de la negritud siguen teniendo pertinencia.
El fenómeno poético no es exclusivo de la poesía. Tampoco el fenómeno musical se limita a un oficio especializado. El poeta Stéphane Mallarmé identificaba el sentido más universal de la música con la actividad del espíritu
. El reencuentro de lo musical con lo poético se produce en ese horizonte en el que ambas artes trascienden sus limitaciones.
Están destinadas a permanecer enlazadas en su máximo alejamiento, pero no de la forma más evidente.
El “espíritu” hacia el que apuntan una y otra no es el fantasma sobrenatural que afirma la palabra sacra: es el murmullo de lo público, de lo político, el pensamiento que se transmite de generación en generación por medio de los sonidos. Los grafismos y las artes visuales fijan en formas de apariencia estable el edificio de la cultura, mientras las artes del sonido se sustentan en la transformación continua, como la vida.
Para alcanzar ese horizonte de confluencia con sus materiales en fuga, la canción contemporánea debe arriesgarse, pero a su modo, con sus propias herramientas, asumiendo sus propias limitaciones. Será poética —esta vez sin comillas— si pone a prueba su propio ámbito enrarecido, su oscuro destino de mercancía, su propia forma precipitada de ser pública, sin tiempo para pensar lo que acontece.
El rocanrol junto con sus derivas representa el último intento de la canción popular por ponerse a la altura de su época. Sus precedentes inmediatos forman un entramado intercontinental e interétnico, con marcado influjo del ritmo negro que emerge en el Nuevo Mundo: bossa nova y samba, rhythm & blues, estándar de jazz, blues, son, rumba, trova de Cuba y otros sones caribeños, tango argentino, cante flamenco… Este es el sustrato de la canción popular contemporánea.
Debajo yacen las tradiciones poético-musicales de cada lengua. En superficie, las derivas que electrifican el caudal de las palabras sujetas, como en el rap, al ritmo iterativo y a la rima más obvia.
Los “poetas” callejeros alcanzan una relativa libertad de pensamiento, el tono de la denuncia social y existencial, benéfico sin duda en relación con las canciones favorecidas por los medios de comunicación, tontas y previsibles.
Esa libertad aumentaría con un mejor conocimiento de las técnicas del verso libre y de la polirritmia, pero los riesgos de la calle no suelen dejar tiempo para llevar el aprendizaje más allá de la adolescencia.
El rocanrol empezó a decaer como género antes de tiempo, desde el momento en que su acceso al horizonte del pensamiento fue interrumpido por el crecimiento desmedido de su valor como mercancía.
Pero en su libertad descarada —practicada durante un breve periodo de veinte años— para capturar elementos de la tradición europea clásica y contemporánea, equiparándolos con el pulso de África, con los refinamientos de Oriente, careándose con el ruido de la ciudad motorizada, con las detonaciones en los informativos, con el griterío de los mercados, ha dejado señales en el camino que tendremos que seguir recorriendo, si se apaciguan el bullicio y la polvareda. Reconocer la pista de la tradición, próxima o remota, es entretanto la única tarea posible.
18 ago 2012
LA PARADOJA Y EL ESTILO » ¡Living la vida Cristina! por Boris Izaguirre
"¿Asocia la infanta paraíso con república? Probablemente no, pero quizá la idea le ayude en su empeño en alejarse de la institución familiar y a la vez acercarse a la familia de su marido".
La infanta Cristina, con permiso de Julian Assange, reafirma protagonismo en este primer verano del rescate. Su aparición, delgada y sonriente, en el País Vasco francés permite varias lecturas.
La primera, que la hija menor del Rey siempre prefiere un paraíso ubicado en una república. ¿Asocia paraíso con república? Probablemente no, pero quizá la idea le ayude en su empeño en alejarse de la institución familiar y a la vez acercarse a la familia de su marido.
Ella, igual que Assange, tiene un Wikileaks en casa.
Pero no es que Cristina sea republicana, ni tampoco que los hechos que la rodean la impulsen a ello.
Se trata de que los Urdangarin Borbón viven en Washington y descansan en las playas de Biarritz, burlando las indicaciones del ministro Soria que ha pedido a los españoles hacer patria y pasar sus vacaciones dentro de la Península. ¡Living la vida Cristina!
Estas semanas, Cristina piensa en cómo será su futuro y en emprender una existencia como “descastada”, es decir, alejada de su real familia. Mientras Assange se refugia en la embajada de Ecuador en Londres
, Cristina ha encontrado solaz entre las olas del Atlántico francés.
En su mirada a las cámaras de ¡Hola! observamos que está convencida de que su marido no pisará la cárcel. En realidad, estamos todos igual de convencidos que ella: no sucederá, y más aún con la cobertura que ofrece Telefónica.
Lo más probable es que esta “pesadilla” terminará como todas las pesadillas, despertándonos y viendo llegar el día.
"El antes poderoso 'president' de Valencia encontró una banqueta delante de su casilla, en su elitista club de tenis, ocupada por restos fecales humanos de origen desconocido" / TANIA CASTRO
Cristina, como todos, intuye que su futuro es mejor que el del expresidente valenciano Camps, al que se declaró inocente, pero ha quedado fuera de toda oficialidad e importancia en su partido. Descastado. Cristina también sabe que entre sus amistades de Washington y Biarritz ser hija del Rey es un plus, como lo es también ser esposa sobreviviente de un marido imputado.
No se equivoca, para muchos la mezcla es irresistible. Si se cierran puertas de palacios, se le abrirán puertas de salones, y entonces formará parte de ese cajón de sastre de figuras aristocráticas menores o caídas en desgracia, pero aún de buen ver y vivir.
Ya se habrá dado cuenta de que muchos españoles no la entienden ni la defienden. Y de que tampoco es imprescindible; ni ella para los españoles ni los españoles para ella.
Pero no siempre es fácil dejar de estar al cuidado de papá, él sí que es casi imprescindible.
Francisco Camps, por cierto, ha vuelto a ser noticia.
A principios de agosto, mientras se cambiaba después de un partido de pádel en su elitista club de tenis, el antes poderoso president de Valencia encontró una banqueta delante de su casilla ocupada por restos fecales humanos de origen desconocido, pero de intención clara y consistente.
Presuntamente pertenecerían a otro miembro del club. Sin pensarlo dos veces, el expresident decidió denunciar y abrir investigación.
Para mayor humillación, la junta directiva del elitista club, un tanto estreñida, no consideró tan urgente la situación como para recortar sus vacaciones, y el mal olor se extendió por el club y llegó a la ciudad. Muchos lo huelen como la comprobación de que Camps ya no es lo que fue, y otros, como una suerte de justicia poética.
Aunque un tribunal popular le declarara inocente de la cagada de los trajes regalados, tal sentencia no lo inmuniza a que los miembros de su club le quieran dejar ese sello como recuerdito.
Para alejarnos de todo esto tuvimos las Olimpiadas.
Estuvimos muy pendientes de las medallas y de la competitiva vida sexual en la Villa Olímpica. Al parecer, hubo mucho más que aquella foto de Usain Bolt rodeado de tres compañeras olímpicas de madrugada.
Ellas se apresuraron a decir que “no hubo nada de nada”, encantadas de subrayar sin subrayar.
Desde entonces crecieron todo tipo de noticias sexuales sobre la Villa Olímpica.
Hasta se comenta que una aplicación para smartphones empleada por la comunidad gay, el Grindr (destripador), que permite localizar a un compañero sexual en menos de 30 metros de distancia, colapsó en Londres el día que se inauguraron los Juegos.
Por su éxito, esa aplicación ha sido rápidamente copiada por la comunidad heterosexual y se llama Blendr (mezclador), y su estreno también coincidió con el de los Juegos y con medalla de oro.
Lo curioso es que en la aplicación heterosexual los caballeros posan y se muestran con escaso y específico vestuario, casi copiando el Grindr.
“Fue igual con la música disco, que empezó siendo una cosa divertida de maricas y se convirtió en la música por excelencia de las bodas heterosexuales”, afirma un usuario bisexual tanto de una aplicación como de otra, tendencia total en Londres 2012.
Amigas treintañeras confirman que fuera de la Villa Olímpica, en pleno Soho, estaba el Omega House, que reunía a deportistas derrotados con los medallistas para mezclarlos en alcohol y sexo, llevando el espíritu deportivo al campo erótico.
“Los voleibolistas norteamericanos tienen cuerpos de veinteañeros cuando han superado los 40 años, es el mejor afrodisiaco ¿Qué mas da que estén casados?
Lo que sucede en las Olimpiadas, como en Las Vegas, se queda en las Olimpiadas”.
Sin embargo, al término de ellas siempre brotan corazones rotos, agotados o sin medalla. Mientras pensábamos en deporte y sexo, Assange confirmaba que Ecuador es el nuevo paraíso.Y nuestra Infanta nos señalaba que Francia a veces tiene su corazoncito para aristócratas con problemas.
Los descontentos y la vida bella por Manuel Rico
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Juan Carlos Mestre publica nuevo libro / Cristóbal Manuel
Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957) es una de las voces más personales de entre las que irrumpieron en nuestra poesía en la década de los ochenta del pasado siglo.
Gracias a una obra rigurosa (nueve poemarios en treinta años), a su apuesta por un irracionalismo que nunca pierde pie en la realidad y a un estilo inconfundible se ha convertido en un poeta de referencia obligada. Con La casa roja obtuvo el Premio Nacional de 2008, y ahora, tras la recuperación de los textos de juventud en La visita de Safo y otros poemas para despedir a Lennon (2011), Mestre da una vuelta de tuerca y se despacha con algo inusual: La bicicleta del panadero, un libro de casi 500 páginas que tiene mucho de anacronismo frente a la omnipresencia del libro breve y, si se me apura, ligero de este tiempo digital.
Un anacronismo saludable y hasta necesario, que arriesga y, a la vez, apuesta por la poesía sin adjetivos demostrando que pese al admonitorio título de su quinto poemario, esta no ha caído en desgracia.
Ya desde el título, el libro presenta una gran carga significativa: la bicicleta como metáfora de una existencia basada en la utopía, en el equilibrio entre el hombre y la naturaleza, en cierta añoranza de un tiempo ideal, no prostituido por la razón mercantil y sus servidumbres; el panadero como artífice de un alimento ancestral, casi originario (y no solo en el sentido bíblico).
A lo largo de casi trescientos poemas escritos con un tono y una música sostenidos, envolventes, Mestre nos conduce a un viaje con el que, a base de imaginación, de asociaciones imprevistas y casi provocadoras, indaga en la conciencia de lo contemporáneo: la cultura, el arte, la política, los acontecimientos que desde el pasado marcan, condicionan y determinan el presente, la memoria y sus diversos estratos (en el plano íntimo, pero también en el colectivo), el mundo como un medio complejo, poliédrico, en el que flotan, se comunican, establecen una relación dialéctica lo popular y lo culto, el más depurado y atrevido alarde lírico con destellos de un prosaísmo cruzado por la ironía
. Todo ello en un ambiente fantasmal, hecho de espacios y lugares imposibles, de convivencia de tiempos, escenarios y objetos fuera de la lógica establecida.
En más de una ocasión, Juan Carlos Mestre ha utilizado el término “poesía de la conciencia” para definir su obra: una combinación de conciencia crítica civil y política y conciencia de la propia materia poética: es decir, cuestionamiento del lenguaje convencional y búsqueda de sus potencialidades más sorprendentes y ocultas. En La bicicleta del panadero hay, además, una ambición cósmica.
Pero no abstracta ni metafísica, sino sustentada en la historia.
Así, se acerca a realidades que han marcado la conciencia civil y cultural del siglo XX (Mayo del 68, Auschwitz, la Guerra Civil, el asesinato de Lennon…) poniendo en pie un protagonista colectivo, un personaje coral que dialoga con el lector a través de múltiples voces: los sastres, los carpinteros, los chatarreros, los alquimistas, los hojalateros, los judíos marcados para siempre por el Holocausto, los poetas, los socialistas utópicos, los representantes de los mercados, los albañiles, el dependiente, el padre (“Los padres mueren en invierno, tosen en invierno cansadamente sensitivos como trenes que ya no van a partir tosen mientras se deslizan sobre la nieve”), conforman un colectivo de procedencia popular que se relaciona dialécticamente con un universo cultural poliédrico: un vasto territorio de lecturas, de evocaciones, de restituciones y homenajes (de Picasso a Gide, de Cortázar a Pérez Estrada, de Lêdo Ivo a Marc Chagall). Son las distintas caras de la conciencia, la trastienda oculta de una memoria que es algo más que legado propio: es también herencia de los antepasados.
Al leer el libro de Mestre, uno se pregunta hasta qué punto la poesía no es hoy el refugio de las grandes incertidumbres de los seres humanos en un mundo crecientemente mercantilizado, el lugar donde la palabra, desde la insumisión, intenta ordenar el caos, darle un sentido histórico-emocional nuevo, intuir un futuro diferente.
A esa pregunta parece responder el autor con una conclusión implícita: la mirada más fértil y verdadera es la que se alimenta de la derrota.
La lucidez extrema deviene, sí, del caos, pero también de la imposibilidad, de las derrotas sucesivas que han edificado la historia del hombre, la geografía de la compasión en un mundo terrible:
“Pocos confían en las multiplicaciones bíblicas / Nadie encuentra en el río pepitas de oro / Ningún periódico trae un ruiseñor en la primera página”.
No por casualidad, La bicicleta del panadero se despliega tras una ilustrativa cita de Francis Picabia: “Los descontentos y los débiles hacen la vida más bella”.
Mestre ha construido un extenso mosaico, un emocionante palimpsesto que es, en el fondo, un homenaje a las víctimas de la historia, a las realidades demolidas y a los sueños que aún viven.
La bicicleta del panadero, Juan Carlos MestreCalambur. Madrid, 2012, 476 páginas. 25 euros
Gracias a una obra rigurosa (nueve poemarios en treinta años), a su apuesta por un irracionalismo que nunca pierde pie en la realidad y a un estilo inconfundible se ha convertido en un poeta de referencia obligada. Con La casa roja obtuvo el Premio Nacional de 2008, y ahora, tras la recuperación de los textos de juventud en La visita de Safo y otros poemas para despedir a Lennon (2011), Mestre da una vuelta de tuerca y se despacha con algo inusual: La bicicleta del panadero, un libro de casi 500 páginas que tiene mucho de anacronismo frente a la omnipresencia del libro breve y, si se me apura, ligero de este tiempo digital.
Un anacronismo saludable y hasta necesario, que arriesga y, a la vez, apuesta por la poesía sin adjetivos demostrando que pese al admonitorio título de su quinto poemario, esta no ha caído en desgracia.
Ya desde el título, el libro presenta una gran carga significativa: la bicicleta como metáfora de una existencia basada en la utopía, en el equilibrio entre el hombre y la naturaleza, en cierta añoranza de un tiempo ideal, no prostituido por la razón mercantil y sus servidumbres; el panadero como artífice de un alimento ancestral, casi originario (y no solo en el sentido bíblico).
A lo largo de casi trescientos poemas escritos con un tono y una música sostenidos, envolventes, Mestre nos conduce a un viaje con el que, a base de imaginación, de asociaciones imprevistas y casi provocadoras, indaga en la conciencia de lo contemporáneo: la cultura, el arte, la política, los acontecimientos que desde el pasado marcan, condicionan y determinan el presente, la memoria y sus diversos estratos (en el plano íntimo, pero también en el colectivo), el mundo como un medio complejo, poliédrico, en el que flotan, se comunican, establecen una relación dialéctica lo popular y lo culto, el más depurado y atrevido alarde lírico con destellos de un prosaísmo cruzado por la ironía
. Todo ello en un ambiente fantasmal, hecho de espacios y lugares imposibles, de convivencia de tiempos, escenarios y objetos fuera de la lógica establecida.
En más de una ocasión, Juan Carlos Mestre ha utilizado el término “poesía de la conciencia” para definir su obra: una combinación de conciencia crítica civil y política y conciencia de la propia materia poética: es decir, cuestionamiento del lenguaje convencional y búsqueda de sus potencialidades más sorprendentes y ocultas. En La bicicleta del panadero hay, además, una ambición cósmica.
Pero no abstracta ni metafísica, sino sustentada en la historia.
Así, se acerca a realidades que han marcado la conciencia civil y cultural del siglo XX (Mayo del 68, Auschwitz, la Guerra Civil, el asesinato de Lennon…) poniendo en pie un protagonista colectivo, un personaje coral que dialoga con el lector a través de múltiples voces: los sastres, los carpinteros, los chatarreros, los alquimistas, los hojalateros, los judíos marcados para siempre por el Holocausto, los poetas, los socialistas utópicos, los representantes de los mercados, los albañiles, el dependiente, el padre (“Los padres mueren en invierno, tosen en invierno cansadamente sensitivos como trenes que ya no van a partir tosen mientras se deslizan sobre la nieve”), conforman un colectivo de procedencia popular que se relaciona dialécticamente con un universo cultural poliédrico: un vasto territorio de lecturas, de evocaciones, de restituciones y homenajes (de Picasso a Gide, de Cortázar a Pérez Estrada, de Lêdo Ivo a Marc Chagall). Son las distintas caras de la conciencia, la trastienda oculta de una memoria que es algo más que legado propio: es también herencia de los antepasados.
Al leer el libro de Mestre, uno se pregunta hasta qué punto la poesía no es hoy el refugio de las grandes incertidumbres de los seres humanos en un mundo crecientemente mercantilizado, el lugar donde la palabra, desde la insumisión, intenta ordenar el caos, darle un sentido histórico-emocional nuevo, intuir un futuro diferente.
A esa pregunta parece responder el autor con una conclusión implícita: la mirada más fértil y verdadera es la que se alimenta de la derrota.
La lucidez extrema deviene, sí, del caos, pero también de la imposibilidad, de las derrotas sucesivas que han edificado la historia del hombre, la geografía de la compasión en un mundo terrible:
“Pocos confían en las multiplicaciones bíblicas / Nadie encuentra en el río pepitas de oro / Ningún periódico trae un ruiseñor en la primera página”.
No por casualidad, La bicicleta del panadero se despliega tras una ilustrativa cita de Francis Picabia: “Los descontentos y los débiles hacen la vida más bella”.
Mestre ha construido un extenso mosaico, un emocionante palimpsesto que es, en el fondo, un homenaje a las víctimas de la historia, a las realidades demolidas y a los sueños que aún viven.
La bicicleta del panadero, Juan Carlos MestreCalambur. Madrid, 2012, 476 páginas. 25 euros
“Este incendio es obra de un terrorista ambiental. Lo intentaban desde mayo”María Sosa Troya
Estado en el que han quedado algunas zonas del Garajonay tras el incendio. / D. MARTIN (AFP
La Gomera comenzó a arder el pasado 4 de agosto y el incendio aún no ha podido ser controlado.
Unos 30 conatos han sido registrados en la isla durante este año, según el Cabildo. Ángel Fernández, director del Parque Nacional de Garajonay, se indigna al hablar del desastre, que ha afectado a unas 800 hectáreas de esta joya natural de la Unión Europea:
“No debemos olvidar que esto ha sido obra de terroristas ambientales, y que estos criminales llevaban intentándolo en la isla desde mayo. Hasta ahora se había logrado atajar varios conatos de incendio, pero ya han conseguido incendiarla”.
Fernández atiende el teléfono desde el parque, donde supervisa las tareas de extinción. Está controlando la apertura de zanjas, de unos 50 centímetros de profundidad, que los efectivos que luchan contra el fuego han cavado a lo largo del perímetro para evitar que el incendio salga de la zona acotada. Unas 4.200 hectáreas se han visto afectadas por las llamas en la isla, que se han cebado en el Garajonay. “
Se trata de una estimación, pero es una barbaridad, teniendo en cuenta que este es uno de los parques naturales más pequeños y, según los datos que manejamos, el 20% de las 4.000 hectáreas que ocupa su superficie están afectadas”.
Este espacio, situado en el corazón de La Gomera, alberga una importante reserva de laurisilva, un tipo de bosque húmedo
. Es la segunda área de España más importante en cuanto a flora autóctona amenazada y, “posiblemente”, el ecosistema de la Unión Europea con mayor número de endemismos, comenta Fernández. El director de este entorno natural, que ocupa el cargo desde hace ya 25 años, no se atreve a predecir cuánto tiempo será necesario para que el espacio se recupere. Sabe que depende de la antigüedad: las zonas jóvenes del parque tardarán entre 10 y 20 años; las intermedias, entre 30 y 60, y las maduras pueden necesitar de 40 a 80 años.
Aun así, se muestra optimista y confía en que dentro de unos meses el espacio tenga otro aspecto. “Lo mejor del Garajonay, los parajes más exuberantes, siguen intactos”, remarca.
Ya no hay llamas, pero aún quedan puntos calientes que conviene tener controlados, “sobre todo cuando suban las temperaturas”, sostiene el director del parque. Fernández lo describe como un incendio mixto, fundamentalmente de copa [de los árboles], pero que también ha afectado al subsuelo, especialmente en la zona de laurisilva, más húmeda y, por tanto, más difícil de prender
. Por allí las llamas han sido “como un cáncer que se extiende muy lentamente”, quemando raíces y materia orgánica del mantillo.
“La profundidad de las cenizas encontradas nos hizo creer que el fuego era subterráneo, pero finalmente no ha sido así, lo cual es una buena noticia, ya que podrán emplearse medios de extinción más convencionales”, señala.
Su mayor preocupación son los posibles fenómenos de erosión.
El fuego ha quemado parte de la materia orgánica que cubre el suelo. Se ha visto mermada, por tanto, su cubierta vegetal, una especie de alfombra protectora cuya función es fundamental para que el bosque se regenere. Por eso, este invierno será clave. Las lluvias torrenciales suponen un peligro en estos momentos, dada la vulnerabilidad de la tierra. De ahí que el director del parque espere que las precipitaciones “sean mansas”.
Será en primavera cuando puedan determinar si las semillas de los árboles calcinados han germinado. Entonces, los daños sí serán completamente evaluables.
En cualquier caso, el 80% del parque permanece en buenas condiciones, según cuenta el director de este espacio natural protegido, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1986.
Su parte más noble se ha “autoprotegido, por así decirlo”, pues los bosques más antiguos, en los que ha habido menos interferencia humana, son los que mejor se conservan en los incendios
. Ha ardido la zona joven, “la más castigada en el pasado” y en la que llevaban 25 años realizando un “verdadero esfuerzo” a través de un programa de recuperación ecológica.
La mayoría de los árboles de la laurisilva poseen, no obstante, capacidad de rebrote a partir de la cepa, la parte superior de las raíces donde aflora el tronco de la planta. Eso sí, ello depende de la intensidad con la que hayan sido afectadas por el fuego.
Por esta razón es necesario realizar un seguimiento. Hasta dentro de unos meses no podrán saber con seguridad la magnitud de la catástrofe.
“La laurisilva del Parque Nacional de Garajonay es única debido a su carácter insular, lo cual ha sido un reto a la hora de gestionar este espacio”, comenta Fernández.
Se muestra casi convencido de que no se perderá ninguna especie animal, y espera que tampoco lo haga ninguna vegetal, aunque en este último caso puede ofrecer menos garantías.
Hay 50 especies de flora endémicas de La Gomera, y 153 de fauna, según el Ministerio de Medio Ambiente
. “Las palomas canarias son quizás las más conocidas”, apunta el director. “Aunque muchos animales han perdido su hábitat, se han trasladado a otras zonas del parque”, prosigue.
A pesar de su optimismo respecto a la recuperación del Garajonay, Fernández reconoce que no había habido jamás un incendio tan virulento.
Y concluye: “El ser humano cree que tiene capacidad de hacer frente a todo, pero no es cierto”.
Unos 30 conatos han sido registrados en la isla durante este año, según el Cabildo. Ángel Fernández, director del Parque Nacional de Garajonay, se indigna al hablar del desastre, que ha afectado a unas 800 hectáreas de esta joya natural de la Unión Europea:
“No debemos olvidar que esto ha sido obra de terroristas ambientales, y que estos criminales llevaban intentándolo en la isla desde mayo. Hasta ahora se había logrado atajar varios conatos de incendio, pero ya han conseguido incendiarla”.
Fernández atiende el teléfono desde el parque, donde supervisa las tareas de extinción. Está controlando la apertura de zanjas, de unos 50 centímetros de profundidad, que los efectivos que luchan contra el fuego han cavado a lo largo del perímetro para evitar que el incendio salga de la zona acotada. Unas 4.200 hectáreas se han visto afectadas por las llamas en la isla, que se han cebado en el Garajonay. “
Se trata de una estimación, pero es una barbaridad, teniendo en cuenta que este es uno de los parques naturales más pequeños y, según los datos que manejamos, el 20% de las 4.000 hectáreas que ocupa su superficie están afectadas”.
"La laurisilva de este espacio natural es el ecosistema de la UE con mayor número de especies endémicas"
. Es la segunda área de España más importante en cuanto a flora autóctona amenazada y, “posiblemente”, el ecosistema de la Unión Europea con mayor número de endemismos, comenta Fernández. El director de este entorno natural, que ocupa el cargo desde hace ya 25 años, no se atreve a predecir cuánto tiempo será necesario para que el espacio se recupere. Sabe que depende de la antigüedad: las zonas jóvenes del parque tardarán entre 10 y 20 años; las intermedias, entre 30 y 60, y las maduras pueden necesitar de 40 a 80 años.
Aun así, se muestra optimista y confía en que dentro de unos meses el espacio tenga otro aspecto. “Lo mejor del Garajonay, los parajes más exuberantes, siguen intactos”, remarca.
Ya no hay llamas, pero aún quedan puntos calientes que conviene tener controlados, “sobre todo cuando suban las temperaturas”, sostiene el director del parque. Fernández lo describe como un incendio mixto, fundamentalmente de copa [de los árboles], pero que también ha afectado al subsuelo, especialmente en la zona de laurisilva, más húmeda y, por tanto, más difícil de prender
. Por allí las llamas han sido “como un cáncer que se extiende muy lentamente”, quemando raíces y materia orgánica del mantillo.
“La profundidad de las cenizas encontradas nos hizo creer que el fuego era subterráneo, pero finalmente no ha sido así, lo cual es una buena noticia, ya que podrán emplearse medios de extinción más convencionales”, señala.
"Ya no hay llamas, pero aún quedan puntos calientes que debemos tener controlados, sobre todo cuando aumenten las temperaturas"
El fuego ha quemado parte de la materia orgánica que cubre el suelo. Se ha visto mermada, por tanto, su cubierta vegetal, una especie de alfombra protectora cuya función es fundamental para que el bosque se regenere. Por eso, este invierno será clave. Las lluvias torrenciales suponen un peligro en estos momentos, dada la vulnerabilidad de la tierra. De ahí que el director del parque espere que las precipitaciones “sean mansas”.
Será en primavera cuando puedan determinar si las semillas de los árboles calcinados han germinado. Entonces, los daños sí serán completamente evaluables.
En cualquier caso, el 80% del parque permanece en buenas condiciones, según cuenta el director de este espacio natural protegido, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1986.
Su parte más noble se ha “autoprotegido, por así decirlo”, pues los bosques más antiguos, en los que ha habido menos interferencia humana, son los que mejor se conservan en los incendios
. Ha ardido la zona joven, “la más castigada en el pasado” y en la que llevaban 25 años realizando un “verdadero esfuerzo” a través de un programa de recuperación ecológica.
La mayoría de los árboles de la laurisilva poseen, no obstante, capacidad de rebrote a partir de la cepa, la parte superior de las raíces donde aflora el tronco de la planta. Eso sí, ello depende de la intensidad con la que hayan sido afectadas por el fuego.
Por esta razón es necesario realizar un seguimiento. Hasta dentro de unos meses no podrán saber con seguridad la magnitud de la catástrofe.
“La laurisilva del Parque Nacional de Garajonay es única debido a su carácter insular, lo cual ha sido un reto a la hora de gestionar este espacio”, comenta Fernández.
Se muestra casi convencido de que no se perderá ninguna especie animal, y espera que tampoco lo haga ninguna vegetal, aunque en este último caso puede ofrecer menos garantías.
Hay 50 especies de flora endémicas de La Gomera, y 153 de fauna, según el Ministerio de Medio Ambiente
. “Las palomas canarias son quizás las más conocidas”, apunta el director. “Aunque muchos animales han perdido su hábitat, se han trasladado a otras zonas del parque”, prosigue.
A pesar de su optimismo respecto a la recuperación del Garajonay, Fernández reconoce que no había habido jamás un incendio tan virulento.
Y concluye: “El ser humano cree que tiene capacidad de hacer frente a todo, pero no es cierto”.
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