Me meto en el Okay al final de la tarde.
En el vestíbulo, al aire libre, está el amigo Ayamonte. Yo más bien no tengo ganas de hablar
. Confiaba en que sentado a la mesa no hubiera nadie, para así poder mirar al sol sobre las colinas sin abrir la boca. Ayamonte me pone su cara más tierna y por fin se decide. "Invítame a una cerveza", suplica
. Le invito a una cerveza y le dejo para la siguiente. Detrás de la barra hay una china nueva, alta, bastante rotunda. A saber qué traspasos se han hecho entre ellos los chinos, porque ya he visto a muchos, y a muchas también altas y bien asentadas como la nueva, y a tantos desaparecer del local.
En algún punto de China debe de haber mujeres altas, de caderas anchas, bien distribuido el cuerpo, los pómulos altos y los labios contorneados
. Mujeres de alguna belleza en la cara, belleza ruda, descreída, aunque la hermosura de sus cuerpos para mi gusto es indudable.
De pie, apoyado en la puerta de entrada, me acabo mi agua mineral.
El sol es salvaje sobre el toldo. Todavía hay autocares de turistas en el parque Güell
. De repente Ayamonte se arranca con un fandanguillo.
Antes me ha preguntado que cómo me van las cosas. La letrilla gitana habla de un poeta. Sonríe con la boca abierta, las cejas alzadas por el misterio de su vida. No hace mucho, un mediodía, me contó cómo peinaba todos estos collados a la vista de caracoles y espárragos trigueros y así se ganaba el sustento. Otro día me habló de sus heridas en la guerra de la antigua Yugoslavia. Heridas mentales, se entiende. Le sorprende que uno sea buena persona, educada y desprendida
. A mí el dinero me quema en las manos. Nunca tendré dinero ni para comprar una casa en Tenerife. El mundo te absuelve a través de personas como Ayamonte, los pocos dientes riendo con el sol de la tarde.
21 jul 2012
20 jul 2012
“Todavía sueño que esnifo cocaína”
Elton John cuenta sus secretos de 50 años de vida entre drogas, alcohol y sida.
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Estos días ha estado promocionando su biografía en Estados Unidos y no hay entrevista en la que no aborde su adicción a las drogas, el sida o su relación con su hijo —que nació en diciembre de 2010 fruto de un vientre de alquiler—, asuntos que nunca ha rehuido comentar pero que ahora trata desde otra perspectiva.
"Soy muy afortunado por no tener sida”, contó John en programa de televisión Today de la cadena NBC, tras reconocer que en los primeros años de conocerse la enfermedad, cuando la pandemia se cebaba con la comunidad gay, no tomó precauciones a la hora de mantener relaciones sexuales. “Cuando mezclas el alcohol y las drogas te sientes invencible”, explicó la estrella británica.
Los problemas con las drogas del cantante son un asunto recurrente del que él no solo no se escabulle sino que recuerda casi constantemente.
“Todavía sueño un par de veces a la semana que estoy esnifando cocaína”, reconoció a la cadena de radio NPR. Lo que más parece lamentar John de su adicción es que le mantuviera insensible a la muerte de sus amigos, víctimas del sida.
“Desperdicié una gran parte de mi vida. Era un drogadicto y solo pensaba en consumir.
La gente, mis amigos, no paraban de morirse a mi alrededor y, sin embargo, yo no hice nada por parar y cambiar mi vida”, desveló en su entrevista a Today.
El punto de inflexión que le determinó a desintoxicarse fue la muerte de Ryan White, un adolescente seropositivo al que conoció en Indiana.
De acuerdo con sus memorias, la muerte del joven le llevó a reflexionar sobre el hecho de que mientras él estaba pendiente de conseguir cocaína, no había hecho nada para ayudar a otras personas portadoras del VIH. Algo que ha compensado con creces a través de su fundación para la lucha contra el sida con la que ha recaudado más de 224 millones.
El cantante también recuerda el momento en el que declaró su homosexualidad desde la portada de la revista Rolling Stone en 1976.
“Honestamente, tuve un poco de miedo de las consecuencias para mi carrera porque en EE UU empezaron a quemar varios de mis discos y las radios me vetaron.
Sin embargo la repercusión fue bastante menor que la que lograron las Dixie Chiks, cuando se manifestaron en contra de la guerra de Irak”, reconoció.
Desde diciembre de 2010, su marido, David Furnish y él, son padres de Zachary, fruto de un vientre de alquiler, y la experiencia es tan gratificante que John comentó en el programa de televisión que esperaba tener más hijos en el futuro.
“No he visto un niño más feliz, ni unos padres tan orgullosos como nosotros”.
Eso sí, el cantante reconoció que teme el día en que su hijo le pregunte por qué no tiene una mamá.
Seguro que, como el resto de los acontecimientos que han marcado su vida, él mismo relatará a la prensa cuál fue su reacción, si es que no la traduce en música primero o la escribe en su segundo volumen de memorias.
Lágrimas o cosmética
La diputada Andrea Fabra, en el Congreso de los Diputados / GORKA LEJARCEGI
Los banqueros no lloran, pero por primera vez alguno pide perdón.
Algo tan inusual que la publicidad en prensa de dos financieros contritos se ha convertido en noticia.
Y eso en un país donde hace cuatro meses el Rey había pedido disculpas en público por primera vez
. En una España tan poco dada históricamente a la contrición en voz alta, en poco más de una semana se han registrado, además, otras dos peticiones de excusas: la del gobernador del Banco de España y, en la política, la de la diputada Andrea Fabra —la del “que se jodan”—. Como si el Perdóname del Dúo Dinámico fuera la canción del verano. ¿O es solo una melodía cosmética?
“Antes de nada, perdón”.
Con ese título, y después de todo —venta de productos tóxicos, inversiones imprudentes e indemnizaciones millonarias a exdirectivos—, el presidente ejecutivo de Novagalicia Banco, José María Castellano, y su consejero delegado, César González-Bueno, se han convertido en los primeros financieros españoles que piden disculpas en esta crisis a sus clientes víctimas de la mala gestión.
Aunque en el tercer párrafo advertían de que las “malas prácticas se produjeron antes de nuestra llegada”.
Tampoco han rechistado cuando, días después, una sentencia les ha obligado a devolver el dinero de una preferente. “Nosotros lo que queremos es pagar, no recurrir [el fallo]” —ellos querrían, pero Bruselas no les deja: defiende que el dinero público, como los 3.600 millones de euros que ha recibido Novagalicia, no está para eso—. Planteó ese deseo el primero de los directivos de la entidad gallega, que, amén de pioneros del perdón financiero —se han reunido con inversores arruinados—, lo son también de la imagen del banquero en mangas de camisa ante la prensa.
“En términos de imagen pública, lo han bordado”, murmura con cierta envidia una fuente del sector de las entidades financieras con inyección de dinero público.
“No todo el mundo actúa igual, porque no todo el mundo tiene la misma situación”, defiende otra que tampoco ha apostado por esa vía. Pero para un experto en comunicación la cosa está clara: “En un país donde todos tienden a echar balones fuera, pedir perdón es un buen gesto”.
Así lo valora Enrique Alcat, profesor de comunicación empresarial en el IE Business School. “Es una estrategia fantástica, perfecta en el clima de desconfianza hacia la banca.
El primero que pide perdón, chapó. Aunque pueda ser de forma cosmética, es un éxito, una operación bien diseñada”, añade.
El que se disculpa primero gana terreno, sostiene el experto.
“El mea culpa debería entonarlo toda la banca. ¿No se decía que era la más solvente del mundo? Pero esto es inviable, entre otras cosas porque los bancos que van bien no se quieren mezclar con los que van mal”, plantea Alcat. La patronal de la banca, AEB, ha incidido en que ninguna de sus entidades ha fracasado.
Y el banquero Botín planteó: “Los que hemos pagado impuestos y no tenemos ayuda del Estado somos menos culpables que los que tienen apoyos públicos”. La patronal de las cajas, CECA, se ha limitado a admitir que la reputación de las entidades “está muy tocada”. “No creo que se vaya a poner de moda entre los banqueros pedir perdón.
No sería algo creíble, sino una cuestión cosmética”, zanja Alcat.
Pero al primero ha seguido el segundo a los pocos días.
El martes, Luis Linde, el jefe y supervisor de todos banqueros, se convertía en el primer gobernador del Banco de España que pide disculpas por la actuación “con poca decisión, de modo insuficiente o inadecuado”. En el Congreso hizo una fuerte autocrítica, aunque él no tuviera poder cuando flaqueó la supervisión: “Soy solidario con lo hecho, aunque eso no me haga sentirme feliz. De alguna manera, también era mi responsabilidad”.
“En un momento de falta de ética y de principios, cae simpático automáticamente quien pide perdón.
Tener la humildad de hacerlo es una buena forma de recuperar la confianza”, señala Alcat
. Pero para que no se quede en lágrimas de cocodrilo —o de financiero, un mundo plagado de tiburones—, el gesto debe ir acompañado del “resarcimiento del daño causado”, apostilla.
El perdón, que solo es completo si lo otorga la víctima, debe incluir arrepentimiento y propósito de la enmienda. Como en la confesión católica del pecado. Y esos elementos están en el anuncio de Novagalicia: “Hoy garantizamos que no volverá a ocurrir nada semejante”, afirman los responsables de la entidad tras dejar sentado que ellos no estaban al frente en la época de los desmanes.
En eso, precisamente, incide Manuel Pardos, presidente de la Asociación de Usuarios de Bancos, Cajas y Seguros (ADICAE). “Nos parece muy bien que los directivos de Novagalicia Banco hayan pedido perdón, pero son los nuevos”.
Otros distintos de los que, en las antiguas cajas de ahorro, fueron capaces de permitir la venta de complejos productos financieros a clientes analfabetos. “Si hubieran sido Rato [expresidente de Bankia], Amorós u Olivas [Caja de Ahorros del Mediterráneo] tendría más mérito, porque serían banqueros que pedirían perdón por sus actuaciones”, recalca Pardos.
Pero por ahí, silencio. En Bankia recuerdan que el nuevo presidente, José Ignacio Goirigolzarri, admitió que parte de sus clientes están “decepcionados” y citó el “desasosiego” de los empleados por tener “tensiones y desencuentros con sus clientes” que adquirieron preferentes.
Lo dijo en una junta general donde un empleado, Francesc Xavier Capallera, sí pidió perdón. Ahora, este bancario es reacio a hablar sobre aquello, descontento por cómo los medios reprodujeron sus palabras.
Tal como están las cosas en el sector financiero, pedir perdón puede no salir gratis.
“Quedas estupendamente, pero puede ponerte a los pies de un juez”, afirman en el sector que ha necesitado inyección pública.
Y así es. ADICAE, experta en perseguir escándalos financieros —ha presentado una querella contra Bankia y está personada como acusación popular en el caso ya abierto; también es parte acusadora contra Caja Castilla-La Mancha (CCM) y plantea hacer lo mismo en la Caja de Ahorros del Mediterráneo—, está ojo avizor con los arrepentidos.
“El anuncio de Novagalicia Banco nos sirve como prueba de que hubo una comercialización fraudulenta”, asegura Pardos.
Porque la estrategia de ADICAE pasa por ahí: pedir que declaren como testigos quienes soliciten perdón por los errores, incluidos los empleados de banca.
En la asociación creen que los arrepentidos son una palanca inmejorable para que se ahonde en las responsabilidades de los directivos responsables de los desmanes.
De ahí que proyecten pedir que declare en el caso Bankia el responsable de una sucursal de Girona que pidió disculpas en la junta de accionistas.
Una manera de tirar de la manta, pero también un posible freno a las eventuales peticiones de disculpas, dicen en el sector de las descoyuntadas cajas.
¿De qué les sirve a las víctimas que les pidan perdón?
“Uno no se conforma con eso cuando su dinero está en juego”, dice Pardos.
“Lo que puede producir satisfacción es una recuperación razonable de los ahorros”, apostilla. “Si no hay reparación del daño, no hay concesión de perdón. Si uno no recupera sus 30.000 euros ¿cómo va a perdonar?”, plantea Alcat.
“Cuando uno ha perjudicado a muchos, pedir disculpas suena a falso, a cosmético”, tercia el sociólogo Daniel Kaplún. Máxime si además se tarda mucho en hacerlo. “Las disculpas empiezan a proliferar porque existe una gran irritación social, que provoca intolerancia cuando el poder sigue siendo prepotente”.
A su juicio, quien más éxito ha logrado con sus excusas ha sido el Rey tras la cacería de Botsuana. “Fue más allá de las disculpas y reconoció el error. Dio la sensación de un arrepentimiento sincero para muchos”.
Una sociedad igualitaria, como lo son las democráticas, es más dada al reproche.
Exige el cumplimiento de la ley y, también, la buena conducta. “El ‘cumple la ley y haz lo quieras” del Estado de derecho clásico ya no es suficiente”, plantea el filósofo y letrado Javier Gomá, autor de Ejemplaridad pública (Taurus, 2009). “Hay un plus extrajurídico que la sociedad demanda y que, si no se cumple, provoca un fortísimo reproche social”. Y frente a eso llegan las excusas, y a veces el perdón, “que entraña reconocerse deudor”. “Va más allá del ‘asumo mi responsabilidad’ tan vivo en el ámbito político y que quiere decir ‘asumo el desgaste pero no dimito’.
El perdón implica que se asume una deuda por el daño producido”, detalla Gomá. Y eso, aunque la conducta que ocasionó el perjuicio fuera legal.
¿Hay que creerse a quienes piden perdón? Usted verá. “Los actos humanos rara vez son químicamente puros”, advierte Gomá.
Algo tan inusual que la publicidad en prensa de dos financieros contritos se ha convertido en noticia.
Y eso en un país donde hace cuatro meses el Rey había pedido disculpas en público por primera vez
. En una España tan poco dada históricamente a la contrición en voz alta, en poco más de una semana se han registrado, además, otras dos peticiones de excusas: la del gobernador del Banco de España y, en la política, la de la diputada Andrea Fabra —la del “que se jodan”—. Como si el Perdóname del Dúo Dinámico fuera la canción del verano. ¿O es solo una melodía cosmética?
“Antes de nada, perdón”.
Con ese título, y después de todo —venta de productos tóxicos, inversiones imprudentes e indemnizaciones millonarias a exdirectivos—, el presidente ejecutivo de Novagalicia Banco, José María Castellano, y su consejero delegado, César González-Bueno, se han convertido en los primeros financieros españoles que piden disculpas en esta crisis a sus clientes víctimas de la mala gestión.
Aunque en el tercer párrafo advertían de que las “malas prácticas se produjeron antes de nuestra llegada”.
Tampoco han rechistado cuando, días después, una sentencia les ha obligado a devolver el dinero de una preferente. “Nosotros lo que queremos es pagar, no recurrir [el fallo]” —ellos querrían, pero Bruselas no les deja: defiende que el dinero público, como los 3.600 millones de euros que ha recibido Novagalicia, no está para eso—. Planteó ese deseo el primero de los directivos de la entidad gallega, que, amén de pioneros del perdón financiero —se han reunido con inversores arruinados—, lo son también de la imagen del banquero en mangas de camisa ante la prensa.
“En términos de imagen pública, lo han bordado”, murmura con cierta envidia una fuente del sector de las entidades financieras con inyección de dinero público.
“No todo el mundo actúa igual, porque no todo el mundo tiene la misma situación”, defiende otra que tampoco ha apostado por esa vía. Pero para un experto en comunicación la cosa está clara: “En un país donde todos tienden a echar balones fuera, pedir perdón es un buen gesto”.
Así lo valora Enrique Alcat, profesor de comunicación empresarial en el IE Business School. “Es una estrategia fantástica, perfecta en el clima de desconfianza hacia la banca.
El primero que pide perdón, chapó. Aunque pueda ser de forma cosmética, es un éxito, una operación bien diseñada”, añade.
El que se disculpa primero gana terreno, sostiene el experto.
“El mea culpa debería entonarlo toda la banca. ¿No se decía que era la más solvente del mundo? Pero esto es inviable, entre otras cosas porque los bancos que van bien no se quieren mezclar con los que van mal”, plantea Alcat. La patronal de la banca, AEB, ha incidido en que ninguna de sus entidades ha fracasado.
Y el banquero Botín planteó: “Los que hemos pagado impuestos y no tenemos ayuda del Estado somos menos culpables que los que tienen apoyos públicos”. La patronal de las cajas, CECA, se ha limitado a admitir que la reputación de las entidades “está muy tocada”. “No creo que se vaya a poner de moda entre los banqueros pedir perdón.
No sería algo creíble, sino una cuestión cosmética”, zanja Alcat.
Pero al primero ha seguido el segundo a los pocos días.
El martes, Luis Linde, el jefe y supervisor de todos banqueros, se convertía en el primer gobernador del Banco de España que pide disculpas por la actuación “con poca decisión, de modo insuficiente o inadecuado”. En el Congreso hizo una fuerte autocrítica, aunque él no tuviera poder cuando flaqueó la supervisión: “Soy solidario con lo hecho, aunque eso no me haga sentirme feliz. De alguna manera, también era mi responsabilidad”.
“En un momento de falta de ética y de principios, cae simpático automáticamente quien pide perdón.
Tener la humildad de hacerlo es una buena forma de recuperar la confianza”, señala Alcat
. Pero para que no se quede en lágrimas de cocodrilo —o de financiero, un mundo plagado de tiburones—, el gesto debe ir acompañado del “resarcimiento del daño causado”, apostilla.
El perdón, que solo es completo si lo otorga la víctima, debe incluir arrepentimiento y propósito de la enmienda. Como en la confesión católica del pecado. Y esos elementos están en el anuncio de Novagalicia: “Hoy garantizamos que no volverá a ocurrir nada semejante”, afirman los responsables de la entidad tras dejar sentado que ellos no estaban al frente en la época de los desmanes.
En eso, precisamente, incide Manuel Pardos, presidente de la Asociación de Usuarios de Bancos, Cajas y Seguros (ADICAE). “Nos parece muy bien que los directivos de Novagalicia Banco hayan pedido perdón, pero son los nuevos”.
Otros distintos de los que, en las antiguas cajas de ahorro, fueron capaces de permitir la venta de complejos productos financieros a clientes analfabetos. “Si hubieran sido Rato [expresidente de Bankia], Amorós u Olivas [Caja de Ahorros del Mediterráneo] tendría más mérito, porque serían banqueros que pedirían perdón por sus actuaciones”, recalca Pardos.
Pero por ahí, silencio. En Bankia recuerdan que el nuevo presidente, José Ignacio Goirigolzarri, admitió que parte de sus clientes están “decepcionados” y citó el “desasosiego” de los empleados por tener “tensiones y desencuentros con sus clientes” que adquirieron preferentes.
Lo dijo en una junta general donde un empleado, Francesc Xavier Capallera, sí pidió perdón. Ahora, este bancario es reacio a hablar sobre aquello, descontento por cómo los medios reprodujeron sus palabras.
Tal como están las cosas en el sector financiero, pedir perdón puede no salir gratis.
“Quedas estupendamente, pero puede ponerte a los pies de un juez”, afirman en el sector que ha necesitado inyección pública.
Y así es. ADICAE, experta en perseguir escándalos financieros —ha presentado una querella contra Bankia y está personada como acusación popular en el caso ya abierto; también es parte acusadora contra Caja Castilla-La Mancha (CCM) y plantea hacer lo mismo en la Caja de Ahorros del Mediterráneo—, está ojo avizor con los arrepentidos.
“El anuncio de Novagalicia Banco nos sirve como prueba de que hubo una comercialización fraudulenta”, asegura Pardos.
Porque la estrategia de ADICAE pasa por ahí: pedir que declaren como testigos quienes soliciten perdón por los errores, incluidos los empleados de banca.
En la asociación creen que los arrepentidos son una palanca inmejorable para que se ahonde en las responsabilidades de los directivos responsables de los desmanes.
De ahí que proyecten pedir que declare en el caso Bankia el responsable de una sucursal de Girona que pidió disculpas en la junta de accionistas.
Una manera de tirar de la manta, pero también un posible freno a las eventuales peticiones de disculpas, dicen en el sector de las descoyuntadas cajas.
¿De qué les sirve a las víctimas que les pidan perdón?
“Uno no se conforma con eso cuando su dinero está en juego”, dice Pardos.
“Lo que puede producir satisfacción es una recuperación razonable de los ahorros”, apostilla. “Si no hay reparación del daño, no hay concesión de perdón. Si uno no recupera sus 30.000 euros ¿cómo va a perdonar?”, plantea Alcat.
“Cuando uno ha perjudicado a muchos, pedir disculpas suena a falso, a cosmético”, tercia el sociólogo Daniel Kaplún. Máxime si además se tarda mucho en hacerlo. “Las disculpas empiezan a proliferar porque existe una gran irritación social, que provoca intolerancia cuando el poder sigue siendo prepotente”.
A su juicio, quien más éxito ha logrado con sus excusas ha sido el Rey tras la cacería de Botsuana. “Fue más allá de las disculpas y reconoció el error. Dio la sensación de un arrepentimiento sincero para muchos”.
Una sociedad igualitaria, como lo son las democráticas, es más dada al reproche.
Exige el cumplimiento de la ley y, también, la buena conducta. “El ‘cumple la ley y haz lo quieras” del Estado de derecho clásico ya no es suficiente”, plantea el filósofo y letrado Javier Gomá, autor de Ejemplaridad pública (Taurus, 2009). “Hay un plus extrajurídico que la sociedad demanda y que, si no se cumple, provoca un fortísimo reproche social”. Y frente a eso llegan las excusas, y a veces el perdón, “que entraña reconocerse deudor”. “Va más allá del ‘asumo mi responsabilidad’ tan vivo en el ámbito político y que quiere decir ‘asumo el desgaste pero no dimito’.
El perdón implica que se asume una deuda por el daño producido”, detalla Gomá. Y eso, aunque la conducta que ocasionó el perjuicio fuera legal.
¿Hay que creerse a quienes piden perdón? Usted verá. “Los actos humanos rara vez son químicamente puros”, advierte Gomá.
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