Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

29 jun 2012

El volcán en El Hierro vuelve a activarse

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Imagen de la erupción en El Hierro el pasado noviembre. / RAFA AVERO
El Gobierno de Canarias, en colaboración el Instituto Geológico Nacional (IGN), ha activado el semáforo amarillo por riesgo volcánico en la isla de El Hierro, concretamente para las zonas de El Julan y La Dehesas. La decisión se ha tomado tras detectarse un aumento “significativo” tanto de los movimientos sísmicos, que comenzaron el 24 de junio, como de la deformación horizontal del terreno, que ha sumado tres centímetros desde el reinicio de la actividad.
En apenas dos días se han registrado más de 200 seísmos en la isla con una magnitud entre 2 y 3,4 en la escala de Richter, que pudieron sentirse al suroeste de Frontera y al oeste de El Pinar. Ante la posible reactivación del fenómeno eruptivo, el director general de Seguridad y Emergencias del Gobierno de Canarias, Juan Manuel Santana, ha advertido de que solo se trata de una medida preventiva y la “activación de los recursos ante un nuevo proceso eruptivo”.
Los expertos del Instituto Volcanológico de Canarias señalan que se trata de una situación de preemergencia y que la deformidad del suelo marino, que ya ha sido verificada, se ha producido de manera rápida, ya que en la totalidad del proceso eruptivo anterior el punto máximo de deformidad fueron cinco centímetros, mientras que ahora, en apenas tres días, ha alcanzado una cifra similar. Durante los dos últimos días se han registrado desplazamientos horizontales de dos centímetros hacia el este, de tres hacia el norte, así como una elevación vertical de dos centímetros. Por el momento no se prevé la evacuación de ninguna zona de la isla.

Pero, ¿quién va al cine? por Carlos Boyero

Sesión de cine para la tercera edad en el centro comerical de La Vaguada (Madrid). / ÁLVARO GARCÍA
La primera vez que escuché aquello tan complejo, susurrado con tono entre pragmático y trágico de "Todo debe cambiar para que todo siga igual" me impresionó.
 Fue antes de leer la novela de Lampedusa, en la memorable adaptación al cine que hizo Visconti (director que tantas veces me ha resultado insoportable), identificándola con la grandiosa tristeza de ese Burt Lancaster que recorriendo su palacio en medio de un baile va despidiéndose mentalmente de tantas cosas que amó.
Pero después de oír repetida hasta el hartazgo esta filosófica y premonitoria sentencia en las bocas y en la escritura de personajes convencionales o indeseables para certificar todo tipo de tonterías, he llegado a odiarla.
 Me suena a tópico, a frase hecha, a gañán tirándose el rollo culturalista.
 Pero íntimamente me resulta obsesionante la seguridad de que muchas cosas están cambiando para mal y de que ya nada será igual.
Constato en el nuevo diseño de alguna revista semanal dedicada a las posibilidades de ocio en Madrid que no solo ha desaparecido el listado de restaurantes de toda la vida (solo aparecen los fashion, pero esa omisión no me preocupa, comer bien siempre estará de moda, no necesita reseñas ni publicidad en las páginas dedicadas a las tendencias), sino que en la cada vez más escuálida cartelera de cine (todos los meses entierran alguno de los antiguos templos) ha desaparecido el listado de las películas que exhiben. Es absurdo, aunque eso no evita el escalofrío.
 Pero también existen satisfacciones en esos templos que se llevará el viento.
Disponiendo de tarjetas que me permiten el acceso gratuito a muchas salas de cine y no preocupándome imperdonablemente por conocer el precio de las entradas, hace tiempo que me sorprendió ir al cine determinado día de la semana y comprobar que tenía abundante compañía, algo insólito en esas islas progresivamente desoladas.
 Y me planteaba las gozosas razones de que ese día hubiéramos coincidido tanta gente en nuestro deseo de ir al cine.
 En mi caso, por obligación, ya que la mayoría de las veces lo que me mostraba la pantalla no guardaba el menor parentesco con el paraíso.
 También constaté que a pesar de mi provecta edad, debía de ser el más joven de la sala. Pero me llevó tiempo, debido a mi simpleza, descubrir el enigma de los cines llenos.
 Infaliblemente, ese día era martes.
 Y la entrada solo costaba un euro para aquellos que demostraran haber cumplido sesenta años.
 Tampoco puede ser casual que se hagan numerosas películas sobre ancianos que no se resignan a esperar con terror o con amargura, en residencias o en soledad, la llegada de la muerte.
 Que aún poseen hambre de vida, de compañía, de placer. Incluso de sexo. Son películas convenientemente amables, humorísticas, tiernas, interpretadas por gente con justificado pedigrí, utilizando la identificación emocional a gusto del potencial cliente. Normal.
¿Y qué oferta consume el público que podría salvar las salas de cine, la gente entre 15 y 25 años?
 Pues eso, lo que les gusta, crepúsculos vampíricos, niños magos, fugas (o ausencias) de cerebros, tengo ganas de no sé qué. En fin, los gustos son sagrados. ¿Y los adultos? Sospecho que exclusivamente películas infantiles, obedeciendo el bendito ritual de llevar a los niños al cine.
Temblando estoy de que algunos críos que amo me pidan que veamos Ice age 4. Pero qué gozo cuando esas películas de dibujos animados llevan la firma de Pixar.

28 jun 2012

REBELIÖN

REBELIÓN

A mí, cabeza abajo, no me hablen,

estoy en posición de arrepentido,
en firme posición de concentrado
viendo venir las cosas de otro modo.

A mí, cabeza abajo, no me toquen,

estoy, por los caminos de la sangre,
buscando explicación a lo imposible,
perdido en un conflicto de neuronas.

A mí, cabeza abajo, no me juzguen,
bastante tengo ya con la colmena
de asuntos que convoca mi cerebro
para verlos venir mientras declinan.

A mí, cabeza abajo, no me obliguen,
estoy pero no estoy para recados,
estoy pero pendiendo de una rama,
estoy mirando al mundo, desafiante.
 A mí, cabeza abajo, no me quieran,
los actos del amor exigen siempre
del tino del que va con firme aliento
al lecho improvisado de los surcos.

A mí, cabeza abajo, no me escriban,
no me vengan con cantos de sirena,
no me den de comer de modo indigno,
yo estoy a lo que estoy sin condiciones.

A mí, cabeza abajo, no me aruñen,
no me inciten con noches boreales,
no me enciendan la luces de la sala,
no me amenacen con ponerme recto.

A mí, cabeza abajo, ni una quebranto,
ni hacer el pino para ver mis ojos,
ni sentir compasión por mis riñones,
ni proponerme para premio alguno.

Sobre todas las cosas, no me recen,
ni digan: Dios perdone su impostura.

Los amantes por Elvira Lindo

La Iglesia tiene un resorte especial para reaccionar si se refiere a relaciones consentidas con mujeres. Sobre los pecados verdaderos, en cambio, prefiere correr el célebre tupido velo.

n la foto vemos a un hombre y a una mujer abrazados mientras se dan un baño. Algo tendrá el agua cuando la bendicen tantos enamorados. Quién no ha experimentado alguna vez el irreprimible deseo de acariciar a quien ama dentro del agua. No sólo obedece a un impulso erótico, también la madre siente ternura al bañarse con el bebé o los niños al jugar entre ellos. Las fotos que destapó la prensa argentina y que han dado la vuelta al mundo no muestran más que eso: un hombre y una mujer queriéndose en el agua. No hay poseedor ni poseída. No se trata de una niña o un niño con un adulto. Los dos aparentan una edad parecida y sus rostros comparten la misma felicidad. Son imágenes idénticas a las que ilustran cualquier álbum familiar. La peculiaridad no está a la vista pero la hemos leído descrita en titulares: el hombre es obispo. Y las reglas de la Iglesia Católica son conocidas: sus pastores tienen prohibidas las relaciones sexuales o eróticas. Por tanto, Benedicto XVI, fiel a las exigencias del celibato apostólico, ha aceptado la renuncia del obispo Bargalló, que viene a traducirse como una destitución enmascarada.

No voy a entrar en cuáles son, a mi juicio, las consecuencias de la combinación explosiva entre la renuncia a una vida sentimental y el ejercicio de un poder excesivo, pero sí se me ocurre señalar que hubiera sido deseable que la rapidez con que la Iglesia ha hecho cumplir la norma en un caso en que dos adultos voluntariamente se abrazaban hubiera funcionado de manera aún más implacable cuando se trataba de “célibes” que abusaban de niños o de personas que, por alguna razón, se encontraban indefensas.
Está claro que la Iglesia tiene un resorte especial para reaccionar si se refiere a relaciones consentidas con mujeres.
 Sobre los pecados verdaderos, en cambio, prefiere correr el célebre tupido velo.