Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

11 jun 2012

Dios no puede equivocarse


La velocidad de la luz es un límite inviolable para la teoría de la relatividad de Einstein. / Cordon Press
Los lectores propensos a tomar un aperitivo los sábados comprobarían ayer que en los bares hay dos tipos de personas: los que vibraban meses atrás porque Einstein se había equivocado, y los que se alegran ahora de que los equivocados fueran los que vibraban.
Si Einstein hubiera levantado la cabeza el pasado 23 de septiembre y hubiera leído la portada de El Mundo, que declaraba inaugurada la era de los viajes al pasado, lo más probable es que hubiera respondido: “De ser así lo sentiría por el buen Dios, porque mi teoría es correcta”.
Es lo que respondió en una situación similar, o peor.
El físico Dario Autiero y los científicos del experimento Opera del Instituto Nacional de Física Nuclear italiano habían medido una velocidad de vuelo de los neutrinos superior a la de la luz.
 Hicieron el anuncio en el laboratorio Europeo de Física de partículas (CERN), que había intervenido marginalmente en el experimento como proveedor de neutrones.
En realidad, toda la plana mayor de la física teórica había arrugado el hocico ante el resultado anunciado en septiembre: que los neutrinos pueden viajar más rápido que la luz, un límite inviolable para la teoría de la relatividad de Einstein.
 Parecían pensar, como hubiera hecho Einstein, que si el experimento contradecía la teoría, lo que estaba mal era el experimento, no la teoría.
 Si la ciencia es esclava de los datos, esa puede parecer una actitud curiosa, arriesgada y hasta anticientífica: un ejemplo más del carácter conservador de la élite científica.
Pero Einstein y la élite científica tenían razón.
 El experimento del CERN ha muerto y la teoría de Einstein sigue viva. Lo sentimos por el buen Dios. Y por el portadista que soñaba con viajar al pasado.
La velocidad de la luz es una ley fundamental de la naturaleza
Incluso el director científico del CERN, Sergio Bertolucci, admitía el viernes en Kioto: “Aunque este resultado no es tan emocionante como algunos habrían deseado, es lo que todos esperábamos en el fondo”. Buena salida, aunque por la tangente. Bertolucci logró incluso transmutar de algún modo el planchazo en una lección edificante.
 “La historia atrapó la imaginación pública”, dijo, “y ha dado a la gente la oportunidad de ver en acción el método científico; un resultado inesperado se ha sometido a escrutinio, se ha investigado rigurosamente y se ha resuelto gracias, en parte, a la colaboración entre experimentos normalmente competitivos entre sí. Así es como la ciencia avanza”.
 Es una excusa, aunque también es verdad.
Pero entonces, ¿a qué viene esa arrogancia de los físicos? ¿Es que acaso saben que la relatividad es verdad, hasta el extremo de no dar crédito a los experimentos que la contradicen? ¿No es la verdad un concepto ajeno a la ciencia, un cuerpo de conocimiento que se declara en permanente revisión? ¿No es esa al fin y al cabo la lección que nos dejó Karl Popper, para quien la esencia de una teoría científica que merezca tal nombre es justo su carácter provisional y refutable, su vocación autodestructiva, su humillación permanente ante la dictadura de los datos que escupen sin cesar los telescopios espaciales, los secuenciadores de genes y los aceleradores de partículas?
 Ya ven que no: por ahora la teoría que hay que revisar no es la de Einstein, sino la de Popper.
Si la refutabilidad fuera el criterio del valor científico de una teoría, las agencias de evaluación ganarían todos los días el premio Nobel.
 Los horóscopos son extremadamente refutables —bastaría guardar el periódico hasta el día siguiente para refutarlos todos de tauro a sagitario—, pero eso no los convierte en una teoría científica.
 La gravitación de Newton no es una buena teoría por ser refutable, sino por ser simple, autoconsistente, fructífera y luminosa.
A grandes velocidades empieza a fallar y hay que sustituirla por la relatividad de Einstein, pero eso no tiene mucho que ver con una refutación popperiana: las ecuaciones de Newton viven dentro de las de Einstein.
 No son mentira, sino el aspecto que ofrece la verdad mirada desde el balcón del primer piso.
 Mientras desarrollaba las matemáticas de la relatividad general, Einstein ni se molestó en considerar los formalismos incompatibles con la gravitación clásica: sabía que Newton tenía que seguir siendo verdad desde el balcón del segundo piso.
 Un mero ingrediente de una verdad mayor, sí, pero tan cierto como ella.
Los físicos saben que la relatividad es una parte de alguna verdad mayor
De modo similar, los líderes de la física teórica actual saben que la relatividad es solo un ingrediente de alguna verdad mayor que algún día ocupará el tercer piso
. Lo saben porque las ecuaciones de Einstein se deshacen en el mundo microscópico de las partículas subatómicas, y son incompatibles con la mecánica cuántica que rige a esas escalas.
 Buscan una teoría más general y abstracta que abarque a ambas y resuelva esas contradicciones.
 La relatividad aspira a formar parte de una teoría más amplia
. Pero eso es una cosa, y otra muy distinta es que los neutrinos superen la velocidad de la luz. Eso sería una refutación frontal de las que harían salivar a Popper. Implicaría que la mitad de la física del siglo XX es errónea.
Y no puede serlo.
 Las dos bombas que estallaron sobre Hiroshima y Nagasaki son una consecuencia directa de la relatividad de Einstein, y por tanto pueden considerarse una demostración de que la velocidad de la luz es un límite fundamental de la naturaleza que nada puede rebasar
. La ecuación más famosa de la historia, E=mc2, no solo es el fundamento de la energía nuclear, sino también de la solar, porque es la razón de que las estrellas brillen.
 Los láseres y las células fotoeléctricas se derivan de las teorías de Einstein, como la fibra óptica, las tripas de los ordenadores y los vuelos espaciales.
La relatividad general, la gran teoría actual sobre la gravedad, el tiempo y el espacio, y el fundamento de la cosmología moderna, predice la realidad física con una indecente cantidad de decimales.
Y el centro neurálgico de esta teoría es que la velocidad de la luz es un límite fundamental: la clase de frontera que no se saltan ni los neutrinos. Vendrán más profundas teorías que nos harán más sabios, y de las que la relatividad general será solo un caso especial, como la gravitación de Newton lo es de aquella
. Pero no puede ser mentira.
No en el sentido de Popper.
Einstein formuló la relatividad para responder a la pregunta: ¿qué ocurriría si una persona corriera tan deprisa que lograra alcanzar a una onda de luz?
 La persona vería una onda de luz que está quieta, como parece quieto un tren que se mueve en paralelo al nuestro. Pero la velocidad de la luz es una ley fundamental de la naturaleza, y por tanto no puede parecerle quieta a nadie.
La solución de Einstein fue aceptar los hechos y derivar sus consecuencias lógicas, por extrañas que pareciesen.
 La velocidad no es más que el espacio partido por el tiempo.
 Si la velocidad de la luz tiene que ser constante aunque corras tanto como ella, es que el tiempo y el espacio no pueden serlo.
 Esta teoría de 1905 se llama relatividad especial, y una de sus consecuencias directas es la célebre ecuación E=mc2, que reveló que la masa (m) y la energía (E) son dos caras de la misma moneda, y que una ínfima cantidad de masa puede convertirse en una gran cantidad de energía al multiplicarse por el cuadrado de la velocidad de la luz (c), que es un número enorme.
“Los científicos comparten la fe de Einstein en que el mundo es comprensible”, ha dicho el astrónomo real del Reino Unido, Martin Rees.
 Adelantar a los fotones es incomprensible.

Los dilemas del proletariado honrado (Crítica de 'Las nieves del Kilimanjaro' del 27 de abril)

No suelo estar nunca de acuerdo con Boyero, pero ultimamente acertamos ambos en la visión de las Péliculas, no sé si es malo para mi coincidir con ese señor, con el que jamás estuve de acuerdo pero Si en las ültimas Críticas....

Los dilemas del proletariado honrado (Crítica de 'Las nieves del Kilimanjaro' del 27 de abril)

Por: | 27 de abril de 2012
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Cualquier espectador medianamente iniciado solo necesita ver un par de imágenes y escuchar un diálogo para identificar al autor de ese cine.
 El inconfundible mundo de ese artista tan fiel a sí mismo llamado Robert Guédiguian también está ambientado casi siempre en una Marsella que ya nos resulta familiar (escenario que siempre habíamos asociado en el cine con la mafia y el tráfico del heroína), contándonos historias de perdedores dignos educados en la supervivencia y protagonizado inevitable o vocacionalmente por su esposa Ariane Ascaride, por ese señor tan calvo como humano llamado Jean-Pierre Darroussin y por el más duro, turbio o atormentado Gérard Meylan.
 Imagino que las razones para que utilice machaconamente a la misma actriz y a los mismos actores película tras película no obedece exclusivamente al amor que siente por su esposa o para evitar que esta le pida el divorcio, ni a la presumible y vieja amistad que profesa hacia esos intérpretes, sino porque cree que esos rostros y esa forma de ser, de sentir y de actuar responde modélicamente a los personajes que crea, que son los irremplazables transmisores de su mundo.
Guédiguian, concienciado autor de un cine político (ya sé que algún listo creyó descubrir la teoría de la relatividad al afirmar que todo el cine es político, pero tampoco es eso), actitud que le emparenta con el inglés Ken Loach y el italiano Gianni Amelio, a veces acierta plenamente y en algunas ocasiones (pocas) puede resultar previsible o cansino, pero jamás hay rasgos de impostura ni de fórmula en su cine.
 Hay mucho corazón en él.
Y compromiso con lo pretende contar.
Cosas que no supones una bula, que precisan estar acompañadas de complejidad y de talento. Y Guédiguian lo tiene.
Las nieves del Kilimanjaro (que nadie se despiste creyendo que es una nueva adaptación del relato de Hemingway) es el Guédiguian que más me ha conmovido desde hace mucho tiempo.
Y confieso que al principio me asaltan temores de asistir a un panfleto puro y duro.
El protagonista es un líder sindical del puerto que se prejubila, que en medio de la crisis ha colaborado para encontrar un pacto posibilista con la empresa.
No es un pringado, un falsario, un oportunista, un trepa.
Es alguien honrado y con inquebrantable sentimiento de clase, respaldado por una familia cálida, con un presente y un futuro nada amenazantes, con elementos para llenar su tiempo en una jubilación que no presenta síntomas de depresión
. Un suceso brutal y traumático, una violencia incomprensible, va a alterar la cabeza y la percepción sobre las personas y las cosas de este hombre y de su esposa, gente con sentimiento de afirmación en la vida y que estaban punto de hacer el soñado viaje a África que les han regalado sus hijos y sus amigos.
Guédiguian va a retratar de forma veraz y compleja los sentimientos, las contradicciones y los dilemas morales de gente decente después de sufrir una barbarie, el desasosiego y el cuestionamiento de principios que parecían estar muy claros, la complicada solidaridad de los que han encontrado un buen trato en su despido hacia los verdaderamente desesperados, la morralla joven que no cobra indemnizaciones, ni pacta convenios, ni va a encontrar trabajo, ni está respaldada por ningún colectivo en tiempos sombríos.
 E inevitablemente, asocio algunas cosas que me está contando Guédiguian con la potente y emocionante Los lunes al sol. 
 Y celebras la lucidez, la sutileza , la piedad, el respeto y el afecto de este director hacia sus criaturas.
 Y que no haga trampas con ellos.
 Y que sepa contagiarlo al espectador. Guédiguian no es un progre esquemático y previsible. Es inteligente, es honesto, es de verdad. Como su cine.

Los muñecos espaciales no son tan buenos


Darth Vader en versión LEGO, en una de las imágenes de Levinthal. / DAVID LEVINTHAL
Con decenas de planetas a disposición, un padre y sus dos hijos coinciden a la vez justo en el mismo rincón de universo.
 Desde luego que, más allá de espadas láser y poderes de la Fuerza, La guerra de las galaxias tiene algún que otro elemento poco verosímil.
 Aunque la reflexión sobre la realidad no debe de ser precisamente uno de los objetivos principales de una saga de ciencia ficción
. Sí lo es en cambio para los proyectos de David Levinthal.
 Y para Star wars, la última exposición del fotógrafo estadounidense en la que propone una serie de imágenes de muñecos y astronaves (ambos muy frecuentes en sus creaciones) inspiradas en el mundo galáctico. La muestra, que acoge la galería Javier López de La Florida (Madrid), se podrá ver hasta septiembre.
“El espectador es consciente de la ficción pero se replantea su percepción de la realidad.
A veces nos venden cosas irreales como si fueran verdades absolutas”, explica una trabajadora de la galería que atiende al visitante. Dicho de otro modo, a través de 24 primeros planos de muñequitos de LEGO y vehículos galácticos, ante un fondo a menudo negro, el americano busca reproducir historias a medias, sugerir una acción y obligar al espectador a preguntarse: ¿qué estará ocurriendo?
De Darth Vader al cazarrecompensas Boba Fett, de las tropas de asalto al Halcón Milenario, desde las paredes de la galería se asoman caras familiares para el fan de La guerra de las galaxias.
 Y para el de LEGO, marca de la casa de un artista que a sus 70 años sigue disfrutando con los juguetes. “Hay que imaginárselo rodeado de muñecos, creando escenografías como si fuera un niño”, cuentan en la sala Javier López.
A través de sus juguetes, protagonistas de anteriores proyectos como Space y Wild wild west, Levinthal cuenta historias modernas, hechas de sexo, violencia y consumismo.
Con Desire, por ejemplo, retrató a unas barbies con vestidos de alta costura, para criticar la visión de la mujer como objeto del deseo. Y con Hitler moves East mostró en imágenes grises y difuminadas la dureza de la guerra desde el punto de vista de los soldaditos de plástico.
Respecto a aquellos proyectos, en su último trabajo Levinthal ha abandonado las polaroids para pasarse a la impresión de pigmento sobre papel.
Pero sigue manteniendo sujetos y mensajes. “Levinthal emplea los juguetes como referentes de nuestra cultura. Pero considera que no son algo totalmente benigno”, afirma la misma trabajadora.
Ella lo cuenta.
 Y la sala lo repite. El eco llena al igual que el arte el cubo gris que Javier López edificó en 2010 en la zona residencial La Florida.
La galería se halla en medio de un jardín y luce una suerte de pequeña piscina de agua. “Buscábamos un espacio menos convencional.
Queremos que el visitante venga aposta hasta aquí y que sea atendido personalmente”, aseguran en la Javier López
. Aunque algunos espectadores no han apreciado el traslado al mundo bucólico –antes la galería estaba en el barrio céntrico de Alonso Martínez-: ”Hay semanas que no recibimos ninguna visita y otras veces que vienen 10 personas. Es un goteo”
. Debe de haber gente que desde Madrid, por mucho que le guste el arte, la ve como una galaxia muy muy lejana.

La fanática moderación británica


La familia real británica se dirige en carroza a un almuerzo en Westminster Hall el 5 de junio. / MATTHEW LLOYD (REUTERS
Los agentes de la Komintern soviética en Londres mandaron un informe a Lenin sobre la huelga general británica de 1926. Se suponía que este iba a ser el hito decisivo en la históricamente inevitable victoria del proletariado en las islas
. No fue así. Los huelguistas y los policías, enfrentados durante días, resolvieron sus diferencias con un partido de fútbol, que los huelguistas ganaron
. Lenin, al recibir el informe, se indignó.
 Estos no eran revolucionarios serios.
 Ordenó en el acto que se suspendiera el envío de fondos al Partido Comunista británico.
El fervor patriótico y el buen humor con el que se han celebrado esta semana los sesenta años en el trono de la reina Isabel II ofrecen una explicación de por qué Reino Unido se mantuvo al margen de los enfrentamientos ideológicos, los sueños utópicos y los fanatismos varios que devoraron al continente europeo durante buena parte del siglo XX
. Y, también, de por qué se seguirá resistiendo a los cantos de sirena de los extremistas en estos tiempos de incertidumbre y crisis.
Tras la muerte de Lenin, Stalin insistió en el intento de evangelizar a los británicos pero, como los testimonios de sus discípulos en los años treinta demuestran, no hubo manera.
 Arthur Koestler, comunista convencido en aquella época, escribió que los pocos correligionarios del partido que había en Inglaterra exhibían “desviaciones” desconocidas entre los devotos del resto del continente, como la ironía y la excentricidad, y además se enfrentaban al reto imposible de convertir a la fe a un pueblo por naturaleza “sospechoso de toda causa, desdeñoso de todo sistema, aburrido por las ideologías, escéptico con las utopías”.
Los tiempos cambian, pero las cifras de apoyo entre los británicos a la institución real siempre se mantienen en el 80%
Igualmente frustrante fue el destino de la extrema derecha. Oswald Mosley (admirador de Franco, Mussolini y Hitler) fundó la Unión Británica de Fascistas en 1932, pero no conectó con la población. Como simpatizante declarado de los nazis, Mosley fue internado a principios de la Segunda Guerra Mundial.
 Pero, mientras en el resto de Europa el exterminio era la norma, no se le ocurrió al Gobierno británico llevarlo al paredón.
Considerado el resto de sus días más como una figura cómica que como una amenaza al Estado, Mosley murió en su cama en 1980.
¿Qué tiene que ver todo esto con el jubileo de la reina Isabel? Bastante.
 La Monarquía es la expresión y el reflejo del carácter británico.
 Es, al mismo tiempo, una anacrónica frivolidad y una garantía de estabilidad democrática; se la toma muy en serio y con sentido del humor.
 Como dijo el Financial Times en su crónica de los festejos reales sobre el río Támesis, el domingo pasado, se detectó en el millón y medio de personas que acudieron al espectáculo “un atisbo de triunfalismo”, pero, más todavía, el típico reflejo británico “de reírse de sí mismos”.
Ninguna Monarquía ha sido más ridiculizada por su propio pueblo, en siglos pasados y hasta hoy, que la inglesa. Isabel II y su familia han sido el objetivo de todo tipo de bromas y de parodias en televisión (sin excluir a la BBC) y los íntimos pormenores de sus vidas han sido narrados con fruición en los periódicos.
 El drama del heredero al trono, el príncipe Carlos, su esposa Diana y su amante Camilla fue la telenovela de más éxito (quizá en todo el mundo) de los años noventa.
 ¿Quién, en el uso de razón por aquella época, olvidará la anécdota de Carlos, Camilla y el tampón, relatada sin complejos en el supuestamente serio The Sunday Times?
Pero, simultáneamente, por curioso que parezca, los británicos sienten un manifiesto afecto por su reina. Reírse de ella es, precisamente, reírse de sí mismos, pero en el fondo la admiran y están orgullosos de lo que ella (y ellos) representan.
Se demostró en las fiestas patrias que se celebraron esta semana en todo el país y se ha demostrado en las encuestas hechas a lo largo de los últimos cincuenta años: los tiempos cambian, se pasa de ser un imperio a ser un pequeño país con problemas, de Winston Churchill a Tony Blair, de los Beatles a las Spice Girls, de la austeridad a la prosperidad y de vuelta a la austeridad, pero las cifras de apoyo entre los británicos a la institución de la Monarquía se mantienen siempre alrededor del 80%.
El sector republicano, compuesto principalmente por intelectuales de la clase media, es poco representativo del país.
La clase obrera (Lenin daría vuelcos en su tumba) es la más ferviente en su devoción a la reina; como también lo son las minorías étnicas y religiosas.
De los millones que han salido a las calles a festejar el jubileo con banderitas inglesas o gorritos pintados con los colores patrios, muchos han sido negros de origen caribeño o africano, o musulmanes, o sijs con turbantes, o judíos
. En una sinagoga londinense, el sábado de la semana pasada, un rabino propuso a la congregación que rezaran por la reina, que dieran gracias por haber tenido la fortuna de recalar en un país en el que, a diferencia de tantos otros, los judíos han podido convivir en un clima de respeto y paz.
Lo que el rabino quería decir era que Isabel II representaba el polo opuesto al fanatismo; que encarnaba el símbolo de una actitud nacional irónica y tolerante que combina, por un lado, un innegociable compromiso con el sistema democrático más antiguo que hay y, por otro, un reconocimiento de que la vida es cómica e indescifrable (incluso absurda) y que cualquiera que proponga odiar, matar y morir por una ideología que promete el paraíso en la tierra es un embustero, un payaso o un loco.
 Eso es, en el fondo, lo que es ser británico.
Y eso es lo que se celebró esta semana a través de una señora bajita, enigmática y algo fría de 86 años que, por los caprichos del destino, luce una corona en la cabeza, vive en un palacio y ostenta el título de reina.