Los pájaros no piensan en el mundo.
La brisa va, viene, se olvida.
La muerte viene.
Viene el sol a encandilarte. Oye tu corazón.
No pasará de este instante el latido.
Y todo lo que no puedes decir.
Así vuelves cada mañana hasta tu rostro, en cuyo labios solo habita un horizonte de mar, un sol que se aleja, pero cuya irradiación sobre los cielos que se deslizan sin reproche colma tu ceguera
Por Jose Carlos Cataño
6 jun 2012
Carlos Fuentes recibe en el Cervantes el homenaje de sus amigos escritores
José Manuel Caballero Bonald, Julio Ortega, Juan Goytisolo y Víctor García de la Concha en el homenaje a Carlos Fuentes. / LUIS SEVILLANO
Como escritor de ambición y huella, Carlos Fuentes no se conformaba con dominar la imaginación y el lenguaje: quería redimensionar el tiempo.
Rendirlo a sus pies.
Como Joyce, como Cervantes, como Proust, como Dios en la Biblia, sabían que la creación de un mundo en donde cupieran las desdichas de los vivos y la presencia fantasmal de los muertos jugando con los relojes blandos de la eternidad era cuestión de superación, entrega y trabajo.
Ese maestro del mestizaje que ya ha trascendido a sus latidos desde que murió el 15 de mayo en México fue homenajeado ayer en el Instituto Cervantes de Madrid por cuatro amigos: José Manuel Caballero Bonald, Juan Goytisolo, Julio Ortega y el director de la institución, Víctor García de la Concha. Será el primero en un mes donde también se le rendirá tributo en la Casa de América la próxima semana.
A Carlos Fuentes no le gustaba hablar de la muerte: “Le resultaba una pérdida de tiempo. Literalmente. Porque lo detiene, el tiempo, y porque una vez ocurre, no hay mucho que decir”, recordaba su entrañable amigo Ortega.
Por eso se fue de repente este mes, dejando una inmensa obra agrupada bajo el título La edad del tiempo, como no, que es cartografía de un mundo inabarcable a la manera del perfil que Goytisolo trazó de él: “Entre los cronistas de indias, la curiosidad de Humboldt y la cólera de Bartolomé de las Casas”, dijo el escritor español.
Ambos, Ortega y Goytisolo, incidieron e insistieron en la importancia y la obsesión de Fuentes con el tiempo. “Quería crearlo para trascenderlo”, aseguró Goytisolo.
Mientras, Ortega contaba que se encontraba inmerso en la reorganización de su obra y que, para ello, esa constante resultaba crucial: “La temporalidad cambiante según el momento en que se lee”, comentaba. Así se fija una verdad inapelable:
“Cada persona, al leer y releer encontrará otro sí mismo”.
El primer libro de Carlos Fuentes fue Aura, de la que este años se cumplen 50 años y que será leída íntegramente en Casa de América. Pero también lo fue Federico en el balcón, trabajo que dejó inédito y apareció en las páginas de EL PAÍS a raíz de su muerte. “Nunca escribió dos novelas parecidas”, aseguró Goytisolo.
Quizás porque resultaba un escritor ajeno a las clasificaciones, regateador de estilos, obsesionado con la reinvención.
Para él, cada nueva obra era la primera.
Así, alguien puede encontrar obsesiones similares en Aura, Terra nostra o La muerte de Artemio Cruz, ligazones azarosas en La silla del Águila o Diana y la cazadora solitaria y Los años con Laura Díaz, pero jamás hallará la misma estructura, ni el mismo discurso, ni personajes que se le parezcan o tiempos narrativos redundantes.
Fuentes era la aventura y el delirio experimental, la dedicación, la indagación y el trabajo sin excusas volcado en su literatura sin distracciones para redondear esa suma literaria del tiempo de todos nosotros que es pasado, presente y futuro, ese aire que acoge sin precisión matemática a la especie.
Sobre todo después de que un día, su íntimo amigo García Márquez, en los días que se ganaban buena parte de su vida inventando guiones para pagar las facturas, le exhortara:
“Pero Fontacho, ¿qué vamos a hacer? ¿Salvar el cine mexicano o escribir nuestras novelas?”, rememoraba ayer García de la Concha.
A partir de ahí ya merodeaba por el ánimo de ambos romper con todo y perdurar. Caballero Bonald expresó toda la hondura y el pulso entre eterno y transgresor que le movió en sus certeras y profundas líneas de ayer basadas en un análisis del ensayo de Fuentes, ‘La nueva novela hispanoamericana’.
Para el poeta jerezano, la clave del mexicano y del ‘boom’ fue seguir la estela de los antiguos cronistas de indias.
“Como ellos tuvieron que nombrar cosas no antes vistas, como en Macondo y así pertenecen a una cadena de acordes léxicos y sintácticos que busca en el mestizaje sus raíces poéticas. Revitalizan y rescatan el verbo, lo utilizan contra el dogma y la musaraña académica.
Que magnífica lengua impura la que hablan esos personajes que deben acudir a sus novelas para saber que existen”.
Rendirlo a sus pies.
Como Joyce, como Cervantes, como Proust, como Dios en la Biblia, sabían que la creación de un mundo en donde cupieran las desdichas de los vivos y la presencia fantasmal de los muertos jugando con los relojes blandos de la eternidad era cuestión de superación, entrega y trabajo.
Ese maestro del mestizaje que ya ha trascendido a sus latidos desde que murió el 15 de mayo en México fue homenajeado ayer en el Instituto Cervantes de Madrid por cuatro amigos: José Manuel Caballero Bonald, Juan Goytisolo, Julio Ortega y el director de la institución, Víctor García de la Concha. Será el primero en un mes donde también se le rendirá tributo en la Casa de América la próxima semana.
A Carlos Fuentes no le gustaba hablar de la muerte: “Le resultaba una pérdida de tiempo. Literalmente. Porque lo detiene, el tiempo, y porque una vez ocurre, no hay mucho que decir”, recordaba su entrañable amigo Ortega.
Por eso se fue de repente este mes, dejando una inmensa obra agrupada bajo el título La edad del tiempo, como no, que es cartografía de un mundo inabarcable a la manera del perfil que Goytisolo trazó de él: “Entre los cronistas de indias, la curiosidad de Humboldt y la cólera de Bartolomé de las Casas”, dijo el escritor español.
Ambos, Ortega y Goytisolo, incidieron e insistieron en la importancia y la obsesión de Fuentes con el tiempo. “Quería crearlo para trascenderlo”, aseguró Goytisolo.
Mientras, Ortega contaba que se encontraba inmerso en la reorganización de su obra y que, para ello, esa constante resultaba crucial: “La temporalidad cambiante según el momento en que se lee”, comentaba. Así se fija una verdad inapelable:
“Cada persona, al leer y releer encontrará otro sí mismo”.
El primer libro de Carlos Fuentes fue Aura, de la que este años se cumplen 50 años y que será leída íntegramente en Casa de América. Pero también lo fue Federico en el balcón, trabajo que dejó inédito y apareció en las páginas de EL PAÍS a raíz de su muerte. “Nunca escribió dos novelas parecidas”, aseguró Goytisolo.
Quizás porque resultaba un escritor ajeno a las clasificaciones, regateador de estilos, obsesionado con la reinvención.
Para él, cada nueva obra era la primera.
Así, alguien puede encontrar obsesiones similares en Aura, Terra nostra o La muerte de Artemio Cruz, ligazones azarosas en La silla del Águila o Diana y la cazadora solitaria y Los años con Laura Díaz, pero jamás hallará la misma estructura, ni el mismo discurso, ni personajes que se le parezcan o tiempos narrativos redundantes.
Fuentes era la aventura y el delirio experimental, la dedicación, la indagación y el trabajo sin excusas volcado en su literatura sin distracciones para redondear esa suma literaria del tiempo de todos nosotros que es pasado, presente y futuro, ese aire que acoge sin precisión matemática a la especie.
Sobre todo después de que un día, su íntimo amigo García Márquez, en los días que se ganaban buena parte de su vida inventando guiones para pagar las facturas, le exhortara:
“Pero Fontacho, ¿qué vamos a hacer? ¿Salvar el cine mexicano o escribir nuestras novelas?”, rememoraba ayer García de la Concha.
A partir de ahí ya merodeaba por el ánimo de ambos romper con todo y perdurar. Caballero Bonald expresó toda la hondura y el pulso entre eterno y transgresor que le movió en sus certeras y profundas líneas de ayer basadas en un análisis del ensayo de Fuentes, ‘La nueva novela hispanoamericana’.
Para el poeta jerezano, la clave del mexicano y del ‘boom’ fue seguir la estela de los antiguos cronistas de indias.
“Como ellos tuvieron que nombrar cosas no antes vistas, como en Macondo y así pertenecen a una cadena de acordes léxicos y sintácticos que busca en el mestizaje sus raíces poéticas. Revitalizan y rescatan el verbo, lo utilizan contra el dogma y la musaraña académica.
Que magnífica lengua impura la que hablan esos personajes que deben acudir a sus novelas para saber que existen”.
El esplendor de la revancha inedita de Elsa Morante
Por: Winston Manrique Sabogal06/06/2012
Sé que los lectores que en su día leyeron el manuscrito para la editorial que lo publicó en 1948, Einaudi, fueron Natalia Ginzburg y Cesare Pavese. Ginzburg, que confesaba haber sentido una emoción extraordinaria leyendo Mentira y sortilegio, decía que Morante escribe del dolor, pero que lo domina 'por que cuando escribe alcanza la altura de las montañas'.
Y explicaba por qué: Morante no escribía de sí misma, sino de los demás.
En lo que he leído de Morante -La Historia, por ejemplo- me admiraba cómo entrecruza la historia pública, nada menos que la Segunda Guerra Mundial, con la historia privada de sus personajes, familias que intentan sobrevivir íntimamente en medio de una catástrofe general".
Así se refiere el narrador y poeta español Justo Navarro sobre la escritora italiana de quien mañana se publica, por primera vez en España, su primera y premiada novela: Mentira y sortilegio, editada por Lumen.
Un avance de esta obra lo ofrecemos hoy en este blog y la sección de Cultura online, de EL PAÍS.
Con la publicación de este inédito, se rinde homenaje a Morante en el centenario de su nacimiento (18 de agosto de 1912-25 de noviembre de 1985). Italia, como país invitado de la 71ª Feria del Libro de Madrid, y la editorial la recordarán en un acto especial este sábado a la una de la tarde.
Morante obtuvo con esta novela el premio Viareggio en 1948.
La primera persona que leyó el manuscrito en la editorial Einaudi fue Natalia Ginzburg, quien recordaría aquellos días y su amistad con Elsa Morante de la siguiente manera: "Leí Mentira y sortilegio de un tirón y me gustó inmensamente.
No estoy segura de haber tenido en quel momento plena conciencia de su importancia y su esplendor.
Sólo sabía que me fascinaba y que hacía mucho tiempo que no leía nada que me diese tanta vida y felicidad".
Es una novela en la cual Morante recrea parte de su propia existencia a través del personaje de Elisa, una muchacha huérfana para quien la literatura funciona como tabla de salvación y refugio de felicidad.
Un apunte del libro: "Al principio, cuando aún era apenas una chiquilla, parecía solo un juego, o una diversión placentera. Cerrados los libros, me complacía construyendo con la fantasía sucesos e historias inventadas por mí, inspirándome, por supuesto, en mis fábulas preferidas. Y aunque las tramas que imaginaba variasen en función del humor de cada día, los protagonistas, por el contrario, se parecían siempre los unos a los otros o bien eran iguales, y casi estaban unidos por estrechos lazos de parentesco".
Morante convirtió a sus familiares y amigos y a su mundo en personajes literarios universales con una prosa intimista y natural que permite una lectura conmovedora y desenfada al mismo tiempo.
Y escrribe: "Gracias a mi mentira, podía vengarme ahora de los amores no correspondidos, podía saciar mis vanidades más secretas, negras y profundas como infiernos.
Solo mis máscaras, estas hidalgas generosas, eran, como yo, amargas, prepotentes y cruelmente desdeñosas. Eran mi sangre, mis iguales; ninguna compañía era digna de mí, excepto la suya.
Mi mayor gloria consistía en que, aun creyendo en ellas y profesándome hipócritamente su súbdita fiel, me consideraba su emperatriz, y casi su diosa, y no dudaba en sostener entre los dedos el hilo de sus vidas arrogantes.
"Pero aquellos fantasmas se vengaron de mi orgullo, tomándose al mismo tiempo la revancha contra la necia Elisa mediante la razón y la realidad".
Pasajes inolvidables que recuerdan por qué Elsa Morante es de una de las escritoras italianas más importantes del siglo XX.
La vida hecha marca Vicente Verdú 6 JUN 2012 - 05:16 CET
La omnipresencia del sello comercial caracteriza nuestro tiempo
Las empresas compran hasta citas en novelas. El producto apuntala la identidad del individuo.
El patrocinio llega incluso a las estaciones de metro, como la de Sol, de Madrid. / Samuel Sánchez
Hace ya más de 10 años que los norteamericanos empezaron a llamar a sus hijos con el nombre de marcas prestigiosas.
Ahora hay decenas de miles que se llaman Armani, Apple, Harley Davidson, Gap, Chevrolet (Chevy), Canon o Infiniti. El nombre de Chanel, que fue muy popular en el pasado reciente, ha ido decayendo por sus connotaciones más o menos vetustas.
El doctor Cleveland Kent Evans, profesor en la Universidad de Nebraska que lleva más de 25 años estudiando las corrientes de actualidad que influyen sobre los nombres elegidos, ha establecido una estrecha correlación entre designaciones y fama. No habría hecho falta calentarse mucho la cabeza. Los Ronaldo, Leo, Rafa, Fernando o Kevin Kostner de Jesús, Escarlata, Melanie, o Penélope llegan asociados a personajes de éxito. ¿Y cómo oponerse a que los padres quieran para sus hijos lo mejor?
Casi todos los personajes populares obtienen su correspondencia en masas de niños con padres encandilados con deportistas, actrices, relojes y coches famosos.
¿Cómo censurar a quienes plantifican a sus hijos el nombre de una marca de valor?
Las marcas son hoy tanto como las plantas en el siglo XIX.
De la misma manera que los novelistas del siglo XIX apenas podían redactar un libro sin conocer los lugares rurales donde se desarrollaba la acción, los novelistas urbanos, si quieren ser verosímiles, deben incluir marcas. American psycho fue el punto explosivo de esta nueva narración y allí era casi imposible leer un par de líneas sin que aparecieran un par de marcas.
Lejos de este abuso, que no es otra cosa que la transposición de la omnipresencia de las marcas, escandalizarse porque Bulgari o Martini patrocinen un relato o un guion con la condición de citar sus nombres es un escándalo farisaico.
Si no fuera por el patrocinio de las marcas, no solo habría menos conciertos de rock, menos colecciones de pintura, menos museos, menos representaciones teatrales o menos equipos de fútbol o baloncesto, sino que, en general, la cultura habría perdido la oportunidad de integrarse con su tiempo.
Las chicas se llamaban Margarita, Rosa, Azucena y Pino porque había una Virgen detrás pero, un poco más al fondo, un árbol o una planta.
Ahora lo que afloran, como es natural en la vida de las ciudades, son las marcas de objetos, electrodomésticos, móviles o automóviles
. En un libro reciente de Helke Freire, Educar en verde (Ed Grao), se constata que los niños conocen muchos más nombres de marcas que de plantas.
Y, gracias a Dios, porque de otro modo se trataría de casos patológicos, masivos y cercanos al buen salvaje.
La mayor parte de la gente vive en las ciudades y se provee de conocimientos e ilusiones a través de ellas. También de penalidades. Es decir, vidas.
Choca que el teatro Calderón de Madrid de toda la vida se llame Häagen-Dazs, pero es solo cuestión de ajustarse a la nueva época
. Ya hay estaciones de metro y ferrocarril que patrocinan corporaciones y estadios de fútbol y hasta templos.
La marca comercial no es el demonio
. Está vulgarmente satanizada a la vez que está satanizado el consumo por quienes se han quedado embarrados en la cultura agraria y no entienden que gracias al consumo las cosas han podido marchar bien. Esta gente sigue afianzada a la virtud del ahorro y los antiguos usos burgueses, pero esto ha caducado ya y el consumidor no es menos ciudadano por ser consumidor sino mucho más.
Ningún manual de ciudadanía ha procurado tantos recursos para ser libre, crítico, independiente y productivamente escéptico como la cultura de consumo que simultáneamente se ha proyectado a la política, la sexualidad o la fe.
Los consumidores y sus asociaciones son las asociaciones de ciudadanos de hoy y la defensa de los derechos del consumidor es el trasunto actualizado de los derechos del hombre y del ciudadano.
En los principios de la producción en serie y el prêt-à-porter el individuo parecía un dócil cliente al que se le surtía de un modelo igual al de su vecino, al de su pariente.
Ahora, el consumidor ha obligado a la oferta a producir artículos personalizados y ha actuado lúdicamente en la divertida tarea de forjarse una prestancia (una apariencia) a través del ocio y la elección de marcas. ¿Una monstruosidad?
Claro que no
. Se trata de que las marcas no son solo insignias comerciales sino relatos, significados, elementos de una narración que cada cual compone para completar su identidad y transmitirla con eficacia.
Los valores de “seguridad” de Volvo, el “malditismo” de Johnny Walker, la “creatividad” de Apple o el “conservadurismo” de IBM sirven de piezas para la construcción personal y gracias al sistema de consumo que le ha insuflado significados, más allá del mercado.
¿Horror al mercado? Nunca el mercado o, mejor, “los mercados” tuvieron tan mala prensa
. Se les considera hoy como las furias de Aristófanes, las babilonas del Apocalipsis o los Polifemos de Homero
. Pero esto no es sino la consecuencia de haber actuado como fuerzas del mal dentro, desde luego, del Mal general que caracteriza estos infaustos tiempos
. El mal de la política, el mal de la justicia, el mal de una corrupción gigante que ha incluido en su seno desde la Iglesia hasta la Corona. En medio de ese mal de los mercados es otro de los males, y no el menor.
Sin embargo, el mercado (como este sistema democrático) es todo lo que hay. ¿O preferiríamos que nos nacionalizaran a la manera de Bankia y Cuba?
Para bien y para mal, el mercado es todo lo que hay y sus santos y vírgenes forman el coro de los referentes. Nos casamos porque amamos a una persona, pero siempre que la contraprestación, más o menos explícita, conlleve un canje en que ambas partes salgan ganando.
Los intercambios simbólicos en las amistades y en los afectos, en los sitios de recreo o en las ropas, poseen el mismo espíritu mercantil.
Y lo mismo vale para el amor de las ONG como para el dolor del cuerpo místico.
Cambiamos sacrificios por recompensas, valles de lágrimas por parcelas en el Más Allá.
No somos sino criaturas del mercado y cada vez más si se tiene en cuenta que los nacimientos los decide menos Dios que la contabilidad doméstica. Más tarde, nos contratan sopesando lo que costamos y lo que podemos rendir.
En los empleos los guapos ganan más que los feos, en las escuelas sacan mejores notas los agraciados físicamente que los del montón, se aprecia más al alto que al bajo.
Y, ahora, cuando la economía del sector servicios lo ocupa prácticamente todo (más de un 90% en Estados Unidos) ser simpático, cordial, persuasivo o bien vestido cuenta en la nómina, en los bonos y en los días para librar o ligar.
No somos cosas, pero en el mercado los tratamientos acercan el objeto al sujeto.
Construyen lo que llamé en Yo y tú, objetos de lujo, una unidad novedosa que llamaba sobjetos.
Los sobjetos no son malos ni buenos, no dan miedo ni dan felicidad.
Son elementos compuestos por una parte de su efecto y otro del afecto. Los objetos nos atraen por su belleza y por su utilidad, pero mucho por su diseño y por su novedad. Igualmente ocurre, al cabo, con las personas.
Estos sobjetos que en definitiva han existido siempre, se reconocieran o no con la nitidez de hoy, constituyen los conciudadanos con quienes nos relacionamos en los pubs o en el 15-M.
Las personas no son marcas, pero, a menudo, se ponderan como tales
. No se espera todo de un logo determinado sino que el cosmos de nuestras satisfacciones procede de las constelaciones que formamos con este modelo de Audi, esta camisa de Massimo Dutti, estos zapatos de Camper o esta crema de La Prairie
. Las adhesiones fuertes y para toda la vida han perdido fuerza, tanto en los consumos como en los vínculos personales
. No formamos una pareja para toda la vida y ni siquiera en la cuna del amor creemos que durará siempre.
Igualmente, la fidelidad a una marca, se trate incluso de Nescafé, ha dejado de ser un fenómeno corriente.
Se cambia de pareja y se cambia de coche según las circunstancias.
Que todo cambia mucho en la sociedad urbana de consumo es un tópico demasiado aburrido. Pero de esos fermentos se deducen fenómenos que muchos se niegan a aceptar porque no responden con sus ecuaciones escolares.
No ser de una marca, rechazar una marca por su degradación significa ser más libres
. No escoger siempre los macarrones o los espaguetis de los mismos logos significa que ni la pasta nos apega.
Pero ¿y llamarse Armani? ¿Qué un pueblo se llame Wal- Mart, que una liga se llame BBVA? Varios grados de implicación se encierran en estas propuestas
. Llamar a un hijo como una empresa de confección no es confeccionar un niño a medida, aunque no se halle ya lejos la ocasión. Se trata sencillamente de una elección sin mucho tino.
Justamente son las personas de clase más baja las que de la misma manera que pudieran elegir Julio César para su primogénito eligen ahora Zara para la niña.
El resultado puede parecer estrafalario o es deplorable, pero la intención es buena
. Aupar el valor de alguien se sintetiza ingenuamente en una etiqueta que supuestamente lo prestigia.
Desde que no está mandado llamar a alguien como un santo puede llamársele lo que se quiera. ¿Y por qué no llamarlo como una marca?
Los amos del mundo no son ahora ni Augusto ni Jesús
. Lo son los líderes de corporaciones, se llamen Bill Gates o Steve Jobs que se presentan en la candente actualidad como Alejandros Magno. Budweiser, Timberland o Cadillac son nombres de antiguas aldeas.
Y si el Barça (“mes que un club”) o el Athletic rechazaron durante un siglo exhibir publicidad en sus camisetas, ahora Petronor y BBK de un lado y Qatar Fundation de otro les insuflan vida.
Las corporaciones no son malas por naturaleza, son motores de la producción, el trabajo y la innovación. Pero encima son ahora, para crear simpatía en la población, patrocinadores de campañas a favor de la salud, la equidad y la cultura. Museos, filarmónicas, bibliotecas.
Si las estaciones de metro se llaman como las marcas y hasta ya hay pueblos en Estados Unidos que han asumido alguna denominación de empresas, ¿quién puede dudar de que en el futuro el mapa general del mundo se compondrá de países que, sin más, hayan sido colonizados por el mapa de firmas comerciales y, tal como en el pasado Américo Vespucio o Monroe daban nombre a continentes, el héroe mercantil de nuestro tiempo se impondrá en las elecciones?
La satanización de la empresa, el odio al dinero, la repulsión al beneficio material son rasgos del catolicismo más puritano.
Permanecer en él respetando sus leyes lleva a llamar a un niño como un mártir. Hallarse fuera de esa secta da como resultado llamar al niño como una marca.
Cada uno lo suyo.
¿Blasfemia? ¿Perversión? ¿Profanación? ¿Afrenta? Quien se halle libre de pecado que tire la primera piedra. El que se sienta libre de este universo consumista que no solo no ha reducido al ciudadano sino que lo ha provisto de elementos críticos más afilados, más eficaces y libertarios, que se vaya a vivir al campo.
Ahora hay decenas de miles que se llaman Armani, Apple, Harley Davidson, Gap, Chevrolet (Chevy), Canon o Infiniti. El nombre de Chanel, que fue muy popular en el pasado reciente, ha ido decayendo por sus connotaciones más o menos vetustas.
El doctor Cleveland Kent Evans, profesor en la Universidad de Nebraska que lleva más de 25 años estudiando las corrientes de actualidad que influyen sobre los nombres elegidos, ha establecido una estrecha correlación entre designaciones y fama. No habría hecho falta calentarse mucho la cabeza. Los Ronaldo, Leo, Rafa, Fernando o Kevin Kostner de Jesús, Escarlata, Melanie, o Penélope llegan asociados a personajes de éxito. ¿Y cómo oponerse a que los padres quieran para sus hijos lo mejor?
Casi todos los personajes populares obtienen su correspondencia en masas de niños con padres encandilados con deportistas, actrices, relojes y coches famosos.
¿Cómo censurar a quienes plantifican a sus hijos el nombre de una marca de valor?
Las marcas son hoy tanto como las plantas en el siglo XIX.
De la misma manera que los novelistas del siglo XIX apenas podían redactar un libro sin conocer los lugares rurales donde se desarrollaba la acción, los novelistas urbanos, si quieren ser verosímiles, deben incluir marcas. American psycho fue el punto explosivo de esta nueva narración y allí era casi imposible leer un par de líneas sin que aparecieran un par de marcas.
Lejos de este abuso, que no es otra cosa que la transposición de la omnipresencia de las marcas, escandalizarse porque Bulgari o Martini patrocinen un relato o un guion con la condición de citar sus nombres es un escándalo farisaico.
Si no fuera por el patrocinio de las marcas, no solo habría menos conciertos de rock, menos colecciones de pintura, menos museos, menos representaciones teatrales o menos equipos de fútbol o baloncesto, sino que, en general, la cultura habría perdido la oportunidad de integrarse con su tiempo.
Las chicas se llamaban Margarita, Rosa, Azucena y Pino porque había una Virgen detrás pero, un poco más al fondo, un árbol o una planta.
Ahora lo que afloran, como es natural en la vida de las ciudades, son las marcas de objetos, electrodomésticos, móviles o automóviles
. En un libro reciente de Helke Freire, Educar en verde (Ed Grao), se constata que los niños conocen muchos más nombres de marcas que de plantas.
Y, gracias a Dios, porque de otro modo se trataría de casos patológicos, masivos y cercanos al buen salvaje.
La mayor parte de la gente vive en las ciudades y se provee de conocimientos e ilusiones a través de ellas. También de penalidades. Es decir, vidas.
Choca que el teatro Calderón de Madrid de toda la vida se llame Häagen-Dazs, pero es solo cuestión de ajustarse a la nueva época
. Ya hay estaciones de metro y ferrocarril que patrocinan corporaciones y estadios de fútbol y hasta templos.
La marca comercial no es el demonio
. Está vulgarmente satanizada a la vez que está satanizado el consumo por quienes se han quedado embarrados en la cultura agraria y no entienden que gracias al consumo las cosas han podido marchar bien. Esta gente sigue afianzada a la virtud del ahorro y los antiguos usos burgueses, pero esto ha caducado ya y el consumidor no es menos ciudadano por ser consumidor sino mucho más.
Ningún manual de ciudadanía ha procurado tantos recursos para ser libre, crítico, independiente y productivamente escéptico como la cultura de consumo que simultáneamente se ha proyectado a la política, la sexualidad o la fe.
Los consumidores y sus asociaciones son las asociaciones de ciudadanos de hoy y la defensa de los derechos del consumidor es el trasunto actualizado de los derechos del hombre y del ciudadano.
En los principios de la producción en serie y el prêt-à-porter el individuo parecía un dócil cliente al que se le surtía de un modelo igual al de su vecino, al de su pariente.
Ahora, el consumidor ha obligado a la oferta a producir artículos personalizados y ha actuado lúdicamente en la divertida tarea de forjarse una prestancia (una apariencia) a través del ocio y la elección de marcas. ¿Una monstruosidad?
Claro que no
. Se trata de que las marcas no son solo insignias comerciales sino relatos, significados, elementos de una narración que cada cual compone para completar su identidad y transmitirla con eficacia.
Los valores de “seguridad” de Volvo, el “malditismo” de Johnny Walker, la “creatividad” de Apple o el “conservadurismo” de IBM sirven de piezas para la construcción personal y gracias al sistema de consumo que le ha insuflado significados, más allá del mercado.
¿Horror al mercado? Nunca el mercado o, mejor, “los mercados” tuvieron tan mala prensa
. Se les considera hoy como las furias de Aristófanes, las babilonas del Apocalipsis o los Polifemos de Homero
. Pero esto no es sino la consecuencia de haber actuado como fuerzas del mal dentro, desde luego, del Mal general que caracteriza estos infaustos tiempos
. El mal de la política, el mal de la justicia, el mal de una corrupción gigante que ha incluido en su seno desde la Iglesia hasta la Corona. En medio de ese mal de los mercados es otro de los males, y no el menor.
Sin embargo, el mercado (como este sistema democrático) es todo lo que hay. ¿O preferiríamos que nos nacionalizaran a la manera de Bankia y Cuba?
Para bien y para mal, el mercado es todo lo que hay y sus santos y vírgenes forman el coro de los referentes. Nos casamos porque amamos a una persona, pero siempre que la contraprestación, más o menos explícita, conlleve un canje en que ambas partes salgan ganando.
Los intercambios simbólicos en las amistades y en los afectos, en los sitios de recreo o en las ropas, poseen el mismo espíritu mercantil.
Y lo mismo vale para el amor de las ONG como para el dolor del cuerpo místico.
Cambiamos sacrificios por recompensas, valles de lágrimas por parcelas en el Más Allá.
No somos sino criaturas del mercado y cada vez más si se tiene en cuenta que los nacimientos los decide menos Dios que la contabilidad doméstica. Más tarde, nos contratan sopesando lo que costamos y lo que podemos rendir.
En los empleos los guapos ganan más que los feos, en las escuelas sacan mejores notas los agraciados físicamente que los del montón, se aprecia más al alto que al bajo.
Y, ahora, cuando la economía del sector servicios lo ocupa prácticamente todo (más de un 90% en Estados Unidos) ser simpático, cordial, persuasivo o bien vestido cuenta en la nómina, en los bonos y en los días para librar o ligar.
No somos cosas, pero en el mercado los tratamientos acercan el objeto al sujeto.
Construyen lo que llamé en Yo y tú, objetos de lujo, una unidad novedosa que llamaba sobjetos.
Los sobjetos no son malos ni buenos, no dan miedo ni dan felicidad.
Son elementos compuestos por una parte de su efecto y otro del afecto. Los objetos nos atraen por su belleza y por su utilidad, pero mucho por su diseño y por su novedad. Igualmente ocurre, al cabo, con las personas.
Estos sobjetos que en definitiva han existido siempre, se reconocieran o no con la nitidez de hoy, constituyen los conciudadanos con quienes nos relacionamos en los pubs o en el 15-M.
Las personas no son marcas, pero, a menudo, se ponderan como tales
. No se espera todo de un logo determinado sino que el cosmos de nuestras satisfacciones procede de las constelaciones que formamos con este modelo de Audi, esta camisa de Massimo Dutti, estos zapatos de Camper o esta crema de La Prairie
. Las adhesiones fuertes y para toda la vida han perdido fuerza, tanto en los consumos como en los vínculos personales
. No formamos una pareja para toda la vida y ni siquiera en la cuna del amor creemos que durará siempre.
Igualmente, la fidelidad a una marca, se trate incluso de Nescafé, ha dejado de ser un fenómeno corriente.
Se cambia de pareja y se cambia de coche según las circunstancias.
Que todo cambia mucho en la sociedad urbana de consumo es un tópico demasiado aburrido. Pero de esos fermentos se deducen fenómenos que muchos se niegan a aceptar porque no responden con sus ecuaciones escolares.
No ser de una marca, rechazar una marca por su degradación significa ser más libres
. No escoger siempre los macarrones o los espaguetis de los mismos logos significa que ni la pasta nos apega.
Pero ¿y llamarse Armani? ¿Qué un pueblo se llame Wal- Mart, que una liga se llame BBVA? Varios grados de implicación se encierran en estas propuestas
. Llamar a un hijo como una empresa de confección no es confeccionar un niño a medida, aunque no se halle ya lejos la ocasión. Se trata sencillamente de una elección sin mucho tino.
Justamente son las personas de clase más baja las que de la misma manera que pudieran elegir Julio César para su primogénito eligen ahora Zara para la niña.
El resultado puede parecer estrafalario o es deplorable, pero la intención es buena
. Aupar el valor de alguien se sintetiza ingenuamente en una etiqueta que supuestamente lo prestigia.
Desde que no está mandado llamar a alguien como un santo puede llamársele lo que se quiera. ¿Y por qué no llamarlo como una marca?
Los amos del mundo no son ahora ni Augusto ni Jesús
. Lo son los líderes de corporaciones, se llamen Bill Gates o Steve Jobs que se presentan en la candente actualidad como Alejandros Magno. Budweiser, Timberland o Cadillac son nombres de antiguas aldeas.
Y si el Barça (“mes que un club”) o el Athletic rechazaron durante un siglo exhibir publicidad en sus camisetas, ahora Petronor y BBK de un lado y Qatar Fundation de otro les insuflan vida.
Las corporaciones no son malas por naturaleza, son motores de la producción, el trabajo y la innovación. Pero encima son ahora, para crear simpatía en la población, patrocinadores de campañas a favor de la salud, la equidad y la cultura. Museos, filarmónicas, bibliotecas.
Si las estaciones de metro se llaman como las marcas y hasta ya hay pueblos en Estados Unidos que han asumido alguna denominación de empresas, ¿quién puede dudar de que en el futuro el mapa general del mundo se compondrá de países que, sin más, hayan sido colonizados por el mapa de firmas comerciales y, tal como en el pasado Américo Vespucio o Monroe daban nombre a continentes, el héroe mercantil de nuestro tiempo se impondrá en las elecciones?
La satanización de la empresa, el odio al dinero, la repulsión al beneficio material son rasgos del catolicismo más puritano.
Permanecer en él respetando sus leyes lleva a llamar a un niño como un mártir. Hallarse fuera de esa secta da como resultado llamar al niño como una marca.
Cada uno lo suyo.
¿Blasfemia? ¿Perversión? ¿Profanación? ¿Afrenta? Quien se halle libre de pecado que tire la primera piedra. El que se sienta libre de este universo consumista que no solo no ha reducido al ciudadano sino que lo ha provisto de elementos críticos más afilados, más eficaces y libertarios, que se vaya a vivir al campo.
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