Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

18 may 2011

Desesperación ROSA MONTERO

.Hace falta estar muy desesperado para comenzar una huelga de hambre.
 Cuando has recurrido a la ley sin lograr nada, cuando ya no sabes qué más hacer y lo que está en juego es esencial para ti, entonces, acorralado y sin duda un poco desquiciado por la angustia de tu impotencia, decides apostar lo único que te queda, esto es, tu propia vida, en el cándido convencimiento de que el mundo no podrá desoír ese grito hecho de carne y sufrimiento.






Pero, por desgracia, si bien al huelguista le parece, con razón, que su vida tiene un valor incalculable, por lo general al resto de la sociedad se la refanfinfla que la ponga en riesgo.
A principios de 2009 leí en una pequeña nota que ocho albañiles se habían puesto en huelga de hambre en la puerta de un constructor de Las Rozas (Madrid) que les debía dos millones de euros.
No volvió a hablarse de ello. Seguro que no murieron. Casi seguro que tampoco cobraron.
Simplemente no era un tema interesante.
 Y el disidente cubano Orlando Zapata tuvo que fallecer para que el mundo le hiciera caso.
 Ahora hay en Madrid una mujer, Beatriz Menchén, que se puso en huelga de hambre el 26 de abril. Beatriz gestionó la perrera de Getafe desde 1998 hasta hace un año, y lo hizo sin sacrificar a los animales.
 De hecho, promueve un proyecto para convertir las perreras municipales en centros de protección y no en lugares de exterminio.
Con la crisis, sin embargo, los Ayuntamientos están dispuestos a ahorrarse el chocolate del loro que supone respetar la vida en las perreras y han empezado a contratar a empresas baratas y feroces que matan a más del 66% de los perros que recogen.
 A Beatriz le quitaron la gestión de Getafe, y está viendo cómo sus animales son sacrificados a mansalva.
Lo intentó todo y chocó contra un muro.
Y me temo que ahora su desesperada huelga de hambre caerá, como tantas otras, en el vacío.

Cerca de 4.000 invitados para la boda de Alberto

Alberto de Mónaco quiere que su boda pase a la historia al menos en lo que al número de invitados se refiere.
Si Guillermo y Catalina de Inglaterra convidaron a 1.900 personas, el príncipe monegasco y Charlene Wittstock han enviado nada menos que 4.000 participaciones.
Así lo anunció ayer la Oficina de Turismo del Principado de Mónaco, que afronta el evento como una gran oportunidad para revitalizar el turismo de la zona.






Todas las casas reales han sido emplazadas, pero de momento no se ha hecho pública la lista de los representantes que acudirán al enlace, que probablemente serán de menor rango que los que asistieron a la boda real de Londres.
Y es que este enlace, que tendrá gran repercusión mediática, no es una boda de alto rango, según las normas protocolarias, ya que Mónaco es un principado y la de los Grimaldi no posee el pedigrí de otras casas reales.




La boda de Mónaco también batirá récord de actos.
 Se celebrará los días 1 y 2 de julio. Primero, la pareja se casará por lo civil y a continuación se celebrará la ceremonia católica en el patio de honores del palacio; esta será oficiada por el arzobispo de Mónaco, monseñor Bernard Barsi.
Después la pareja dará una vuelta en un automóvil híbrido por las calles monegascas.



Alberto de Mónaco, de 53 años, y Charlene Wittstock, de 33, harán una parada en la iglesia de Sainte Dévote, donde la novia ofrecerá su ramo de boda y acudirá después al edificio de la ópera, donde se celebrará el banquete nupcial.

El español se viste de fiesta el próximo 18 de junio

El Instituto Cervantes prepara los actos para celebrar un idioma que ya hablan 500 millones personas .
¿Será gracias (a la vida) la palabra favorita de Emilio Botín­? ¿Y la de Shakira, bailamos o fútbol? Habrá que esperar hasta el lunes 30 para saber cuál es la palabra predilecta del español del banquero y de la cantante.
 El Instituto Cervantes ha invitado a 34 personalidades de la cultura, la economía, la ciencia y el deporte para participar en la votación de su palabra favorita en español, que se organiza dentro de las actividades del Dí­a del español (Día E).








Entre los embajadores invitados a este concurso por el Instituto Cervantes figuran también el poeta Antonio Gamoneda, el actor Ricardo Darín, la coreógrafa Alicia Alonso, la investigadora Margarita Salas, el baloncestista Pau Gasol o el literato Mario Vargas Llosa.



Carmen Caffarel, directora del Instituto Cervantes, ha destacado esta mañana la fortaleza de un idioma que ya hablan 500 millones de personas y es el segundo más estudiado en el mundo.
En Internet es utilizado por 133 millones de usuarios, por detrás del inglés (477 millones) y del mandarín (361millones).




Algunas de las palabras propuestas por los 34 embajadores son alma, libertad o melifluo, pero hasta el 30 de mayo no se desvelará a quién corresponde cada una.
El Día E incluye conciertos, exposiciones y charlas en los centros del Cervantes de todo el mundo. En total, serán unos 400 actos en una sola jornada, que en Madrid convertirá a la calle de Alcalá en un salsódromo.

Crónicas inadecuadas desde el caos

El periodista cultural de EL PAÍS Javier Rodríguez-Marcos cuenta en el libro 'Un torpe en un terremoto' su experiencia como enviado especial cubriendo el seísmo de Chile del año pasado .
Dos minutos tardó la naturaleza en hundir a Chile en una pesadilla.
 El terremoto del 27 de febrero de 2010 (el enésimo en un país que en 1960 sufrió uno de los seismos más potentes de la historia) destrozó las regiones meridionales, se cobró 525 vidas y derribó las ya de por sí tambaleantes certezas de un periodista cultural español que iba a contar el Congreso de la Lengua de Valparaíso y de repente se vio catapultado en medio del caos.
"Normalmente trato más con las moquetas que con el barro", cuenta Javier Rodríguez-Marcos, redactor de EL PAÍS que fue enviado a cubrir la catástrofe de Chile y que ha narrado su experiencia en el libro Un torpe en un terremoto (Debate).





"Soy inseguro", dice de sí Rodríguez-Marcos, sentado a una mesa del café madrileño La buena vida, donde presenta su obra.
Tan inseguro que cuando la sección de Internacional del periódico le pidió que fuera el enviado especial para escribir de la tragedia chilena, instintivamente hubiese contestado con dos letras y un monosílabo: "No". "Me veía inadapto: si ni siquiera en mi ciudad sería capaz de cubrir una catástrofe, ¿cómo iba a hacerlo en Chile?", asegura con una sonrisa el periodista, licenciado en filología y que siempre se ha ocupado de temas culturales.
Sin embargo, "ese absurdo sentido de la responsabilidad" que conlleva su profesión cambió las cartas encima de la mesa. El "no" se quedó en sus pensamientos. De su boca salió un "sí".






Así, el soldado Rodríguez-Marcos cogió su avión, cumplió su misión y, además, de todas las notas y el material que no había cabido en sus crónicas para el diario sacó un libro que a la narración periodística añade sus peripecias personales, mucho humor y algunas pinceladas históricas. "No soy experto en geología o en Chile. Le dije al editor [Miguel Aguilar] que ese era el único libro que podía escribir, justamente el de un torpe en un terremoto", afirma el autor.
Aunque, según Aguilar, el resultado final es "la respuesta a qué es una crónica".






Fue sin embargo una respuesta que obligó Rodríguez-Marcos a prescindir de algunos de los principios de su oficio. "El libro de estilo de EL PAÍS deja claro que las dificultades que tiene un periodista para conseguir una noticia no son a su vez noticias", explica. Pero una cosa son las 700 palabras de una crónica y otra las 158 páginas de su libro: "Caben los alrededores de la noticia, lo que no sale en la fotografía".
Y caben las reflexiones del autor sobre su profesión y la a veces sutil línea que la separa de la narrativa.
Rodríguez-Marcos recorre a la dicotomía del erizo (el escritor) y el zorro (el periodista): "El primero sabe una sola cosa importante, mientras que el otro sabe muchas cosas. Lo importante es tener siempre claro en que madriguera estás trabajando".



Cuatro terremotos




Agobiado por tener que cubrir un seísmo, a su llegada Rodríguez-Marcos descubrió que, como afirmaban los chilenos, le tocaría contar cuatro terremotos a la vez: el temblor de la tierra, el tsunami, el derrumbe social debido a saqueos y pillajes y la intervención del Ejército, que estableció un toque de queda que Chile no veía desde los tiempos del dictador Augusto Pinochet.
Pese a ello el autor fue testigo de la gran dignidad con la que el país reaccionó ante el drama: "Se organizaron espontáneamente, distribuían comida y había mucha solidaridad".
Y mucha hospitalidad, como pudo comprobar el mismo periodista, que transcurrió su estancia en Chile acampado en una tienda en el jardín de una familia de la ciudad de Concepción.




El viaje le sirvió a Rodríguez-Marcos también para hacer amigos, ya que sigue en contacto con muchos de los chilenos que conoció: "Al principio eran como animales narrativos.
Todos querían explicarte cómo les había afectado el terremoto y qué estaban haciendo en ese momento". Además de los cuentos, el periodista añadió a su bagaje de experiencias una serie de imágenes atroces. Entre ellas, recuerda la de "un edificio recién construido que se cayó entero, como un árbol. Durante días los bomberos buscaron entre los escombros una víctima que decían que seguía sepultada. Hubo un instante en el que todos callaron para que se pudiese oírle. Pero en un momento dado decidieron que ya no podían encontrarle y suspendieron las búsquedas". También recuerda el miedo, aunque no por su seguridad: "Soy bastante inconsciente y eso no me preocupaba. Lo que sí me espantaba era no mandar la crónica a tiempo".





Hacia el final del libro, Rodríguez-Marcos explica que a veces tiene la impresión de encontrarse todavía en Chile.
Entre tanto sin embargo esa tragedia ha desaparecido de los medios de comunicación. "Las catástrofes pasan de grandes titulares a casi nada, pero pensar que un periódico pueda contarlo todo es irreal.
Cuando el tsunami en Japón, las revueltas árabes cayeron en el olvido durante unos días", afirma el periodista. La actualidad manda, la fecha del diario condena lo que ya ha pasado y "la muerte lenta importa poco porque no es fotogénica".



Tal vez su libro pueda contribuir al recuerdo de la catástrofe y, para el autor, de cuando se convirtió en cronista de internacional.
Fue la primera y última vez, ya que si se lo volviesen a pedir tiene clarísima la respuesta: "Diría que no. Sigo pensando que no soy la persona adecuada".
 O igual pensaría que no, pero acabaría subiéndose al avión. Ya saben, ese absurdo sentido de la responsabilidad.