Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

4 may 2011

Wiener Philharmoniker, Riccardo Muti - Blue Danube Waltz

ELPAIS.com >CulturaEl carismático Riccardo Muti, Premio Príncipe de Asturias de las Artes

El mundo de la música clásica necesita mitos, artistas con carisma capaces de renovar la tradición y dejar huella en las nuevas generaciones.
Uno de esos grandes intérpretes, el director italiano Riccardo Muti (Nápoles, 1941), ha ganado hoy el Premio Príncipe de Asturias de las Artes.
La concesión del galardón supone el reconocimiento a uno de los máximos representantes de la gran tradición europea, a un mago del foso, temperamental y disciplinado, adorado por el público y respetado por las orquestas y los teatros más importantes del mundo.




Muti se ha impuesto finalmente al arquitecto japonés Toyio Ito, favorito en todas las quinielas, y con su elección la música clásica y la ópera gana de nuevo el máximo protagonismo en el palmarés de un premio que ha distintiguido a grandes artistas como Victoria de los Ángeles, Alfredo Kraus, Pilar Lorengar, Teresa Berganza, Plácido Domingo, Montserrat Caballé, José Carreras, Barbara Hendricks, Jesús López Cobos y el impresionante logro del sistema de Orquestas Juveniles de Venezuela impulsado por José Antonio Abreu.




Se ha impuesto al final el impresionante historial de Muti, con más de cuatro décadas de presencia internacional. "Representa la tradición europea del director italiano maestro en todo tipo de repertorios, tanto lírico como sinfónico, italiano y centroeuropeo, explica el director de orquesta español Jesús López Cobos, Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1981,





"El maestro Muti tiene una magnífica trayectoria tanto en Europa como en Estados Unidos. Para mí es uno de los grandes directores del siglo XX", añade el ex director musical del Teatro Real".






Muti actuará en la próxima temporada del coliseo madrileño (dirigirá I due Figaro, una ópera que Saverio Mercadante escribió para Madrid) y su presencia en el Real es, sin duda, uno de los máximos ganchos de la temporada diseñada por Gerard Mortier, con quien Muti mantuvo sonados enfrentamientos cuando el actual director del coliseo madrileño llevó las riendas del Festival de Salzburgo suceciendo al legendario Herbert von Karajan, con el que Muti trabajó asiduamente.




Al gran director italiano se lo rifan desde la década de los años setenta las mejores orquestas del mundo.
Desde los 26 años, lleva una carrera triunfal, como titular de orquestas tan famosas como la Philharmonia de Londres, la Orquesta de Filadelfia y en los últimos años la Sinfónica de Chicago.
 Pero su fama y prestigio universal permacerá siempre largo a la Scala de Milán, uno de los templos mundiales de la ópera que, desde 1986, dirigió con mano de hierro durante dos décadas.
Muti y la Scala son ya sinónimos de máximo rigor, calidad y fiabilidad en la interpretación del gran repertorio operístico italiano, con Verdi como compositor de cabacera.




En el foso, o en el podio, el fogoso director napolitano descarga una corriente eléctrica de alto voltaje, galvaniza a los músicos e impone con implacable tenacidad su doctrina interpretativa: la fidelidad a las partituras es una ley sagrada, aunque respetarla conlleve erradicar las falsas tradiciones y los caprichos de los divos en busca de simple lucimiento.




Su salida de la Scala no fue fácil ni tranquila (en sus 19 años en Milán acumuló gloria y poder, pero también fama de tiránico) pero consiguió reinventarse, volver a ganar protagonismo en el circuito sinfónico sin abandonar el mundo de la ópera, manteniendo una privilegiada relación con la Orquesta Filarmónica de Viena y el Festival de Salzburgo.
Sus peleas con los grandes divos fueron sonadas, pero nunca dejó de colaborar con las grandes voces españolas, en especial con el inolvidable Kraus en su madurez y en la época dorada de Caballé y Domingo.
 Contó con todos ellos en una serie de grabaciones operísticas hoy legendarias.



 El veterano músico napolitano, que ha dirigido en dos ocasiones el famoso Concierto de Año de Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena, actuó dos veces en Barcelona al frente de las masas de la Scala para contribuir a la reconstrucción del Gran Teatro del Liceo.

DE HILOS Y LABERINTOS Pepe Junco

DE HILOS Y LABERINTOS







De un hilo que colgaba de una manga



de una vieja camisa algo raída,



fui tirando y tirando hasta saciarme.







Mi primera impresión no fue muy buena:



menguar es un asunto que deviene,



y el esmerarse en descubrir secretos



nos lleva a lamentables conclusiones.



Vas a tomar café como dormido,



te ajustas la mirada en los espejos,



te asomas para ver si pasan nubes



y sin querer te encuentras en el brete



de no saber qué hacer con la memoria.







A punto estuve de dejarlo todo



y ponerme a leer algún poema



del maestro Vallejo, tan versado



en la estulticia de los corazones.







El tedio y no tener a mano nada



en lo que sepultar mis muchas dudas



hizo que dando cuerda a los relojes



desde una posición cansina y loca



me ensimismara con la manga aquella



a punto de pasar a mejor vida.







Pensé, por no quedarme en purgatorios



tan dados a inquietudes y suspenses,



que acaso aquella joven del ovillo



prendada del eclipse de mis ojos



y poco adicta a juegos malabares,



mandaba una señal premonitoria



desde su mundo de salidas falsas.







Nada más encontrar a aquel engendro,



mitad yo pero más estrafalario,



supe que mi existencia desgraciada



y mis lamentaciones y mis cuitas



iban a hallar por fin su merecido.







Una brisa de mar besó mi frente



y refrescado vi cómo menguaban



el cuello y el ojal de la camisa.







Sin consultarlo y ya desesperado



me fui al rastro del barrio en el que vivo



buscando un trueque y una bienvenida.



Pero el maldito toro se empeñaba



en seguirme los pasos y enseñarme



su limpio y lastimado corazón.



Volví a Vallejo pero estaba herido.

LAS REGLAS DEL JUEGO PEPE JUNCO

Para seguir y no quedarse tonto,



para alzar la cabeza y mirar lejos,



para besar y no quedar prendidos,



para vivir con cierta expectativa.







Para luchar y no ceder el pulso,



para mirar el sol cuando se pone



despacito debajo de una loma,



cariñoso y cordial como un abrazo.







Para tener moral y alucinarse



viendo cómo los cuerpos elaboran



sabias y simuladas estrategias



cuando el reloj se apaga despistado.







Para te quiero mucho y para siempre,



para nunca jamás, inolvidable,



eternamente junto a tus pupilas,



indefinidamente en tu ribera.







Hace falta saber y hacer las paces



con cierta forma de mentir sin daño,



con la complicidad de los silencios,



con el hecho puntual de que vivimos.







Hace falta también un ritmo cierto,



una resignación agazapada,



un no dejarse ver por los rincones,



una apariencia de pisar muy firme.







Después morir, ajeno y por la espalda.