Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

30 mar 2011

Colores y mujeres en torno a Picasso

El octogenario actor Giorgio Albertazzi encarna a Pablo Picasso junto a las bailarinas de la Martha Graham Dance Company en un espectáculo coral .
¿Cómo nadie había hecho esta obra antes? ¿Cómo ningún director había cruzado estos elementos sobre una escena teatral moderna? Y es que todos los componentes de Cercando Picasso [Buscando a Picasso] casan con una naturalidad maravillosa, como si hubieran sido concebidos para esta mixtura estética y virtual.
 Desde los textos del propio Pablo Picasso y de Federico García Lorca hasta las coreografías de Martha Graham sobre la Guerra Civil Española o las pinturas de la tauromaquia del genio malagueño respaldados por la música de Manuel de Falla o de Igor Stravinski.






El ensamblaje ha partido del más grande y longevo actor italiano: Giorgio Albertazzi y su amor por García Lorca; él mismo reconoce que quería volver a recitar sus versos y esta vez ha ido más lejos hasta el famoso texto de la conferencia lorquiana sobre el flamenco y su imprescindible definición del duende, que dicha con intensidad en la voz de Albertazzi toma nuevos matices, se abre a nuevas interpretaciones.
De fondo, suena la música de El sombrero de tres picos de Falla y las bailarinas en destellos geométricos, evocan el siluetado de los quiebros y los brazos andaluces; mientras, el discurso va de La Niña de los Peines a las Bailarinas de Cádiz de la Antigüedad; Picasso pinta con un dedo de luz sobre la gasa oscura.



Por otro lado, un director escénico, Antonio Calenda, que quería volver a trabajar con Albertazzi (ya habían hecho juntos entre otras cosas un surrealizante trabajo sobre Apollinaire) y que entrevió estas conexiones plásticas y vitales además de prever como catalizador ideal sobre las tablas a Albertazzi, un hombre puro de teatro de 86 años que no tiene que hacer casi nada para aparecer sobre la escena como el Picasso anciano que revisa mentalmente su vida y sus amantes, sus pasiones.
 El parecido es extraordinario, pero va mucho más allá del físico y la indumentaria, se trata del ánimo, el instinto, una suerte de fuerza interior que se hace magnetismo cuando dice casi en un dramático susurro: "Un cuadro terminado es un cuadro muerto".



Si el guión columna estaba claro, el arropamiento también: las nueve bailarinas de la compañía neoyorkina de Martha Graham encarnando esas mujeres que rondaron la obra, la sensibilidad y las obsesiones del pintor toda su vida, como las ensoñaciones de un anciano que no esconde su lascivia y donde el pasado será futuro si sabemos exprimirlo.



La escenografía y el vestuario de Pier Paolo Busceri es todo un acierto: la escena es un gran lienzo móvil y blanco, como la tela por manchar a base de plataformas y luces
. En el centro un gran lecho donde el pintor puede ser que agoniza o se despierta de un largo sueño; de entre las sábanas surgen las mujeres, esos desnudos sensuales y móviles que van adquiriendo figuras propias reconocibles, símbolos y significados textuales mientras la voz del actor va y viene de los pensamientos más íntimos al desgarro de la guerra, de las emociones del trabajo en los tiempos de Diaghilev y los Ballets Russes a la nostalgia solar de una España presente y herida.
Son las nueve musas girando el torno al genio, desbocando una inspiración enérgica que parecía no tener fin.



Los cuadros se suceden con una dinámica coreográfica muy efectiva; aparecen los telones de Parade y de Pulcinella y entonces, la gran ironía: las bailarinas de Martha Graham con unos tutús blancos (¡quién lo iba a decir: las artistas herederas de la gran coreógrafa rupturista con el traje símbolo del ballet clásico!) y con corpiños cubistas en colores vivos que representan la paleta del artista y así se mezclan frenéticamente.
 El Picasso hombre, que sí dibujó tutús para Pulcinella, aparece transmutado en Pierrot con su gorguera caída y su traje ajedrezado en azules. Después la conmovedora escena del Guernika y del París de la época es sintetizada en figuras aisladas y potentes, siempre con una sensualidad explosiva y liberatoria.
Picasso incorpora al toro, lo asume y lo sitúa en un coreodrama circular de gran belleza. La coreógrafa Janet Eiber ha hilado un encaje finísimo y sofisticado enlazando el discurso picasiano a solos icónicos de Martha Graham como Lamentation o fragmentos corales como Steps in the street, ese visionario movimiento coral de 1936 insertado en el ballet Chronicle y que ha llegado a hoy en la reconstrucción que hizo la propia Graham en 1989 con Yuriko a partir de una filmación antigua de Julián Bryan.
 El resultado, ligado a las coreografías nuevas de la propia Eiber es una especie de testamento estético, de resumen vital donde "la juventud no tiene edad", y eso es lo que dice el Picasso-Albertazzi para reconfortar el nudo en la garganta que ha dejado en el público.



Cercando Picasso es una compleja y ambiciosa producción conjunta del Teatro Estable del Friuli Venecia Giulia (que dirige el propio Calenda) con la participación de la Martha Graham Dance Company de New York.
Las actuaciones romanas de estos días en el muy tradicional Teatro Quirino a platea llena dan paso a partir de hoy martes 29 a las representaciones en el Teatro La Pérgola de Florencia hasta el próximo 3 de abril.
 La crítica local no ha escatimado elogios tanto a Albertazzi como al potente y singular elenco de danza, y se le augura un puesto entre los mejores espectáculos de esta temporada europea.
No en vano ya se le han abierto las difíciles y casi inaccesibles puertas del Piccolo Teatro de Milán para enero de 2012.

Un hombre asombrado... y asombroso .FERNANDO SAVATER

EN EL CENTENARIO DE EMIL CIORAN (1911-1995)
He tardado 16 años en visitar la tumba de Cioran en el cementerio de Montparnasse. Aunque soy pasablemente fetichista y no me disgustan los cementerios, siempre que sea para estancias breves, las tumbas por las que siento más afición son las de ilustres desconocidos: es decir, autores cuyas creaciones he frecuentado mucho pero a los que no conocí personalmente o apenas traté.
En el camposanto de Montparnasse hay bastantes de ellos: Sartre y Simone de Beauvoir, Julio Cortázar y por encima de todos, Baudelaire.
 Pero en el caso de aquellos de quienes me he considerado amigo, soy más esquivo. Quizá por lo de que a los seres queridos uno los lleva enterrados dentro y todas esas cosas.




Los zarpazos del "filósofo aullador"

Clément Rosset celebra la alegría de vivir frente al pesimismo radical de Cioran

La inteligencia y el silencio


La izquierda antifranquista le admiraba; él lo veía como una paradoja

Cioran murió un 21 de junio, día de mi cumpleaños.
 Un par de años después desapareció también su maravillosa compañera Simone Boué, ahogada en la playa de Dieppe.
Me es imposible decir a cuál de los dos recuerdo con mayor afecto.
Ambos descansan bajo la lápida gris azulada de Montparnasse, de una sobriedad extrema, realmente minimalista.
Mientras iba en su busca, sorteando mármoles, cruces y ofrendas florales por los vericuetos funerarios, a veces peligrosos para la verticalidad del paseante, recordaba sus consejos: "Vaya 20 minutos a un cementerio y verá que sus preocupaciones no desaparecen, desde luego, pero casi son superadas... Es mucho mejor que ir a un médico. Un paseo por el cementerio es una lección de sabiduría casi automática". Luego soltaba una de sus breves carcajadas silenciosas y yo, en mi ingenuidad juvenil, me preguntaba si hablaba realmente en serio. He tardado en aprender que hablar sinceramente de ciertos temas demasiado serios implica el tono humorístico como único modo de evitar la solemne ridiculez...



Traté a Cioran durante más de 20 años.
 Nos escribíamos con frecuencia y yo le visitaba siempre que iba a París una o dos veces por año. Me dispensaba una enorme amabilidad y paciencia, supongo que incluso con cariñosa resignación.
Se interesaba especialmente por todo lo que yo le contaba de España, tanto durante los últimos años del franquismo como en los primeros avatares de la democracia posterior. Por supuesto no creo ni por un momento que fuesen mis comentarios apasionados y entusiastas sobre nuestras peripecias políticas lo que le fascinaba, sino la referencia al país mismo, esa segunda patria espiritual que se había buscado, la tierra nativa del desengaño. "Uno tras otro, he adorado y execrado a muchos pueblos: nunca se me pasó por la cabeza renegar del español que hubiera querido ser".
Porque aunque se convirtió en gran escritor francés y se mantuvo apátrida, parece cierto que durante un tiempo pensó seriamente en hacerse español.
La buena acogida que tuvieron sus libros traducidos en nuestro país le produjo una sorpresa tan grata como indudable.
Creo que hubo un momento en que fue más popular -por inexacta que sea la palabra- en España que en Francia.
Nunca le vi tan divertido como al contarle que en el concurso de televisión de mayor audiencia en aquella época (Un, dos, tres...) uno de los participantes citó su nombre tras el de Aristóteles cuando le preguntaron por filósofos célebres...



Apreciaba especialmente la paradoja de que tanto yo, su traductor, como la mayoría de los jóvenes españoles que se interesaban por él fuésemos gente de la izquierda antifranquista. Incluso le producía cierto asombro, porque para él la izquierda era un semillero de ilusiones vacuas y de un optimismo infundado -ese pleonasmo- de consecuencias potencialmente peligrosas, que había denunciado en Historia y utopía. Y sin embargo le halagaba tan inesperado reconocimiento.
 En realidad el asombro nos aproximaba, porque a mí me dejaba boquiabierto que alguien pudiera vivir y demostrar humor (Cioran y yo nos reíamos mucho cuando estábamos juntos) con tan implacable animadversión a cualquier creencia movilizadora y tan absoluto rechazo a las promesas del futuro.
En cierta ocasión, tras haber demolido minuciosamente mi catálogo de candorosas esperanzas, me permití una tímida protesta: "Pero, Cioran, hay que creer en algo...". Entonces se puso momentáneamente grave: "Si usted hubiera creído en algunas cosas en que yo pude creer no me diría eso".
Y acto seguido volvió a su cordial sonrisa habitual, ante mi desconcierto.



Como yo era tan ingenuo entonces que no quería por nada del mundo parecerlo, me empeñaba en tratar de convencerle de que mi pesimismo no era menor que el suyo. Cioran me refutaba con amable paciencia, insistiendo en demostrarme que yo era incapaz visceralmente de aceptar las consecuencias pesimistas de las premisas que asumía para ponerme a su altura, seducido por el vigor irresistible de sus fórmulas desencantadas. Confusamente, trataba de explicarle que mi pesimismo era activo: cuando no se espera la salvación de ninguna necesidad histórica ni de ninguna utopía consoladora terrenal o sobrenatural, solo queda la vocación activa y desconsolada de la propia voluntad que no se doblega.
No siempre nos movemos atraídos por la luz: a veces es la sombra la que nos empuja...
Más o menos disfrazadas, le repetía opiniones tomadas de Nietzsche, a quien también leía devotamente en aquella época.
Solíamos dejar al fin nuestras discusiones en un amistoso empate. Pero es obvio que nunca logré convencerle... ni engañarle.
Su último libro, Aveux et anathémes, me lo dedicó con estas palabras: "A F. S., agradeciéndole sus esfuerzos por ser pesimista".



Con los años, ambos fuimos poco a poco sosegando la vivacidad de nuestros debates en una especie de familiaridad cómplice.
Tras el asentamiento de la democracia en España, mis fervores fueron progresivamente renunciando a la truculencia y aceptaron cauces pragmáticos: se trataba de vivir mejor, no de alcanzar el paraíso.
 Los excesos pesimistas, lo mismo que las demasías del conformismo ilusionado, me parecieron -y me parecen- manifestaciones culpables de pereza que ceden el timón de la vida a rutinas fatales.
Pero también Cioran en sus últimos años de lucidez, tras la caída de Ceaucescu, me daba la impresión de inclinarse por una especie de pragmatismo escéptico aunque sin embargo positivo.
Por primera vez le vi celebrar acontecimientos históricos, desde luego sin arrebatos triunfales.
 A veces hasta me daba la impresión de estar parcialmente desengañado del desengaño mismo, la suprema prueba de su honradez intelectual...



Guardo especial recuerdo de una visita que le hice en el año 90 o 91, en su apartamento del 21 de la rue de l'Odeon.
Fui acompañado de mi mujer y por primera vez en tantos años me encontré a Cioran solo en casa, porque Simone había salido con unas amigas.
Para nuestra cena habitual había dejado unos filetes de carne convenientemente dispuestos en la cocina, listos para freír en la sartén.
 Queriendo evitarle tareas culinarias, le propuse que fuésemos los tres a cenar a cualquier restaurante próximo del barrio pero no consintió en ello: yo siempre había cenado en su casa y esa noche no podía ser una excepción.
Su exigente y generosa norma de hospitalidad no lo permitía.
De modo que todos nos desplazamos a la minúscula cocina y allí se hizo evidente que el manejo de los fogones desbordaba ampliamente las capacidades de Cioran.
Entonces mi mujer tomó el control de las operaciones, nos hizo abandonar el estrecho recinto para evitar interferencias y guisó sin muchas dificultades la sobria cena que debíamos compartir.
Desde el exterior, Cioran la veía operar con rendida admiración, mientras me daba una breve charla sobre las admirables disposiciones naturales de las mujeres vascas para el arte culinario...
Es una de las imágenes más conmovedoramente tiernas que guardo de él, tan incurablemente escéptico en la teoría pero capaz a veces de un asombro casi infantil ante los misteriosos mecanismos eficaces del mundo y los milagros de la amistad.





Creo que esa capacidad de asombro era uno de los encantos de su trato personal, pero también una de las características notables de su talante intelectual.
 A veces los escépticos adoptan la arrogante superioridad y la suficiencia desdeñosa de los peores dogmáticos: están convencidos de que nada saben ni nada se puede saber con la misma altanería que otros muestran en afirmar su convicción de que saben cuanto puede saberse.
 En ambos casos lo malo no es ignorar o conocer, sino el estar tan radicalmente convencidos que ya nada puede asombrarles.
 Cioran permanecía en la tierra del asombro, perplejo incluso en sus negaciones y rechazos más viscerales.
Nunca abrumaba con displicencia al creyente que balbuceaba frente a él, incluso parecía envidiarle a veces, aunque le cortaba decididamente el paso.
Se asombraba sobre todo de que en la vida la maravilla coexistiese con el horror, como ya señaló Baudelaire: somos conscientes de la matanza general que nos rodea y del encanto de Bach.
Sólo dos posibilidades permiten soportar los sinsabores de la existencia, ambas en permanente entredicho pero ambas también irrenunciables: la posibilidad del suicidio y la de la inmortalidad.
 Cioran permaneció siempre entre ambas, escéptico y atónito.



Cuando encontré su tumba en el cementerio de Montparnasse, al leer su nombre en la lápida junto al de Simone, me puse a llorar.
No de pena, desde luego, aunque tanto echo de menos a ambos cada vez que vuelvo a París y recuerdo nuestras cenas en la calle del Odeon, las charlas interminables y las risas.
¿Cómo podría lamentarme por ellos, cuando tanto les admiré y tanto enriquecieron generosamente mi juventud?
No, supongo que lloré de gratitud y sobre todo de asombro. El asombro porque los que aún estamos ya no estamos del todo y de que aún siguen estando los que ya no están.

29 mar 2011

El Cuco ya está en libertad

No sé si aún se acuerdan de la extraña desaparición de una joven llamada Marta del Castillo.
Aún no se sabe que hicieron con ella, un grupo de chicos han toreado con buen resultado a la opinión de este País.
Entre todos la mataron y ella "Sola" se murio, parece, porque esos niñatos, han traído en jaque a la policia a la justicia y a la ciudadania que hemos asistido en directo a ese tejemaneje de buscar el cadaver, que triste y que fuerte, se dice que encubren a alguien importante, pero en algún renuncio se les hubiera cogido, y no, un dia dicen la tiraron al rio
se tarda y no se encuentra, luego que si en un vertedero, y nada, tienen la sangre fria de jugar con todos, ¿Que falla? porque no se puede pensar que esos muchachos juegan y aciertan, ahora saldrá todo por la tele, el Cuco ya avanza que esos años 3 en un centro de menores se los tienen que recompensar.
Que hace la justicia?.
Porque si no creemos en ella se vuelve a la Ley del más fuerte, el que desenvaine antes mata, o matas tu.
Eso "niño" El Cuco si es inocente que demonios hacia con un grupo de chicos mayores que él?
El caso ya no es el dolor de la familia sino como unos muchachos juegan con toda la sociedad y volveremos a verlos pasados unos años y con más fuerza.
No se acuerdan de las niñas de Alcacer? quién las mató? y por qué? dicen que un muchacho llamado Angles del que jamás se encontró su cuerpo ahogado que decían.
Que vale una vida?
La de os asesinos parece que algo nos cuesta porque les damos de comer. ¿Donde va el Cuco ahora? quien le pagará? La televisión, naturalmente.
Porque hoy todo se vende y se compra, la muerte tiene un precio.
Y vemos asesinos de niños, de jóvenes que se vuelven en figuras mediáticas, matar y morir, cuando deberían estar terminando un curso y quedando para ir a la Playa.
Y los pedófilos que encima tienen que ir los presentadores, que no deberían entrar en ese juego, van como imputados porque una mujer da en la tele que su marido si mató a otra niña, estamos locos?, radioactividad mata pero no elige a sus víctimas, el Tsunami mata pero tampoco las elige. Que está pasando en este mundo, que ya nadie cree en nadie?

azul de nácar,

Hay una luz ahora, azul de nácar, que no pertenece ni a la noche ni al crepúsculo. Nítida y fervorosa enfrente de las hojas que vuelven a las ramas.
Azul árabe la llamaba yo, antes, las paredes enjalbegadas, las olas oscuras, el mar sin rostro.
El mar, que es primero en venir con el día; primero en recibir la noche.


Pero esa luz, azul de nácar, instante de nada, también desgajado como yo del calendario.

Publicado por José Carlos Cataño