Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

9 sept 2010

La 'dolce vita' de 'Brangelina'


Italia parece seguir siendo el paraíso del buen retiro.
Siguiendo el ejemplo del amigo George Clooney, que en las orillas del lago de Como (cerca de Milán) ha comprado casa y encontrado el amor, Angelina Jolie y Brad Pitt aterrizan en ese país.
Entre rodaje y rodaje, entre los compromisos humanitarios y el cuidado de sus seis hijos, a la pareja dorada de Hollywood le ha dado tiempo de escaparse a la Valpollicella, una región del norte famosa por sus vinos, y comprarse una bonita casa de veraneo. Villa Costanza es una finca de 18.000 metros cuadrados (el equivalente a dos campos de fútbol), situada en el municipio de San Pietro in Cariano, provincia de Verona.
La casa está rodeada de un viñedo y en su interior acoge 15 habitaciones, siete baños, salón, una sala de cine, dos piscinas, un gimnasio y varios jacuzzi. Hay que tener en cuenta que la familia es numerosa. El diario Daily Mail desvela que el precio fue tan estelar como los nuevos inquilinos: 31,5 millones de euros.



Los 18.000 metros cuadrados de Villa Costanza han costado 31 millones
Villa Costanza es la tercera propiedad inmobiliaria de Brangelina.
Los dos divos se dividen normalmente entre la residencia de Los Ángeles y la de Nueva Orleans, en puro estilo francés.
A partir de ahora, durante las vacaciones podrán también descansar plácidamente entre las viñas y las dulces colinas vénetas, a un puñado de kilómetros de Verona, la ciudad de Romeo y Julieta, o de Venecia.
Fue justo la permanencia en la ciudad de los canales lo que hizo que a Brangelina le entrara el gusanillo de comprar una finca en la zona. Jolie se enamoró de ese lugar a principios de año, durante el rodaje, junto a Johnny Depp, de The Tourist, un thriller firmado por Florian Henckel von Donnersmarck, director de La vida de los otros.
La pareja encargó a un agente inmobiliario la difícil tarea de encontrar algo que pudiera satisfacerles.

Las estrellas estadounidenses están en buena compañía. Italia parece todavía cumplir con los sueños de muchos famosos del glamour internacional.
Clooney compró en 2002 Villa Oleandra, a orillas del lago Como, y allí suele pasar los meses estivales, lejos de cotilleos y cámaras indiscretas acompañado, desde el año pasado, de su nueva novia, Elisabetta Canalis. El director Francis Ford Coppola, de origen italiano, adquirió una propiedad en el sur, en Apulia.
Otro actor enamorado del país de la dolce vita, en este caso francés es Gérard Depardieu, que hasta hace publicidad de una famosa salsa diciendo que tiene corazón italiano. Los rumores cuentan que está tanteando la posibilidad de mudarse a vivir a alguna localidad de esta península. Y el cantante Sting es dueño de toda una colina de 300 hectáreas en la Toscana.

Empezamos a soltar la lengua...

¿Les parecía poco esfuerzo para agitar las aguas de la xenofobia el despliegue de ayer de El Mundo, tal y como les contábamos en este blog? Pues La Razón viene hoy en su ayuda: “La mayoría de los españoles rechaza a los musulmanes”, es el título que abre su edición.
Así que si ayer el periódico de Pedro J. ponía un ojo en Sarkozy, parece que hoy el diario de Marhuenda quiere acercarse a Terry Jones, en la foto, ese pastor loco que dirige el Dove World Outreach Center, un centro cristiano fundamentalista en Gainesville, Florida, que ha anunciado que quemará centenares de coranes el 11 de setiembre. (Seguramente en algún pueblo de Afganistán también habrá un clérigo musulmán que querrá quemar centenares de biblias.
¡Hay que ver cómo les gustan las hogueras a los religiosos!) Ya, ya sé que lo de La Razón no es lo mismo que lo de Jones, pero algún día podremos exagerar las cosas. Al fin y al cabo la fiel infantería lo hace a todas horas.
No dejemos en la nebulosa del misterio, por cierto, saber qué han respondido los lectores de El Mundo a la pregunta que ayer les hacía ese gran liberal, Pedro J. Ramírez: “¿Cree usted que hay relación entre la tasa de paro y el número de inmigrantes?” El 77% ha respondido que sí, el 23% que no.

"Las mujeres saben moverse mejor en Hollywood"


Con más de 80 películas a sus espaldas y su rostro grabado a fuego en la memoria del cinéfilo gracias a su trabajo en filmes como La última tentación de Cristo, Calles de fuego, Corazón salvaje, Nacido el 4 de julio o Platoon, Willem Dafoe (1955, Wisconsin) se puede permitir a estas alturas de su carrera hacer lo que le venga en gana, sin más explicaciones. Por ejemplo, regalar a su esposa, Giada Colagrande, directora de cine por más señas, un papelón en A woman, la última película de Colagrande.


"No hay secretos en mi trabajo: debes servir a la situación y a la historia"
Dafoe pasó como un cohete por el Lido, pero tuvo tiempo de hablar un rato de lo suyo... y de lo de su mujer.

Pregunta. Se ha hablado mucho estos días de la tendencia a que las mujeres directoras tengan mayor presencia en el mundo del cine, ¿cómo lo ve usted?

Respuesta. [Pausa] Bueno, lo que voy a decir es algo perverso: a medida que los directores pierden poder en el universo del cine, menos hombres se interesan por el trabajo y deciden encontrar alguna otra cosa. Sin embargo, las mujeres son más listas y saben moverse mucho mejor dentro del sistema hollywoodiense.

P. Tendrá una opinión de las dotes de mando de su esposa. ¿Qué tal la experiencia?

R. Muy fácil [sonríe], en serio, es duro porque ella sabe muy bien lo quiere. Por mi experiencia sé que es difícil que un director consiga que el filme que está haciendo sea como el que imagina; así que cuando trabajas con alguien con esa determinación es algo bonito y satisfactorio.

P. ¿Cuál es su actitud cuando se planta en un rodaje? ¿Le gusta colaborar o se siente mejor obedeciendo órdenes?

R. Para mí, el director siempre ha sido lo más importante. A veces, los directores mismos te piden que interactúes con ellos, otras veces solo quieren que ruedes lo que te dan y a un tercer grupo les gusta que transformes las cosas en el plató. Estoy abierto a cualquier colaboración, aunque muchas veces no dependa de mí como actor.

P. Lleva muchos años metido en el mundillo del cine. ¿Cómo se aproxima ahora a los papeles?

R. Como siempre, mi prioridad es servir a la situación y a la historia. No hay más secretos. No metas nada en el papel que no deba estar allí.

P. ¿Y la parte más complicada de su trabajo?

R. El gran desafío es encontrar el balance correcto y no dejarse seducir por la prosa.

P. ¿Puede hablar de su trabajo en John Carter of Mars, la primera película de Pixar con personajes de carne y hueso?

R. Sí, por qué no... Acabé de rodar John Carter of Mars hace un par de semanas. La dirige Andrew Stanton. Es una novela gráfica o una pieza épica de ciencia ficción, o como quieras llamarlo, escrita por Edgar Rice Burroughs. Un proyecto precioso.

P. ¿Y qué le ha tocado hacer?

R. Soy un guerrero marciano de tres metros de altura [risas]. ¿Sabes? Ha sido bastante increíble, porque obviamente he rodado con uno de esos trajes llenos de sensores. Pero al mismo tiempo hemos hecho secuencias enteras compartiendo escenario con personajes reales. Todo me ha parecido un desafío importante, el proceso posterior con las imágenes generadas por ordenador, el CGI, es fascinante y el hecho de complementar la actuación con tecnología es muy interesante. Colaboré con Andrew Stanton en Buscando a Nemo y es bueno en su trabajo, tan detallista, preciso y meticuloso. Cuando estaba doblando esa película hice muchas sesiones con él y te digo que sabe tratar con los actores. Es el hombre perfecto para el proyecto.

La novela y sus símbolos, según García de la Concha


El presidente de la Real Academia Española también llora. Mientras leía Sefarad, la novela de Antonio Muñoz Molina, se hartó de hacerlo.
Víctor García de la Concha (Villaviciosa, 1934) se sorprendería más tarde al saber que fue uno de tantos. "Descubrí que había casi una cofradía de los que lloraban por Sefarad", confesó ayer en el Círculo de Bellas Artes, durante la presentación de su libro, Cinco novelas en clave simbólica (Alfaguara), en el que desmenuza cinco obras contemporáneas: La casa verde (Mario Vargas Llosa, 1965), Cien años de soledad (Gabriel García Márquez, 1967), Volverás a Región (Juan Benet,1967), Madera de boj (Camilo José Cela,1989) y Sefarad (Antonio Muñoz Molina, 2001).
"A pesar de las diferencias entre ellas, tienen un denominador común: las cinco son historias intrincadas, selváticas y que desafían al lector", observó Mario Vargas Llosa, uno de los autores que apadrinó la presentación del ensayo, al que asistió Ignacio Polanco, presidente del Grupo PRISA, al que pertenece EL PAÍS.


Muñoz Molina: "El encuentro entre el cuento y el relato es el simbólico"

García de la Concha: "Había toda una cofradía que lloraba con 'Sefarad"

Vargas Llosa: "Las cinco historias elegidas desafían al lector"
Las cinco coinciden también en la creación de una geografía imaginaria, construida a partir de la realidad. Cela alquiló varios veranos un chalé en una de las bravas playas de la Costa da Morte para empaparse de las leyendas, mitologías, costumbres y personajes que luego retrató en Madera de boj.
García de la Concha asistió en primera línea a los coletazos finales del proceso creador de la obra del Nobel. "Me quedé pasmado de que un hombre de su edad tuviera aquella riqueza léxica. Bajo la máscara de hombre duro, es una gran confesión de amor a la Costa da Morte", aseguró.

Benet aprovechó sus dos años de experiencia como ingeniero mientras construía una presa en León para urdir Volverás a Región, una novela de digestión difícil incluso para un lector "perseverante" como Vargas Llosa. "Las frases me seducían pero me era casi imposible mantener la atención en aquella prosa laberíntica", confesó.
Así que el autor de La fiesta del chivo agradeció el efecto tentador que le causó el ensayo de García de la Concha: "Me gusta mucho la crítica que incita a leer los libros que critica. Este libro tiene este mérito".

Antonio Muñoz Molina, que se definió como un lector de "ochomiles" -que también admitió sus dificultades para escalar la obra de Benet-, desveló su deuda de gratitud con La casa verde, una de las novelas que le cambió la manera de ver el mundo y la literatura.
Porque a ambas cosas aspiran los autores. "A contar la realidad del mundo y una construcción que está por encima del mundo", dijo el autor de Plenilunio. "El punto de encuentro entre el cuento y el relato del mundo es el simbólico", agregó.

Esos nexos son los que disecciona García de la Concha. Con gran fortuna, a juicio de los dos novelistas que le acompañaron. "Joyce decía que el novelista aspira al lector ideal aquejado del insomnio ideal. De repente encuentras ese lector que te devuelve tu libro porque lo ha leído nota por nota", elogió Muñoz Molina.

Cien años de soledad no cabe en cien años. Su lectura, sin embargo, no chirría por ello: el tiempo literario no es rehén del reloj. "El tiempo novelesco es algo que se alarga, se demora, se inmoviliza o echa a correr de manera vertiginosa.
La historia se mueve en el tiempo de la ficción (...) con una libertad que nos está vedada a los seres de carne y hueso en la vida real", ha escrito Vargas Llosa en otra ocasión. Ayer reiteró esta idea: "El tiempo es una invención, igual que se inventa el narrador".

Mario Vargas Llosa escribió La casa verde removiendo los recuerdos de "una choza prostibularia, pintada de verde, que coloreaba el arenal de Piura el año 1946". "El espacio", explicó ayer, "no nace accidentalmente sino del recuerdo de experiencias vividas".
Igual que Cien años de soledad, que arranca de un viaje de García Márquez con su madre a Aracataca para vender la casa donde nació. Allí, al ver el abrazo entre su madre y la boticaria que lloran durante media hora, le surgió la idea de contar "todo el pasado de aquel episodio".