Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

12 ago 2010

La reconciliación como ideología


La reconciliación como ideología
En la difícil relación que algunos Estados tienen con su turbulento pasado, la figura de la víctima permite crear espacios neutros y 'museos ecuménicos' donde se borran los conflictos y triunfa la memoria administrativa
En un libro clásico de Alexander y Margarete Mitscherlich, Fundamentos del comportamiento colectivo: La imposibilidad de sentir duelo -fechada en 1967 la edición original y traducida por primera vez al castellano en 1973-, ambos psicoanalistas ofrecían el primer diagnóstico sobre la conducta de la sociedad alemana desde el fin de la II Guerra Mundial hasta mediados de los años sesenta en relación con su pasado contemporáneo.
Sostenían que aquella sociedad había buscado en el esfuerzo sobrehumano de la recuperación industrial y económica de posguerra el rechazo de asumir, en su subconsciente colectivo, los crímenes del nazismo.


El 'sujeto-víctima' deviene una institución moral y jurídica que actúa como tótem nacional

En Valls, un ángel del monumento a la victoria de 1939 convive con versos de Salvador Espriu
Los autores se preguntaban por qué no se habían examinado los comportamientos de sus conciudadanos alemanes durante la República de Weimar y el Tercer Reich "de un modo suficiente y crítico.
Desde luego, al decir esto no nos referimos a los conocimientos de ciertos especialistas, sino a la deficiente difusión de esos conocimientos en la conciencia política de nuestra vida pública". Y añadían: "Utilizamos la transición y el Estado democrático para producir bienestar, pero apenas para producir conocimiento".
No se referían a la erudición profesional -insisten mucho en este aspecto-, sino al conocimiento de los orígenes y del proceso de crecimiento ético -la conciencia- de una ciudadanía. Situaban la ética política no solo en la historia, sino en la responsabilidad de la ciudadanía y, por tanto, del Estado de derecho.

Años más tarde -en 1990-, Alejandro González Poblete, secretario ejecutivo de la Vicaría de la Solidaridad de Chile, en una carta dirigida a la Comisión Rettig proponía de qué manera debía entender el Estado una política pública de reparación: "Entendemos la reparación como un proceso individual y colectivo de crecimiento y de apropiación de una mejor calidad de vida, que implica la dignificación moral y social de la persona y del grupo familiar dañado por la represión.
Sin perjuicio de la principal obligación del Estado de asumir la reparación de las víctimas, corresponde a la sociedad toda reconocer la necesidad de esa reparación y contribuir a ella,

que no se crea que medidas indemnizatorias del Estado son suficientes para cumplir con el objeto reparatorio". Al igual que los Mitscherlich, cuando hablaban textualmente de la "conciencia política de nuestra vida pública", González Poblete vinculaba también calidad de vida y bienestar con la socialización de un reconocimiento público de los desastres de la dictadura.

Pero actuar de esta manera requiere una decisión política del Estado de derecho: requiere acordar cuál es su origen ético y proceder en consecuencia. Una decisión que siempre ha instalado una querella en los procesos de transición y en la democracia posterior.

En España, ni el conocimiento y responsabilidades de la devastación humana y ética que había provocado el franquismo, ni la restitución social y moral de la resistencia, ni el deseo de información y debate que sobre aquel pasado inmediato iba expresando la ciudadanía más participativa, fueron nunca considerados por el Estado parte constitutiva del bienestar social de muchos ciudadanos.
Ni tampoco como una pregunta que interrogaba sobre la base ético-institucional del Estado; es más, esas demandas siempre fueron juzgadas como un peligro de destrucción de la convivencia, por lo que debían ser apaciguadas para el bien de la ciudadanía. El Estado debía inhibirse para evitar cualquier conflicto, sin tener presente que así como no hay instituciones sin ciudadanos que las sustenten, tampoco hay ciudadanía sin conciencia ni conflicto.

Esa denegación del Estado y sus distintos administradores, ha conllevado un discurso cuyo núcleo es la equiparación y unificación de valores, y para ello ha recurrido a la institucionalización de un nuevo sujeto, la víctima.
Más que una persona (una biografía, un proyecto), el sujeto-víctima constituye un lugar de encuentro con el que el Estado genera el espacio de consenso moral sustentado en el sufrimiento impuesto; por ese camino el sujeto-víctima deviene una institución moral y jurídica que actúa como tótem nacional.
Un espacio que reúne a todos, desde el principio de que todos los muertos, torturados u ofendidos son iguales. Algo que resulta tan indiscutible empíricamente como inútil y desconcertante a efectos de comprensión histórica, al disipar la causa y el contexto que produjo el daño al ciudadano.
Ese aprovechamiento del sujeto-víctima genera un espacio en el que se disuelven todas las fronteras éticas, estableciendo un vacío que el Estado ha colmado con una memoria administrativa derivada de la ideología de la reconciliación, que nada tiene que ver con la reconciliación como proyecto político.

Un proyecto político es algo que surge del conflicto histórico y de la necesidad de resolverlo del modo más satisfactorio para todos aunque no contente a todos, por lo que requiere discusión, negociación, acuerdo relativo y una decisión mayoritariamente compartida.
El proyecto político de la reconciliación tiene, siempre, su expresión práctica y emblemática en el Parlamento y la Constitución. Ambas instituciones expresan los grados de reconciliación logrados durante la transición a la democracia y tras ella, pero en ningún caso esas instituciones sustituyen a la sociedad y las memorias que la sociedad contiene.

En cambio, una ideología -por ejemplo la de la reconciliación-, lejos de asentarse en la realidad pretende crear la realidad, o a lo sumo evitarla. Es un instrumento de asimilación, su vocación es devorar cualquier elemento antagónico y expandir las certezas absolutas en que se sostiene.
La ideología no tiene capacidad de diálogo porque no nace para eso, y la memoria por ella creada, la memoria administrativa o buena memoria, tampoco, porque es una memoria deliberadamente única, sustitutiva.

Además, la ideología de la reconciliación y el consenso requiere espacios simbólicos de reproducción y difusión propia.
Uno de los efectos de esa necesidad es que a menudo ha implementado la dramatización figurativa -sorprendentemente llamada también museificación- de espacios relativos a la memoria, en muchos casos vinculados a grandes negocios de la industria cultural o turística, a su vez relacionada con intereses locales.
Ha creado ritos, simbologías y arquitecturas, escenarios y textos. Ha creado un nuevo tipo de museo en el que la colección no está constituida necesariamente por objetos, sino por ideas. Son museos ecuménicos.

Con esa expresión me refiero al escenario de múltiples formatos en el que es asumida y representada la igualdad de todas las confesiones (opciones, ideas, éticas, políticas...) con el resultado de constituir un espacio altamente autoritario, pues lejos de presentar la pluralidad de memorias, las diluye en el relato de un éxito colectivo -la reconciliación, que ha dejado de ser un proyecto político para convertirse en un mero discurso ideológico- y que es presentado como la única memoria posible, la buena memoria.

El museo ecuménico (un edificio, un espacio, una exposición, un texto en un panel, una placa de homenaje...) es un área de disolución de memorias y conflictos en la que a través del uso ahistórico de la víctima, la impunidad equitativa ofrece su propia expresión simbólica.
Hay ejemplos estupendos en toda Europa -en Verdún, en Bonn, en Budapest-. Es lo que sucede con los espacios de la batalla del Ebro, un contundente ejemplo del ecumenismo simple a propósito de una guerra escenificada como técnica de enfrentamiento, no como prolongación de relaciones sociales y políticas. O lo que sucede con numerosos monumentos franquistas que, presentes aún en muchas ciudades, han sido mutados por las autoridades locales generando curiosos palimpsestos para la posteridad: por ejemplo -solo uno- en la ciudad de Valls (Tarragona), donde el Consistorio instaló en el monumento a la Victoria una placa con versos del poeta Salvador Espriu que invocan la comprensión y tolerancia, bajo un irreductible y amenazante ángel de los de 1939 alzando su espada de guardián de algo, y a su vez protegido, unos metros más arriba, por una enorme, siniestra e inevitable cruz de piedra. Disolución de memorias en espacios y formas diversas. Museos ecuménicos.

Ricard Vinyes es historiador.

Demasiado gay para Hollywood


'¡Te quiero! Phillip Morris' reaviva el fantasma de la homofobia en el cine - Tras dos años de retraso en su estreno estadounidense, el filme llega a las salas españolas .
"Esto es una historia verdadera. De verdad". Así empieza ¡Te quiero! Phillip Morris, la película protagonizada por los actores Ewan McGregor y Jim Carrey que se estrena mañana en España.
Un recordatorio útil a la hora de adentrarse en esta comedia dramática sobre un organista de iglesia alegremente casado que descubre la felicidad en la cárcel en compañía de otro hombre. Y, también, al comprobar que esta película de temática explícitamente gay protagonizada por dos pesos pesados de Hollywood se ha estrenado en Taiwan, Italia, México o Reino Unido pero no en EE UU, donde la batalla legal entre productores y distribuidores la ha convertido en película de culto. ¿Homofobia? "Algo de eso hay", comentan los directores Glenn Ficarra y John Requa desde Los Ángeles.


Los distribuidores se negaron a estrenarla pese a las buenas críticas

Ewan McGregor y Jim Carrey practican sexo oral y un humor incorrecto
Steven Russell lleva cumplidos nueve de los 144 años de cárcel a los que le sentenciaron en una prisión de máxima seguridad de Texas.
Fue condenado por fraude, usurpación de identidad y por haberse escapado de prisión en repetidas ocasiones fingiendo enfermedades y haciéndose pasar por guarda de seguridad o médico. Unas fugas originadas por su única debilidad conocida: el recluso Phillip Morris.
Una historia de amor carcelario recogida en el libro ¡Te quiero! Phillip Morris, del periodista Steve McViker, que sirvió para que los guionistas Glenn Ficarra y John Requa, responsables del guión de la negrísima Bad Santa, construyeran y dirigieran el anti Brokeback mountain. "En la película de Ang Lee, la homosexualidad es una enfermedad. Pero en esta, da la casualidad de que son gays. Ese no es el problema".

Pero sí hubo problemas. La película fue presentada con mucha expectación en 2009 en el Festival de Sundance y se proyectó en la Quincena de Realizadores de Cannes de ese mismo año con el beneplácito de la crítica. En ella, el sida se convierte en un cómico macguffin, Ewan McGregor y Jim Carrey practican sexo oral y la cárcel se convierte en un improbable nido de amor.
La distribuidora se echó atrás en su intención de estrenarla en EE UU. Con petición incluida de volver a montar la película eliminando algunas escenas. Después de casi un año de incógnitas, el filme llegará a ese país este otoño. "El distribuidor original nos engañó.
Era su responsabilidad estrenarla y no lo hizo", comenta Ficarra vía telefónica, "además no pagaron sus facturas... Pero no voy a decir nada más negativo, el sistema judicial americano es muy complicado", añade entre risas.

Si Mi nombre es Harvey Milk de Gus Van Sant le dio un Oscar a Sean Penn, si las burradas anarcogays de Gregg Araki encuentran distribución minoritaria en Estados Unidos, si el cine gay español se consume con avidez al otro lado del charco vía distribuidoras especializadas como TLA Releasing, ¿qué pasa con Phillip Morris? Esquivando las posibles responsabilidades judiciales, los realizadores reconocen que "los distribuidores tuvieron miedo a la película" y dejan planear sobre sus problemas con la industria el fantasma de la homofobia.
Y eso a pesar de no ser homosexuales.
"No soy gay, pero lo intento todos los días", comenta Requa a carcajada limpia preguntado sobre las fuentes de las que bebió para hacer un retrato tan cínico y mordiente de la comunidad gay norteamericana. "La industria del cine es muy gay. Teníamos las fuentes muy cerca", comenta con sorna.

La comunidad bloguera internacional ha tildado abiertamente de homófoba a la distribuidora que compró sus derechos para Estados Unidos, Consolidate Pictures.
El director de fotografía de la película, el mexicano Xavier Pérez Grobet, también opta por una lectura anti gay: "No se dicen las cosas como son. Pero desde mi punto de vista, no se ha estrenado por el tema gay.
Vamos, diría que está clarísimo. Es más miedo de los distribuidores que de la gente en general", expone vía telefónica. "La situación es un poco absurda, porque ya se puede ver en los vuelos internacionales a Estados Unidos".

Demasiado gay, demasiado políticamente incorrecta o ambas cosas... Lo cierto es que ¡Te quiero! Phillip Morris sí que es una efectiva comedia romántica que vuelve a traer al Jim Carrey menos sonrojante de películas como El show de Truman u ¡Olvídate de mí! Y lo hace junto a una inusitada pareja cómica, el escocés Ewan McGregor. Con sexo anal, robos, fraudes financieros y travestismos varios en esta historia de, ante todo, amor verdadero. De verdad.

POEMA A UNA PINTORA


POEMA A UNA PINTORA


Sumido en el esbozo de un instante cálido,
o la humilde llamarada de un te quiero,
reúnes, magistral y omnipotente:
colores, cabellete y lienzo.

Inmóvil, miras y remiras; eternizas tu memoria
anclada en el recuerdo de un magenta
y encierras tus pasiones
tras eternas cortinas de silencio.

Imágenes vividas, pasiones desatadas
que recorren a la usanza
tu cabeza, hombro y dedo,
como sendero inusitado
trabajando la textura de un anhelo.

El lienzo al verte se estremece y
enervado, entre sombras y murmullos, te musita:
¿Qué más quieres, dueño mío?
¿Qué más quieres, candor de mis ensueños?

Cyan me das, y al contacto de tus dedos
lo trasformo en un cielo donde habitan
esperanzas y delirios, zonas mudas
que desgranan la ternura de una vida.

Dame tú esa pizca del rojo fuego que te quema.
Dalo sin pudor y al instante construiré
mil atardeceres malvas ingrávidos y bellos,
permanentes, sosteniendo la pupila de tu calma.

Sigue, sígueme rozando
noche y día,
sin miedo y
sin recelo.

Seré feliz si ajeno al mundo
tú me miras, tú me tocas.
Mas nunca olvides que mientras tenga aliento,
mi ilusión entera, en ti seguirá prendida.

11 ago 2010

El Faro de Punta Teno


No sé por qué hoy me ha dado por pensar en el Faro de Punta Teno, ya estaba automatizado, el farero solo iba cada 15 dias. Nos quedamos unas Navidades de hace 36 años. Yo estaba embarazada de mi hijo, y tuvimos que ir a algún lugar que nos pareciese lejos, Carrero Blanco saltó a los cielos y se preveia una gran represión.
Ahora veo lo ingenuos que fuimos, un lugar alejado, sin habitar se notaría mucho que había gente.
Era el fin al Norte de la Isla de Tenerife, ibamos a comprar a Buena vista, levabamos un coche, y así podíamos ir a comprar comida.
Recuerdo los atardeceres cuando los delfines iban hacía La Gomera, el sol perdiéndose en el horizone para dejar paso a una preciosa Luna Llena.
El Mar estaba siempre picado, no se podía bañar allí, uno de los que fueron a visitarnos, era godo y se tiró al agua, y no podía subir, la ola si lo llevaba lo estampaba contra un muro, y la rresaca te llevaba cada vez Mar adentro.
Unos pescadores que estaban por ahi, nos ayudó, le tiraron una rueda de coche atada a una cuerda gruesa, estuvo dificil, pero con mucho esfuerzo y todos tirando de la cuerda conseguimos subirlo al muro, que susto y que rabía, se lo advertimos, pero los godos ya se sabe, es decir, todo lo saben.
Pasamos las Navidades y el Fin de Año que nos vimos asaltados por media Tenerife que iba allí a pasar el Año. Lo más discreto posible claro.
Sé que tomaba el Sol en biquni esas cosas no se veían como ahora, leía, oímos música, charlabamos y hacía ejercicios Zen para preparame al Parto.
a parte limpiabamos , hacíamos la comida pero eso era lo normal.
El dia nos daba para hacer muchas cosas, y venia gente a visiitarnos ya que no se podía pasar salvo teniendo la llave, pues eso hoy pensaba en aquellos tiempos.