Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

23 jul 2009

Cuento de dos jardines

Cuento de dos jardines


Una casa, un jardín,
no son lugares:
giran, van y vienen.
Sus apariciones
abren en el espacio
otro espacio,
otro tiempo en el tiempo.
Sus eclipses
no son abdicaciones:
nos quemaría
la vivacidad de uno de esos instantes
si durase otro instante.
Estamos condenados
a matar al tiempo:
así morimos,
poco a poco.
Un jardín no es un lugar.
Por un sendero de arena rojiza
entramos en una gota de agua,
bebemos en su centro verdes claridades,
por la espiral de las horas
ascendemos
hasta la punta del día
descendemos
hasta la consumación de su brasa.
Fluye el jardín en la noche,
río de rumores.

Aquel de Mixcoac, abandonado,
cubierto de cicatrices,
era un cuerpo
a punto de desplomarse.
Yo era niño
y el jardín se parecía a mi abuelo.
Trepaba por sus rodillas vegetales
sin saber que lo habían condenado.
El jardín lo sabía:
esperaba su destrucción
como el sentenciado el hacha.
La higuera era la diosa,
la Madre.
zumbar de insectos coléricos,
los sordos tambores de la sangre,
el sol y su martillo,
el verde abrazo de innumerables brazos.
La incisión del tronco:
el mundo se entreabrió.
Yo creí que había visto a la muerte:
la otra cara del ser,
la vacía,
el fijo resplandor sin atributos.

Se agolpan, en la frente del Ajusco,
las blancas confederaciones.
Ennegrecen,
son ya una masa cárdena,
una protuberancia enorme que se desgarra:
el galope del aguacero cubre todo el llano.
Llueve sobre lavas:
danza el agua
sobre la piedra ensangrentada.
Luz, luz:
substancia del tiempo y sus inventos.
Meses como espejos,
uno en el otro reflejado y anulado.
Días en que no pasa nada,
contemplación de un hormiguero,
sus trabajos subterráneos,
sus ritos feroces.
Inmerso en la luz cruel,
expiaba mi cuerpo-hormiguero,
espiaba
la febril construcción de mi ruina.
Élitros:
el afilado canto del insecto
corta las yerbas secas.
Cactos minerales,
lagartijas de azogue en los muros de adobe,
el pájaro que perfora el espacio,
sed, tedio, tolvaneras,
impalpables epifanías del viento.
Los pinos me enseñaron a hablar solo.
En aquel jardín aprendí a despedirme.

Después no hubo jardines.
Un día,
como si regresara,
no a mi casa,
al comienzo del Comienzo,
llegué a una claridad.
Espacio hecho de aire
para los juegos pasionales
del agua y de la luz.
Diáfanas convergencias:
del gorjeo del verde
al azul más húmedo
al gris entre brasas
al más llagado rosa
al oro desenterrado.
Oí un rumor verdinegro
brotar del centro de la noche: el nim.
El cielo,
con todas sus joyas bárbaras,
sobre sus hombros.
El calor era una mano inmensa que se cerraba,
se oía el jadeo de las raíces,
la dilatación del espacio,
el desmoronamiento del año.
El árbol no cedía.
Grande como el monumento a la paciencia,
justo como la balanza que pesa
la gota de rocío,
el grano de luz,
el instante.
Entre sus brazos cabían muchas lunas.
Casa de las ardillas,
mesón de los mirlos.

La fuerza es fidelidad,
el poder acatamiento:
nadie acaba en sí mismo,
un todo es cada uno
en otro todo,
en otro uno.
El otro está en el uno,
el uno es otro:
somos constelaciones.
El nim, enorme,
sabía ser pequeño.
A sus pies
supe que estaba vivo,
supe
que morir es ensancharse,
negarse es crecer.
Aprendí,
en la fraternidad de los árboles,
a reconciliarme,
no conmigo:
con lo que levanta, me sostiene, me deja caer.

Me crucé con una muchacha.
Sus ojos:
el pacto del sol de verano con el sol de otoño.
Partidaria de acróbatas, astrónomos, camelleros.
Yo de fareros, lógicos, sadúes.
Nuestros cuerpos
se hablaron, se juntaron y se fueron.
Nosotros nos fuimos con ellos.
Era el monzón.
Cielos de yerba machacada
y el viento en armas
por las encrucijadas.
Por la niña del cuento,
marinera de un estanque en borrasca,
la llamé Almendrita.
No un nombre:
un velero intrépido.
Llovía,
la tierra se vestía y así se desnudaba,
las serpientes salían de sus hoyos,
la luna era de agua,
el sol era de agua,
el cielo se destrenzaba,
sus trenzas eran ríos desatados,
los ríos tragaban pueblos,
muerte y vida se confundían,
amasijo de lodo y de sol,
estación de lujuria y pestilencia,
estación del rayo sobre el árbol de sándalo,
tronchados astros genitales
pudriéndose
resucitando en tu vagina,
madre India,
India niña,
empapada de savia, semen, jugos, venenos.

A la casa le brotaron escamas.
Almendrita:
llama intacta entre el culebreo y el ventarrón,
en la noche de hojas de banano
ascua verde,
hamadríada,
yakshi:
risas en el matorral,
manojo de albores en la espesura,
más música
que cuerpo,
más fuga de pájaro que música,
más mujer que pájaro:
sol tu vientre,
sol en el agua,
agua de sol en la jarra,
grano de girasol que yo planté en mi pecho,
ágata,
mazorca de llamas en el jardín de huesos.

Chiang-Tseu le pidió al cielo sus luminarias,
sus címbalos al viento,
para sus funerales.
Nosotros le pedimos al nim que nos casara.
Un jardín no es un lugar:
es un tránsito,
una pasión.
No sabemos hacia dónde vamos,
transcurrir es suficiente,
transcurrir es quedarse:
una vertiginosa inmovilidad.
Las estaciones,
oleaje de los meses.
Cada invierno
una terraza sobre el año.
Luz bien templada,
resonancias, transparencias,
esculturas de aire
disipadas apenas pronunciadas:
¡sílabas,
islas afortunadas!
Engastado en la yerba
el gato Demóstenes es un carbón luminoso,
la gata Semíramis persigue quimeras,
acecha
reflejos, sombras, ecos.
Arriba,
sarcasmos de cuervos;
el urogallo y su hembra,
príncipes desterrados;
la upupa,
pico y penacho, un alfiler engalanado;
la verde artillería de los pericos;
los murciélagos color de anochecer.
En el cielo
liso, fijo, vacío,
el milano
dibuja y borra círculos.

Ahora,
quieto
sobre la arista de una ola:
un albatros,
peñasco de espuma.
Instantáneo,
se dispersa en alas.
No estamos lejos de Durban
(allí estudió Pessoa).
Cruzamos un petrolero.
Iba a Mombasa,
ese puerto con nombre de fruta.
(En mi sangre:
Camoens, Vasco de Gama y los otros...)
El jardín se ha quedado atrás.
¿Atrás o adelante?
No hay más jardines que los que llevamos dentro.
¿qué nos espera en la otra orilla?
Pasión es tránsito:
la otra orilla está aquí,
luz en el aire sin orillas,
prajnaparamita,
Nuestra Señora de la Otra Orilla,
tú misma,
la muchacha del cuento,
la alumna del jardín.
Olvidé a Nagarjuna y a Dharmakirti
en tus pechos,
en tu grito los encontré,
Maithuna,
dos en uno,
uno en todo,
todo en nada,
¡sunyata,
plenitud vacía,
vacuidad redonda como tu grupa!

Los cormoranes:
sobre un charco de luz
pescan sus sombras.

La visión se disipa en torbellinos,
hélice de diecisiete sílabas
dibujada en el mar
no por Basho:
por mis ojos, el sol y los pájaros,
hoy, hacia las cuatro,
a la altura de Mauritania.
Una ola estalla:
mariposas de sal.
Metamorfosis de lo idéntico.
A esta misma hora
Delhi y sus piedras rojas,
su río turbio,
sus domos blancos,
sus siglos en añicos,
se transfiguran:
arquitecturas sin peso,
cristalizaciones casi mentales.
Desvanecimientos,
alto vértigo sobre un espejo.
El jardín se abisma.
Ya es un nombre sin substancia.

Los signos se borran:
yo miro la claridad

MOMENTOS FELICES, GABRIEL CELAYA

Momentos felices



Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
-el pitillo en los labios, el alma disponible-
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que se siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro -sé que todo es fiado-,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así la muerte,
¿no es la felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es la felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?



De: De claro en claro



GABRIEL CELAYA

""DESPEDIDAS""" CINE



A pesar de que algunos de sus acontecimientos se pueden calificar de previsibles, la película está repleta de pasajes conmovedores que se combinan a la perfección con ligeros apuntes humorísticos. Magnífico trabajo de su reparto.

De las pocas sorpresas que acontecieron durante la celebración de la última ceremonia de los Oscar®, la que sin duda nos pilló a todos completamente desprevenidos fue la de “Despedidas”, cinta que se llevó el premio a la Mejor Película de Habla No Inglesa. A pesar de la fuerte competencia, encontrándonos con títulos como “Vals con Bashir” o “La clase”, la propuesta japonesa obtuvo la codiciada estatuilla dorada, acumulando otro importante galardón a los muchos que ya había alcanzado en tierras asiáticas (a todo ello hay que sumar su incuestionable éxito en su país de origen, donde recaudó unos extraordinarios 61 millones de dólares). Aunque no nos hallamos ante una joya del cine, lo cierto es que puedo entender el porqué de este reconocimiento, ya que la cinta aborda con especial sensibilidad un tema tan peliagudo como es el de la muerte, mostrándonos lo que ésta supone para las personas que pierden a un ser amado.



Daigo Kobayashi es un violonchelista que se queda sin trabajo debido a que el patrocinador de la orquesta en la que toca ha decidido no invertir más dinero en ella, puesto que son muy pocas las personas que acuden a estos recitales. Es entonces cuando le propone a su esposa que se vayan a vivir a la pequeña ciudad en la que él nació, ya que allí se encuentra la casa que ha heredado de su fallecida madre. Su mujer, que se dedica a diseñar páginas de Internet, acepta los deseos de su marido y se muestra encantada de vivir en un lugar que nada tiene que ver con el bullicio de Tokio. Por supuesto, Daigo ha de buscar un empleo, y encuentra uno como ayudante de un hombre que realiza un ritual que consiste en adecentar los cadáveres antes de introducirlos en el ataúd. El problema está en que poca gente ve con buenos ojos un oficio que él tan sólo ha aceptado por lo bien pagado que está, puesto que sus primeras experiencias al observar cómo se visten o maquillan a los muertos no es que sean precisamente muy agradables.



“Despedidas” es una película conmovedora, un sólido reflejo del dolor de unos familiares que pierden a sus seres queridos.
El director, Yôjirô Takita, transmite las emociones de estos personajes al espectador sin caer en ningún momento en el sentimentalismo barato, de ahí que para ello utilice una puesta en escena sobria y deje que sea el elenco el que lleve el peso del relato (cabe destacar la labor de Masahiro Motoki y la de la joven Ryoko Hirosue, a quien en Occidente conocemos gracias a “Wasabi, el trato sucio de la Mafia”, si bien la interpretación que en verdad sobresale es la del veterano Tsutomu Yamazaki, un habitual del cine del gran Akira Kurosawa).
Además, tanto el realizador como el guionista consiguen que nos creamos cómo se van desarrollando las distintas relaciones de la historia, desde la del protagonista con su esposa, que atraviesa no pocos vaivenes, hasta la de aquél con su jefe o la secretaria (así, poco a poco van descubriéndose los secretos y las inquietudes de cada uno de ellos).
No es una propuesta redonda y, ciertamente, el desenlace resulta previsible, por no hablar de que a cierta parte del público no le gustará el lento devenir de la narración, mas, a pesar de estos problemas, la cinta posee suficientes cualidades como para recomendar su visionado.

CRISTINO DE VERA

Cristino de Vera
Durante años, Cristino de Vera, pintor de la soledad, preguntaba a los transeúntes en Madrid:

--¿Está usted solo? ¿Es usted feliz?

A las taquilleras del cine les preguntaba qué recordaban al final del día, y ellas le decían: "Bocas, bocas, fila doce, fila trece".

A algunos amigos nos llamaba a medianoche, cada día, para preguntarnos qué creíamos que iba a ser el futuro de una persona como él, débil, condenado a la enfermedad y a la desaparición.
Algunos años más tarde le pregunté por qué hacía esas llamadas perentorias y nocturnas. Me dijo: "Porque imaginaba que en ese momento estarías viendo una película, y estaría aproximándose al final. Así te la chafaba".

Él no tenía televisor, pero compraba el periódico, verificaba la hora del final de la película programada en la única televisión entonces existente, marcaba tu número y, si estabas viendo el filme, te perdías el final de la sesión.

Mientras tanto, este asceta inteligente y austero, esta especie de monje de la amistad y de la pintura, creaba cuadros sobre el silencio que habita en el alma de los paisajes y de la mirada de los hombres. Lentamente, pero sin descanso, ha hecho una obra increíble, de perfección y de duda, y ahora esa obra se junta, en parte, en la Fundación Cristino de Vera, que se abre en La Laguna, Tenerife, con sus asistencia y la de la mujer que lo salvó del desorden en el que en un momento determinado anduvo su vida, Aurora Ciriza.
La fundación ha sido creada, con ellos, por la Caja General de Ahorros de Canarias, con la que yo asocio siempre a Cristino, porque en uno de sus locales, en La Laguna,. precisamente, vi los primeros cuadros suyos en una memorable exposición que entonces lo reintrodujo en la isla hace cuarenta años, cuando él llevaba ya al menos quince años de vida en Madrid.

Él nació en Santa Cruz hace 77 años. Con César Manrique, Manuel Millares, Domingo Pérez Minik y Manuel Padorno, que ya nos dejaron, forma parte de la proteína cultural canaria, sin la cual sería imposible escribir una histria de la sensibilidad tal como la sienten los insulares. Estaremos allí. Y mañana, a La Palma. Ya les contaré.