Siempre entre las nubes hay esos huequitos de Sol que te dan valor.
Un Blues
Del material conque están hechos los sueños
19 nov 2019
‘Apolo 12’: 50 años del segundo viaje a la Luna
La segunda
misión al satélite fue muy distinta de la primera en complejidad,
objetivos e incluso en la relación que mantenían entre sí sus
tripulantes.
El módulo lunar del 'Apolo 12' sobrevuela la Luna. En vídeo, así fue el segundo viaje a la Luna.NASA | epv
Tras el éxito del alunizaje delApolo 11, la NASA decidió programar el siguiente vuelo dentro del mismo año, siguiendo la consigna de Kennedy de alcanzar la Luna “antes de que termine el decenio”. Pero la misión del Apolo 12, que alunizaba hace hoy 50 años,
iba a ser muy distinta en complejidad, objetivos e incluso en la
relación que mantenían entre sí sus tripulantes. Armstrong y Aldrin se
habían tratado siempre con un respeto distante. Quizá imbuidos de la
trascendencia histórica de su viaje, en él no hubo lugar para bromas ni
comentarios relajados. El Apolo 11 fue un viaje de ingeniería, cuyo principal objetivo era demostrar que el descenso en la Luna (y posterior regreso) era posible. No importaba mucho la precisión de la maniobra, mientras ésta fuera
segura. Y el hecho de permanecer en la superficie sólo durante un par de
horas no dejaba mucho margen a hacer ciencia. Buena parte de él se
consumió en ceremonias protocolarias, desde el izado de bandera y
posterior conferencia telefónica con Nixon hasta el descubrimiento de la
placa conmemorativa. Después de su aventura, Armstrong, Aldrin y
Collins siguieron sus respectivos caminos, sin apenas volver a coincidir
salvo en las contadas ocasiones en que la NASA los convocaba para
alguna celebración. La tripulación del Apolo 12 (Pete Conrad, Richard Gordon y Alan
Bean) era otra cosa. Los tres eran aviadores navales y Conrad había
sido el instructor de Gordon y Bean en la escuela de pilotos de prueba
donde establecieron una buena amistad; en cuanto a experiencia en el espacio, Conrad había servido como copiloto en la Gemini 5 y volvió a volar en la Gemini 11,
llevando a su lado al mismo Gordon. Bean nunca había salido al espacio
pero Conrad tenía tan buena opinión de él que pidió expresamente que
fuera asignado a la tripulación del Apolo . Como piloto del módulo lunar, le correspondería bajar a la Luna junto con el comandante.
Desde el primer momento estaba claro que este sería un equipo muy
diferente. Dispuestos a realizar una misión impecable, los tres hombres
eran conscientes de que iba a ser el viaje de sus vidas e iban a
disfrutarlo. Pocas semanas antes del lanzamiento, Conrad tuvo un encuentro con
Oriana Fallaci, una periodista italiana escéptica de que la primera
frase de Armstrong (“El primer paso para un hombre...”) no hubiese sido
dictada por el departamento de Relaciones Públicas de la NASA. Conrad le
aseguró que tenían plena libertad para decir lo que quisiera y cruzó
una apuesta de quinientos dólares con ella. Cuando llegase a la Luna se
lo demostraría.
Cuando por fin pisó suelo lunar, la
primera fase de Conrad –nada épica, por cierto- fue una broma: “¡Yuuupi!
Este quizás fue un pequeño paso para Neil pero desde luego es uno bien
grande para mí”
De todo el equipo de astronautas, Conrad era el más bajito; Neil
Armstrong pasaba del metro ochenta. Cuando por fin pisó suelo lunar, su
primera fase –nada épica, por cierto- fue una broma: “¡Yuuupi! Este
quizás fue un pequeño paso para Neil pero desde luego es uno bien grande
para mí”. Fallaci nunca pagó la apuesta.
Pero no fue fácil llegar a ese momento. Las complicaciones
empezaron ya desde el lanzamiento, al que asistía el presidente de EE
UU como espectador de honor. Nixon había recibido a los astronautas del Apollo 11 a su llegada al portaaviones; ahora no quería perderse el espectáculo del despegue.
El módulo lunar del 'Apolo 12' sobrevuela la Luna. En vídeo, así fue el segundo viaje a la Luna.NASA | epv
Pero no fue fácil llegar a ese momento. Las complicaciones
empezaron ya desde el lanzamiento, al que asistía el presidente de EE
UU como espectador de honor.
En el Centro Kennedy
el tiempo era malísimo. Llovizna, nubes bajas y amenaza de tormenta
eléctrica. En esas condiciones las normas de seguridad aconsejaban
aplazar el lanzamiento. Pero –quizá por la presencia de Nixon–, se
decidió continuar de todas maneras. No había transcurrido un minuto de
vuelo cuando un rayo alcanzó el cohete. Diez segundos y otro más. En la atmósfera cargada de estática, el Saturn 5 se había
convertido en un pararrayos perfecto. No sólo por sus ciento diez metros
de metal sino por la cola de llamas que dejaba atrás. El plasma de los
escapes a altísima temperatura era un magnífico conductor que casi
llegaba al suelo. Desde la cápsula y recorriendo todo el cohete, dos
descargas de quizás 50.000 amperios se abrieron paso hasta tierra. Justo
cuando se aproximada a la zona de máxima presión aerodinámica.
La tripulación del 'Apolo 12': de izquierda a derecha, Conrad, Gordon y Bean.NASALos indicadores luminosos del panel de mandos se iluminaron como un
árbol de Navidad. Las tres células que suministraban energía eléctrica
se habían desconectado. Sin alimentación, la plataforma inercial perdió
todas sus referencias. La señal de alarma resonó en los cascos de los
tres pilotos. Y en Houston, los monitores de las consolas que seguían el
curso del cohete cambiaron para mostrar una serie de signos absurdos y
sin sentido. El encargado de monitorizar los sistemas eléctricos era John Aaron,
un ingeniero de 26 años que llevaba cuatro trabajando en Houston. Probablemente era el único en la sala que había visto ese mismo problema
antes, en el transcurso de una simulación. Sin alimentación, los
equipos que preparaban los datos de telemetría se habían apagado; de ahí
el caos que veía en su pantalla. Y sabía que existía una batería de
reserva.
El módulo lunar del 'Apolo 12' sobrevuela la Luna. En vídeo, así fue el segundo viaje a la Luna.NASA | epv
Tras el éxito del alunizaje delApolo 11, la NASA decidió programar el siguiente vuelo dentro del mismo año, siguiendo la consigna de Kennedy de alcanzar la Luna “antes de que termine el decenio”.
Pero la misión del Apolo 12,
que alunizaba hace hoy 50 años, iba a ser muy distinta en complejidad,
objetivos e incluso en la relación que mantenían entre sí sus
tripulantes. Armstrong y Aldrin se habían tratado siempre con un respeto
distante. Quizá imbuidos de la trascendencia histórica de su viaje, en
él no hubo lugar para bromas ni comentarios relajados. El Apolo 11 fue un viaje de ingeniería, cuyo principal objetivo era demostrar que el descenso en la Luna (y posterior regreso) era posible.
No importaba mucho la precisión de la maniobra, mientras ésta fuera
segura. Y el hecho de permanecer en la superficie sólo durante un par de
horas no dejaba mucho margen a hacer ciencia. Buena parte de él se
consumió en ceremonias protocolarias, desde el izado de bandera y
posterior conferencia telefónica con Nixon hasta el descubrimiento de la
placa conmemorativa. Después de su aventura, Armstrong, Aldrin y
Collins siguieron sus respectivos caminos, sin apenas volver a coincidir
salvo en las contadas ocasiones en que la NASA los convocaba para
alguna celebración.
Desde el primer momento estaba claro que
este sería un equipo muy diferente. Dispuestos a realizar una misión
impecable, los tres hombres eran conscientes de que iba a ser el viaje
de sus vidas e iban a disfrutarlo
La tripulación del Apolo 12 (Pete Conrad, Richard Gordon y
Alan Bean) era otra cosa. Los tres eran aviadores navales y Conrad había
sido el instructor de Gordon y Bean en la escuela de pilotos de prueba
donde establecieron una buena amistad; en cuanto a experiencia en el espacio, Conrad había servido como copiloto en la Gemini 5 y volvió a volar en la Gemini 11,
llevando a su lado al mismo Gordon. Bean nunca había salido al espacio
pero Conrad tenía tan buena opinión de él que pidió expresamente que
fuera asignado a la tripulación del Apolo. Como piloto del módulo lunar, le correspondería bajar a la Luna junto con el comandante.
Desde el primer momento estaba claro que este sería un equipo muy
diferente. Dispuestos a realizar una misión impecable, los tres hombres
eran conscientes de que iba a ser el viaje de sus vidas e iban a
disfrutarlo.
Pocas semanas antes del lanzamiento, Conrad tuvo un encuentro con
Oriana Fallaci, una periodista italiana escéptica de que la primera
frase de Armstrong (“El primer paso para un hombre...”) no hubiese sido
dictada por el departamento de Relaciones Públicas de la NASA. Conrad le
aseguró que tenían plena libertad para decir lo que quisiera y cruzó
una apuesta de quinientos dólares con ella. Cuando llegase a la Luna se
lo demostraría.
Cuando por fin pisó suelo lunar, la
primera fase de Conrad –nada épica, por cierto- fue una broma: “¡Yuuupi!
Este quizás fue un pequeño paso para Neil pero desde luego es uno bien
grande para mí”
De todo el equipo de astronautas, Conrad era el más bajito; Neil
Armstrong pasaba del metro ochenta. Cuando por fin pisó suelo lunar, su
primera fase –nada épica, por cierto- fue una broma: “¡Yuuupi! Este
quizás fue un pequeño paso para Neil pero desde luego es uno bien grande
para mí”. Fallaci nunca pagó la apuesta.
Pero no fue fácil llegar a ese momento. Las complicaciones
empezaron ya desde el lanzamiento, al que asistía el presidente de EE
UU como espectador de honor. Nixon había recibido a los astronautas del Apollo 11 a su llegada al portaaviones; ahora no quería perderse el espectáculo del despegue.
En el Centro Kennedy
el tiempo era malísimo. Llovizna, nubes bajas y amenaza de tormenta
eléctrica. En esas condiciones las normas de seguridad aconsejaban
aplazar el lanzamiento. Pero –quizá por la presencia de Nixon–, se
decidió continuar de todas maneras. No había transcurrido un minuto de
vuelo cuando un rayo alcanzó el cohete. Diez segundos y otro más.
En la atmósfera cargada de estática, el Saturn 5 se había
convertido en un pararrayos perfecto. No sólo por sus ciento diez metros
de metal sino por la cola de llamas que dejaba atrás. El plasma de los
escapes a altísima temperatura era un magnífico conductor que casi
llegaba al suelo. Desde la cápsula y recorriendo todo el cohete, dos
descargas de quizás 50.000 amperios se abrieron paso hasta tierra. Justo
cuando se aproximada a la zona de máxima presión aerodinámica.
La tripulación del 'Apolo 12': de izquierda a derecha, Conrad, Gordon y Bean.NASA
Los indicadores luminosos del panel de mandos se iluminaron como un
árbol de Navidad. Las tres células que suministraban energía eléctrica
se habían desconectado. Sin alimentación, la plataforma inercial perdió
todas sus referencias. La señal de alarma resonó en los cascos de los
tres pilotos. Y en Houston, los monitores de las consolas que seguían el
curso del cohete cambiaron para mostrar una serie de signos absurdos y
sin sentido.
El encargado de monitorizar los sistemas eléctricos era John Aaron,
un ingeniero de 26 años que llevaba cuatro trabajando en Houston.
Probablemente era el único en la sala que había visto ese mismo problema
antes, en el transcurso de una simulación. Sin alimentación, los
equipos que preparaban los datos de telemetría se habían apagado; de ahí
el caos que veía en su pantalla. Y sabía que existía una batería de
reserva.
“Probad SCE a AUX”
Nadie, ni siquiera el director de vuelo ni Conrad sabían de qué
estaba hablando cuando dijo “probad SCE a AUX”. SCE era un oscuro
conmutador en la nave, apenas utilizado. Frenéticamente, Alan Bean lo
buscó en su zona del panel, dio con él y lo accionó. Como por milagro,
todo volvió a la normalidad. El apagón sufrido por la nave no había
afectado al computador que guiaba la trayectoria del cohete, situado 20
metros más abajo. A bordo, toda la adrenalina acumulada se descargó en
forma de carcajadas. En Houston
también hubo suspiros de alivio, pero no del todo. Imposible saber si
las descargas habían dañado el sistema de apertura de paracaídas. En ese
caso, no había solución, así que mejor no comentar nada.
Una de las piezas del módulo lunar, silueteado contra la Tierra.NASA
El resto del viaje transcurrió sin incidentes. El Apolo 12
tenía por objetivo posarse en un punto concreto del Océano de las
Tormentas, en el hemisferio occidental de la Luna. Allí había ido a
parar, dos años y medio antes, la sonda Surveyor 3. Conrad y
Bean debían recuperar algunas piezas cuyo desgaste querían analizar los
ingenieros. Pero, para eso, tendrían que descender a no más de
trescientos metros de distancia. La autonomía de sus escafandras
aconsejaba no exceder ese límite.
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