Siempre entre las nubes hay esos huequitos de Sol que te dan valor.
Un Blues
Del material conque están hechos los sueños
17 jun 2018
Berna: caminar para no estar muerto.................. Use Lahoz
Una de las principales calles de Berna, con la torre del reloj al fondo.UIG (Getty Images) Las calles, plazas y puentes de la apacible ciudad suiza invitan a
recorrerlas a pie, con la actitud reflexiva y curiosa con las que las
transitaba Robert Walser, el autor de ‘El paseo’. Un trayecto literario y
artístico por sus pequeñas tiendas, cafés y restaurantes, y un vistazo
al museo dedicado a otro de sus famosos habitantes, el pintor Paul Klee.
En ‘El Paseo’, uno de los libros que con más fervor han celebrado el
arte de caminar, el suizo Robert Walser (1878-1956) condensó las
sensaciones que experimentó durante un día en que decidió dejar de lado
sus quehaceres literarios y salió a recorrer una pequeña localidad de su
país, probablemente Berna. Algo similar hago yo más de un siglo después en esta ciudad en la que
Walser vivió 12 años en 16 direcciones distintas. Así cruzo el
Kornhausbrücke una mañana igualmente “luminosa y alegre”, acompañado
por el eco de sus palabras, “en un estado de ánimo
romántico-extravagante que me satisfacía profundamente. El mundo matinal
que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por
primera vez”. Ese día, Walser no tardó en llegar a una gran plaza que se me antoja
Bundesplatz, donde se extiende un mercado y por cuyos márgenes transitan
escolares rumbo al parque Plattform. “Corretean al sol libres y sin
freno, ‘dejémosles tranquilos —pensé—, la edad se encargará de
frenarlos y asustarlos”. Luego acudió a una librería para discutir con
el librero, incapaz de explicarle la calidad de un best seller,
y que bien podría ser Stauffacher, que en tiempos de Walser era
minúscula, y en cuya sexta planta se encuentra hoy el café más literario
de Berna. Tomo un té entre retratos de escritores y observo chimeneas
vertiendo humo. Al salir, la inercia me lleva a Gerechtigkeitsgasse, a
la librería de viejo de Daniel Thierstein, que para mi disgusto vendió
ayer la última primera edición de El paseo. Aun así, tiene la
inglesa, en cuya solapa leo al editor John Calder: “Como Kafka, Walser
tuvo su propio punto de vista de las cosas y exploró los abismos de su
tiempo”.
El centro dedicado al pintor Paul Klee, en un edificio proyectado por Renzo Piano.Jean-Pierre Clatot (AFP-Getty Images)
Nada más cierto. La vida de Robert Walser fue apasionantemente
trágica. Abandonó la escuela a los 14 años y la casa familiar a los 17. Trajinó en incontables trabajos mal pagados que le permitieran darse el
lujo de escribir lo que le viniera en gana. Bohemio por convicción, se
definió como “buen haragán, fino vagabundo y holgazán o derrochador de
tiempos y trotamundos”. Escribió entre 1904 y 1925. Fue un estilista del
lenguaje y diseccionó la cotidianidad a golpe de ironía y desencanto. Amigo íntimo de la sobriedad y la modestia, publicó poemas y novelas
míticas como Jakob von Gunten o Los hermanos Tanner y varios diarios. Halló en el paseo su mejor cómplice, y según la escritora Menchu Gutiérrez, autora del prólogo de El paseo en la edición española de Siruela,“ese contacto con el mundo vivo era su germen creativo, inagotable
alimento poético y espiritual”. Iniciaba novelas —por ejemplo, El bandido—
así: “Edith lo amaba. Luego volveré sobre ello”. En 1933, fue internado
contra su voluntad por estrés en la clínica psiquiátrica de Herisau,
donde durante 23 años no hizo nada más que dar paseos con su amigo Carl
Seelig. La mañana del día de Navidad de 1956 salió a caminar y a la
altura de Todesort un ataque al corazón le dobló las rodillas y lo tumbó
sobre la nieve. Unos niños lo encontraron. Avisaron a la policía, que
llegó para hacer la foto que ha pasado a la historia. Un escritor muerto
tras las huellas de su mejor obra, El paseo. “Sin pasear estaría muerto”, había escrito años antes, como quien sabe que cumplirá un mandato. Una de las casas de Walser en Berna se halla en el número 32 de
Kramgasse, casi enfrente del Café Einstein, otro ilustre habitante de
esta calle, en la que el lúcido alemán desarrolló la teoría de la
relatividad. También en Berna vivió el pintor Paul Klee, cuyo museo
(Zentrum Paul Klee), proyectado por Renzo Piano, una línea de acero que
se ondula formando tres colinas, ajusta cuentas con la famosa sentencia
de Klee y que ahora parece dedicada a Walser: “Una línea es un punto que
camina”. Sigo caminando entre fuentes y porches para dar con una tienda
que Walser hubiera amado, por pequeña, por dogma y por vocación. Como
quien se adentra en una de sus novelas —exquisitas miniaturas—, entro en
Das Bauhaus, negocio regentado por Irma Suter, que lleva más de 50 años
vendiendo juguetes y reproducciones de edificios arquitectónicos
representativos del Movimiento Moderno. Le digo que un amigo me ha prohibido venir hasta aquí y no visitarla y
toma confianza y me muestra los recortes de prensa de su juventud,
cuando junto a su difunto marido, el artista plástico Gottfried
Derendinger, recorrían galerías y ferias por el mundo. Antes de irme me
regala un móvil neoplasticista y quedo en deuda con ella, y al salir
pienso que este tipo de comercios solo pueden encontrarse en ciudades
como Berna. Desciendo hasta el Nydeggbrücke y en la terraza del Altes
Tramdepot hago recuento con una cerveza y una salchicha bratwurst con rösti. Los osos (emblema de Berna) juegan en su parque ante los asombros de
los niños. El sol me ciega dulcemente, sin impedir que vislumbre al otro
lado del río Aar el perfil más medieval e íntegro de Berna, que me
devuelve a un párrafo subrayado de El paseo: “Un hombre no se
siente orgulloso de las alegrías y del placer. Lo único que da orgullo y
alegría al espíritu son los esfuerzos superados con bravura y los
sufrimientos soportados con paciencia. ¿Qué hombre honrado no ha estado desvalido nunca en su vida, y qué
ser humano ha mantenido por completo intactos a lo largo de los años sus
esperanzas, planes, sueños? ¿Dónde está el alma cuyos anhelos se
cumplieron sin tener que hacer descuentos con ellos?”.Reanudo la marcha. Pasa una moto chirriando y me invita a abrir la
página 28: “A la gente que va levantando polvo en un rugiente automóvil
les muestro siempre mi rostro malo y duro. No puedo comprender que pueda
ser un placer pasar así corriendo ante todas las creaciones y objetos
que muestra nuestra tierra. Amo el reposo y todo lo que reposa”.
Los niños juegan en la fuente de la plaza del Parlamento.Contacto
Todo brilla en el paseo de Walser, incluso un banco que bien puede
ser el Nationalbank que encuentro a la derecha del Parlamento y cuyas
columnas y muebles han resistido desde que llegara Walser aquel mediodía
a cobrar un donativo de mil francos y hablara con un “funcionario
responsable”. Al salir, como Walser, “tengo que volver a orientarme” y
seguir paseando, porque “muchas ocurrencias, relámpagos y luces de
magnesio se mezclan y se encuentran con naturalidad”, y porque el buen paseante da la bienvenida a toda clase de extrañezas y
confraterniza, como hizo él en la tienda de sombreros que visita, tan
parecida a Coup de Chapeau, sobre la que pensó: “No podrá faltar en la
obra que escribiré y titularé El paseo”. Dejo atrás el
escaparate para reunirme con Reto Sorg, director de la Robert Walser
Foundation. Entre libros y recuerdos, le escucho: “Walser fue
autodidacta, se educó leyendo, mirando cuadros y viajando. Escribe sobre
cosas simples y las convierte en importantes. El paseo es la gran
celebración del individuo”.
Vista de Berna desde el río Aar.Cordon Press
Ya se acaba el día, dejo atrás el famoso Zytglogge, la torre del reloj, y el pissoir (urinario) modernista protegido por la Unesco, y busco el restaurante Lötschberg para dar cuenta de una fondue
de gruyer imitando a Walser, que, cuando fue invitado por la señora
Aebi, ésta le obligó a saciarse, rogándole que se sometiera de buen
grado a lo inevitable: “Obedezca y coma”, y eso hago. Cuando termino se
acerca un camarero:
—Siempre se le ve paseando —dice. Y respondo con El paseo abierto sobre la mesa y una cita: —Pasear me es imprescindible. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada.
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