Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

28 abr 2018

Iniesta, el jinete pálido.......................Publicado por David Araújo.


Andrés Iniesta, Liga 2011 – 2012. Fotografía: Cordon.
Antes de rematarlo, Andrés ya tenía la certeza de que aquel balón acabaría en la red.
 «Escuché el silencio y sabía que ese balón iba adentro», contó en el programa de Michael Robinson
 Tuvieron que transcurrir unos segundos, sin embargo, para que los demás nos convenciésemos de que algo muy gordo estaba pasando. Aquel muchacho pálido de Fuentealbilla ya había empezado a correr fuera de sí, con los brazos abiertos y la cara desencajada por la emoción y nosotros, suspicaces porque los mundiales, Cardeñosa, Eloy, Al-Ghandour o Roberto Baggio nos habían hecho así, aún no nos creíamos que España fuera a ser campeona del mundo:
 a ver si es un efecto óptico y el balón ha golpeado la parte externa de la red (imposible, por la trayectoria del balón); espérate, que va a pitar «orsay»;
 verás, que aún quedan dos minutos y nos la clavan en un córner, pensaba quien más y quien menos, hasta que una voz atronadora nos sacó de ese tránsito por los oscuros ensueños del escepticismo: 
«Iniesta de mi vida», cual Júpiter tonante, gritaba Camacho.
 Un locutor argentino —el del «barrilete cósmico, de qué planeta viniste», por ejemplo— se hubiera adornado con un epíteto épico, pero ¿qué iba a hacer Camacho, sacarse de la manga un «duendecillo albino, de qué bosque de la Mancha saliste?». 
Curiosamente, las dos imágenes por las que más se recordará a Iniesta, el gol de la final del Mundial y el de las semifinales de Champions contra el Chelsea, no serán  las más iniestescas.
 En Sudáfrica, los hados escribieron recto con renglones torcidos para que él anotara ese tanto, pero lo lógico es que hubiera sido Fernando Torres el que hubiera estado en el lugar en el que se encontraba el de Fuentealbilla. 
Lejos del área grande, escorado a la izquierda, el madrileño intentó una acción que evidenciaba que ese, sobre todo si no hay espacio para correr, no era su lugar en el mundo: un mal pase, que nació cadáver ya, fue resucitado por un jugador holandés; este entregó el esférico a Cesc, que, aun siendo centrocampista, tenía en esa selección un papel más de llegador que de asistente, pero Cesc hizo lo que le tocó hacer, asistir a Iniesta, y el resto nos lo sabemos de memoria.
 Más inistiesco hubiera sido un pase definitivo de Andrés para que otro, Torres o Cesc, por ejemplo, finalizara cómodamente la acción, o una llegada al área combinando en corto con un nueve que no estuviera en el ala oeste. 

Más inistiesco hubiera sido también que en Stamford Bridge, tras recibir el balón de Messi, Andrés, más confiado en su habilidad técnica que en un golpeo que no destaca por potente, en vez de decidir chutar desde la distancia a la que lo hizo para rescatar a un Barça agonizante, hubiera intentado regatear o sortear rivales mediante una pared con el argentino para acercarse a la meta rival.
Así, un tipo que se pasó la vida acariciando con deleite la pelota consiguió curiosamente con dos golpeos contundentes que muchos alcanzáramos el éxtasis.
 Pero si la épica de Andrés Iniesta nos ha hecho estremecer de gozo, su lírica es la que nos ha cautivado día a día. 
Que sus hazañas en momentos de tensión dramática no nos impidan ver sus delicadas conquistas cotidianas. 
Es imposible olvidarse de Sudáfrica o de Londres, pero sería injusto que estos hitos empequeñeciesen otras exhibiciones suyas, como la de aquel partido del Bernabéu del 2-6. 
Allí escribió mucha poesía. Gago y Diarra, que lo probaron, lo saben. 
Como poesía hay en esa foto en la que cinco jugadores italianos lo acorralan, víctimas de su embrujo, o en sus desbordes por velocidad a rivales que son bastante más rápidos que él. 
 Parece inexplicable, puede que hasta paradójico. 
Será una cuestión de coordinación de zancada, de obstaculizar con su cuerpo la trayectoria del rival, o de iniciar la carrera en el momento justo. 
O será magia.
 La misma magia que hay en sus regates imposibles, sus croquetas en espacios que no existen, entre marañas de piernas que constituyen cuerpos uniformes y sólidos que los postulados de la física te dicen que no se pueden traspasar.
 Iniesta los ha traspasado. 
Igual que ha traspasado los muros de las leyes tácitas del odio entre aficiones: hay que ser muy especial para que te aplaudan, siendo culé, los aficionados del Espanyol o para que te ovacione la hinchada de un equipo que va perdiendo 5-0 en una final. 
Hay que ser muy especial para, cuando has perdido la cabeza porque estás celebrando un momento de una intensidad que ha superado toda expectativa, acordarte de tu amigo fallecido y llevar a cabo ese precioso homenaje mostrando al mundo entero una camiseta en la que, en los momentos previos al partido más importante de tu vida, tuviste el detalle de escribir su nombre.

 Y hay que ser muy especial para seguir siendo normal haciendo las cosas que hace este chico, habiendo conseguido todo lo que ha conseguido. 
Es algo de lo que no se habla pero que me gustaría resaltar. Iniesta ha hecho muchos kilómetros, sobre todo en estas últimas temporadas, cuando el equipo culé, sin Xavi, ya no es aquel de los porcentajes de posesión de balón escandalosos de antaño. Sin el monopolio de la pelota, los centrocampistas se han visto obligados a pegarse unas buenas palizas para recuperar el esférico, teniendo en cuenta que los jugadores de arriba, a veces hasta tres (este año han sido casi siempre dos), aportan muy poco en tareas defensivas. Iniesta, consagrado ya como un jugador exquisito y con los galones que otorga el brazalete de capitán, pudo haberse acomodado. No sería el primero que en una situación como la suya, con una jerarquía incuestionable dentro del equipo, solicitase para sí un rol menos exigente, un trabajo más «de oficina». Es muy complicado, habiendo estado disputando dos partidos semanales desde los diecinueve o veinte años, mantener con treinta y tres la intensidad futbolística de Andrés Iniesta, si se espera de él que llegue a la línea de fondo del área rival y  que, después de eso, acuda a ayudar a su equipo en defensa, pretendiendo además que conserve la frescura y la inspiración necesarias para seguir inventando versos y hechizos. Por eso, aunque su nivel haya disminuido, quizá su mérito haya sido mayor, porque hasta el final, en mayor o menor medida, nos ha seguido deleitando. Quién sabe si hubiéramos podido disfrutarlo más si se le hubiera dosificado, no tanto en cuanto a minutos, sino más en cuanto a esfuerzos.
Su salida del Barça no deja de tener cierto simbolismo. 
Se va el emblema de la Masía, de la Masía no solo como cantera, sino de ese edificio en el que desde pequeños conviven las promesas de fuera de Barcelona de las categorías inferiores. Después de Guillermo Amor y Pep Guardiola, se puede decir que Andrés Iniesta (junto con Carles Puyol) cierra un ciclo de tres etapas, cada cual mejor en lo deportivo y en lo relativo a la definición de un estilo futbolístico y unos valores. 
 Coincide su despedida con un momento complicado en la cantera culé, lo cual, con lo que esta significa para el club, es como decir que asoma una crisis de identidad institucional. 
Hace unas semanas, por primera vez en muchos años, el Barça alineó un equipo sin canteranos.
 Es la peor noticia de la temporada para los culés, por encima incluso de la vergonzosa eliminación ante la Roma.
 Un partido pésimo admite el debate de si lo que ha ocurrido ha sido un mero accidente, pero que un encuentro como el de Balaídos, en el que por tener un amplio margen de error te puedas permitir el lujo de dar descanso a todos tus jugadores titulares, no se haya considerado la posibilidad de recurrir a varios jugadores del filial o del equipo juvenil obliga a la reflexión.
  No se puede aspirar a que cada cinco años debute un Iniesta, porque los genios nacen cada mucho tiempo y que lo hagan en un pueblo de Albacete a cuatrocientos kilómetros de Barcelona, con lo grande que es el mundo, es una bendita casualidad. 
Pero sí se puede pretender que, en una entidad como el FC Barcelona, en los lugares que ocupan futbolistas como Paulinho, André Gomes, Alcaçer o Semedo figuren jóvenes formados en La Masía.
 Algo mal se tiene que estar haciendo, ya sea en los procesos de selección o de formación, para que no asomen jugadores con un nivel similar a estos, y que cuenten además desde que son adolescentes con esa mentalidad blaugrana tan específica.
 A esa mentalidad no es fácil adaptarse de la noche a la mañana (que se lo digan a Dembelé) y por eso traerla de serie es un plus. Sería un error esperar a que los chicos del filial alcancen un nivel parecido al de Iniesta para abrirles las puertas del primer equipo, pero un error mayor sería no proyectar la imagen de Andrés para marcar el rumbo de los jóvenes jugadores y hacerlos identificarse con unos valores deportivos y humanos que el Barça debe conservar a toda costa, si anhela mantener la esencia que lo ha convertido en una institución especial en los últimos veinticinco años y que lo ha llevado a conseguir los mayores éxitos de su historia. 
Iniesta, como los grandes jugadores, siempre ha visto lo que va a pasar en un campo de fútbol antes que la mayoría, y por eso tuvo el privilegio no solo de anotar el gol definitivo en Sudáfrica, sino de saberse campeón del mundo antes que nadie.
 En esa clarividencia —«ya no podré dar lo mejor de mí en todos los sentidos»— se fundamenta su decisión de decir hasta aquí. Igual que nos costó asimilar aquel gol en el minuto cinco mil de la prórroga, no es fácil aceptar que el jugador más emblemático de la historia del fútbol español se nos vaya (se nos venga, si finalmente recala en el Chongqing, puesto que escribo desde China) a otra competición. 
Si alguien puede hacer que aquí se valore como es debido un exquisito control de balón, una pulcra conducción de pelota, una finta o una pared ese es Andrés. 
Porque en este fútbol y en otros que todavía se encuentran en periodo de efervescencia marketiniana, lo que se espera de una estrella son goles, remates acrobáticos o chuts potentes desde cuarenta y cinco metros, pero si Iniesta —junto con los Xavi, Villa, Navas o Messi— fue capaz de que cambiáramos el discurso del «no vamos a ningún lado con tan poco cuerpo» al del «da gusto ver jugar a estos pequeñitos», quién sabe si revolucionará también las sensibilidades de otras latitudes futbolísticas, y en unos meses estaremos oyendo decir en chino, o en cualquier otro idioma, «¿de qué bosque de la Mancha saliste, duendecillo albino?» mientras en España echamos de menos al Iniesta de nuestras vidas.




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