Siempre entre las nubes hay esos huequitos de Sol que te dan valor.
Un Blues
Del material conque están hechos los sueños
25 jun 2017
La falsa bailarina española que sedujo a un rey........... Jacinto Antón
Cristina Morató revive la increíble aventura vital de la legendaria Lola Montes.
Un retrato de Lola Montes.
Ni se llamaba Lola Montes (o Montez) ni era española, y, pretendida
bailarina, bailaba que era un disparate. Pero hay que ver qué gran
aventura la vida de esa valiente impostora de armas tomar que se puso
por montera las convenciones de su época, convirtiéndose en símbolo de
escándalo, desenfreno, fatalidad, lujo y audacia. Max Ophlus la
inmortalizó en el cine con el rostro de Martine Carol (Lola Montes, 1955). Irlandesa y de verdadero nombre Elizabeth Rosanna Gilbert, Lola
Montes (Grange, 1821-Nueva York, 1861) es un personaje más que singular. Viajó de punta a punta del globo, incluida Australia, prefiguró un
siglo antes que la Bella Dorita el baile de La Pulga (en su caso, la Danza de la Araña),
golpeó en la cara con su fusta a un oficial prusiano, fue bígama,
enamoró a príncipes, sedujo a Franz Liszt, trabó amistad con Alejandro
Dumas y George Sand, y llegó a convertirse en la amante oficial de un
rey, Luis I de Baviera (el abuelo de Luis II, “el rey loco” de Sissi,
Wagner y Visconti), obligándolo a que le inventara un título de condesa y
hasta propiciando, con su descarado comportamiento, la Revolución de
1848 en Múnich. Añádase a todo esto que fumaba (lo que en una mujer entonces era una
inmoralidad), que escribió el que se tiene por el primer libro de la
historia de secretos de belleza, que acabó dando conferencias sobre sí
misma y que fue propietaria de un oso grizzly —al que terminó vendiendo a
través de un anuncio en la Prensa— y se compondrá la imagen de un
personaje en verdad sensacional. Uno de sus fans más inesperados fue
Hitler, que tenía su retrato en el despacho: debía ser por la conexión
bávara y porque el líder nazi también tuvo líos en Múnich.
La escritora Cristina Morató, que de aventureras y viajeras sabe un rato,
ha recreado la asombrosa historia de la que conocemos como Lola Montes
en un libro de corte biográfico que hace honor a la desmesura y pasión
de su existencia y que se lee, y en este caso no es ninguna frase hecha,
como una novela. Lo más sorprendente de Divina Lola (Plaza
& Janés), visto todo lo que cuenta, es que está sólidamente basado
en los hechos y minuciosamente documentado (con, entre otras cosas, las
cartas de la propia Montes que se guardan en el archivo estatal de
Baviera), aunque Morató se haya permitido la licencia de imaginar
algunas escenas como si hubiera estado allí y de inventarse diálogos. Nada, si se piensa, que no hiciera antes Emil Ludwig.
Cristina Morató, junto al retrato de Lola Montes en el Nymphenburg de Múnich.
¿Por qué Lola? “Se cruzó en mi camino”, explica Morató durante una
visita a los lugares que frecuentó la aventurera durante su explosiva
estancia de dos años en Múnich, incluidos el rutilante Hotel Bayerischer
Hof, la Residenz (palacio real), el Nymphenburg (el palacio de verano,
donde cuelga un retrato de la Montes) y, en los jardines, el café
Palmenhaus que era uno de sus rincones favoritos. “Fue al escribir mi
libro sobre viajeras intrépidas: descubrí que Lola había cruzado la
selva de Panamá, que había hecho una gira por la Australia profunda, que
había vivido en el Lejano Oeste como una pionera, y me llamó mucho la
atención el personaje. Esa faceta de viajera, y la de impostora: se
hacía pasar por española, sevillana de rancio abolengo, pero era
irlandesa. Si hubiera sido solo una cortesana, una de tantas no hubiera
sido tan interesante para mí”. En todo caso, el romance con Luis I fue de los que hacen época. Él, ya
madurito, perdió la cabeza del todo, y hasta alguna vez el sentido del
ridículo, por la bailarina. ¿Hubo mucho sexo?, le pregunto a la
escritora paseando por los palacios de los Wittelsbach, donde observamos
pensativamente varias camas regias. “Bueno, no era nada platónico,
tenemos documentado oficialmente que se acostaron al menos dos veces. Ella tenía la saludad delicada (contrajo de joven la malaria en la
India) y aducía eso y jaquecas para no mantener relaciones sexuales tan a
menudo como Luis, que la llamaba ‘mi Lolita’, hubiese deseado”. Él era
“un gran fetichista”. La autora explica en su libro que el rey poseía un
modelo en mármol del pie de la bailarina y lo besaba y manoseaba a
menudo. También le pidió a ella que le entregara piezas de ropa interior
–i.e. las bragas de la época-, “obsequios íntimos que excitaban su
imaginación y le inspiraban poemas cargados de erotismo”. Morató matiza
que lo de la Montes “no era 50 sombras de Lola, a ella no le
iba el sado y eso. Veía en Luis, al que siempre estimó mucho y cuya
enorme cultura valoraba inmensamente, una figura paterna, el padre que
no tuvo”. En todo caso, Lola, de 27 años, que combinaba al rey, de 60, con otros
amantes más jóvenes, se aprovechó desmedidamente del interés del monarca
y, mantenida por él, residió en Baviera con un tren de vida principesco
y derrochador que provocó gran escándalo y rabia en el reino. “No se
contentaba con su papel marginal y cada vez exigía más, hasta acarició
la idea de convertirse en reina; la perdieron su ambición y su
carácter”. Daba lecciones al rey y hasta cuestionaba la valía de sus
coraceros, que ya es meterte en donde no te llaman. Morató no deja de
reivindicar en Múnich la memoria de la falsa española de ojos azules y
melena azabache (“a ver si le dedican una calle”), menos conocida, dice,
de lo que sería de esperar (a pesar de Hitler) y de la que se han
inventado muchas cosas, lo que es lógico porque ella misma lo hacía,
incluido lo de que trabajó en un circo, probablemente de las pocas cosas
que nunca hizo.
Lola Montes bailando en el filme de Ophüls.
“Era una superviviente nata, una mujer fuerte, fogosa, independiente,
emprendedora y subversiva”, subraya la autora con indisimulada
admiración mientras observa el famoso retrato de Lola en la Galería de
las Bellezas en el Nymphenburg, en el que va ataviada como el rey la vio
por primera vez, en 1846. Lo que no era, sin duda, es una gran
bailarina. “No, le echaba mucha jeta pero no tenía talento”. Su éxito
residía en el morbo de verla y el punto erótico. “Pero no era una
bailarina de estriptis, ni enseñaba el trasero, eso se ha dicho para
desprestigiarla; la liga sí que la enseñaba. Y tenía un gran orgullo,
cuando alguien le pitaba o se reía de ella en escena (lo que sucedía a
menudo), se le encaraba”. En cambio, fue una muy buena actriz. “Su mejor
papel fue el de Lola Montes, dentro y fuera de los escenarios, en los
que acabó representando su propia vida, el espectáculo Lola en Baviera, con mucho éxito”. La escritora afirma que ha intentado comprenderla, no juzgarla,
aunque ve en ella algunas cosas que le desagradan como su capacidad de
manipulación y su ambición, su temperamento caprichoso, violento y
voluble. “Comparto en cambio su rebeldía, su pasión por los viajes, el
sentido del humor y la determinación”, afirma. De Múnich, Lola salió por
piernas (y valga la frase) y tuvo que reinventarse, una y otra vez. Siempre vivió a contracorriente y por encima de sus posibilidades. Se
hizo detestar por sus aires y entusiasmó por eso mismo. Nunca fue muy
afortunada en amores. Su gran amado murió en un duelo. Maridos y amantes
(que le abrieron muchas puertas) le duraban poco. “No creo que fuera
feminista, pero el ejemplo de su propia vida lo es”, concluye Morató. Al preguntarle porqué escribe solo de mujeres, la autora responde
lanzando una larga mirada al cuadro de su divina Lola: “Escribo de
mujeres porque los hombres ya escriben de sí mismos”.
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