Rosa Montero ha sido, como también lo fue la recordada Sol Alameda, autora de algunas de las entrevistas memorables de 'El País Semanal'.
En este texto, la escritora evoca sus encuentros y desencuentros con los protagonistas de episodios cruciales de la historia reciente.
¿La entrevista más entrañable? Quizá la de Paul McCartney, porque de niña yo fui beatlemana apasionada y a los 14 años estaba enamorada de él. De modo que cuando lo entrevisté, en 1989, fue como asomarse al espejo de la madrastra de Blancanieves, es decir, al vértigo del tiempo.
Ahora me asombra comprobar que en 1989 McCartney sólo tenía 47 años: porque recuerdo que lo juzgué viejísimo. Claro que, más que envejecer, Paul parecía haberse derretido como un cirio.
Pero, aparte de ese rostro blando y desplomado, lo cierto es que la entrevista fue preciosa.
El encuentro tuvo lugar en su granja de Sussex, en el granero reconvertido en estudio de grabación, con su banda de formidables músicos ensayando un disco y con Linda, su mujer, aún ajena al cáncer que la esperaba, sirviendo sandwichitos y té.
Y luego, tras pasar allí medio día increíble viéndole tocar casi para mí sola, habló con serenidad, con humildad, con tanta veracidad.
Por dentro seguía estando muy vivo y muy sólido.
A veces se producen momentos extraños y extraordinarios en las entrevistas.
Por ejemplo, en una con Martin Amis en 2004, el escritor “cayó en la cuenta”, por vez primera de forma consciente, de que su obsesión narrativa por los suicidios podía venir del hecho de que era probable que su madre, muerta oficialmente de una sobredosis de píldoras, en realidad se hubiera suicidado. A Amis se le redondearon los ojos y se quedó unos segundos mudo cuando asumió, en ese mismo instante, esa enormidad que hasta entonces se las había arreglado para mantener bajo el nivel de flotación de la conciencia
. Otro momento especial fue cuando Lou Reed empezó a contarme que una voz le había hablado desde el asiento trasero de su coche vacío y que esa voz fue la que logró convencerle de que dejara la droga.
Lo decía de manera literal y yo le creí, es decir, creí que él lo creía, e intenté sinceramente comprender cómo era vivir en un mundo en el que los asientos vacíos de los coches te salvaban la vida
. Lou Reed también ha muerto: este texto se me está llenando de cadáveres.
7-5-1989. “No respondía. Sólo soltaba consignas”.
El personaje que más me ha gustado? Probablemente Muhamad Yunus,
el economista bengalí inventor del microcrédito, a quien concedieron un
Nobel de la Paz (muy injusto: tendrían que haberle dado el de
Economía), y que me pareció un ser luminoso, generoso, inteligente,
sensato, modesto, colosal en su humanidad.
Si con Arafat creí estar ante
uno de los grandes tiranos de la historia, con Yunus me sentí ante uno
de sus grandes benefactores. Un Mandela, un Gandhi.
¿Y el más fastidioso? Quizá Orhan Pamuk, ese gran escritor turco, con quien me encontré en Estambul poco antes de que le concedieran el Nobel.
¿Y el más fastidioso? Quizá Orhan Pamuk, ese gran escritor turco, con quien me encontré en Estambul poco antes de que le concedieran el Nobel.
Fue una de las entrevistas más disparatadas de mi vida; verán, es
posible que Pamuk sea un hombre proclive a los sentimientos
persecutorios, y resulta que por entonces era verdad que lo perseguía
media Turquía, lo cual debía de tenerlo, con toda la razón, bastante
angustiado.
No era un asunto baladí: las amenazas eran ciertas,
peligrosas, desoladoras.
De manera que creo que lo pillé con los nervios
de punta.
Estuvo impertinente, irritante, respondón e incómodo.
Y, a
pesar de ello, me cayó muy bien.
Siempre he tenido debilidad por los
tipos raros.
Dije antes que El País Semanal ha ido recogiendo y reflejando
los cambios sociales.
Y cuánto, cuantísimo han cambiado España y el
mundo en estas décadas.
Recuerdo ahora, por ejemplo, la entrevista de
2006 con el juez Fernando Marlaska, en la que habló con generosa y
valiente naturalidad de su matrimonio con Gorka Arotz, su marido.
El
primer número de El País Semanal, del 3 de octubre de 1976, llevaba en portada un reportaje titulado Abortar en Londres,
porque por entonces las españolas que necesitaban interrumpir su
embarazo se veían obligadas a salir al extranjero o bien a exponer su
vida en una carnicería sin anestesia efectuada sobre una mesa de cocina.
Y no sólo estaba prohibido el aborto: también el divorcio, y los
homosexuales seguían siendo condenados por la Ley de Peligrosidad
Social.
De aquellos tiempos oscuros a los derechos democráticos de
Marlaska hay un largo trayecto.
Pero el paso del tiempo no ha sido
siempre igual de favorable: la última entrevista que voy a citar, que
además fue la última que he hecho para El País Semanal, nos
habla por desgracia del ruido y la furia de la actualidad mundial.
Me
refiero a la charla que mantuve hace poco más de un año con Malala, la
niña a la que los talibanes metieron una bala en la cabeza tan sólo por
querer estudiar.
Entre esas dos mujeres, aquella Ana Belén que era la
musa de la libertad y la Transición y esta monumental Malala que es la
heroína de la resistencia contra el delirio criminal de los fanáticos,
han pasado casi cuarenta años.
Muchos días, muchos muertos, tanta vida.
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