Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

26 mar 2012

Mario Casas: el galán de la nueva generación

El actor nació hace 25 años en A Coruña y se mudó a Barcelona con seis.
 Allí se matriculó en un instituto de Esparraguera, para luego cursar bachillerato artístico en Martorell. Sus padres, con los que apenas se lleva 17 años, trabajan en la construcción, él, y de ama de casa, ella. Heidi y Ramón, como le gusta llamarles, por su nombre de pila, aprendieron a ser padres al tenerlo.
Luego llegaron otros tres hermanos. Mario se ha tatuado las iniciales de los cinco. La R, por su padre; la H, por su madre; la S, por Sheila; la C, por Christian, y la O, por Óscar.
Animada por unas amigas, Heidi apuntó a su hijo a unos castings publicitarios
. A la segunda ya sonó la flauta. Maggi, Boomer, Scalextric, Telepizza… Casas resultaba angelical y travieso, resuelto y con arrojo. También participó como polemista en un especial infantil de Crónicas marcianas, donde, con 10 años, se revelaba como un pequeño castigador.
 “Yo no quiero tener mujer. Son unas pesadas. No soy machista, ¿eh? He tenido un montón de novias, pero si las empiezo a enumerar no acabo nunca”, le soltó a Javier Sardá. Así, y no en ninguna filmoteca, se le metió el gusanillo de la interpretación.
A los 17 se mudó a Madrid, donde compartió piso y compaginó trabajos de operador o carpintero con sus estudios de interpretación en la escuela Cristina Rota. Lugar en el que conocería a buena parte de los jóvenes actores españoles que más han trabajado en la última década, y en el que, voluntariamente o no, marcaría con algunos de ellos una distancia que resultaría clave en su carrera.
 “Cuando entras tan joven en una escuela de método, donde tienes que ser antes de actuar, puede resultar conflictivo. Son como clases de psicología. Y hay que tener cuidado; si eres débil, te puede afectar. He visto cómo ocurre”.
 Con todo, Casas aprovechó bien, dice, las seis horas diarias de clase. “Me gustaba la improvisación, y hacer amigos, pasarlo bien.
 Quizá me llevara algunas broncas de los profesores, que decían que no me lo estaba tomando del todo en serio. Pero es mi manera de hacer las cosas.
 Yo respeto ese método de trabajo, pero no es para mí. Si voy amargado, pensando ‘uy, hoy lo voy a pasar fatal’, me entran las inseguridades y no disfruto actuando, y al final eso se va a notar”.
Mario representa sin demasiadas complicaciones ni disculpas un nuevo perfil en la industria: el galán profesional.
El que permite el culto a su imagen sin trasladarlo a su personalidad.
El actor que no tiene experiencias ultracorporales subiéndose a un escenario para hacer su particular interpretación del color verde. Que ahorra a los entrevistadores fatídicas consideraciones sobre sus papeles o el modo de prepararlos.
 Alguien consciente de su atractivo y que no lo vive como una carga.
 Que cultiva la fama en un término intermedio que se antoja saludable, sin sentimiento de culpa, ni tampoco asumiéndola como una farragosa responsabilidad hacia la sociedad.
 “Prefiero mantenerme al margen de cualquier posicionamiento político público, no quiero ser portavoz de nada”, es lo máximo que concede. Su personaje empieza y acaba en la imagen y cualquier extrapolación a su forma de ser o pensar es un exceso periodístico
. Efectivamente, es más habitual en las páginas de la revistaCuore que en las entregas de premios. Carne de aargs y objeto de desesperadas declaraciones de amor en las redes sociales, con ración extra de hormonas y faltas de ortografía. Pero la tentación de tildarlo de engranaje dentro de una industria se disipa tras dos horas con él. Si algo trasciende del encuentro es que genuinamente se la trae al pairo.
Es más, el actor parece razonablemente cómodo en su dimensión de ídolo 2.0. Es fácil encontrar un viejo vídeo en YouTube en el que aparece haciendo el ganso con un playback de Andy y Lucas. O contestando vía webcam a sus más de 600.000 seguidores en Twitter. “Mario es inteligente, sabe que esto es parte de su profesión, que sus fans le dan de comer, y lo cuida”, resume Alberto Rodríguez. Más complicados de gestionar le resultan los novios celosos de algunas fans. “Los encuentras en un supermercado, en la calle, en un bar, te vacilan o te insultan a la cara. Y al principio te pones de mal humor y les miras mal”, admite el actor. “Pero aprendes que lo mejor es pasar. Aunque a veces sea peor, porque también te pueden llamar borde de mierda por no entrar al trapo. Hagas lo que hagas, no hay salida acertada”.
González Molina celebra la singularidad de Casas (“si lo elijo una y otra vez a él es porque no he encontrado a nadie mejor”) y se extraña de que no lo hayan nominado nunca a actor revelación en los Goya. “Repasando a algunos de los candidatos de los últimos años pienso: ‘¿Perdona? ¿Pero qué revelación hay ahí? ¿Quién demonios es ese tío?’
. El fenómeno mediático que rodea a Mario es tan enorme que impide que se vea el talento interpretativo que hay”, reivindica el director, que descubrió al intérprete en el pasillo de un plató televisivo donde Casas rodaba la serie SMS. Quedó, dice, prendado de su mirada, y lo propuso –contra la opinión generalizada de que era “demasiado pequeño, demasiado friki”– para Los hombres de Paco y Fuga de cerebros, convencido de que poseía “una cosa salvaje y animal que se tiene o no se tiene”.
El papel en el que más le apasionó, confiesa, no es de una película suya, sino de Mentiras y gordas, de Albacete y Menkes, su debut, donde Casas se enamoraba trágicamente de Yon González: “Un perfil absolutamente alejado del suyo. Mario es profundamente heterosexual, probablemente nunca haya tenido ningún tipo de problema de adaptación, ni mucho menos haber estado enamorado de su mejor amigo.
 Y muy pocas veces habrá sido no correspondido.
 Pero consiguió construir todo eso de una manera francamente especial”, termina González Molina.



El actor nació hace 25 años en A Coruña y se mudó a Barcelona con seis. Allí se matriculó en un instituto de Esparraguera, para luego cursar bachillerato artístico en Martorell. Sus padres, con los que apenas se lleva 17 años, trabajan en la construcción, él, y de ama de casa, ella. Heidi y Ramón, como le gusta llamarles, por su nombre de pila, aprendieron a ser padres al tenerlo. Luego llegaron otros tres hermanos. Mario se ha tatuado las iniciales de los cinco. La R, por su padre; la H, por su madre; la S, por Sheila; la C, por Christian, y la O, por Óscar.
Animada por unas amigas, Heidi apuntó a su hijo a unos castings publicitarios. A la segunda ya sonó la flauta. Maggi, Boomer, Scalextric, Telepizza… Casas resultaba angelical y travieso, resuelto y con arrojo. También participó como polemista en un especial infantil de Crónicas marcianas, donde, con 10 años, se revelaba como un pequeño castigador. “Yo no quiero tener mujer. Son unas pesadas. No soy machista, ¿eh? He tenido un montón de novias, pero si las empiezo a enumerar no acabo nunca”, le soltó a Javier Sardá. Así, y no en ninguna filmoteca, se le metió el gusanillo de la interpretación.
A los 17 se mudó a Madrid, donde compartió piso y compaginó trabajos de operador o carpintero con sus estudios de interpretación en la escuela Cristina Rota. Lugar en el que conocería a buena parte de los jóvenes actores españoles que más han trabajado en la última década, y en el que, voluntariamente o no, marcaría con algunos de ellos una distancia que resultaría clave en su carrera. “Cuando entras tan joven en una escuela de método, donde tienes que ser antes de actuar, puede resultar conflictivo. Son como clases de psicología. Y hay que tener cuidado; si eres débil, te puede afectar. He visto cómo ocurre”. Con todo, Casas aprovechó bien, dice, las seis horas diarias de clase. “Me gustaba la improvisación, y hacer amigos, pasarlo bien. Quizá me llevara algunas broncas de los profesores, que decían que no me lo estaba tomando del todo en serio. Pero es mi manera de hacer las cosas. Yo respeto ese método de trabajo, pero no es para mí. Si voy amargado, pensando ‘uy, hoy lo voy a pasar fatal’, me entran las inseguridades y no disfruto actuando, y al final eso se va a notar”.
Mario representa sin demasiadas complicaciones ni disculpas un nuevo perfil en la industria: el galán profesional. El que permite el culto a su imagen sin trasladarlo a su personalidad. El actor que no tiene experiencias ultracorporales subiéndose a un escenario para hacer su particular interpretación del color verde. Que ahorra a los entrevistadores fatídicas consideraciones sobre sus papeles o el modo de prepararlos. Alguien consciente de su atractivo y que no lo vive como una carga. Que cultiva la fama en un término intermedio que se antoja saludable, sin sentimiento de culpa, ni tampoco asumiéndola como una farragosa responsabilidad hacia la sociedad. “Prefiero mantenerme al margen de cualquier posicionamiento político público, no quiero ser portavoz de nada”, es lo máximo que concede. Su personaje empieza y acaba en la imagen y cualquier extrapolación a su forma de ser o pensar es un exceso periodístico. Efectivamente, es más habitual en las páginas de la revistaCuore que en las entregas de premios. Carne de aargs y objeto de desesperadas declaraciones de amor en las redes sociales, con ración extra de hormonas y faltas de ortografía. Pero la tentación de tildarlo de engranaje dentro de una industria se disipa tras dos horas con él. Si algo trasciende del encuentro es que genuinamente se la trae al pairo.
Es más, el actor parece razonablemente cómodo en su dimensión de ídolo 2.0. Es fácil encontrar un viejo vídeo en YouTube en el que aparece haciendo el ganso con un playback de Andy y Lucas. O contestando vía webcam a sus más de 600.000 seguidores en Twitter. “Mario es inteligente, sabe que esto es parte de su profesión, que sus fans le dan de comer, y lo cuida”, resume Alberto Rodríguez. Más complicados de gestionar le resultan los novios celosos de algunas fans. “Los encuentras en un supermercado, en la calle, en un bar, te vacilan o te insultan a la cara. Y al principio te pones de mal humor y les miras mal”, admite el actor. “Pero aprendes que lo mejor es pasar. Aunque a veces sea peor, porque también te pueden llamar borde de mierda por no entrar al trapo. Hagas lo que hagas, no hay salida acertada”.
González Molina celebra la singularidad de Casas (“si lo elijo una y otra vez a él es porque no he encontrado a nadie mejor”) y se extraña de que no lo hayan nominado nunca a actor revelación en los Goya. “Repasando a algunos de los candidatos de los últimos años pienso: ‘¿Perdona? ¿Pero qué revelación hay ahí? ¿Quién demonios es ese tío?’. El fenómeno mediático que rodea a Mario es tan enorme que impide que se vea el talento interpretativo que hay”, reivindica el director, que descubrió al intérprete en el pasillo de un plató televisivo donde Casas rodaba la serie SMS. Quedó, dice, prendado de su mirada, y lo propuso –contra la opinión generalizada de que era “demasiado pequeño, demasiado friki”– para Los hombres de Paco y Fuga de cerebros, convencido de que poseía “una cosa salvaje y animal que se tiene o no se tiene”. El papel en el que más le apasionó, confiesa, no es de una película suya, sino de Mentiras y gordas, de Albacete y Menkes, su debut, donde Casas se enamoraba trágicamente de Yon González:
“Un perfil absolutamente alejado del suyo. Mario es profundamente heterosexual, probablemente nunca haya tenido ningún tipo de problema de adaptación, ni mucho menos haber estado enamorado de su mejor amigo. Y muy pocas veces habrá sido no correspondido. Pero consiguió construir todo eso de una manera francamente especial”, termina González Molina.

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