Amélie Nothomb fotografiada en París por Daniel Mordzinski.
“Ya ve, Melvin, tiene usted razón: su obesidad es su obra. Está usted en la onda de la modernidad artística. Hay que intervenir desde ahora mismo, ya que lo más apasionante de su iniciativa es tanto el proceso como el resultado. Para que los mandamases del body art le reconozcan como uno de los suyos, quizá también debería ir anotando todo lo que come (…) No se desanime. Piense en la obra, que es para el artista la única razón de existir. Cordialmente”.
Melvin es Melvin Mapple y la que escribe cordialmente, Amélie Nothomb. Ella, ya lo saben, es novelista y belga. Él es un soldado estadounidense en Irak. La guerra le gusta tan poco que como forma de sabotaje se dedica a comer. Hasta que no cabe en el carro de combate. Cuando se da cuenta de que se le ha ido la mano recurre a la escritora, que le propone que convierta su gordura en obra de arte. De eso habla Una forma de vida, la nueva novela de Amélie Nothomb (y van… 23 hay en la web de su editorial española; en el propio libro se habla de 65 manuscritos). La publicará Anagrama en marzo en traducción de Sergi Pàmies.
Una forma de vida es una especie de cara B de El artista del hambre, de Kafka. De hecho, la novela (epistolar) se va volviendo cada vez más kafkiana. Con todo, es una muestra -delirante si se quiere- de las debilidades de la fama literaria y de la fuerza del arte para dar sentido a la vida. Signifique eso –arte, sentido- lo que signifique.
“Lo que son las palabras. Ya había ensayado yo a escribir poesía y cuentos, cuando era muy joven, y no lo había hecho mal. En aquellos días parecía tener más aptitud para eso que para la pintura, pues me venía de familia, en la que había habido escritores. Y ahora que vuelvo a hacerlo después de tantos años me asombra otra vez lo dúctiles que son las palabras; lo mucho que por sí solas, o casi por sí solas, expresan lo ambiguo, lo transmutable, lo poco firme de las cosas. Son iguales al mundo: inestables como casa en llamas, como zarza ardiente. Todo eso sin dejar yo de añorar el olor del óleo o el polvillo del carboncillo al tacto, y sin dejar de extrañar la punzada, como la del amor, que se produce cuando uno siente que toca el infinito, capta la luz esquiva, la luz difícil, con un poco de aceite mezclado con polvillo de piedras y metales”.
Para no levantar sospechas. Complicado glosar una obra así. Baste decir que Tomás González sale airoso de un reto como ese. Atravesado por un humor seco que ataja cualquier exceso sentimental, su libro construye en 130 páginas un ambiente de insomnio y claustrofobia: “Era como si las palabras estuvieran perdiendo ya la capacidad de contener el tiempo, y yo de entenderlo, y los relojes de medirlo”. Como el padre de la novela, el lector se va haciendo todas las preguntas posibles: ¿qué hora será allí?, ¿habrá llegado?, ¿y si se arrepiente?
A veces, pese a todo, las palabras sirven para algo.
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