AHÍ van las hojas lentas, sin caída noble, por los aires, entre la luz menguante y el sol que al otro lado se expande a través de ojos nuevos, desconocidos. Por los aires. O por el azar, o por el destino. Sobre cualquier esquina.
No digas que no viviste. Que no te llevó la luz y no lo supo.
*
LA soledad del dolor. O tal vez fuese más preciso decir la precariedad en que te abandona el dolor. Y la risa del mundo, fuerte, mientras tanto, palpitando como el sol en las nubes.
El dolor lo retira todo -fantasía, deseo, suspiros- para abrirse a su sola soledad final, la que queda detrás del temblor, la que resiste detrás de la angustia.
*
DESEASTE llegar a ese final de carretera, a ese descampado por donde ya no rodaban ecos, ni nubes. Deseaste, y ahora es enorme ese deseo en tanta intemperie.
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