Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

25 jun. 2012

Cabalga, caballero oscuro, cabalga por Carlos Bollero

Orson Welles respondió rotundamente sobre el significado del cine: “John Ford, John Ford y John Ford”. Y John Wayne, ángel o demonio, o ambas cosas a la vez, fue uno de los grandes. Ahora, 'Centauros del desierto' se exhibe restaurada.

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John Wayne y Jeffrey Hunter, en una imagen de 'Centauros del desierto' (1956), de John Ford. / WARNER BROTHERS / ALBUM
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Llego descorazonado, guiado por la rutina profesional, huyendo del calor, sin haber consultado la cartelera, sin esperanza de encontrar esa película milagrosa que cura durante un rato todos los males del alma, a las puertas de los cines Verdi de Madrid.
 Pero noto un sobresalto cuando veo el anuncio en la taquilla de que van a exhibir a partir del viernes una película que se rodó hace 56 años, en una copia remasterizada y en alta definición. Se titula Centauros del desierto.
Y no sé lo que sentiría Proust al mojar la magdalena ni lo que evoca exactamente el ciudadano Kane al susurrar obsesivamente “Rosebud”, pero puedo explicar el efecto que me provoca noticia tan venturosa.
Vi esa película cuando era muy pequeño, quiero imaginar que en un programa doble de cine de barrio, con mis padres, cuando no sabía que los directores eran los autores de las películas, ni que las películas del Oeste eran westerns y los tebeos cómics, ni que Steven Spielberg la consideraría muchos años más tarde como la mejor película de la historia, que Scorsese decidiría hacer cine por la conmocionante impresión que le causaron Centauros del desierto y La ley del silencio, que a la complicada pregunta sobre el significado del cine, el egocéntrico Orson Welles lo tendría tan claro como para dar esta rotunda respuesta: “John Ford, John Ford y John Ford”.
 Pero sí recuerdo haberme colgado inmediatamente de un tío que tenía unos andares muy chulos, que inspiraba seguridad, con los inconfundibles rasgos de los auténticos héroes, alguien que no parecía interpretar sino que era así, del que te gustaba su forma de hablar, de reírse, de pelear, de sufrir, de escuchar, de encabronarse, de beber, de subir al caballo.
Esas reflexiones, por supuesto, fueron posteriores, pero la fascinación hacia ese personaje cuando eres un crío y no puedes, ni quieres, ni sabes analizar por qué alguien te gusta o te desagrada, fue tan inocente como inmediata. Acercándome a la vejez, el magnetismo que me provoca ese actor permanece intacto.
Se llamaba John Wayne, aunque Ford se refería a él con tono entre burlón y cariñoso como “ese pedazo de carne”. Cuentan que era profundamente facha (él prefería considerarse patriota), que era el símbolo de la Legión Americana, que se ponía muy nervioso cuando olía rojerío, pacifistas, opositores a la guerra de Vietnam
. Pero cuando aparece en la pantalla, llenándola con su personalidad como solo pueden hacerlo los grandes, sabiendo que estás ante alguien tan fuerte como legal, que sería una suerte que este tipo te adoptara como amigo o que asumiera la jefatura en cualquier situación peligrosa, me da lo mismo que el ciudadano Wayne fuera un ángel o un demonio, o ambas cosas a la vez. El actor Wayne fue una de las mejores cosas que le ocurrieron al cine. Es normal que Ford y Hawks le utilizaran frecuentemente en películas imperecederas como el transmisor ideal de su mundo.
Después de aquella gozosa iniciación de infancia acompañando a los centauros del desierto (por una vez me resulta más poético y evocador el título español que el original, prefiero centauros a buscadores) he seguido en su compañía muchas veces, pero pocas en su espacio natural, en una sala oscura, sino a través de la televisión, el vídeo y el DVD.
 Pero siempre me quedo flotando, con sensaciones contradictorias ante la trágica odisea del complejo Ethan Edwards buscando bajo el sol, la lluvia y la nieve a su secuestrada sobrina.
Qué personaje tan chungo, legendario, sombrío, racista, compadecible, solo, feroz, profesional, obsesivo, atormentado, odioso, querible, admirable.
¿Quiénes son los buenos y los malos en este western tan raro como grandioso?
 Hace muchos años que su hermano, su enamorada cuñada, sus sobrinos y el chaval mestizo que adoptaron no ven a ese hombre de gesto orgulloso y cansado, sin estrella que le proteja, ataviado con un capote sudista y un sable que ya parece inservible, ese hijo pródigo y perdedor, que se acerca a la casa familiar buscando calor y sosiego. La guerra terminó hace años y él solo aclara que ha pasado ese tiempo dando vueltas.
No acepta la rendición y está convencido de que un hombre solo puede hacer un verdadero juramento a lo largo de su vida. Él juró ser fiel a la Confederación. Y besa a su cuñada en la frente.
Y no verá cómo ella acaricia su abrigo cuando cree que nadie la mira.
Y disfrutará observando el crepúsculo desde el pórtico de la casa mientras toma café. Pero los refugios para él siempre son profesionales.
 Un comanche llamado Scar se ha propuesto vengar a asesinados hijos coleccionando cabelleras de hombres, mujeres y niños blancos. Extermina a la familia de Ethan, aunque es probable que haya respetado la vida de la sobrina pequeña para transformarla en comanche
. Ethan ya tiene una razón para sobrevivir. Seguir el rastro de esa niña. Y sobre todo, odiar. A los indios, a sí mismo por no haber evitado la masacre, al género humano.
 Con alguna excepción, como la de un viejo loco que solo anhela poseer alguna vez un techo sobre su cabeza y una mecedora junto al fuego.
 Es tan cabrón el rocoso y desamparado Ethan Edwards que después de matar indios, les dispara en los ojos para que nunca puedan encontrar el cielo, para que tengan que vagar eternamente a través del viento.
¿Cuántas páginas se han escrito (algunas memorables, otras fatigosas, obvias, repetitivas) sobre el simbolismo poético de esa puerta que se abre al comienzo y se cierra al final, destinando a Ethan a seguir más solo que la una, como ha estado siempre, pero sin nadie ya a quien rescatar? Ford, tan íntimamente consciente de su arte como públicamente desdeñoso con él cuando trataban de analizarlo y etiquetarlo, le respondía al inquisitivo y profundo Peter Bogdanovich: “Tonterías, Peter, tonterías. Solo son puertas que se abren y se cierran. De alguna forma había que comenzar y terminar”.
Mi transcripción no es literal, pero algo parecido dijo Ford, o quiero imaginarlo.
También le parecería casual o anecdótico a Ford que la canción que despide a ese tío bajo el sol del desierto que ya no sabe dónde ir asegure: “Un hombre busca su alma y su corazón.
Sabe que encontrará paz interior. ¿Pero dónde, señor? Cabalga, cabalga”.
Muchos años después, James Caan le ofrecerá el mismo consejo a John Wayne en El Dorado recitándole a Poe, narrando la historia de un caballero joven y audaz que viajó incansablemente a través del Valle de las Sombras y se hizo viejo sin haber podido encontrar El Dorado.
 Pero seguía cabalgando.
Centauros del desierto (The searchers). John Ford, 1956. Versión remasterizada y en alta definición. Cines Verdi. Madrid. www.cines-verdi.com.

 

Los patios árabes de Sorolla vuelven a cobijarse a la sombra de la Alhambra

El palacio del Diamante de Ferrara fue la primera parada de la obra de Joaquín Sorolla (1863-1923) inspirada en los patios árabes andaluces y los jardines que tanto entusiasmaron a Juan Ramón Jiménez. Clausurada la exposición antes de tiempo por el terremoto que el 19 de febrero de este año hizo temblar la región italiana, la luz de estos óleos tardíos del pintor valenciano, en los que deliberadamente desterró la figura humana para situar en el centro la geometría de las plantas y los ambientes intimistas de soportales, estanques y fuentes, llega el viernes al palacio de Carlos V de la Alhambra en una especie de “reencuentro” con Granada y con Andalucía. ¿Regreso o reencuentro?, se pregunta Tomás Llorens, comisario de la muestra.
 Más allá del dilema, para Sorolla el “descubrimiento” de la Alhambra y el Alcázar de Sevilla fue una reconciliación que provocó que en los últimos años de su vida le deslizó hacia una estética y una ética compartida por Juan Ramón.
“Aunque Jiménez y Sorolla eran de generaciones distintas, ambos coincidían en muchas cosas y sobre todo en su visión de España, buscaban esa otra España, honda y alejada de los clichés, que también necesitaban Lorca y Ortega y Gasset”, asegura Llorens.
 El comisario, a quien también se debe la gran muestra de Hooper que en estos momentos triunfa en el Museo Thyssen de Madrid, ha indagado en la correspondencia entre Juan Ramón y Sorolla, pero también en la mantenida por el pintor y su esposa Clotilde.
 De la lectura de ambas ha extraído conclusiones reveladoras.
Sorolla viaja a Sevilla en 1908 con el encargo de a hacer un retrato de Alfonso XIII, “y lo pasa fatal”, según dice. “Detesta las corridas de toros, le marean los flamencos, le escribe a su esposa que se va a acostar temprano por la noche porque no soporta a los andaluces”.
 Como los poetas de la generación del 98, Sorolla abomina de la España casposa y vacía y va buscando la España “verdadera”; cuando “descubre”el Alcazar de Sevilla, en 1908, y un año después la Alhambra y Sierra Nevada, queda cautivado y se “reconcilia” con Andalucía.
 De pronto, se encuentra con la misma música que inspiraba a Juan Ramón.
Se puede decir que la Alhambra cambia la vida de Sorolla.
 Empieza a pintar patios, mármoles, cerámicas, estanques porticados, columnas y también jardines y ambientes interiores en los que se refugia como antes lo habían hecho otros pintores y escritores, y desde luego el propio Juan Ramón, al que conoció en 1904, cuando lo retrató por primera vez.
Posteriormente, cuando Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, le encarga en 1911 decorar las paredes de la institución en Nueva York con los paisajes de España y vuelve a pintar a Juan Ramón Jiménez (en 1916), su atracción por la Andalucía de Juan Ramón es absoluta. Tanto es así, que en este último retrato coloca detrás del poeta Fuente y patio del Alcazar de Sevilla, cuadro que había hecho en 1910 y que vuelve a pintar ahora tal cual detrás de la figura de Juan Ramón.
Jardines de luz, que así se llama la exposición –después de Granada viajará en otoño al Museo Sorolla de Madrid- nos habla en silencio de esta relación a través de unas pinturas evocadoras y llenas de luz.
 Son aproximadamente medio centenar de cuadros, más dos tercios aportados por el Museo Sorolla, estructurados en siete secciones (La Tierra, La Alhambra, El Agua, El Patio, El Jardín, Los Tipos y El Jardín de la Casa Sorolla).
Dice Llorens que en aquella España reencontrada gracias a aquellos jardines andaluces confluyen Juan Ramón y Sorolla.
 “El poeta se siente al comienzo del suyo y proyecta su pregunta, como programa, hacia el futuro, mientras el pintor, que tiene detrás un pasado largo y saturado de experiencias y emociones contrastantes, disuelve la suya en el puro placer de pintar”.

24 jun. 2012

Juan luis Galiardo ha muerto (IN MEMORIAM)


En Atenas por Maruja Torres

Circunstancias personales me han traído a Atenas, coincidiendo con la jornada electoral de supuesto infarto europeo, seguida de presunto alivio ídem, y presidida por la coacción y el miedo provocados hasta el final por los administradores del poder económico y por sus voceros.
Por suerte, ajena a titulares clónicos y a consignas ciegamente admitidas por quienes deberían pensar y pensarse antes de acatar y someterse, he repensado Grecia —la que tanto nos dio— en compañía de Pedro Olalla.
El helenista asturiano, afincado en la capital griega, siempre alza la voz para recordarnos que sólo en el reforzamiento de la ciudadanía —eso que nació aquí, hace tantos años— hallaremos la fuerza para resistir los dictados de los poderes económicos que nos sojuzgan a través del manejo de la deuda que ellos mismos nos ayudaron a crear.
 Sólo más democracia evitará el premeditado desmantelamiento de la democracia.
 Pedro tiene blog y legiones de seguidores en Youtube, y acaba de sacar un nuevo libro imprescindible, Historia menor de Grecia (Acantilado).
Recorrí con Olalla el Ágora, y penetré lentamente con él, a la sombra de olivos y laureles, y entre el perfume dulzón y engañoso de las adelfas —laureles amargos, se llaman, en griego: un potencial veneno—, en el proceso que condujo a la creación de la democracia y de la noción de individuo responsable y con derechos ciudadanos.
 El ayer y el hoy se fundían, con sencillez y claridad.
 Cómo hemos podido renunciar a tantas parcelas de libertad, y cómo hemos permitido que nos gobiernen los lacayos de quienes nos han convertido en sus clientes entrampados.
Tal vez fuera la luz, la luz de Atenas —de aquella que nos fundó—, lo que me anudó el pecho ayer, cuando volví los ojos hacia este sumidero de mediocres sumisos en que hemos devenido.
Volver a empezar, más que nunca.