Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

22 abr 2020

Sartre y el gran sol fúnebre de la gloria

La posteridad es esquiva con el autor de la 'La náusea' como lo fue con Camus, por ser incapaces de sintonizar con los que ajustician o perdonan.

El escritor Jean-Paul Sartre, en una terraza del barrio parisiense de Montparnasse, en 1966.
El escritor Jean-Paul Sartre, en una terraza del barrio parisiense de Montparnasse, en 1966.

 

No, no ha tenido Jean-Paul Sartre “una posteridad amable”, y no la tendrá porque los clarines que ajustician o perdonan están apagados para él, en las librerías y en los periódicos.
 A Sartre hoy se ha acercado la muy amable, y profunda, pluma de Marc Bassets en EL PAÍS para decir precisamente eso, que a los cuarenta años de su muerte la posteridad sigue siendo esquiva con el autor de La náusea.

Es una injusticia como la que ocurrió con Albert Camus, por cierto. El autor de El extranjero, por razones inversas por las que luego se ha sepultado dos veces a Sartre, estaba silenciado para la historia de la literatura porque, a principios de los noventa, seguía sin sintonizar con los que ajustician o perdonan y permanecía ausente de las estanterías y de la cita intelectual o periodística.
 En 1993, por ejemplo, permanecía sin ser reeditado en España, arrinconado en la zona sin fondo de la época, aún dominada por el lugar común de buenos y malos a los que nos condenó aquella parte del siglo XX.
 En aquel entonces un buen editor generoso y culto, Rafael Martínez Alés (al frente entonces de Alianza), le encargó a otro editor, entonces en proceso de retirada, José María Guelbenzu, que preparara a Camus para salir de nuevo al campo
. No fue tan solo eso, naturalmente, lo que hizo que Camus abandonara la sombra, pero sí contribuyó en gran medida a que ese extranjero en cualquier parte pasara a formar parte de la patria intelectual, literaria e incluso política del futuro.
Mientras tanto, la estrella de Sartre contradecía sus propias ambiciones, pues, como había escrito en un impresionante pasaje de Las palabras, él se figuraba, ya muerto, “bajo el sol fúnebre de la gloria”.
 Esa gloria lo acompañó hasta la hora de su despedida, tan potente en París, recoge Bassets en su crónica de hoy, como la que le dijo adiós a Victor Hugo.
 A lo largo de las décadas fue pregonado (por varias generaciones) como el gurú de los sucesivos tiempos.
 Su enorme erudición enciclopédica le sirvió para desentrañar las sombras del pensamiento pasado, y él se empeñó en crear su propia idea de la vida y de la creación literaria. 
Mezclado con su arrogancia intelectual y personal, asistido de una corte infinita de aduladores fanáticos, entre los que hubiera estado cualquiera de los que nos formamos en sus mejores tiempos, fue luego olvidado, antes incluso de su muerte, como un juguete roto, como una triste sombra de la inteligencia.
Es un libro lleno también de la arrogancia sartriana (la arrogancia y lo contrario, hay una autodestrucción latente, un espejo permanentemente roto o a punto de ser destruido), en la que no falta la autocomplacencia: “A los treinta años logré el estupendo hecho de escribir en La Náusea —se me puede creer que muy sinceramente—la existencia injustificada, salobre, de mis congéneres y de poner a la mía fuera de causa”.
 Ese Sartre que parecía dos a la vez, uno de los cuales renegaba del otro, escribía sobre el pasado anticipando esa posteridad sin lustre que le esperaba: 
“Engañado hasta los huesos y confundido, escribía alegremente sobre nuestra desgraciada condición.
 Era dogmático y dudaba de todo, excepto de ser el elegido de la duda: restablecía con una mano lo que destruía con la otra y tenía a la inquietud por la garantía de mi seguridad: era feliz”.
Fue, en ese momento de su gloria, cuando el espejo le devolvió el momento en que descubrió su fealdad y, a los siete años, se sentía como un muchacho que no tuviera billete para el viaje que le aconsejaban emprender
. Le habían dicho en la casa que sería un escritor. En ese viaje estaba, en 1964, cuando descubrió que volvía a ser aquel niño y que la pared volvía a ser tan alta como su inseguridad. 
Abrumado por los fantasmas que en la niñez lo educaban para ser el dueño del mundo, se mostraba molesto con “mi notoriedad actual”. “No es la gloria”, decía, “ya que vivo, y esto basta sin embargo para desmentir mis viejos sueños, ¿o será que los sigo alimentando secretamente? Del todo, no”.
 La muerte siempre dictándole la solución, la desaparición tras el gran sol fúnebre de la gloria…

Si se lee hoy Las palabras, publicada en 1964, cuando él ya había publicado muchos de sus libros y, sobre todo, La náusea, se podría deducir que el filósofo literato de aquel entonces ya vio lo que se le venía encima cuando la gloria fuera tan solo, como él mismo escribió, un resplandor fúnebre.
 Ese es un libro extraordinario, lleno de humor y de lecturas. 
Ahí se muestra como un deudor de Víctor Hugo, precisamente, y de Flaubert, un hombre que aspira, además, a emularlos y a superarlos, aunque sabe, como escribe, que el futuro que él ya no controlará lo hará, en efecto, “un relámpago borrado por las tinieblas”.
El libro es un placer lleno de placeres.
 Es una descripción de varios amores, al abuelo, a la madre, que lo hicieron escritor, a la amistad y, en definitiva, al amor imposible y a la finitud.
El tormento del presente era la señal del luto del futuro. 
“Ya que he perdido la posibilidad de morir desconocido, me enorgullezco a veces de vivir mal conocido”.
 Estas frases finales de su impresionante autobiografía, cubierto el tránsito de su descubrimiento de las palabras, son el epitafio anticipado de lo que luego la posteridad le daría:
 “Nunca he creído ser el feliz propietario de un talento; [de] lo único que se trataba era de salvarme —nada en las manos, nada en los bolsillos— por el trabajo y la fe. (…) Si coloco a la imposible Salvación en el almacén de los accesorios, ¿qué queda? 
Todo un hombre, hecho de todos los hombres y que vale lo que todos y lo que cualquiera de ellos”.
En algún momento, en Las palabras, Sartre dice: “A mi no me duran los rencores y confieso todo, complacientemente; estoy muy bien dotado para la autocrítica a condición de que no pretendan imponérmela.
 Han molestado mucho, en 1936 y en 1945, al personaje que tenía mi nombre; ¿qué tengo yo que ver con eso? Las afrentas recibidas las cargo en su débito: ese imbécil ni siquiera sabía hacerse respetar”. 
La posteridad es esquiva desde que amanece en la tumba oscura. Si este libro se releyera habría, al lado del “sol fúnebre de la gloria”, el sonido de aquellos pájaros junto a los que, en la niñez, le empezaron a decir que los libros iban a ser su felicidad y su destino.
 Luego sólo tuvo destino, y de momento este, como sugiere Marc Bassets en EL PAÍS, cuarenta años después de la muerte de Sartre, le ha deparado al filósofo inseguro y feo una implacable posteridad.
 

19 abr 2020

Cuando la realidad supera a la ciencia-ficción

Ray Bradbury, Isaac Asimov, J. G. Ballard, Ursula K. Le Guin, Philip K. Dick y Stanislaw Lem imaginaron un futuro de pandemias, distancia social y redefinición del ser humano. Seis expertos analizan sus predicciones.

 

Cuando la realidad supera a la ciencia-ficción
¿Qué escritor de ciencia-ficción adivinó mejor el futuro? Seis especialistas explican los pronósticos realizados por seis grandes maestros. 
Sus respectivas obras demuestran que la literatura se adelantó a fenómenos como la pandemia mundial, la distancia social, la preocupación ecológica, el sexo no binario, la robotización, la inteligencia artificial, la civilización de la pantalla, la realidad aumentada, la aspiración a la inmortalidad, los viajes espaciales, el control del Estado o la disidencia política en el siglo XXI.
 Como era de esperar, casi ninguno se consideraba a sí mismo autor de género, pero de su imaginación salieron futuros que se parecen mucho a nuestro presente.

Ursula K. Le Guin

Abriéndonos la puerta del universoPor Rosa Montero
Ursula K. Le Guin.
Ursula K. Le Guin.
Cuando la realidad supera a la ciencia-ficción
Cuando hablamos de escritores de ciencia-ficción que adivinaron el futuro, solemos estar refiriéndonos a individuos que intuyeron adelantos técnicos e innovaciones científicas.
 Ursula K. Le Guin no forma parte de ese colectivo; ella nunca fue muy tecnológica en su obra, sino monumental y mítica. 
Es uno de esos pocos autores capaces de atrapar en sus libros tanto las más pequeñas sutilezas del individuo como los más vastos anhelos de la humanidad.
 Y desde esa mirada de águila sí que ha sido capaz de ­anticipar grandes movimientos sociales e incluso viajes que apenas estamos comenzando.

Por ejemplo, su novela El nombre del mundo es Bosque, publicada en 1972, ofrece una profunda reflexión ecologista, un tema que por entonces no le parecía importante a casi nadie, así que podemos decir que Le Guin formó parte de la avanzadilla contra la crisis climática (por cierto que la película Avatar se inspiró en este libro, eso sí, sin decirlo).
Del mismo modo, La mano izquierda de la oscuridad (1969), que habla de un mundo en donde los humanos son hermafroditas, neutros durante tres semanas y en la cuarta machos o hembras dependiendo de la pareja que tengan en ese momento, predice la manera en que los géneros están siendo dinamitados actualmente. Me refiero a la sexualidad líquida y mudable de los pansexuales, demisexuales o queer; de los trans y los bi; de los andróginos y los no binarios, todo este glorioso y resbaladizo lío, en fin.
Por último, la serie narrativa más ambiciosa de Le Guin son las novelas del Ekumen, una federación de mundos habitados por humanos que salieron de la Tierra hace milenios y que han ido conformando civilizaciones muy distintas.
 Y justamente ahora nos encontramos en el inicio de ese salto colosal hacia otros planetas.
 Hay un frenesí exploratorio en búsqueda de exoplanetas habitables y existen diversos proyectos para colonizar Marte, el más llamativo el de Elon Musk, que pretende transportar hasta el planeta rojo a un millón de colonos para 2050.
 Es decir (qué vértigo), estamos en el comienzo del Ekumen.
 Le Guin nos abrió la puerta del universo.

Isaac Asimov

Los marcianos éramos nosotrosPor Javier Sampedro

Isaac Asimov.
Isaac Asimov.
Cuando la realidad supera a la ciencia-ficción
Isaac Asimov (1920-1992) es conocido sobre todo por dos colecciones de novelas, una sobre robots y otra, llamada Fundación, acerca de una civilización galáctica.
 Ahora que la robótica ha despegado con fuerza impulsada por los avances en inteligencia artificial, las predicciones de Asimov se están empezando a discutir no ya en los foros coloridos de los aficionados al género, sino incluso bajo la luz tenue de los laboratorios de investigación. 
Los científicos y los ingenieros discuten, por ejemplo, si sus “tres leyes de la robótica” (un robot no dañará a un humano; obedecerá a un humano siempre que esto no contradiga la primera ley, y se protegerá a sí mismo siempre que esto no contradiga las dos primeras leyes) pueden ser de aplicación como una especie de código moral para máquinas autónomas.
 El futuro lo dirá.

Cuando sus editores le estimularon a escribir una ópera galáctica, pensando en un conflicto entre la especie humana y los seres alienígenas más extraños que el autor pudiera imaginar, Asimov razonó que la humanidad no tenía la menor oportunidad de salir victoriosa. 
Nuestra civilización tecnológica es apenas una recién nacida y lo más probable es que se quede muy corta respecto a cualquier otra civilización tecnológica de la galaxia.
 Así que el autor renunció por completo a cualquier guerra de los mundos e imaginó más bien un futuro en el que los humanos nos hemos propagado por toda la galaxia.

En la serie Fundación, los marcianos somos nosotros.
 Esa serie, que empezó siendo una trilogía y acabó creciendo tanto que no es fácil decir exactamente cuántos libros comprende, es también una predicción sobre las predicciones.
 Prevé el desarrollo de una nueva ciencia llamada “psicohistoria” capaz de augurar las grandes corrientes históricas del futuro.
 Una metapredicción.
 En un relato sin relación con las series anteriores, la humanidad está a punto de perecer junto al propio universo que la alberga, por la simple degeneración termodinámica que pondrá fin a todo.
 Los científicos le preguntan al mejor supercomputador del momento: ¿cómo se puede revertir la entropía del cosmos? El ordenador trabaja durante miles de millones de años y al final, con la humanidad ya extinta y olvidada, responde: “Hágase la luz”.
UN LIBRO. Anochecer, por inventar un mundo con siete soles donde nadie ve las estrellas, lo que impide despegar a la ciencia.

Philip K. Dick

Deshumanización tecnológicaPor Laura Fernández

Philip K. Dick.
Philip K. Dick.
Cuando la realidad supera a la ciencia-ficción
Philip K. Dick inventó el deshumanizado mundo de pequeñas y engañosas píldoras en el que vivimos. No, no se trata de píldoras reales, sino de píldoras de realidad. 
No es solo que escribiese sobre el exceso de información, descontextualizado, atomizado y ametrallador con el que convivimos, sino que lo utilizó para profundizar en su efecto sobre la psique implosiva del que la recibía.
 Sí, el mundo como un espejo roto en millones de pedazos en los que el individuo se refleja de una forma confusa y distinta y, por lo tanto, enloquecedora.
Tendía Dick a la paranoia —estaba convencido, desde niño, de que todo el mundo quería matarle— y eso le hizo desconfiar de todo y de todos. 

En especial, de cualquier ente autoritario existente, es decir, los Estados, pero también las empresas todopoderosas —hay al menos una de ellas en cada una de sus novelas— y, cómo no, de la cambiante historia. 
Esto es, el pasado como algo con lo que se juega en virtud de los intereses de quien puede jugar con él (por ejemplo, hacer creer al protagonista que sigue viviendo en la década de los cincuenta para utilizarlo como arma en la guerra que se libra en el futuro en el que vive sin saberlo).
Es decir, por un lado la confusión, que nunca es colectiva sino individual, y por otro, cientos de pequeñas cosas, como el aspecto cada vez más lúdico de la sociedad (pensemos en la guerra con una sociedad extraterrestre convertida en partidas de una especie de Monopoly en Los jugadores de Titán), la dependencia de las nuevas tecnologías (en Dick hasta los coches cuidan de nosotros y nos dan conversación de vuelta a casa porque no hay nadie más ahí, estamos rodeados de gente pero seguimos inquietantemente solos) y la precariedad (en The Crack in Space se ofrece dormir a aquellos que no van a poder pagarse una vida en el presente), que culminan con la dolorosa y desesperante deshumanización que explica hasta el cada vez más pujante negocio de las mascotas en nuestros días (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? anticipa la imperiosa necesidad del ser humano de volver a sentirse humano cuidando de algo vivo e inocente). 
No, Dick no era partidario de las catástrofes inexplicables, sino de todo aquello que hacía mal (y por maldad) el ser humano.

UN LIBRO. Ubik, por convertir la realidad en un espejismo que nos conduce hacia un pasado que no existió como lo imaginamos.

 J. G. Ballard

La enfermedad del futuro (y viceversa)Por Jordi Costa



J. G. Ballard.
J. G. Ballard.
Cuando la realidad supera a la ciencia-ficción
Como si ya hubiera estado allí, J. G. Ballard escribió sobre el futuro con el desapasionamiento notarial de un forense que estuviese realizando la meticulosa autopsia de un nuevo milenio que ya había nacido cadáver.
 El llamado oráculo de Shepperton (1930-2009) podría haber declarado ayer mismo que “la enfermedad nos ha proporcionado una suerte de apuntalamiento a todos los procesos de alienación que han tenido lugar en nuestra cultura en los últimos 10 años”.
 En realidad, lo dijo en los ochenta, en el contexto de esa crisis del sida que infectaría uno de sus relatos, El amor en un clima más frío, miniatura distópica que imaginaba una sociedad donde el sexo sería práctica obligatoria legislada por los Gobiernos y gestionada por las Iglesias.
 Con las herencias del surrealismo y el psicoanálisis definiendo una mirada única, capaz de detectar las lógicas perversas que subyacen bajo el tejido de lo cotidiano, la literatura de Ballard marcó un radical punto de inflexión en la ciencia-ficción de los sesenta al desplazar el foco del espacio exterior —el territorio de la space-opera— al espacio interior — esa subjetividad pulsional, bombardeada y al mismo tiempo activada por desastres apocalípticos, mutaciones del paisaje mediático o inquietantes derivaciones de la ingeniería social—. 
Su obra siguió un trazado riguroso desde el desbordamiento imaginativo —esas heterodoxas novelas de catástrofes (El mundo sumergido, La sequía, El mundo de cristal), cuyos personajes no se regían por el instinto de supervivencia, sino por la pulsión de muerte— hasta el aséptico hiperrealismo de sus últimos trabajos —de Furia feroz a Bienvenidos a Metrocenter—, que certificaron que ya llevábamos largo tiempo habitando un presente distópico. Entre uno y otro extremo, las obras que permitirían entender el poso autobiográfico del conjunto —El imperio del sol, La bondad de las mujeres— y, sobre todo, la ruptura abierta por las revolucionarias La exhibición de atrocidades y Crash, las piezas más violentamente transgresoras de su carrera, ambientadas en un universo, regido por la fusión de lo sadeano y lo tecnológico, que funcionaba como espejo, cromado y deformante, de una sociedad iluminada por el sol negro de la muerte del afecto.
UN LIBRO. Rascacielos, por abismarse en la barbarie potencial que yace bajo los frágiles cimientos de la sociedad del bienestar

Ray Bradbury

Nos vemos en Marte en 2026Por Jacinto Antón

Ray Bradbury.
Ray Bradbury.
Cuando la realidad supera a la ciencia-ficción
Tener que defender a Ray Brad­bury (1920-2012) en una competición sobre quién adivinó mejor el futuro puede parecer una faena.
 Porque Bradbury no es ni se consideró él nunca un escritor de ciencia-ficción. Al menos no de ciencia-ficción al uso.
 Su terreno creativo fue la fantasía, una fantasía llena de metáforas, teñida de un profundo lirismo con conmovedoras notas melancólicas, feéricas y con una propensión también, en muchas de sus creaciones, a lo tenebroso y hasta lo macabro.
 De hecho, obras como los estremecedores relatos de El país de octubre —con esas cúspides del escalofrío que son ‘La guadaña’, ‘La multitud’, ‘El viento’ o ‘El pequeño asesino’— lo convierten en un maestro del terror, con influencia en el género reconocida por el propio Stephen King.
 Dos de sus grandes novelas, las bellísimas y nostálgicas El vino del estío y La feria de las tinieblas, tampoco tienen que ver con la ciencia-ficción, sino con las experiencias y sueños de su infancia en su pueblo natal de Illinois, esa Arcadia rebautizada como Green Town.
Los dos libros más de ciencia-ficción, Crónicas marcianas y sobre todo Fahrenheit 451, tampoco es que se ciñan al canon estricto del género, aunque en la una narre la conquista de Marte por los terrícolas y la otra sea una distopía en la que una unidad de bomberos especializados se dedica a quemar libros.
 Ciertamente en la primera hay cohetes y marcianos, y en la segunda se podría considerar que se anticipan (es de 1951) algunos artefactos como la televisión plana y los airpods (“caracolitos”, “radios de dedal” que se meten en las orejas y te sumergen en “un océano electrónico de sonido”).
 Pero siempre está todo subordinado a una dimensión poética y maravillosa: la aventura del bombero Montag es por encima de todo un canto de amor a la lectura (las bibliotecas eran el paraíso de Bradbury) y las crónicas otro, una elegía al planeta rojo de las revistas pulp, Edgar Rice Burroughs y H. G. Welles.
¿Quiere decir todo esto que Bradbury no puede ganar la competición? En absoluto: él nos ha animado como nadie a pensar lo impensable, ha predicho que viajar al espacio nos hará inmortales y ha anticipado que un día de 2026 en Marte nos reconoceremos como los verdaderos marcianos.

UN LIBRO. Crónicas marcianas, por vaticinar que ir a otro planeta no nos librará de nuestros miedos ni de nuestros pecados.


Stanisław Lem

Un mundo de exclusionesPor Patricio Pron

Cuando la realidad supera a la ciencia-ficción
No hay mucha ciencia en la obra de Stanisław Lem, pero sí muy buena ficción, así como la ruptura conceptual y el “extrañamiento cognitivo” que son los rasgos más salientes del género.
 Lem (1921-2006) reprochaba a una ciencia-ficción en cuyo marco prefería no ser leído su fijación con la tecnología y su incapacidad de anticipar el futuro: en particular, de admitir que nada cambia nunca porque la naturaleza humana condiciona las respuestas individuales y colectivas a toda situación de peligro y estas tienden a parecerse.
Stanislaw Lem.
Stanislaw Lem.
Es lo que sucede en Solaris (1972), quizás su obra más conocida. Cuando Kris Kelvin llega a la estación de observación en torno a ese planeta descubre que uno de sus tripulantes se ha suicidado y que los otros dos no son los únicos ocupantes del módulo: 
un día ve caminando por el pasillo a una mujer negra desnuda; otro se encuentra con su esposa. Pero ésta también se ha quitado la vida, años antes.

Naturalmente, el problema aquí es el de cómo saber que lo que creemos observar es real. 
Lem confronta a sus personajes con sus miedos y sus anhelos más profundos al tiempo que critica el proyecto de comprender el universo mediante métodos supuestamente objetivos. 
Para alguien que como él escribía bajo un régimen totalitario que se amparaba en un cierto “socialismo científico”, el problema no era menor, por supuesto. 
Pero tampoco lo es para nosotros. Según el filósofo alemán Markus Gabriel, no existe una gran diferencia entre la negación de la ciencia de los extremismos religiosos y políticos y su transformación reciente en herramienta de control por parte de Gobiernos solo en apariencia menos radicales: ambas son respuestas “moralmente reprochables” a una situación de excepción instrumentalizada para reforzar el control ya sea mediante “pasaportes de inmunidad”, geolocalización, “distancia social” o confinamiento forzoso. 
Vivimos en un presente “construido con exclusiones, negaciones y diversas suposiciones, cada una más opaca que la anterior”, observa Lem en Máscara (1976), y en realidad no podemos saber, excepto, tal vez, que la “luz al final del túnel” será otra opacidad, quizás incluso más oscura que la anterior.
UN LIBRO. La investigación, porque habla, con molde policiaco, sobre la inutilidad de la prueba en un mundo absurdo y falaz.




18 abr 2020

El mensaje de Giorgio Armani al mundo de la moda: “Yo no quiero trabajar así, es inmoral”

El diseñador reflexiona sobre los excesos de la industria de la moda y pide que se relaje el ritmo de producción.

Giorgio Armani, en París, el pasado enero.
Giorgio Armani, en París, el pasado enero.OLIVIER BORDE / GTRESONLINE
Giorgio Armani, en París, el pasado enero.OLIVIER BORDE / GTRESONLINE

 Lorena Pacho

Giorgio Armani fue uno de los primeros en comprender la gravedad de la situación y en tomar medidas de prevención contra el coronavirus, con la presentación a puerta cerrada de su colección de otoño-invierno en la Semana de la Moda de Milán, el pasado 23 de febrero.
 El diseñador tomó la decisión antes de que el Gobierno decretara cualquier medida de distanciamiento social y cuando el país transalpino registraba un centenar de contagios y dos fallecidos. Ahora ha vuelto a adelantarse y ha sido también uno de los primeros en pensar en lo que vendrá después de esta emergencia sanitaria, cuando se recupere la normalidad.
 Espera que esta crisis sea una oportunidad para cambiar lo que no estaba funcionando y para redefinir un nuevo panorama en un sector, que como ha apuntado el estilista, en las últimas décadas ha estado marcado por un ritmo frenético de diseño,manufactura y entrega, con su consiguiente pérdida de identidad.
El diseñador italiano ha escrito una reflexión muy crítica con la forma en la que se está produciendo y en la que se está vendiendo en la actualidad, una cuestión espinosa, muy debatida, por otra parte, desde hace varios años.
 Armani cuestiona los excesos del actual sistema de la moda, basado en el consumo masivo y la superproducción, sin atender al medioambiente, en una carta publicada en la revista estadounidense Women’s Wear Daily, (WWD). “Ya no quiero trabajar así, me parece inmoral”, ha clamado.

 

El modisto, de 85 años, reprueba en su misiva el exceso de oferta y la rapidez con la que se suceden las colecciones y habla de un “desajuste criminal” entre el tiempo meteorológico y las estaciones comerciales.
 También reclama un calendario más sensato. 
“El declive del sistema de la moda, tal y como lo conocemos, comenzó cuando el sector del lujo adoptó los modos de funcionamiento de la moda rápida con un ciclo de entrega continuo, con la esperanza de vender más”, razona.
 Y añade: “No tiene sentido que una chaqueta o un traje mío esté en la tienda durante tres semanas, que se vuelva inmediatamente obsoleto y sea reemplazado por una nueva mercancía, no demasiado diferente de la anterior”.
En una entrevista con el diario italiano La Repubblica, el diseñador ha insistido en la misma línea y ha lamentado que “las finanzas se han impuesto a la creatividad”.
 Ha señalado también que lo que ha impedido relajar el ritmo de producción, algo cada vez más reclamado en los últimos tiempos desde diferentes frentes, ha sido “la codicia por obtener beneficios, y la creencia de que en los mercados emergentes se mantendría el ritmo frenético y vertiginoso del consumo”.

El diseñador, un referente de autoridad indudable en la industria de la moda, pide un cambio de paradigma en el sector y que se convierta esta crisis en una “oportunidad para volver a dar valor a la autenticidad”. 
También carga contra la proliferación de desfiles, convertidos en espectáculos grandilocuentes.
 “Basta con la moda como un juego de comunicación, con desfiles en todo el mundo solo para presentar ideas insípidas. 
Basta de entretenimiento con grandes espectáculos que hoy se revelan como lo que son: inapropiados y vulgares”, dice. 
Y reprocha los viajes contaminantes y el “desperdicio” de recursos económicos para llegar a las pasarelas de todo el globo.

“El momento que estamos atravesando es turbulento; pero nos ofrece la oportunidad única de arreglar lo que está mal, de eliminar lo superfluo, de encontrar una dimensión más humana.
 Esta es quizás la lección más importante de esta crisis”, ha reflexionado.
Giorgio Armani, al igual que otras muchas firmas, tiene actualmente la colección de primavera-verano 2020 paralizada, puesto que las tiendas están cerradas. 
Ahora ha anunciado que estas semanas su equipo está trabajando para que sus creaciones estivales, a diferencia de lo que se suele hacer, permanezcan en los escaparates al menos hasta septiembre, “como es natural”.
 El estilista cree que volver a hacer todo como antes sería un peligro.
 “Tenemos la oportunidad de reducir la velocidad y reajustar todo para dibujar un horizonte más auténtico. 
El momento que atravesamos es dramático pero podemos cambiar lo que no funcionaba y mejorar”, ha subrayado.
Vista de una tienda de Giorgio Armani, en Hong Kong.
Vista de una tienda de Giorgio Armani, en Hong Kong.Getty
Está convencido que la clave para volver a poner todo en marcha pasa por recuperar la esencia de la moda.
 “Siempre he creído en el concepto de elegancia atemporal.
 No es solo un código estético, sino también un modo de hacer ropa que a su vez sugiere una forma precisa de comprarla.
 Es decir, para que dure”, ha apuntado.
 También aconseja a las pequeñas firmas y a los jóvenes diseñadores que se centren en la autenticidad. 
“Cuando salgamos de esta pesadilla, habrá un gran deseo de belleza, pero también de lógica, estoy seguro”, ha dicho.
El diseñador ha donado dos millones de euros para combatir la emergencia y está fabricando en sus plantas de producción materiales de protección para los sanitarios.


La polémica envuelve a los Bardem incluso en tiempos de solidaridad

Javier, Carlos y Mónica son objeto de críticas continuas por su posicionamiento proclive a las ideas que se identifican con la izquierda política.

Javier Bardem besa a su madre Pilar, en presencia de su hermano Carlos, en la alfombra roja al llegar a la gala de los Oscar de 2019.
Javier Bardem besa a su madre Pilar, en presencia de su hermano Carlos, en la alfombra roja al llegar a la gala de los Oscar de 2019.EFE

 Maite Nieto

No corren buenos tiempos para los que no se muestran de perfil y deciden expresar abiertamente lo que piensan.

 Así al menos parece interpretarse de la lluvia de críticas, incluso virulentos ataques, que cualquier acción de la familia Bardem genera entre un sector de los españoles. 

 Arremetidas que poco o nada tienen que ver con su desempeño profesional como parte de una de las sagas de actores con más tradición de España, y mucho con las ideas políticas que defienden y gustan poco o nada a los sectores más reaccionarios. 

“Da igual lo que se haga, todo se basa en un bulo permanente de la derecha de este país contra nosotros”, dice Carlos Bardem, el mayor de los tres hijos de Pilar Bardem

“No soportan que no nos pueden callar, lo han intentado de mil maneras, pero no lo han conseguido y lo llevan mal", concluye. 


El clan va más allá de Pilar, Carlos y Javier, los más conocidos de la familia.
 Sus abuelos, Rafael Bardem y Matilde Muñoz Sampedro eran actores; su tío, Juan Antonio Bardem (fallecido en 2002) un reconocido director de cine; sus primos, Miguel, María, Juan y Rafael han trabajado como director de cine y guionista, script, compositor de bandas sonoras y actor respectivamente.
 Mónica, la mediana de la familia, es también actriz aunque se encargó de regentar durante años La Bardemcilla, el restaurante que la familia tenía en el madrileño barrio de Chueca y que cerró en 2013. 
Carlos, el mayor de los hermanos, tiene una carrera consolidada como actor y guionista dentro de España y en Latinoamérica (“aunque es un bulo que soy millonario”, afirma), y Javier Bardem ha alcanzado el nivel de estrella internacional y en su haber figura el único Oscar con el que ha sido galardonado un actor español. 
El único concedido a una actriz española lo tiene su mujer, Penélope Cruz.
Así las cosas se podría vaticinar cierto orgullo patrio por el trabajo de una saga que ha situado al cine español en lo más alto, pero el posicionamiento ideológico de la familia les ha convertido en objeto de reiterados juicios sumarísimos.
 La crisis del coronavirus solo ha supuesto un nuevo campo de batalla de algunos sectores contra todos ellos. 
Penélope Cruz y Javier fueron objeto de miles de críticas por su escasa rapidez en hacer una donación cuando se les supone millonarios y además críticos con la gestión del Partido Popular respecto a los recortes de Sanidad. 
De nada sirvió conocer que la pareja había donado 100.000 guantes y 20.000 mascarillas al Hospital de La Paz de Madrid y que Penélope Cruz contara en sus redes sociales que habían contado con la logística de Inditex para conseguirlo después de días buscando la manera de ayudar a los sanitarios. 
Ahora, fuentes próximas al matrimonio, que se prodiga poco en los medios españoles, afirman que siguen ayudando en la crisis consecuencia de la pandemia pero que lo hacen de forma anónima, sin publicidad y centrados en casos muy concretos que van conociendo en ocasiones a través de los medios de comunicación
Pilar Bardem y sus tres hijos, más el actor Asier Etxeandia, en el homenaje que recibió la actriz en 2017.
Pilar Bardem y sus tres hijos, más el actor Asier Etxeandia, en el homenaje que recibió la actriz en 2017.
Carlos tampoco se ha librado de los ataques por formar parte del numeroso elenco de actores del reparto de la serie Diarios de la Cuarentena que emite TVE.
 Los dudosos argumentos consisten en afirmar que la televisión pública ha encontrado una forma de premiar a un actor de tendencias de izquierda y, la más retorcida, que la serie se ríe de los muertos causados por el coronavirus.
Carlos Bardem afirma sobre este proyecto del director Álvaro Longoria que ruedan con sus propios móviles y desde sus casas que “el humor es un mecanismo básico de supervivencia, hecho desde el máximo respeto y cuyo éxito lo demuestra que países como Francia, México, Estados Unidos, China y Sudáfrica han comprado los derechos para hacer sus propios remakes”.
Hasta Mónica Bardem, la menos conocida de los tres hermanos, ha recibido su parte cuando se la descubrió la semana pasada en el estreno de la nueva edición de MasterChef, donde se presentó como aspirante anónima a concursante. 
Ni ser rechazada para entrar en el concurso en el primer programa sirvió para evitar que arreciaran las críticas que también la querían situar como beneficiaria del agradecimiento ideológico de la televisión pública española.
Ella, precisamente, generó otra polémica en 2013 al cerrar el negocio hostelero familiar y realizar un ERE a la plantilla que se planteó con la indemnización mínima para los trabajadores que estableció la reforma laboral del PP que precisamente habían criticado públicamente sus dos hermanos.
 Una polémica que incluso puso en tela de juicio el distanciamiento personal que provocó entre los tres. Carlos Bardem también contesta a eso:
 “Otro mantra permanente. Mi hermana no hizo las cosas de la mejor manera posible.
 No queríamos cerrar pero lo tuvimos que hacer y los trabajadores fueron indemnizados por encima de lo que obligaba la ley”.

El mayor de los hermanos vuelve referirse a la serie en la que ahora trabaja desde su confinamiento para dar por zanjados los varapalos que le llueven a su familia: 
“Necesitamos el sentido del humor, practicar y disfrutar de la ironía, pero eso precisa inteligencia y hay gente que anda cortita”.