Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

31 mar 2019

Alzar el vuelo..........................................Rosa Montero

Hay una cosa inquietante de la edad, y es que te convierte en un superviviente. 
Van desapareciendo los conocidos, los amigos, los amados. 
 Y te quedas sola.

DE CUANDO EN cuando hay periodistas que, para mi pasmo, me preguntan por qué escribo en mis novelas sobre la muerte.
 ¿Pero es que acaso se puede escribir sobre otra cosa? Todos hacemos todo en la vida contra la muerte, aunque no seamos conscientes de ello.
 Somos criaturas marcadas por la finitud, y la muerte es tan inhumana y tan anómala cuando la contemplamos desde la aguda conciencia de estar vivos, desde la plenitud de nuestros deseos, que no sabemos qué hacer con ese conocimiento aterrador. 
Por eso los humanos viven como si fueran eternos, o al menos casi todos lo hacen, salvo un puñado de neuróticos como Woody Allen o yo misma, que no podemos olvidarnos de la parca. 
Como decía Cicerón, siempre supe que era mortal.
Creo que es algo que nos pasa a muchos escritores; supongo que la mayoría nos sentimos más heridos por los mordiscos del tiempo que el individuo medio. 
Y quizá por eso escribimos, para poner un parapeto de palabras contra el vértigo. 
En realidad los humanos siempre hemos hecho cosas increíbles para intentar manejar la muerte inmanejable.
 Pirámides inmensas en medio del desierto con momias empeñadas en perdurar más allá de su destino de gusanera.
 Panteones de personajes ilustres que se hacen polvo bajo toneladas de recargados mármoles.
 Ceremonias funerarias diversas dependiendo de las culturas: piras, lápidas, criptas, crematorios, torres del silencio en donde los buitres se alimentan con los cuerpos, funerales, cánticos, banquetes de duelo, afeitados o laceraciones rituales, alaridos profesionales de plañideras.
 Qué difícil nos es la travesía de la muerte.
 Y sin embargo no es posible vivir con serenidad y con plenitud si no se alcanza antes cierto acuerdo con la muerte, con la propia y con la ajena.
Si no nos angustia la plácida negrura que había antes de nuestro nacimiento, ¿por qué debe angustiarnos la oscuridad que vendrá después? 
Lo malo no es la muerte, sino el tránsito; por el posible sufrimiento y también por la pena de tener que abandonar esta vida tan bella. Como decía Salvatore Quasimodo,
 “cada uno está solo sobre el corazón de la Tierra / atravesado por un rayo de Sol. / Y de pronto, anochece”.
 Me gustaría llegar a ser lo suficientemente sabia como para no arruinar el fulgor de ese breve rayo con mis temores. 
Más difícil aún me parece aceptar la muerte de los otros.
 Hay una cosa inquietante de la edad, y es que te convierte en un superviviente. Van desapareciendo a tu alrededor los conocidos, los amigos, los amados, y si alcanzas una edad muy longeva te quedas sola, único árbol en pie de un bosque quemado. 
Ahora que las baldas de mi biblioteca empiezan a llenarse alarmantemente con las fotos de los caídos, siento la urgencia de encontrar un consuelo, un acomodo, alguna manera de sobrellevar el peso de tantas ausencias. 
Porque nuestros muertos se acumulan sobre nosotros, como me dijo el escritor Amos Oz en una entrevista que le hice en Israel en 2007: 
“Cuando se te muere alguien, un padre, un hermano, alguien cercano a tu corazón, tú recoges ese muerto y lo metes dentro de ti, lo introduces en tus entrañas y te quedas embarazado de ese muerto para siempre jamás.
 Todos caminamos por la vida preñados de nuestros muertos. En el caso de los judíos, lo que sucede es que estamos muy, muy embarazados, porque tenemos muchísimos muertos a las espaldas”.
Supongo que, a medida que envejecemos, todos nos aproximamos a esa preñez masiva de los judíos que señalaba Oz.
 Vamos construyendo nuestro pequeño panteón en el rincón más íntimo del pecho, o más bien nos vamos convirtiendo nosotros en panteones vivos. 
Si se mira bien, es reconfortante que sea así.
 Tu gente y tus animales queridos van reuniéndose ahí dentro, se acompañan y te acompañan.
 Ahora que un nuevo amigo acaba de sumarse a mi paisaje interior, al mundo silencioso y sumergido que me crece dentro, este pensamiento me hace sentir cierta ligereza, cierto sosiego.
 Como dice el poeta mexicano Elías Nandino, “morir es alzar el vuelo. Sin alas. Sin ojos. Y sin cuerpo.

Cabras%20que%20vuelan


En cuanto a la propia, poco hay que uno pueda hacer. En realidad el miedo a la muerte no es más que una defensa de nuestras células para posponer su desaparición e intentar perpetuarse.

El muy antiguo crimen de un escritor...............Javier Marías.

Cuesta imaginarlo metiéndose en broncas, pero Giuseppe Baretti mató a un individuo en Londres e hirió a dos más.
 Y fue pendenciero con la pluma.


El muy antiguo crimen de un escritor

ESTE ES UN EPISODIO de hace doscientos cincuenta años, relativo a un hombre que nació hace justo trescientos (el 24 de abril de 1719) y que por tanto ya había cumplido cincuenta cuando los hechos tuvieron lugar. 
Era escritor turinés, Giuseppe Baretti, pero vivió más en Inglaterra, redactó algunos textos en la lengua de este país y a veces los firmó como Joseph Baretti. 
Poseía grandes dotes lingüísticas, fue autor de un Diccionario Anglo-Italiano y, lo que tiene más mérito, de otro Español-Inglés, ya que ninguno de estos dos idiomas era el suyo original. 
De esta rara obra de 1778 le conseguí un ejemplar a la Real Academia Española, que no contaba con él en su biblioteca.
 En 2005, en Reino de Redonda, publiqué su mejor libro, Viaje de Londres a Génova, que pese al título es sobre todo un largo periplo por España y quizá la mejor descripción de nuestro país en un periodo esperanzador, el del reinado de Carlos III.
 Apareció en inglés en 1770, y en él se percibe a un hombre lleno de curiosidad e interés, atento a todo (incluso al vascuence), excelente narrador de anécdotas y muy perspicaz observador. Parece alguien gentil y desde luego muy culto.
 La obra, aparte de interesantísima, resulta simpática a todas luces, benévola y con humor.
 Sin embargo un año antes, en octubre de 1769, Baretti mató a un individuo en Londres e hirió a uno o dos más.
 Volvía de noche por Haymarket cuando una furcia le reclamó un vaso de vino con tan malos modos que acompañó la petición de un golpe que le causó gran dolor. 
 Apenas había luz y Baretti era muy cegato, como se aprecia en el retrato que le pintó su amigo Reynolds y en otro: en ambos lee con una lente o a muy corta distancia de la página. 
Se revolvió, no se percató de que era una mujer y le soltó un bofetón. 
Ella y una colega empezaron a gritar y a insultarlo (“cabrón francés”, lo llamaron, tomándolo por tal), y al instante surgieron varios chulos o matones que iniciaron su persecución, lanzándole golpes que lo derribaron al suelo y le ocasionaron, según se comprobó, contusiones y magulladuras.
 Baretti se aterrorizó. 
No era joven y veía fatal. No portaba estoque ni bastón, tan sólo una navaja para fruta y dulces con hoja de plata, que nunca había usado más que para pelar y cortar. 
En su huida fue tirándoles tajos a sus atacantes.

Hirió a uno llamado Patman, y a otro más pertinaz, Morgan, lo alcanzó cuando éste iba a asestarle un buen golpe, acuchillándolo en la axila y un par de veces más.
 De resultas de estas aventuradas o azarosas puñaladas, Morgan murió.
 Baretti fue detenido y llevado a juicio. Al ser italiano, tenía derecho a que seis de los doce jurados que pronunciarían el veredicto fueran compatriotas suyos, pero renunció a él “por su honor” y permitió que todos fueran ingleses.
 Los testigos de la reyerta —“unos rufianes”— cargaron las tintas contra él.
 Pero Baretti era muy querido por las luminarias de la época. 
Entre sus amistades se contaban el famosísimo Doctor Samuel Johnson, el legendario actor Garrick, el mencionado pintor Reynolds, el popular novelista Goldsmith, el ensayista Edmund Burke y algunos Miembros del Parlamento. 
Todos testificaron a su favor, no porque hubieran presenciado la trifulca, claro está, sino porque lo conocían de antiguo y lo consideraban persona “humanitaria, pacífica, benigna, preocupada por las condiciones de los pobres, de carácter tan amable como estudioso”; incapaz de buscar camorra, nada dado al alcohol ni a frecuentar prostitutas. 
Si Baretti salía absuelto, todo habría terminado. 
Si culpable, sería ahorcado dos días después.
 En vista del aspecto inofensivo del hombre de letras, y de las declaraciones favorables de tantos talentos y eminencias, se dictaminó que había actuado en defensa propia y se lo absolvió. Pudo continuar con su vida veinte años más, hasta 1789, cuando murió a los setenta, en el Londres que lo acogió.
 Obviamente, vayan ustedes a saber. 
El relato del incidente nos ha llegado sobre todo a través del interesado, que se lo contó por carta a sus hermanos de Turín, además de narrarlo durante la vista.
 Las versiones de los asaltantes andan más perdidas.
 No cabe duda de que el escritor gozaba de amistades influyentes, gente de peso en la sociedad londinense. 
También es cierto que cuesta imaginarlo metiéndose en broncas, con su talante afable del Viaje de Londres a Génova, su medio siglo de vida, su paupérrima vista y sus aficiones eruditas. 
 Como él adujo, el “arma” con la que mató a aquel Morgan no estaba concebida como tal arma, ni ofensiva ni defensiva, simplemente era algo que mucha gente llevaba encima en Europa continental, pues en algunos países no estaba bien visto colocar cuchillos sobre la mesa. 
Eso sí, Baretti era al parecer pendenciero con la pluma
Se vio envuelto en polémicas, tanto en Inglaterra como en Italia.
 Y hasta acabó peleado con su gran amigo el Doctor Johnson, poco antes de la muerte de éste, porque el chinchoso Doctor se burló por haber perdido Baretti una partida de ajedrez contra un tahitiano que había traído a Londres, tras una de sus expediciones, el también celebérrimo Capitán Cook. 
Picajoso tenía que ser el turinés.

30 mar 2019

En la cueva del tesoro de Anagrama................. Iker Seisdedos

Las cartas que se conservan en el archivo de la editorial permiten reconstruir los 50 años de dedicación de Jorge Herralde a los libros.

Jorge Herralde lee 'Escritos de un viejo indecente', de Charles Bukowski, en una imagen de finales de los setenta. 
Jorge Herralde lee 'Escritos de un viejo indecente', de Charles Bukowski, en una imagen de finales de los setenta.
Creo que es totalmente seguro afirmar que estaré con vosotros el 27 de septiembre”, escribió en abril de 1988 Raymond Carver en respuesta a la invitación a Barcelona de su editor en español, Jorge Herralde
 Fue poco antes de que el cáncer precipitara ese verano el final con un golpe seco, como en uno de los lacónicos cuentos que hicieron de él un maestro de las letras estadounidenses.
 La muerte, como los impuestos y otros hechos inevitables, emerge con cierta frecuencia en el océano de papeles del archivo de la editorial Anagrama, que este abril cumple medio siglo.
 Como en esa misiva de Alberto Méndez, de junio de 2003.

 “Hago votos por que esto no cueste dinero”, dice sobre la inminente publicación de su único título, Los girasoles ciegos. Méndez, a quien Herralde había frecuentado durante décadas como parte del paisanaje del mundo de los libros, se reveló como un brillante escritor tardío y como un pésimo adivino: murió en 2004, sin saber que ganaría los premios Nacional y de la Crítica y que su debut, que ha superado los 380.000 ejemplares vendidos, sería ciertamente rentable.

“He vuelto a coger esa maldita y rara novela de desamor y sida en París”, le escribe Chirbes en 1998
Los malos presagios asoman en otra carta de Rafael Chirbes, de 1998: “¿Escribo?”, se pregunta el autor de Crematorio.
  “He vuelto a coger esa maldita y rara novela de desamor y sida en París. Hay trozos que me gustan mucho. Y empiezo a verle el tono, pero tropiezo con dificultades. 
Llevo 90 folios, y no creo que vaya a ser muy larga”.
 Terminada dos meses antes de morir en 2015, París-Austerlitz, de 160 páginas, vio la luz póstumamente.
Los papeles de Anagrama se guardan y clasifican en la acera de enfrente de la sede de la editorial, en un bajo del barrio de Sarrià con olor a ambientador que en tiempos fue almacén de libros.
 Allí trabaja desde hace dos años y medio Susana Castaño, porteña llegada a la ciudad cuando los Juegos de 1992, junto a Lali Gubern, esposa de Herralde, que se sumó a la tarea en marcha.
 El fruto de sus pesquisas se incorpora cada 15 días a una bitácora de descubrimientos, documento encuadernado con anillas que comparten con el editor.
 Los reportes se cierran con un inventario. 
Este 18 de marzo el minuto y resultado era de 1.880 expedientes con 44.631 hojas.
 Y a continuación, un ranking: Javier Marías (“con 2.200+ hojas”), el crítico J. A. Masoliver y la scout Koukla McLeod (“800+ hojas”), Carmen Martín Gaite (“700+ hojas”), Pitol, Tabucchi, Pombo, Bolaño y Chirbes (“500+ hojas”), y así hasta los corresponsales de menor volumen.
Postal de Rafael Chirbes con un  
Postal de Rafael Chirbes con un "paisaje crematorial".
Sin contar los manuscritos originales (que nunca se conservaron por razones de espacio), facturas, contratos y otros rastros administrativos, las estanterías metálicas sostienen 147 archivadores de cartón blanco, de esos que usan las asesorías fiscales. Algunos, como Roberto Bolaño, ocupan varias carpetas. Otros las comparten en grupos literarios tan improbables como la del lomo que dice: “P. Gimferrer. M. Amis. G. Perec. J. M. Castellet. G. Debord. O. Sacks. D. Trueba”.
Dentro hay cartas, postales, recortes, fotografías, impresiones de correos electrónicos o faxes que los destinatarios devuelven con añadidos a mano, como en aquel de Bill Buford, entonces alma de la revista Granta, que promete escribir un libro “sobre sexo con animales que será un éxito”, a lo que Herralde, siempre agarrado a la ironía, añade:
 “¡Bravo, compro a ciegas!”. (El editor confirma que “lo pasaba pipa en la época del fax”).
 En los papeles (al menos, en la parte que ha podido consultar este diario) se dirimen asuntos prácticos, temas de dinero, celos, juramentos editoriales de amor, broncas sin marcha atrás y decisiones tajantes, como la de Juan Benet, que en 1973 anuncia, antes de su segunda edición (y tras contribuir a que la primera quedara desierta), que no volverá a ser jurado del Premio Anagrama de Ensayo:“Te agradeceré también que a ser posible no le dés (sic) publicidad a mi renuncia, que he decidido comunicarte con antelación suficiente para que puedas encontrar un más eficaz y entusiasta sustituto”.
Lali Gubern, en el archivo de Anagrama. 
Lali Gubern, en el archivo de Anagrama.
El inventario no estará terminado a tiempo para la efeméride, que tendrá su fiesta en Barcelona en septiembre. 
Calculan que la tarea se extenderá al menos hasta 2020.
 El crítico Jordi Gracia examinará esos papeles, “llenos de relaciones con grandes editores internacionales y ensayistas, y con novelistas en crisis, en auge, felices o cabreados”. 
Su idea, dice, es escribir “uno o varios libros” sobre la historia de una editorial que “ha cambiado el modo de los españoles de leer y ha hecho más cosmopolitas a varias generaciones”.


Carta de Patricia Highsmith.
Carta de Patricia Highsmith.
A medio plazo, el propósito es que el material sea también accesible a los investigadores, aunque aún no esté claro dónde.
 Las directoras de la Biblioteca Nacional de España (BNE), Ana Santos, y la de Catalunya, Eugènia Serra, confirman su interés en el archivo. Herralde, quien, tras vender el sello a la italiana Feltrinelli, se quedó como presidente y fue sustituido en la dirección editorial por Silvia Sesé, evita pronunciarse: 
“Carlo [Feltrinelli] y yo consensuaremos su destino.
 El dinero no será lo determinante. 
Lo que queremos es que esté vivo y que no se convierta en un cementerio de documentos”.
De momento, los trabajos han llegado hasta principios de este siglo, que es cuando empiezan los problemas de conservación digital, con masas de e-mails sujetos al azar de informáticos, servidores y discos duros, según explica Lali Gubern con gesto de aprensión. Para celebrar el cumpleaños, Herralde sí ha alcanzado a terminar el libro Un día en la vida de un editor. 
 Más que unas memorias, se trata de una reunión de algo que él llama “virutas editoriales” parcialmente iné­ditas: artículos, conferencias, fugaces diarios, cartas abiertas o entrevistas.
 El volumen cierra la tetralogía que completan Opiniones mohicanas, Por orden alfabético y El optimismo de la voluntad. 
 En una hipotética quinta parte promete ocuparse de los escritores de Anagrama de última generación: Marta Sanz, Sara Mesa, Milena Busquets, Luisgé Martín, M. Á. Hernández o Javier Montes.
La noticia, aireada en los medios, de que la compañía piensa hacer accesible el archivo ha puesto en alerta a antiguos autores de la editorial.
 Alguno se ha puesto en contacto para advertir a Lali, que se incorporó en 1986 a la empresa, de algo que garantiza la Ley de Propiedad Intelectual y saben bien en la BNE: el propietario del derecho de autor de una carta es el remitente, aunque el destinatario sea dueño del soporte. 
Y si el material entrara en una institución pública, los investigadores estarían autorizados a la consulta, pero no a la reproducción, salvo que medie permiso expreso.
 Esa regla podría verse limitada aún más si se invoca el derecho a la intimidad. 
En el libro recién publicado, Herralde cuenta que su asesor legal, Mariano Capella, pidió en su nombre permiso para reproducir una carta de Bolaño. 
Y que la viuda de este, Carolina López, “lo denegó”.
Jorge Herralde, en su despacho. 
Jorge Herralde, en su despacho.
Anagrama es de esas editoriales que persigue entre lectores y libros una identificación similar a la de una hinchada con su equipo de fútbol, de ahí el morbo de reconstruir las salidas de este o aquel delantero centro rumbo a otro equipo.
 Los condicionamientos legales permiten cartografiar solo a medias (o al menos, no literalmente) la relación de Herralde con alguien como, por ejemplo, Paul Auster, a quien consiguió situar como un exitoso autor también en español, después de que otros fracasaran en el intento. 
De la sintonía de los buenos tiempos da fe una carta en la que el escritor neoyorquino cuenta que ha terminado su novela Brooklyn Follies y se despide como “Tu exhausto amigo”. 
“Luego se inmiscuyó un retorcido agente, Willie Schavelzon.
 A Seix Barral, corsarios por antonomasia, le arrancaron un millón de euros por quedarse con el bolsillo.
 Con la siguiente novela [4 3 2 1] pujamos fuerte pero no fue suficiente”, lamentó Herralde en su despacho barcelonés tras su mesa llena de libros la semana pasada, un día antes de su 84º cumpleaños.
 “Auster se fue a la francesa, sin decir adiós”, según su exeditor.
En el archivo sí hay rastro del correo electrónico con el que Enrique Vila-Matas selló en 2009 su salida.
 También consta la despedida de John Banville, hoy en Alfaguara. 
Antes fue uno de los puntales de la armada británica de autores de Anagrama.
 “Escribo con dificultad y con tristeza”, le dice a Herralde en un e-mail de 2011.
 “Las cosas podrían haber sido de otra manera si fuera rico, pero no lo soy, y en cierto sentido la decisión la tomó Alfaguara. 
Debo agregar, por supuesto, que tengo el mayor respeto por María Fasce Ferri [su nueva editora], pero siempre es difícil salir de casa”.
Algunos de los 147 archivadores de Anagrama. 
Algunos de los 147 archivadores de Anagrama.
Herralde atribuye el germen del archivo a la costumbre de guardarlo todo de María Cortés, una secretaria que heredó, dice, de la empresa metalúrgica de su padre. 
Cortés también conservó vestigios de los tiempos en los que aquél era un ingeniero letraherido con un pasado como campeón hípico de saltos.
 En marzo de 1968 cuenta en una carta enviada a París a Fanchita González, de la editorial Maspero, sus planes “a punto de cumplirse” de fundar “Ediciones Crítica”, con sede en “La Cruz nº 42”.
 La misiva la firma “Jorge de Herralde”. “Me quité el ‘de’ en mis tiempos de jinete”, se excusa él, “era una señal de rebeldía contra el padre.
 Luego me lo volví a poner para tratar con los franceses, que son muy amantes de la particule
La empresa acabó llamándose Anagrama como atestigua un documento de registro en la Agencia Especial de Patentes y Marcas en junio del año siguiente.
 Cincuenta años después la editorial sigue un poco más allá en la misma calle, que también cambió de nombre (por Pedró de la Creu).
En sus primeros años, Anagrama se consagró al ensayo político y abundaron los encontronazos con la censura.
 En una escueta nota de 1971, Gregorio Peces-Barba, que sería uno de los padres de la Constitución y que entonces ejercía de abogado defensor ante el Tribunal de Orden Público, solicita “10.000 pesetas como provisión de fondos para atender los gastos del sumario 166/17”. 
Cinco años después, muerto ya Franco, el secuestro “de cinco libros en tres meses” suscita el envío de una carta al Ministerio de Justicia firmada por, entre otros, Josep M. Castellet (editor de Península), Beatriz de Moura (Tusquets), Esther Tusquets (Lumen), Carlos Barral o Gustavo Gili.
Alberto Méndez, sobre la publicación de Los girasoles ciegos: “Hago votos por que esto no cueste dinero
También hay misivas de algunos de los primeros compañeros de viaje de Anagrama, como el historiador de cine Román Gubern, hermano de Lali, o Joaquim Jordà, que envía recuerdos desde un estudio romano con “una cama de hierro, dos sillas y una mesa, un teléfono, un váter en un balcón, y un grifo”. 
“Veníamos del 68”, recuerda Herralde.
 “La primera década fue la más exaltante de la editorial, y también la más angustiosa. 
Éramos una persona y media: yo y una secretaria por las mañanas. Entre los cerca de 400 libros, los temas políticos y las copas me temo que en los setenta fui un mal corresponsal.
Y luego, llegó el desencanto.
 Los que habíamos soñado con una ruptura y no con una reforma, nos quedamos a medias en la Transición”.
Carta de Tom Wolfe, con un dibujo. 
Carta de Tom Wolfe, con un dibujo.
De pronto cayeron las ventas de los ensayos de combate.
 Y las editoriales rebajaron la política para aumentar la literatura. Anagrama tenía al menos un “banderín de enganche” en la colección Contraseñas, la de Bukowski y Tom Wolfe, “dedicada a la temática salvaje y offbeat y muy popular en las escuelas de periodismo”.
 Aquello duró “lo que las euforias contraculturales”.
 Ese cambio de ciclo se adivina en una carta de 1979 a Michael Roloff, de Urizen Books, en la que cita a algunos de los autores estadounidenses que en los ochenta le darían estabilidad.
Herralde tiende a contar su vida a través de las colecciones de Anagrama. 
En ese relato, que puede seguirse en un cuartito de las oficinas forradas de libros de la editorial en el que se guarda bajo llave una copia de cada referencia editada (el “sancta sanctórum”, lo llaman), la madurez la representa la colección de los libros amarillos, Panorama de Narrativas, inaugurada con Jane Bowles. 
“Ahí empezó una bonanza ininterrumpida”, afirma el editor. “Con años altos y bajos, eso sí.
 En los setenta los años iban de lo catastrófico a lo semicatastrófico”.
En ese formato apareció inmediatamente después La conjura de los necios, de John Kennedy Toole.
 Aquel descubrimiento, el libro más vendido de este medio siglo, junto a Seda, de Baricco, saneó las cuentas de Anagrama, que ya había sorteado la quiebra una vez.
 Fue en 1980, cuando su fundador vendió su “importante” participación en la célebre discoteca Bocaccio (teatro de operaciones de la gauche divine) al editor José Manuel Lara Bosch (1946-2015), que tal vez no cayó en que estaba dando un balón de oxígeno al paciente cero de “la peste amarilla”, que es como su padre, Lara Hernández (1914-2003), fundador de Planeta, se refirió a Panorama de Narrativas cuando en los ochenta se hizo ubicua.
 En su último libro, Herralde dibuja un retrato afectuoso del hijo. “Al padre”, aclara en la entrevista, “nunca quise tratarle en persona, y menos cuando dijo lo de que quería comprar Anagrama con Herralde dentro, para que pusiera orden en todas sus colecciones. Ni quería venderme, ni estaba llamado a ordenar nada”.




María Moliner, la domadora de las palabras.............. Jorge Fernández Guerra

El Teatro de la Zarzuela de Madrid estrena una obra basada en la peripecia biográfica de la lexicógrafa María Moliner.

Paco Azorín (d), director de escena de la ópera 'María Moliner' de Antoni Parera Fons, acompañado del elenco de la obra.
Paco Azorín (d), director de escena de la ópera 'María Moliner' de Antoni Parera Fons, acompañado del elenco de la obra. EFE
El Teatro de la Zarzuela de Madrid, tan parco en estrenos, se ha comprometido seriamente con la presentación mundial de esta nueva ópera, basada en la peripecia biográfica de María Moliner, la gigantesca lexicógrafa que realizó sola, en el salón de su casa, un diccionario de uso del español de extraordinarias resonancias.
Excelente iniciativa esta ópera, realizada, eso sí, desde propuestas muy problemáticas. 
Una ópera española actual no puede dejar de lado la extrema dificultad de cocinar bien los ingredientes. 
Y de ellos, el más importante y el primero a considerar es el de una relación significativa entre texto y canto, algo que solo se alcanza cuando hasta el último espectador sale del teatro convencido de que esa historia no puede ser viable más que cantada. 
Este enigma solo se acerca a su resolución cuando el texto supura poesía y lirismo.

No es este el caso. En María Moliner, esta primera premisa se soslaya antes de empezar. 
El espectáculo nació de la iniciativa de Paco Azorín (como ha comentado), y ahí empiezan los problemas.
 Una ópera es un proyecto de un compositor, es él quien determina su dramaturgia desde la música y la alquimia de un canto acoplado al texto como una pareja ardiente de deseo.  En esta ópera lo que se percibe es un buen proyecto teatral, una libretista, Lucía Vilanova, que elabora concienzudamente una historia bien teatralizada, pero desde un libreto atroz, un músico de buena mano en las partes musicales y bordeando el naufragio en las líneas de canto y, ya en la realización, un equipo artístico formidable y motivado que defiende como puede la cojera inicial del proyecto.
Hay escenas teatralmente admirables; un reparto de lujo, en el que la gran mezzo María José Montiel se vacía para encarnar ese heroísmo tan femenino consistente en la generosidad máxima desde el ostracismo, Montiel proporciona terciopelo vocal y temperamento y si alguien puede hablar de éxito, es ella; una orquesta y un coro bien llevados por Víctor Pablo Pérez, muy seguro al frente de su propia orquesta, la ORCAM; un reparto equilibrado, del que destacan José Julián Frontal, como marido de María, Sandra Ferrández, Celia Alcedo, María José Suárez y Lola Casariego, en los papeles de esas otras mujeres que nunca llegaron a la RAE en una España obtusa, o el bien conocido Juan Pons como académico de la RAE casposo y taimado; hay también que señalar una música muy bien ajustada cuando acompaña, Parera Fons tiene un oficio sólido, gusto por las reducciones camerísticas de la orquesta que le dan muchas posibilidades expresivas, solo le falta ser el dueño de la dramaturgia lo que casi convierte su aportación en una música incidental de altos vuelos.
La teatralización de la historia de María Moliner circula bien por las dos horas de espectáculo y, a veces, consigue hacer olvidar su deficiencia operística.
 Hay ambición y ganas.
 Pero alguien debería considerar que una ópera española actual no se hace desde el automatismo.