Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

28 oct 2018

Las formas de la desgracia..............................Rosa Montero....

La disfagia consiste en tener dolor o dificultades graves al tragar. El sufrimiento que causa podría ser aliviado si la sociedad le prestara la atención suficiente.
YA LO DIJO León Tolstói en el celebérrimo comienzo de su novela Anna Karenina
 “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. Muy cierto; la dicha es un estallido de plenitud y de armonía bastante semejante para todos.
 Pero la pena es tremendamente creativa y puede devorarte de distintas maneras. 
La desgracia tiene muchas formas y a menudo dependen del contexto.
 Quiero decir que hay algunas tragedias que una mayor sensibilidad social podría corregir o paliar. 
Como, por ejemplo, el terrible dolor psíquico, que se incrementa con el rechazo a quienes sufren dolencias mentales. 
O las enfermedades raras que no consiguen fondos suficientes para que se investigue su curación (por cierto: conmovedor el libro Mi hijo, mi maestro, de Isabel Gemio, madre de un niño que padece la cruel distrofia muscular).

  O personas en riesgo de exclusión que además son despreciadas y ninguneadas por su entorno, como la gente sin techo, las prostitutas o los ciudadanos con escasos recursos, víctimas de ese nuevo fenómeno del odio a los pobres, la aporofobia, que ha definido lúcidamente la filósofa Adela Cortina.
Todas estas reflexiones vienen al hilo de un problema del que me ha informado la presidenta de la Sociedad Médica Española de Foniatría, María Bielsa Corrochano.
 Se trata de una tragedia muy común, de un terrible sufrimiento que podría ser aliviado de forma sustancial si la sociedad le prestara la atención suficiente.
 Me refiero a la disfagia, que consiste en tener dolor o dificultades graves al tragar que provocan el rechazo a comer y otras complicaciones como atragantamientos, tos, neumonías o desnutriciones que llegan a causar la muerte.
 Los tumores de cabeza y cuello tienen una supervivencia muy alta, más del 75%, pero en muchos de ellos (entre el 38% y el 50%) la quimio y la radio provocan disfagia. 
Tener que alimentarte con exasperante lentitud por medio de una asquerosa papilla marrón se convierte en una tortura; aísla a los enfermos, que no salen de casa y terminan renegando de su supervivencia. 
Y no son sólo los pacientes oncológicos quienes sufren este mal: también puede aparecer tras un ictus (del 37% al 78%), con el párkinson y el alzhéimer (hasta un 85% en fases avanzadas) y, por añadidura, en la vejez: en ancianos institucionalizados, más del 50%. 

Pues bien, pese a esta prevalencia y este martirio, dice la doctora Bielsa, “la disfagia está infradiagnosticada y poco reconocida por la sociedad y por los responsables de la sanidad, ya que se considera un síntoma y no una entidad en sí misma. 
En pocos hospitales hay un protocolo para prevenir disfagia en pacientes vulnerables, ni siquiera en consultas de neurología, y menos, por supuesto, en residencias de ancianos”.
 El horror, en fin. 
Y un horror, además, estúpidamente innecesario, porque hay formas fáciles y baratas de mejorar su calidad de vida.
En el congreso se presentó el libro de recetas ¿Y qué como?, publicado por la Asociación Española de Pacientes de Cáncer de Cabeza y Cuello, y se hicieron talleres de cocina con el chef talaverano Carlos Maldonado para crear menús atractivos y seguros que los pacientes puedan comer en un restaurante, igual que un celiaco o un vegetariano.
Es un tema terrible, lo sé, y un problema cruel del que yo no era consciente, pese a su notable incidencia.
 Al final, lo más importante es el conocimiento: “Hay que sensibilizar a los pacientes y a las familias para que reconozcan los síntomas y al personal sanitario para que lo prevenga y atienda adecuadamente”.
 Hay desgracias así, capciosas y escondidas.
 Qué maravilla que existan estos médicos de la Sociedad de Foniatría, que no se resignan a la invisibilidad y nos abren los ojos.

Ayer sábado acabó en Talavera de la Reina el XXIV Congreso Nacional de la Sociedad Médica Española de Foniatría, que ha estado centrado, precisamente, en la disfagia y sus posibles alivios. “La cocina está de moda y existen numerosos productos, espesantes, gelatinas, espumas, aires, que permiten tragar sin riesgo”, explica Bielsa Corrochano: “Además, la comida puede ser atractiva en olor, sabor y presentación sabiendo cómo elaborarla”. 

Ampliación infinita del pecado original................Javier Marías..........

No sólo se exige que las naciones “pidan perdón” por atrocidades cometidas en otros siglos; casi todo el mundo es hoy culpable por su raza, sexo o religión.
POR EDAD Y POR PAÍS, fui educado en el catolicismo, y uno de mis primeros recelos, siendo aún niño, me lo trajo el disparatado e injusto concepto de “pecado original”, por el que todo recién nacido debía purificarse mediante el bautismo.
 Si no me equivoco, las consecuencias de no recibirlo no eran baladíes.
 Al niño “manchado”, si moría, le estaba vedado el cielo, y en el mejor de los casos acabaría en el limbo, lugar que siempre me pareció ameno y que no sé por qué decidió abolir un Papa contemporáneo.
 Por supuesto los “infieles” y paganos, por su falta de bautismo, tampoco podían acceder al paraíso.
 Así que ese “pecado original” era grave, y se cargaba con él por el mero hecho de haber nacido.
 Como ya casi nadie sabe nada, convendrá aclarar en qué consistía: era el de nuestros primeros padres según la Biblia, Adán y Eva, que ­desobedecieron (la serpiente, la manzana, el mordisco, confío en que eso aún se conozca popularmente, aunque la ignorancia crece sin freno en nuestros tiempos). 
Me parecía una locura digna de miserables decidir que una criatura apenas viva, que no había podido hacer mal a nadie —ni siquiera de pensamiento—, estuviera ya contaminada por pertenecer a una especie cuyos antepasados más remotos habían “pecado” a los ojos de un Dios severo.
 Hoy la gente sigue bautizando a sus vástagos, pero la mayoría no tiene ni idea de por qué lo hace ni le da la menor importancia: en las crónicas sociales y en las televisiones el bautismo es siempre llamado “bautizo”, es decir, la celebración ha sustituido al sacramento, que de hecho está olvidado por absurdo y anacrónico. Y sin embargo, paradójicamente, el mundo entero —más o menos laico o agnóstico— ha abrazado ese dogma cristiano con un fervor incomprensible y funestos resultados. 
Se buscan y señalan sin cesar culpables que no han hecho nada personalmente, contraviniendo la creencia, más justa y más democrática, de que uno sólo es responsable de sus propios actos. 

Ha habido bastantes años durante los que a nadie se le ocurría acusar a Pradera o a Sánchez Ferlosio, por poner ejemplos cercanos, de ser, respectivamente, nieto de un notorio carlista e hijo de un falangista conspicuo. 
Estábamos todos de acuerdo en que los crímenes o lacras de los bisabuelos no nos atañían ni condenaban, y en que sólo respondíamos de nuestras trayectorias.
 Escribí un artículo parecido a este hace más de veinte años (“Vengan agravios”), y lo que rebatía entonces no ha hecho más que incrementarse y magnificarse.
 No es ya que se exija continuamente que naciones e instituciones “pidan perdón” por las atrocidades cometidas por compatriotas de otros siglos o por antediluvianos miembros con los que nada tienen que ver los actuales, sino que hemos entrado en una época en la que casi todo el mundo es culpable por su raza, su sexo, su clase social, su nacionalidad o su religión, es decir, justamente por los factores por los que nadie debe ser discriminado, según las constituciones más progresistas. 
La noción de “pecado original”, lejos de abandonarse, se ha enseñoreado de las conciencias.
Si usted es blanco, ya nace con un buen pecado; si además es varón, lleva dos a la espalda; si europeo, y por tanto de un país que en algún momento de su historia fue colonialista, apúntese tres; si nace en el seno de una familia burguesa, será culpable de explotaciones pretéritas; si encima lo inscriben en una religión monoteísta (todas violentas y opresoras), usted está todavía en la cuna, acostumbrándose al planeta al que lo han arrojado, y la culpa ya se le ha quintuplicado.
 Claro que, si es chino, cargará con las matanzas de tibetanos hacia 1950, por no remontarse más lejos.
 Si japonés, habrá de pedir perdón precisamente a los chinos, por las barbaridades de sus soldados en la Segunda Guerra Mundial.
 Si su ascendencia es criolla, le aguarda más arrepentimiento que a cualquier conquistador de América. 
Y si es musulmán, no olvidemos que la yihad bélica se inició en el siglo VII, con carnicerías y sojuzgamientos. 
No creo, en suma, que nadie se libre de las tropelías de sus ancestros, sobre todo si las responsabilidades se extienden hasta el comienzo de los tiempos.
 Pocos pueblos no han invadido, asesinado, conquistado y esclavizado.  

(Por otra parte, pedir perdón por lo que otros hicieron resulta tan arrogante y pretencioso como atribuirse sus hazañas y méritos, cuando los hubo.)
 De manera que en el soliviantado mundo actual la gente se pasa la vida acusando al individuo más justo, apacible y benéfico de pertenecer a una raza, un sexo, un país, una religión o una clase social determinados y con mala fama. 
El triunfo del “pecado original” es tan mayúscu­lo, en contra de lo razonable, que hoy no es raro oír o leer: 
“Ante tal o cual situación, se nos debería caer a todos la cara de vergüenza”.
 Cada vez que me encuentro esta fórmula, me dan ganas de espetarle al imbécil virtuoso que nos quiere incluir en su saco: “A mí déjeme en paz y no me culpe de lo que no he hecho ni propiciado. Hable usted por sí mismo, y haga el favor de no mezclarme en sus ridículas vergüenzas hereditarias”.

27 oct 2018

El psicópata caníbal que hacía lámparas con la piel de sus víctimas




Ed Gein, el estadounidense que inspiró las películas 'Psicosis', 'El silencio de los corderos' y 'La matanza de Texas', profanó multitud de tumbas.

 Se le atribuye una decena de asesinatos.

Edward Gein, tras su detención, cuando contaba con 51 años de edad.
Edward Gein, tras su detención, cuando contaba con 51 años de edad.
[* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de febrero de 2006]

 No es raro que los libros, artículos, páginas web o documentales dedicados a Ed Gein adviertan que sus contenidos "pueden herir la sensibilidad del público". Valga, pues, el aviso.

 

Hoy está tan olvidado que muchos creen no conocerlo. 
Y, sin embargo, se estremecen en la ducha al evocar la secuencia del apuñalamiento de Janet Leigh en Psicosis. 
O el petardeo de la motosierra en La matanza de Texas, y el gancho que utiliza Leatherface para colgar a sus víctimas
. O El silencio de los corderos y el disfraz de pieles humanas de Buffalo Bill, así llamado por la inveterada costumbre de desollar a sus secuestradas.
Y si no, que se lo digan al sheriff de Plainfield, tras entrar en la granja de Ed al anochecer del 16 de noviembre de 1957, mientras investigaba la desaparición de una vecina.
 El espectáculo que se encontró fue tan terrorífico que algunos atribuyeron su muerte al cabo del tiempo a la angustia que le provocó recordar los detalles para el juicio.
La casa se hallaba a oscuras, sin luz eléctrica.
 El sheriff sintió que algo le rozaba el hombro. 
Y al volverse y enfocar con su linterna se topó con los despojos de un cuerpo sujeto a un gancho. 
Había sido desollado y eviscerado de tal modo que al principio pensó en un reno, caza habitual de la región.
 Un examen más detenido le reveló que se trataba de los restos de una mujer colgada cabeza abajo. 
Las piernas estaban separadas formando una gran uve, de cuyo vértice arrancaba un profundo tajo, prolongando la hendidura vaginal hasta el cuello.
 Ahí terminaba, porque había sido decapitada.
 También le faltaban los genitales y el ano.

¿Cómo era posible que todo eso se hubiera llevado a cabo sin que nadie se apercibiese de semejantes atrocidades? 
¿Cómo podía haberlo hecho por sí solo aquel hombrecillo taciturno, de gélidos ojos azules? 
Estaba considerado el tonto del pueblo, alguien tan inofensivo que no le invitaban a cazar porque decía no soportar la sangre.

Las respuestas empezaron a aflorar al reconstruir la vida de Edward Theodore Gein, iniciada hace ahora un siglo con su nacimiento en La Crosse. 
Allí vino al mundo en 1906, en esta ciudad a orillas del alto Misisipi, en el Estado de Wisconsin, junto a la linde con el de Minnesota.
 Sus padres, George y Augusta, ya habían tenido otro hijo siete años antes, al que llamaron Henry.
Los dos progenitores no se llevaban bien. 
George era un hombre de carácter débil, bastante desastrado y alcohólico.
 Pero allí estaba Augusta para compensar sus dejaciones.
 Ella llevaba con mano férrea la tienda de comestibles familiar, y también fue quien en 1914 decidió que debían trasladarse al no muy lejano Plainfield, una tranquila localidad de 652 habitantes.
La policía tuvo que emplear esa noche y buena parte del día siguiente para hacerse cargo del alcance de lo perpetrado por Ed Gein.
 No tardaron en descubrir numerosos restos humanos: cuatro narices en una caja; nueve vulvas saladas y pintadas de color plateado; un cuenco para sopa hecho con la mitad invertida de un cráneo; nueve máscaras construidas con rostros de mujer; otras tantas cabezas sujetas a la pared como trofeos de caza; piel de diversas partes del cuerpo usada para confeccionar brazaletes, monederos, vainas de cuchillo, polainas, papeleras, pantallas de lámparas y asientos; cuatro calaveras que adornaban los remates de la cama;
 un corazón en una sartén; docenas de órganos en la nevera; un collar hecho con labios; un cinturón de pezones; un chaleco tapizado de vaginas y pechos; un vestido completo elaborado con piel femenina….


En tal caso, conocen muy bien a Ed Gein.
 Solo que no lo saben. Porque esas tres películas —que marcan otros tantos hitos en el thriller de los sesenta, setenta y noventa— están basadas en él.
 Además de las dos secuelas de Psicosis y El silencio de los corderos, las cuatro de La matanza de Texas, varias réplicas, caterva de imitaciones, una copiosa discografía y bibliografía, algún cómic de estilo manga u obras de teatro que cuentan con pelos y señales las fechorías del Carnicero de Plainfield, el más extraño y creativo psicópata del siglo XX.
¿Cómo era posible que todo eso se hubiera llevado a cabo sin que nadie se apercibiese de semejantes atrocidades? 
¿Cómo podía haberlo hecho por sí solo aquel hombrecillo taciturno, de gélidos ojos azules? 
 Estaba considerado el tonto del pueblo, alguien tan inofensivo que no le invitaban a cazar porque decía no soportar la sangre.
Las respuestas empezaron a aflorar al reconstruir la vida de Edward Theodore Gein, iniciada hace ahora un siglo con su nacimiento en La Crosse.
 Allí vino al mundo en 1906, en esta ciudad a orillas del alto Misisipi, en el Estado de Wisconsin, junto a la linde con el de Minnesota.
 Sus padres, George y Augusta, ya habían tenido otro hijo siete años antes, al que llamaron Henry.
Los dos progenitores no se llevaban bien.
 George era un hombre de carácter débil, bastante desastrado y alcohólico.
 Pero allí estaba Augusta para compensar sus dejaciones. Ella llevaba con mano férrea la tienda de comestibles familiar, y también fue quien en 1914 decidió que debían trasladarse al no muy lejano Plainfield, una tranquila localidad de 652 habitantes.
Augusta despreciaba a su marido. Debido a sus convicciones religiosas, no se planteaba el divorcio.
 Se conformaba con rezar para que George muriera, y obligaba a sus hijos a acompañarla en tan piadosos propósitos.
 El caso es que, surtieran efecto o no estas plegarias, el padre falleció en 1940 de un infarto.

El hermano mayor, Henry, no tardó en seguirle.
 Ed admiraba el carácter fuerte de este último, pero habían tenido duros enfrentamientos, porque el primogénito no aprobaba la relación íntima entre su hermano pequeño y la madre, reprochándoselo a ambos.
 Henry murió en 1944 mientras intentaba apagar un fuego que se aproximaba a la granja.
 La policía advirtió que su cadáver se hallaba en un terreno no calcinado, con golpes en la parte posterior de la cabeza.
 Sin embargo, en ningún momento se les ocurrió que alguien tan tímido como Ed hubiera matado a nadie, y menos a un hermano al que parecía querer.

Cocina de la granja en la que vivía el asesino, en la que se encontraron objetos confeccionados con partes del cuerpo de sus víctimas.
Cocina de la granja en la que vivía el asesino, en la que se encontraron objetos confeccionados con partes del cuerpo de sus víctimas.
El mismo año en que terminaba la Segunda Guerra Mundial, 1945, la salud de Augusta empeoró debido al cáncer. 
No podía moverse, y cuando quería mostrarse cariñosa con su hijo le dejaba dormir en su cama.
 Estaban tan unidos que cuando ella murió, Ed decidió mantener intactas sus habitaciones. Él se recluyó en la cocina y una sala contigua. 
No necesitaba trabajar, un programa del Gobierno subvencionaba la preservación de sus tierras en barbecho.

Así, a los 39 años, sin haber tenido contacto físico con otra mujer que no fuera Augusta, Ed Gein quedó solo, aislado en un mundo que apenas alcanzaba a comprender. 
Y fue deslizándose hacia la psicosis, internándose en sus cenagosos fantasmas, dando rienda suelta a sus quimeras. 
Sobre todo las relacionadas con el cuerpo femenino, un completo misterio por el que sentía la misma curiosidad que un niño.
Empezó a atiborrarse de libros de anatomía humana, historias sobre los experimentos realizados en los campos de exterminio nazis, las salvajadas de las campañas bélicas del Pacífico, revistas pornográficas y operaciones de cambio de sexo. 
Todo alimentaba aquella olla a presión.

Como no tenía acceso a mujeres de carne y hueso, decidió desenterrarlas del cementerio. Un día leyó en el periódico local un suelto sobre una vecina recién inhumada, y pensó que había llegado el momento de pasar a la acción.
 Para ello pidió ayuda a un viejo amigo, Gus, otro lobo solitario, todavía más zumbado que él.
Tras esa profanación vinieron otras, a lo largo de los siguientes diez años, más o menos con la misma rutina.
 Se llevaba el cadáver entero o las partes que le interesaban y, una vez en la granja, utilizaba los huesos y la piel para su peculiar artesanía, guardando la carne y los órganos internos en la nevera. Según todos los indicios, para devorarlos más tarde, aunque él siempre negó el canibalismo y la necrofilia.

Solía elegir mujeres mayores que le recordaban a su madre.
 Pero quizá entre los cadáveres femeninos que Ed deseaba exhumar se encontrase el suyo propio
. Porque detrás de ese obsesivo interés por la anatomía del sexo opuesto se hallaba el deseo de transformarse él mismo en mujer, en su madre.
 De los cuerpos desenterrados le atraían los órganos que no poseía. Los cortaba y se los ponía, vistiéndose enteramente con piel femenina. 
También consideró la posibilidad de someterse a una operación de cambio de sexo, y la desechó por resultar muy cara.

En paralelo, a partir de 1947, habían empezado las desapariciones en los alrededores de Plainfield, aunque a nadie se le ocurrió relacionarlas con Gein.
 Y mientras crecía su colección de trofeos, los experimentos de Ed se volvieron cada vez más osados e imprevisibles.
 Su amigo Gus fue internado en un manicomio a principios de los años cincuenta. 
Y de nuevo Gein quedó solo. Fue entonces cuando se atrevió a dar el siguiente paso: proveerse de cuerpos vivos.


Su primera víctima fue una divorciada de 51 años, Mary Hogan, a la que mató en 1954 disparándole con su revólver. 
La policía no consiguió resolver el caso, y en los tres años siguientes quizá hubiera otras víctimas suyas. 
No obstante, nada pudo demostrarse hasta la mañana del sábado 16 de noviembre de 1957, el día en que se levantaba la veda. Tomándoselo al pie de la letra, Ed cogió su viejo rifle del 22 y mató a Bernice Worden, la dueña de la ferretería, de 58 años.
 Después cerró la tienda, metió el cuerpo en su camioneta Ford y se la llevó a la granja, igual que había hecho con su anterior víctima.
Pero esta vez el nombre de Gein figuraba en el libro de registro, porque había encargado medio galón de anticongelante.
 Y el hijo de Bernice Worden era ayudante del sheriff.
 Así fue como éste se decidió a visitarle en su granja, encontrándose con el espectáculo que conmocionó al pueblo.
Solo se le pudieron probar estos dos asesinatos.
 Algunos le atribuirían hasta 10. Con todo, no fue el número, sino el método, lo que causó tanto horror como fascinación. Especialmente cuando las revistas Time y Life le dedicaron sus portadas en los números de diciembre de 1957, convirtiendo a Gein en una celebridad.

Después del aluvión de periodistas, cientos de curiosos se dejaron caer por Plainfield. 
La sociedad que se hizo cargo de la "granja del asesino" empezó a cobrar 50 centavos por visitarla, y corrió el rumor de que la iban a convertir en una atracción para turistas. 
En marzo de 1958, se declaró un incendio, claramente intencionado. 
Muchos objetos de Ed sobrevivieron y fueron subastados. 
Entre ellos su camioneta Ford, comprada por un chamarilero, que decidió exhibirla en los circuitos de feria. 
Miles de personas pagaron 25 centavos por ver y tocar el coche en el que había transportado a sus víctimas.

Gein podía ser un loco, pero estaba muy bien acompañado en sus obsesiones.
 Durante bastante tiempo fueron habituales las bromas macabras, popularmente conocidas como Geiners, en honor suyo. No era raro que se amenazase a los niños con llamarle si se portaban mal, como en otros sitios se recurre al sacamantecas.

Al cabo de 10 años fue juzgado y hallado culpable. 
Dado su estado mental, se le ingresó en un sanatorio, donde transcurrieron apaciblemente sus últimos años, mientras se rodaban películas y se publicaban libros de gran éxito, inspirados en su vida y milagros.
 Fue un paciente modélico, hasta que murió de cáncer en 1984, a la edad de 78 años.
 Lo enterraron junto a su madre en el cementerio de Plainfield que había profanado tantas veces.
 Su propia tumba tampoco quedó a salvo. 
En junio de 2000 fueron robadas distintas partes de ella, con toda probabilidad para venderlas en Internet, donde se ofrecían objetos relacionados con él.
 Un año más tarde, su lápida fue recuperada en Seattle.
El primero en inspirarse en su caso fue el novelista Robert Bloch, nacido en el vecino Chicago, pero crecido en Milkwaukee, Winsconsin.
 En 1959 introdujo el personaje de Norman Bates en su novela Psycho, que al año siguiente llevó al cine Alfred Hitchcock.
 Quizá no por casualidad, porque el famoso cineasta británico había recopilado y montado las imágenes filmadas por los aliados en los campos de concentración nazis.
 Su película Psicosis añadió a los instrumentos usados por Gein dispositivos fílmicos no menos afilados: un montaje que trocea las imágenes como el asesino a sus víctimas; unos planos secuencia que serpentean por escaleras y pasillos hasta estrangular los resuellos del espectador; una música en blanco y negro con staccatos que resuenan como estacazos.
Y con él se abrió paso hasta las pantallas el moderno psicópata en serie. 
No es que no existieran otros antes de él.
 Pero a mediados del siglo XX resultaban fáciles de desactivar. Hacía falta alguien que los pusiera al día, a la altura de un público endurecido por los horrores transcurridos de Auschwitz a Hiroshima.
 Con su Freud bien sabido y un psiquiatra de guardia dispuesto a sajarle sus neurosis y demás supuraciones del subconsciente.
Ed Gein sentó las bases para suscitar tan sofisticados mecanismos en aquel Estados Unidos de Eisenhower, Doris Day, los coches con aletas cromadas y Disneylandia. 
Antes de él, el cine había dado cobijo a algunas mutaciones y terrores nucleares: hormigas gigantes, tarántulas asesinas, cosas así. Pero apenas se había internado en las aberraciones producidas en las mentes.

Fue él, con su psiquismo a la deriva, quien extrajo las consecuencias más abisales de sus lecturas sobre los campos de exterminio o la guerra del Pacífico.
 A su modo, los metabolizó no como simples sucesos puntuales, sino como categorías inseparables de la descascarillada condición moderna. 
Y tampoco hacía falta la aparatosa tecnología nuclear o la logística de las SS.
 Bastaba con el puritanismo de una madre fanática, un Edipo de buena calidad y el bricolaje de una simple granja.

 

La NASA quiere enviar seres humanos a Venus: por qué es una idea brillante

La idea de la misión HAVOC es usar la densa atmósfera del planeta como base para la exploración.

   

Visión artística del proyecto HAVOC. En vídeo, la NASA presenta la misión HAVOC.
La ciencia ficción popular de principios del siglo XX describía a Venus como una especie de país de las maravillas con temperaturas cálidas y agradables, bosques, pantanos e incluso dinosaurios
En 1950, el Planetario Hayden del Museo Americano de Historia Natural ofrecía reservas para la primera misión turística espacial, mucho antes de la época moderna de Blue Origins, SpaceX y Virgin Galactic.
 Lo único que uno tenía que hacer era facilitar su dirección y marcar la casilla de su destino preferido, entre los que estaba Venus.
Hoy en día, es poco probable que los que quieren ser turistas espaciales sueñen con ir a Venus.
 Como han demostrado numerosas misiones en las últimas décadas, el planeta no es un paraíso, sino más bien un mundo infernal de temperaturas extremas, con una atmósfera tóxica y corrosiva y unas presiones aplastantes en la superficie.
 A pesar de ello, la NASA trabaja actualmente en una misión tripulada conceptual a Venus llamada HAVOC (siglas en inglés de Concepto Operacional a Gran Altitud en Venus).
Pero ¿cómo puede ser siquiera posible esta misión? Las temperaturas en la superficie del planeta (unos 460°C) son en realidad más elevadas que las de Mercurio, aunque Venus está aproximadamente al doble de distancia del sol.
 Son más elevadas que el punto de fusión de muchos metales, incluidos el bismuto y el plomo, que incluso pueden caer como “nieve” sobre los picos montañosos más altos.
 La superficie es un paisaje árido y rocoso formado por extensas llanuras de roca basáltica salpicadas de formaciones volcánicas, y varias regiones montañosas tan grandes como continentes. 

Flotar en la atmósfera

Por suerte, la idea que hay detrás de la nueva misión de la NASA no es desembarcar a gente en la superficie, sino usar su densa atmósfera como base para la exploración.
 Todavía no se ha anunciado públicamente una fecha exacta para una misión tipo HAVOC.
 Es un plan a largo plazo que dependerá primero de que las pequeñas misiones de prueba tengan éxito. 
Ahora mismo, con la tecnología actual, esta misión es realmente posible. 
El plan es utilizar naves espaciales que pueden mantenerse volando en la atmósfera superior durante largos periodos de tiempo.
Por sorprendente que pueda parecer, la atmósfera superior de Venus es el lugar más parecido a la Tierra en el sistema solar. 
Entre 50 y 60 km de altitud, la presión y la temperatura pueden ser comparables a las de algunas regiones de la atmósfera inferior de la Tierra.
 La presión atmosférica en la atmósfera venusiana a 55 km es aproximadamente la mitad que la de la presión al nivel del mar en la Tierra.
 De hecho, se estaría bien sin un traje de presión porque equivale más o menos a la presión del aire que hay en la cumbre del monte Kilimanjaro.
 Y tampoco haría falta aislarse ya que la temperatura allí oscila entre los 20º y los 30° C.
 


El planeta no es un paraíso, sino más bien un mundo infernal de temperaturas extremas, con una atmósfera tóxica y corrosiva y unas presiones aplastantes en la superficie
También es joven desde el punto de vista geológico y ha sufrido episodios de renovaciones de la superficie catastróficas. Estos episodios extremos están causados por la acumulación de calor debajo de la superficie, que al final hace que se funda, expulse el calor y se vuelva a solidificar.
 Sin duda, es una perspectiva aterradora para cualquier visitante.

 

¿Vida en Venus?

La superficie de Venus se cartografió desde su órbita con un radar en la misión Magallanes estadounidense. 
Sin embargo, solo se visitaron algunos lugares de la superficie durante la serie de misiones Venera de sondas soviéticas a finales de la década de 1970.
 Estas sondas trajeron las primeras – y hasta el momento únicas – imágenes de la superficie de Venus. 
Desde luego, las condiciones en la superficie parecen totalmente inhabitables para cualquier tipo de vida.
No obstante, la atmósfera superior es otra historia. 
Algunos tipos de organismos extremófilos que ya existen en la Tierra podrían soportar las condiciones en la atmósfera a la altitud a la que podría volar la HAVOC.
 Ciertas especies como el Acidianus infernus se pueden encontrar en lagos altamente ácidos de Islandia e Italia. 
 También se ha descubierto que existen microbios aéreos en las nubes de la Tierra
Nada de esto demuestra que exista vida en la atmósfera de Venus, pero es una posibilidad que podría investigar una misión como la HAVOC.
Vista de Venus, simulada por ordenador.
Vista de Venus, simulada por ordenador.
Las condiciones climáticas actuales y la composición de la atmósfera se deben a un efecto invernadero desbocado (un efecto invernadero extremo que no se puede cambiar) que transformó el planeta, un mundo “gemelo” acogedor como la Tierra al principio de su historia.