Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

30 ago 2016

La mejor novela española de los últimos cincuenta años.........................................Raúl Cazorla

Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1979. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.
Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1970. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.

La mejor novela española de los últimos cincuenta años

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Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1979. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.
Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y J. M. Castellet, 1970. Fotografía cortesía de Planeta de Libros.


1. Los rivales
Dar premios es fácil, lo complicado es que nos pongamos de acuerdo en los elegidos —como los trabajadores de la tienda de discos de Alta fidelidad, que componían listas en torno a los criterios más disparatados— y, si bien no existen razones para que los libros, los discos, las pelis, compitan entre sí, aunque no exista tal cosa como «La mejor novela española de los últimos cincuenta años», supongo que hacen falta de vez en cuando carteles, anuncios de neón, campanadas. Quién teme al premio feroz, me pregunté una vez, cuando en principio solo parece haber ventajas en los concursos:
 ganan los premiados, los medios tienen un estupendo evento informativo, la editorial consigue la carta de la promoción, los lectores escuchan nuevos nombres. 
Los únicos que pierden, claro, son los no premiados, qué tontería más obvia, pues esta falta de reconocimiento público se convierte en ocasiones en causa de ostracismo editorial, criba de lectores o, peor aún, un progresivo silencio literario según pasan los años.
A la hora de seleccionar el título de este artículo, yo ya había decidido mucho tiempo antes, sin pasar por ningún complejo sistema de selección, cuál era, a mi juicio, la mejor novela española de los últimos cincuenta años («española» se usa aquí solamente con su valor de gentilicio, por supuesto). Hice trampas, pues. 
Mi objetivo no es la tiranía de los nombres —la jerarquía en la literatura es absurda—, sino conseguir su atención sobre esta novela, que hablemos de por qué es excepcional y merece más lectores, aunque hayan pasado cuarenta y cuatro años desde su publicación.
 No hace falta consenso, al fin y al cabo: esto no es una lección de anatomía, solo juegos de palabras.
Para aligerar la trifulca, para que este texto no fuera un repaso al canon de los últimos cuarenta años, por el que aún tiene que pasar tiempo, me he centrado en los grandes títulos de los sesenta (solo a partir de 1966) y setenta, el periodo de la gran eclosión de la narrativa española a mi juicio, impulsada por el boom editorial de la narrativa latinoamericana, y las décadas de la gran transformación social y cultural de la Península.
Empecemos con los santones. 
Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, quizá la novela más radical estilísticamente publicada en los sesenta en España, se queda fuera del debate porque su primera edición es de 1961; Cela publicó durante esas décadas dos de sus novelas más reconocidas, San Camilo, 1936 (1969) y Oficio de tinieblas 5 (1973); Miguel Delibes, mucho más prolífico, publicó entre otras la famosa Cinco horas con Mario (1966; Las ratas es de 1962).

 Cualquiera de estas merecería el título, supongo, pero ya hemos dicho que a los consagrados no les hace falta más publicidad gratuita, así que, ¿para qué seguir?
 Además, creo ya haber insinuado lo suficiente que este premio obedece a mi falible criterio, y la verdad es que ni Cela, que es un prodigioso maestro de la lengua castellana, ni Delibes, un narrador nato con un prodigioso oído para el castellano, están entre mis clásicos personales. A cada cual, lo suyo, que decía Sciascia.
Una de las que puntúan más alto de aquellos años para mí es Parte de una historia (1967), de Ignacio Aldecoa, la última novela de su autor antes de su muerte en 1969.
 Me sorprende que no sea más conocida: prodigioso relato ambientado en una isla de pescadores cercana a Isla Mayor (trasunto ficticio de Lanzarote), está escrita en una prosa cuidadísima, afilada como un cuchillo, que no cae nunca en topicazos retóricos ni en simplicidades. 
Más famoso como cuentista, Aldecoa demostró con Parte de una historia que dominaba el género de la novela (corta) con una soltura apabullante. Lo que acaso se viera en algún momento como defecto (es una especie de diario de viaje y, por tanto, se sale del realismo social imperante) se ha convertido en una de sus grandes virtudes: una novela sobre el destino inevitable (el individual y también el colectivo) contada con atmósferas de trazos opresivos y nítidos.
La novela galardonada más previsible sería Si te dicen que caí (1970), de Juan Marsé, quizá la mejor novela de los últimos cincuenta años si esto fuera la lista de un jurado académico y no la de un solo lector
. Después de haber publicado varias novelas magníficas, Marsé decide dejarse la piel en esta y darlo todo. 
Aquí, con una prosa en su plenitud, está concentrado el microcosmos de su literatura: la necesidad de la invención y del juego conjugada con la recuperación de la memoria, a menudo también recreada y ficticia; los personajes desamparados, los buscavidas, los que pelean por saber quiénes son; y, sobre todo, un narrador portentoso que fabula entre los recuerdos y la ficción, entre la ilusión de la fuga y la realidad más descarnada de la posguerra.
 A Marsé, en cualquier caso, no le faltan lectores ni reconocimiento, labrado con un largo historial narrativo, así que sigo pensando que el premio le hace falta más al otro.
Imagino que también debería entrar en la disputa cualquiera de las novelas de Benet de este periodo, Volverás a Región (1967) y Una meditación (1970), aunque yo tengo debilidad por esta última, con esa frase de una musicalidad hipnótica con la que empieza:
 «De entre todas las quintas de la vega del Torce, al norte de Región, la de mi abuelo, con ser de las más modestas, era una de las mejor emplazadas». 
Maravillosa descomposición del hilo narrativo, con una voz que juega a la digresión constante y a las oraciones interminables, Una meditación es una piedra de sol de nuestra lengua, menos reconocida de lo que se merece, pese a que a mi juicio pierde por KO contra la ganadora si se valoran otros factores que debe tener una gran novela, como olfato para rebuscar en la basura y ahondar en el corazón de los humanos.
 A Benet, el grand style, como él siempre reivindicó, le pierde, para bien y para mal.
De las que he leído de Francisco Umbral, otra bestia parda de los setenta, la que más me impresionó con diferencia fue Mortal y rosa (1975), un bellísimo artefacto a medio camino entre el diario, el libro de apuntes y el ensayo literario.
 Curioso que sea el libro que mejor ha sobrevivido al prolífico Umbral, un estilo más que un narrador, quizá porque las páginas escritas a raíz de la muerte de su hijo pequeño están escritas con una rabia contra la literatura que trasciende la retórica y el jugueteo verbal que tanto encandilaba a Umbral.
 Además, un libro a veces se cruza en nuestra biografía, tiene el peso de una amistad o de un suceso, y adquiere un valor de lupa desde la que mirar los placeres y los días; en mi caso me pasó con Mortal y rosa, así que no soy, no puedo ser, neutral con él.
¿Y Goytisolo? El eterno desplazado, el más secreto, pese a ser un inmenso dotado para los vericuetos de la lengua, Goytisolo lleva años haciendo una obra rigurosa, encarnada en la libertad de la poesía más que en la narración. 
 De los setenta es nada menos que la trilogía del mal, que incluye esa belleza llamada Reivindicación del conde Don Julián (1970), de la que solo recuerdo, sin embargo, la espesura de los signos y un viaje, bastante solipsista, hacia uno mismo.
 Altamente recomendable para lectores escogidos.
 No es mi caso, me temo.
Por cierto, que en 1975 se publicó La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, de la que alguien ha dicho que es la gran novela de los últimos cuarenta años.
 Yo, en cambio, que leí en la adolescencia El misterio de la cripta embrujada (1978), y guardo esa lectura como un tiempo de felicidad absoluta, me he quedado a medias con La verdad varias veces. Prometo volver.
Y, en fin, seguro que hay muchos otros, todos grandes, que ahora no me vienen a la cabeza o que a lo mejor no he leído, que es lo más probable, pero, después de todo, esto ya estaba decidido de antemano: de estos años prodigiosos para la literatura española, la más grande, la más ambiciosa, la que sacó todo el talento que llevaba su autor dentro, es El gran momento de Mary Tribune, de Juan García Hortelano 
. No me digan que no estaba cantado.


2. Juan
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Juan García Hortelano, el editor Jaime Salinas y Mario Benedetti, 1982. Fotografía cortesía de Alfaguara.

Verdades, mentiras e infinitos cabos sueltos en el ‘caso Diana Quer’..................................... S. R. P.

Pese a la aparente falta de noticias, la investigación ha dado un giro. Ahora la Guardia Civil pide voluntarios para rastrear los montes y también busca en el mar.

Una patrullera de la Guardia Civil realiza labores de búsqueda, ayer lunes, en la costa de A Pobra.
Después de una semana de indagaciones, la Policía Judicial de la Guardia Civil sigue sin tener ninguna prueba concluyente de lo que pudo sucederle a Diana Quer en la madrugada del lunes 22 de agosto
. Sin embargo, algo ha cambiado en los últimos días.
 Ahora se sabe con certeza que la chica, de 18 años, dio señales de vida más allá de las 2.43, cuando envía un WhatsApp a un amigo de Madrid, porque volvió a comunicarse con su móvil hacia las 3.30.
 Algunos testigos señalan que fue vista de nuevo en el centro de la villa costera en la que veranea su familia, A Pobra do Caramiñal (A Coruña), horas más tarde. 
Uno, en concreto, ha declarado que se la encontró a las siete pero vestida con una ropa distinta, posiblemente un mono negro, como si la muchacha se hubiera cambiado.
La familia descarta el suicidio y el secuestro a cambio de dinero. Tampoco considera posible una marcha voluntaria y habla una y otra vez, desde el primer instante, de “retención ilegal”.
 “Todas las hipótesis siguen abiertas”, se reitera cada día desde la Guardia Civil. 
 La noticia sigue siendo que no hay noticia de Diana María Quer López-Pinel, pero al menos empieza a descartarse alguna opción de las que parecían tener mayor peso la semana pasada. 
Y aunque al principio también semejaba poco probable que la chica continuase en A Pobra, desde este lunes se han redoblado los rastreos y se han extendido a la ría de Arousa, con la intervención de la Infantería de Marina.
 Después de una semana rechazando los ofrecimientos, al fin esta mañana los investigadores han pedido voluntarios para realizar batidas a partir del jueves en todo el municipio.
 Las personas que quieran colaborar están convocadas a una reunión para organizar los grupos mañana en el Ayuntamiento de A Pobra a las 20.30 horas.
 Entre tanto pasan los días, y atrás van quedando algunas pistas falsas mientras van ganando relevancia otras en medio de un mar de dudas y cabos sueltos. 


El móvil de Diana. El registro de las llamadas entrantes y salientes del teléfono de la chica puede acabar aportando muchas claves. 
Esa noche de verbena, penúltima jornada de las fiestas locales de A Pobra, Diana salió con dos amigas de las que se despidió antes de las dos y media.
 Su madre la llamó a las 1.21 horas, dice que para preguntarle si quería que fuese a buscarla.
 La chica, según el mismo relato, le contestó que no hacía falta, que regresaba enseguida a la urbanización.
 En teoría, Diana tenía poca batería y a la mañana siguiente, cuando su madre presentó la denuncia por su desaparición, el aparato ya no daba señal. 
Hasta ahora se creía que su última conexión había sido a las 2.43, el momento en que envía unos whatsapps aparentemente alarmantes a un amigo.
 Pero ahora hay constancia de que volvió a utilizar su terminal media hora más tarde.
El hallazgo del DNI. El DNI apareció en un bolso de Diana, dentro del chalé adosado en el que veranea con su madre y su hermana, el pasado fin de semana.
 A pesar de que la Guardia Civil ya había inspeccionado su dormitorio, el carné no se localizó al principio.
 También existen dudas acerca de una prenda de ropa con la que supuestamente había salido aquella noche y que aparece recogida en la descripción física difundida tras su desaparición.
 La prenda estaba en casa. La familia añade que la chica no llevaba tarjetas de crédito y cree que salió únicamente con 20 euros en metálico.
 La falsa alarma del último WhatsApp a un amigo.
 La Guardia Civil resta ahora importancia a los whatsapps enviados por Diana entre las 2.40 y las 2.43 de la madrugada del lunes.
 En ellos, la veraneante contaba a un amigo de Madrid que se estaba "acojonando" porque un hombre la "llamaba" por la calle.
 El hombre le decía, según ella, "morena, ven aquí". El supuesto perseguidor fue localizado gracias a los testimonios de otras chicas de A Pobra, que declararon ante los investigadores que esa noche de fiesta habían sufrido el acoso de un individuo moreno, alto y con un tatuaje.
 Un hombre acompañado de otros dos que se dirigía a las mujeres en los mismos términos: "Ven aquí, morena". El sospechoso quedó descartado después de reconocer ante los agentes que tiene por costumbre meterse de esa forma con las muchachas y negar su implicación en la desaparición de la joven. 
Además, ahora se sabe que, aunque Diana nunca respondió al siguiente whatsapp que le mandaba su interlocutor, sí siguió dando señales de vida por el móvil.

La disputa doméstica
La Guardia Civil tuvo que saber por testimonios de otros vecinos de A Pobra que el jueves de la semana anterior a la desaparición de Diana se produjo una riña muy fuerte entre ella, su hermana y su madre.
 Tras la discusión, estas dos últimas acudieron en busca de asistencia médica al centro de salud.
 Esta escena descrita por varias personas, y la supuesta advertencia de la chica de que se marcharía de casa, respaldan una de las hipótesis que a estas alturas siguen en pie, la de una presunta desaparición voluntaria de Diana Quer, una ausencia temporal que, por alguna causa, luego se truncó y algo le impidió regresar. 
Pero su familia lo ha negado siempre.
 Reconocen la bronca familiar pero le quitan entidad. La madre declara que su hija estaba apegada a ella y era muy dependiente del hogar.
El camino sin huellas.
 No se ha hallado ningún rastro de violencia, ningún elemento, nada material, que dé pistas de lo que pudo pasar en la madrugada del lunes 22. 
No se descarta todavía que la chica llegase a su casa antes de desaparecer, ni que cuando volvía a su domicilio de verano algo la hiciese regresar al pueblo.
 Entre la explanada en la que se celebraba la fiesta de O Carme dos Pincheiros y su chalé en el lugar de O Xobre-Cabío hay solo dos kilómetros.
 Un testigo aseguró ya el primer día que la vio delante de una pizzería situada al final del paseo marítimo, a 1.100 metros de su casa y en el itinerario más razonable para llegar a ella.
 Serían, aproximadamente, las 2.30 horas.
 Ahora, otros testimonios la ubican horas más tarde de nuevo en el centro.
 Una persona dice habérsela topado incluso al amanecer pero vestida con otra ropa.

Rastreo por tierra, mar y aire. Los rastreos fueron aparentemente tibios durante la primera semana.
 Existía la sospecha de que Diana Quer no se encontraba en A Pobra.
 La Guardia Civil solo empleó un perro adiestrado en seguir el rastro de personas vivas y rechazó en un principio la colaboración del Ayuntamiento, que ofrecía el despliegue de miembros de la policía local y Protección Civil.
 Pero ahora algo ha cambiado.
 Desde el domingo, se han empleado en la búsqueda de la chica (o de pistas que lleven a ella) un helicóptero y una barcaza de la Guardia Civil, y ayer se sumó en la búsqueda por la ría la Infantería de Marina. 
Hoy los agentes han pedido voluntarios, vecinos que se presten a echar una mano para organizar el despliegue en los montes de la zona que se descartó la semana pasada.
Las entrevistas a sus amigos de Pozuelo. Además de la información telefónica, las principales pistas que han movido a los investigadores en una u otra dirección son las declaraciones prestadas ante la Guardia Civil por vecinos de A Pobra y amigos de la chica.
 Fuera de Galicia, los agentes entrevistaron a su círculo de amistades.
 Diana Quer, residente en Pozuelo de Alarcón, probaba a abrirse paso como modelo mientras estudiaba bachillerato en un centro de Boadilla del Monte
. En estas localidades madrileñas tenía a casi todos sus amigos
. En A Pobra llevaba veraneando 15 años con su familia; desde hace unos cuatro años, tras el divorcio de sus padres, solo con su madre y su hermana. 
Este verano pasó unos días en Ibiza con su progenitor, y luego regresó como siempre a A Pobra, donde se había apuntado en una autoescuela e intentaba este mes aprobar las pruebas del carné de conducir.

 

Sara Sampaio, contra los paparazis que la sacaron en toples

La modelo de Victoria's Secret defiende en una carta su derecho a la intimidad.

Sara Sampaio en el desfile de Tommy Hilfiguer en Nueva York, el pasado 2015.

 

La modelo portuguesa Sara Sampaiouno de los ángeles de Victoria's Secret, ha cargado contra los paparazis después de la publicación de unas fotos de sus vacaciones en Saint Tropez, en las que aparece tomando el sol en un baro sin la parte superior del bañador.
Las fotos imágenes publicadas en el Daily Mail han enfurecido a la modelo, que ha publicado en su perfil de Facebook una carta abierta a los fotógrafos que captaron y vendieron las imágenes.
 "Me siento violada", ha dicho Sampaio en el texto. "¿Cómo se sentirían si una mañana se encuentran en todo Internet fotos de su hija de 25 años haciendo toples?
 Ella no ha hecho nada malo, tomaba el sol, no estaba en un lugar público", comienza la carta abierta a los paparazzi
 ¿Cómo se sentirían si una mañana se encuentran en todo Internet fotos de su hija de 25 años haciendo toples?
La modelo, de 25 años, asegura que estaba de vacaciones en el sur de Francia y no sabía que había alguien "con un gran objetivo telescópico" fotografiándola.
Sampaio admite que algunos pensarán que es una figura pública y debería estar acostumbrada a ser fotografiada. "Hay una diferencia, sin embargo.
 Es mi trabajo, cobro por ser fotografiada, pero doy mi consentimiento". Remarca que todos tienen una vida profesional y otra privada, que debe ser respetada. 
"¿Qué tipo de sociedad es ésta en la que la gente cobra por espiar a los demás, fotografiarlos e invadir su privacidad? Como mujer joven, me siento violada". 
La modelo exige a la prensa que muestre más amor y compasión en estos casos.
 "A quienes vendieron mis fotos, de verdad espero que no llegue el día en que se levanten y encuentres fotos de vuestras hijas desnudas por toda la red".

En la carta, que ya han leído más de 20.000 personas,  recrimina a aquéllos internautas que han hecho comentarios atacándola por su figura. 
 “Yo tengo mi vida profesional y tengo mi vida privada. 
Todos nos vamos al trabajo, a algunos a una oficina, a algunos a un estudio, pero cuando llegamos a casa la gente debería respetar nuestra privacidad”.
Sara Sampaio comenzó su carrera como modelo profesional tras ganar el concurso Pelo Pantene de Portugal en 2007, con apenas 16 años.
 Está considerada como una de las mejores de su profesión que desarrolla por todo el mundo.
Muchos ven en ella a la nueva Adriana Lima.
Esta carta se suma a la de Renée Zellweger que se ha defendido de los medios de comunicación que hablan de sus cirugías plásticas y al artículo de Jennifer Aniston escribió sobre el acoso que sufre de la prensa que no para de preguntarle si está embarazada: “No estoy embarazada, estoy harta”, se quejó.

ASÍ SE RODARON LOS CLÁSICOS | BEN-HUR ¿Una de romanos? No: La de romanos Gregorio Belinchón

William Wyler dirigió a Charlton Heston en uno de los míticos, gracias a su carrera de cuadrigas, péplums de la historia del cine.

Charlton Heston, en la famosa carrera de cuadrigas.
Pocas veces una misma historia ha salvado dos veces la existencia de un gran estudio. 
Pocas veces un remake ha ganado el Oscar a la mejor película.
 Y pocas veces un filme ha logrado 11 estatuillas de la Academia de Hollywood.
 Ben-Hur no es solo una gran carrera de cuadrigas, sino una de esas obras titánicas, con descomunal derroche de talento y dinero, que aún hoy asombra, gracias a la dirección de William Wyler. 
El cineasta, conocido por sus extenuantes rodajes (repetía tantas tomas para cada plano que le conocían como Noventa tomas Wyler), el hombre que colocó a tantos actores ante el Oscar -aunque a sus espaldas se quejaran de sus métodos de trabajo-, fue el responsable de títulos como La loba, Los mejores años de nuestra vida, Cumbres borrascosas, La carta,Horizontes de grandeza, Vacaciones en Roma, El coleccionista o Ben-Hur.
En 1948 entró en vigor la ley antitrust que desmoronó a las grandes empresas de Hollywood.
 La nueva legislación prohibía que las majors poseyeran a la vez estudios, compañías distribuidoras y salas de cines. En definitiva, tenían que desgajarse. 
Y la llegada de la televisión pegaba al sofá a los espectadores.
 Para salvar los muebles, los directivos de la MGM recurrieron al mismo truco con el que en 1926 habían regateado la bancarrota: Ben-Hur.
El drama de Judá Ben-Hur, príncipe judío que vive en la misma época que Jesucristo y con el que se cruza en diversos momentos, surgió de la pluma de un general del ejército de la Unión, Lewis Wallace.
  En 1880 publicó Ben-Hur, una historia de Cristo, un best seller que una década más tarde ya era el segundo libro más vendido de la historia de EE UU tras la Biblia, con más de medio millón de ejemplares.
 Por si fuera poco, dos productores de Broadway la convirtieron en obra de teatro
En los 16 años que se estuvo la obra en cartel por todo Estados Unidos, la vieron 10 millones de espectadores y recaudó 20 millones de dólares.
Charlton Heston, en la famosa carrera de cuadrigas.


El desastre actual

Este viernes se estrena la sexta y última versión de ‘Ben-Hur’, coproducción de MGM y Paramount junto a Mark Burnett, productor de series de televisión de tema religioso.
 De ahí que Jesús (encarnado por Rodrigo Santoro) salga más en pantalla que en las versiones precedentes. Pero ha sido un desastre en taquilla: tras costar 100 millones de dólares solo recaudó en su primer fin de semana en cines 11 millones.
 . En 1907, la Kalem Company rodó una película de 16 secuencias (en un rollo) basada en la novela. Pero no tenía los derechos y los herederos del general, muerto en 1914, demandaron a la productora y ganaron el juicio. Por primera vez en la historia se reconoció el derecho a la propiedad intelectual.
Los herederos de Wallace demostraron ser bastantes perspicaces con los negocios. En 1923 vendieron los derechos al cine a la Goldwyn Company a cambio de un porcentaje de los beneficios. Un año después, reconvertida la productora en MGM y casi en ruinas comenzó su rodaje con Fred Niblo como director y Ramón Novarro como protagonista.
 Resultó tan espectacular que la versión de 1959 calca casi plano por plano su carrera de cuadrigas. Y uno más del montón de ayudantes de dirección de Niblo fue Wyler. 
En una muestra de humor, en 1958 el cineasta reunió a todos sus ayudantes antes del rodaje y les dijo: “Me pregunto cuál de ustedes será el director del próximo Ben-Hur”. Sergio Leone no estuvo en esa arenga, pero fue asistente de la segunda unidad.
 
Judá Ben-Hur, castigado en las galeras.
William Wyler comprendió desde el principio la obligación de fichar a un actor musculado, un tipo que llenara el traje, como protagonista
En 1953 los ejecutivos de MGM retomaron Ben-Hur para salvar la compañía. 
El primer director en recibir una oferta fue Wyler, que durante días dudó hasta que su amigo Billy Wilder le soltó: “Si quieres dejar a tu familia con dinero de por vida, haz la película”.
 Wyler siguió su consejo. Como declaró años después su hija: “Solo un judío sería capaz de hacer un buen filme sobre Cristo”.
El estudio pensó en actores como Burt Lancaster (lo rechazó después de leer el libreto), Marlon Brando, Kirk Douglas (no quería otro rodaje épico tras Los vikingos), Paul Newman (que acababa de finalizar La túnica sagrada y se negó en redondo aduciendo que sus piernas eran muy feas para enseñarlas) o Rock Hudson.
 Wyler llegó a plantearse un reparto encabezado por Hudson como Ben-Hur y Charlton Heston como Messala. 
Heston ya había trabajado con Wyler en Horizontes de grandeza y le respondió: “O Ben-Hur o nada”.
 Un acierto de Wyler consistió en contratar a actores británicos para los papeles de romanos y a estadounidenses para los de judíos: la diferencia de acento daba cierta coherencia a los personajes.
 Para el personaje de madre de Judá, la actriz inicialmente prevista fue sustituida por Martha Scott. 
Solo 10 años mayor que su hijo cinematográfico, Scott ya había sido la madre de Heston-Moisés en Los diez mandamientos.
  Para el personaje de Tirza, la hermana de Judá, el director no buscó muy lejos y seleccionó a Cathy O’Donnell, una intérprete dotada para dar en pantalla la imagen de la inocencia (como demostró en Los mejores años de nuestra vida) y cuñada en la vida real de Wyler.
Messala recayó en Stephen Boyd, un secundario sin mucha experiencia y que en su carrera nunca volvió a obtener el éxito que logró con su caracterización de romano apuesto, odioso y vengativo.
 Boyd, irlandés de Belfast, debió de ponerse lentillas para oscurecer sus ojos. Orden de Wyler, que en los ensayos se fijó en que todo el reparto principal tenía los ojos claros. Boyd pagó el pato.
 
Ramón Novarro (a la derecha), en el 'Ben-Hur' de 1926.
Tierra Santa renació en Italia.
 La mayor parte de los decorados se construyeron en los famosos estudios romanos de Cinecittá.
 Aunque el rodaje en sí duró 10 meses de 1958, parte del equipo residía en la capital italiana desde finales de 1957: había que erigir un circo (comenzaron en enero de 1958), crear toda una nueva Jerusalén y resucitar la grandiosidad de la Roma clásica. 
Y todo a tamaño natural. MGM repitió Roma para un Ben-Hur, a pesar del mal sabor de boca dejado 30 años antes, por sus costes más bajos, por el tamaño (inmenso, 60 hectáreas) de Cinecittá y por beneficios empresariales. 
Con un presupuesto de 10 millones de dólares (que finalmente superaron los 15), la principal partida económica recayó en pagar a Heston (por eso los otros actores eran baratos) y los costes de producción: solo la secuencia de las cuadrigas costó un millón de dólares 

 Para Ben-Hur se erigieron 300 escenarios diferentes y 3.000 decorados gracias a 15.000 dibujos, se construyó un circo de ocho hectáreas de pista y gradas para 15.000 personas con 500.000 kilos de yeso y 40.000 toneladas de arena (el decorado más grande de la historia), se esculpieron 500 estatuas a tamaño real, en el vestuario trabajaron 100 costureras, sastres y peleteros, solo en la villa de Quinto Arrio se recrearon 40 fuentes, se construyeron 40 galeras en miniatura y dos a tamaño real para la batalla naval, se reprodujo la puerta de Joppa con su torre de 21 metros de altura y 20 manzanas de Jerusalén... 
La MGM mandó destruirlo todo al final del rodaje para que los productores italianos no reutilizaran los decorados en sus péplums de segunda.
En el proceso de preproducción el estudio contactó con diversos expertos para que les aconsejaran sobre el circo.
 El primero respondió: “Romano”; el segundo dijo: “Al estilo fenicio”. Y el tercero fue sincero: “¿Estadio? No tenía ni idea de que hubiera habido uno en Jerusalén”. 
Así que imitaron el de la película de 1926, incluida la isla central, un añadido anacrónico necesario como fondo de imagen que evitaba que se vieran las gradas vacías.
 A inicios de la primavera de 1958 William Wyler se mudó a Roma. Allí llevaba ya dos meses Charlton Heston, que se había puesto a estudiar italiano.
 Para él, “hacer Ben-Hur fue algo así como un baño turco. Casi te ahogas mientras lo tomas pero luego sales oliendo a rosas”.
 Heston recuerda con cariño las instrucciones de Wyler: “Will me dijo que no expresara ninguna emoción en la secuencia de la crucifixión.
 Ben-Hur había visto demasiadas muertes y una más no podía afectarle”. Como lo principal en la película era el espectáculo, al finalizar el rodaje, el director bromeó con el actor: “Lo siento, Chuck. En otra ocasión trataré de darte un papel mejor”.
 Lo que no había en Roma era guion.
 Desde Italia reclamaron al dramaturgo británico Christopher Fry para que diera verosimilitud a los diálogos. 
 Fry fue el responsable de que el inglés del libreto tuviera una forma rebuscada, acorde con el supuesto envaramiento de los romanos.
 Otro escritor que metió mano al libreto fue Gore Vidal, entonces un joven que residía en Roma. 
En realidad, el mismo Wyler escribió la mayor parte del guion durante las noches de los meses de rodaje.
El director planificó el rodaje como una gran campaña militar. Rodó primero las secuencias más físicas (como la carrera de cuadrigas) y dejó para el final las más dramáticas, para que el cansancio fuera real en el rostro de los intérpretes.
Para la secuencia de la carrera, solo 11 minutos del metraje final, se destinaron cinco semanas de rodaje.
 Los 78 caballos -los blancos del carro de Ben-Hur procedían de Eslovenia- habían sido entrenados durante cuatro meses. 
Finalmente se seleccionaron 18. 
Wyler sabía que se momento sintetizaba la película: “No se trata de una carrera cualquiera, sino de una carrera a muerte que resume el odio entre Ben-Hur y Messala”.
 Para dirigirla, Zimbalist y Wyler (que sí realizó la planificación previa y el montaje final) contrataron a Andrew Marton, un húngaro afincado en Hollywood experto en filmes de acción y en encabezar las segundas unidades. 
En taquilla, solo en EE UU ya superó los 80 millones de dólares, y ganó 11 de los 12 oscars por los que competía. Ben-Hur salvó de nuevo a MGM.
Marton quiso dar la máxima verosimilitud a toda la competición, y por eso recurrió a Yakima Canutt, antiguo campeón de rodeos que con el tiempo se convirtió en el especialista más famoso de la historia y en director de cine. En 1958 ya estaba retirado, aunque volvió por el gusanillo del reto. Su hijo Joe dobló a Heston. Algunos de los carros tenían solo tres caballos para que las furgonetas con las cámaras pudieran pegarse a ellos y conseguir primeros planos en los 23 segundos en que recorrían la longitud de la pista. El día en que filmaron a Ben-Hur recogiendo el trofeo de vencedor los extras se rebelaron porque no habían comido. Marton decidió seguir rodando porque así “las masas gritan y en pantalla parecerá de euforia”. Wyler lo confirmó: “La carrera ha sido uno de los grandes logros del cine”. El reto había sido superado con creces.