Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

28 feb 2015

La literatura sin final........................................ Guillermo Altares

Grandes narradores han revisado su obra luchando hasta el agotamiento con cada palabra. Autores de distintas generaciones relatan los viajes de ida y vuelta en sus textos.

Ilustración de Fernando Vicente

En el célebre arranque de su novela El final del romance, Graham Greene escribió: "Una historia no tiene ni principio ni final: uno escoge arbitrariamente el momento de la experiencia desde el que mira adelante o hacia atrás".
  Tal vez los novelistas puedan elegir el momento narrativo desde el que comienzan su relato, incluso aquel con el que lo acaban.
 Pero otra cosa muy diferente es cuándo terminan de escribir una obra, porque muchos autores sienten que no lo hacen nunca. "Borges decía que el concepto de 'obra definitiva' es sólo fruto de la teología o del cansancio", recuerda Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948), autor de Una historia de la lectura, y lector del autor argentino cuando perdió la vista.
 La relación de los escritores con sus obras es tan intensa como la relación con sus propias vidas: algunos prefieren no mirar atrás, otros no paran de hacerlo, algunos son perfeccionistas hasta el infinito, otros prefieren que las obras se queden como están
. La mayoría de los autores, lo confiesen o no, no puede evitar observar por la cerradura su vida y, por lo tanto, de su escritura.
 Desde Marguerite Yourcenar hasta Juan Ramón Jiménez, Milan Kundera, Ludwig Wittgenstein, que rechazó las tesis de la obra que le convirtió en un autor mundialmente famoso, El Tractacus lógico-philosophicus, o Kafka, que pidió la destrucción de todos sus libros, la literatura universal está llena de obras maestras, que los lectores consideran perfectas, pero cuyos autores nunca dieron por terminadas.
"La reescritura siempre ha sido para mí una norma de trabajo, un texto artístico se puede corregir interminablemente", explica el poeta y narrador José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926), premio Cervantes en 2012, cuyas poesías completas están reunidas en Somos el tiempo que nos queda.
 El novelista Juan Goytisolo (Barcelona, 1931), que recibió el máximo galardón de las letras españolas, también es un inagotable corrector:
 "He suprimido páginas enteras de Juan sin Tierra y en otras obras no he tocado nada, más allá de alguna errata.
 Toco cuando encuentro que lo que escribo no se corresponde con lo que espero del libro.
La obra que cuenta es la que decide el autor.
 El que tenga una edición antigua de Juan sin Tierra o de La saga de los Marx debe saber que existe una edición posterior.
 La última es la que cuenta". "En todos he cambiado cosas", confiesa por su parte Javier Cercas (Cáceres, 1962), que publicó a finales de 2014 El impostor y una reedición de El vientre de la ballena, su tercera novela, en la que introdujo notables cambios.
 "Le hice una auténtica liposucción, porque tenía la intuición de que la novela era celulítica y que dentro de ella había un buen libro; creo que la intuición era exacta", afirma el escritor, que antes había convertido su primera obra, el libro con cinco relatos
 El móvil, en una novela corta con uno de ellos. "Ahora estoy releyendo Soldados de Salamina porque se va a publicar en mayo una edición revisada.
He corregido adjetivos, más de una frase de sintaxis pedregosa, incluso algún anacronismo.
 Los poemas no se acaban, decía Valéry, sólo se abandonan; con los libros pasa lo mismo"
. Como Caballero Bonald y Goytisolo, Cercas tiene claro que "la última versión siempre es la buena".
Juan Ramón Jiménez.
Los ejemplos son infinitos
. En el caso de la narradora Marta Sanz (Madrid, 1967), reescribió su novela La lección de anatomía, publicada en 2008 y reeditada en 2014.
 "No sentí que traicionase a los lectores de la primera versión, al contrario, estoy muy agradecida de que me dieran la oportunidad de reescribir mi libro", explica.
 "Si el autor tiene sentido de la autocrítica, tiende a mejorar las cosas.
 Desengrasé el estilo.
 Es en realidad un libro nuevo porque incluí dos capítulos y parcelé de otra forma toda la narrativa
. El bueno es el último porque reflejamos lo que aprendemos". Rafael Chirbes (Tavernes de Valldigna, 1947), ganador del Premio de la Crítica con Crematorio y En la orilla, cree que no se pueden establecer reglas generales.
Tras un periodo inagotable de reescritura —"a veces incluso pido al editor que me lo devuelva para seguir haciendo cambios"—, se rinde finalmente y entrega el libro.
 "Una novela siempre tiene dos momentos de euforia para el autor: cuando lo terminas y el día en que te llega el primer ejemplar.
 Pero luego empiezas a verle las grietas, los problemas, por eso escribes otro
. La relación de plenitud con un libro dura muy poco", afirma. Tiene obras que apenas ha tocado, como Mimoun, otra ha pedido que no sea reeditada —
La lucha final porque le quedó "sobreescrita"— y de otra, La buena letra, quitó el último capítulo.
Isaac Rosa (Sevilla, 1974), ganador del Premio Rómulo Gallegos por El vano ayer y del Fundación José Manuel Lara por El país del miedo, llegó incluso a dialogar e ironizar con el escritor que fue cuando le propusieron reeditar su primera novela, La malamemoria, ocho años después de su publicación.
 "Descarté de inmediato reeditarlo tal cual, me parecía un paso atrás.
Pero vi otra posibilidad: enfrentarme con el escritor que fui, y hacerlo delante del lector. Releerme desde el escritor que había llegado a ser y hacerlo con toda la dureza que aquel primerizo merecía", señala. Rosa explica que su libro era un relato de la Guerra Civil y el franquismo, "novelas que provocan hastío en no pocos lectores, que exclaman ante el enésimo título:
 '¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil!", que fue el nombre con el que se quedó su obra. "Recuerdo que hubo lectores de aquella primera La malamemoria que se molestaron cuando la convertí en Otra maldita novela...
 Y es que impugnar una novela es también una impugnación a los lectores que la apreciaron".
Marguerite Yourcenar.
También están los escritores que, una vez terminado el libro, cuando éste ha empezado su vida propia, se dan cuenta de que existen historias que, como ramas, surgen de sus páginas.
 El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958), cuyo próximo libro, La Oculta, aparecerá a mediados de marzo, explica cómo surgió una nueva obra de su novela más célebre, El olvido que seremos: "A veces en lo que uno escribe queda un hilo suelto, sin que lo sepamos, sin quererlo.
 Al final de El olvido yo mencionaba un poema que mi padre llevaba en el bolsillo cuando lo mataron, y decía que ese poema era de Borges.
 Cuando el libro tuvo éxito (el éxito es siempre muy sospechoso), mis malquerientes dijeron que era doblemente mentiroso: que yo me había inventado la historia de ese poema en el bolsillo, y que además no era de Borges
. El soneto, en efecto, no aparecía en ninguno de los libros publicados por Borges. Pero no era mentira que mi padre lo llevara en el bolsillo.
 Así que aproveché una beca que me dieron en Berlín para buscar de dónde diablos había sacado mi padre ese poema.
 Tras una pesquisa detectivesca, creo que pude desenredar la historia: si en El olvido quise saber, por indicios, quiénes habían matado a mi padre, en Traiciones de la memoria quise averiguar, con testimonios y documentos filológicos, quién era el autor del poema".
Sin embargo, Abad Faciolince no es partidario de volver sobre lo escrito.
 "Creo que un libro es una especie de espejo de lo que uno era en el momento que lo escribió. Como uno deja de ser el que era, ya hay muchas cosas de los viejos libros que te suenan extrañas, ajenas, incluso malas, entonces uno tiene la tentación luciferina de cambiarlas.
 Pero al cambiarlas el libro se vuelve un híbrido que ya no funciona, pues el escritor de hoy es distinto al de hace 20 años, y los libros corregidos por el mismo autor quedan raros, como si hubieran sido escritos a dos manos", explica.
Juan Goytisolo.
Las obras literarias, el pensamiento filosófico, son cuerpos vivos que respiran a través de la relación que establecen con los lectores, pero también porque nunca acaban de separarse totalmente de sus autores.
 "El libro tiene una autoridad sobre ti que tú no tienes sobre él", asegura Rafael Chirbes. Sin embargo, los procesos de escritura pueden prolongarse hasta el infinito.
 Uno de los casos más extremos es el de la belga Marguerite Yourcenar (1903-1987): Opus Nigrum, una de sus grandes novelas, fue primero un libro de relatos, publicado en 1934, La mort conduit l'attelage (La muerte conduce la carroza), transformados luego en una novela, publicada en 1968. Juan Ramón Jiménez hacía tantos cambios en su obra que al final es imposible saber si es una sola obra o son varias: el libro/poema Espacio tiene una versión en prosa y otra en verso.
También puede haber transformaciones pequeñas pero cruciales.
 Alberto Manguel explica que "W. H. Auden cambió sus versos y eliminó varios, porque dijo que se daba cuenta de que no eran ciertos".
Por ejemplo, el célebre verso 'We love one another or die' ('Nos amamos el uno al otro o morimos') lo suprimió porque pensó que aunque nos amemos o no, la muerte es inevitable".
El novelista y ensayista mexicano Álvaro Enrigue (México, 1969), ganador del Premio Herralde de novela con Muerte súbita, explica otra sutil pero inmensa diferencia entre versiones:
 "Se dice que en el último manuscrito de Pedro Páramo, de Juan Rulfo (Apulco, 1917-México, 1984), la primera frase era: 'Fui a Comala' y que el 'Fui' está tachado y encima dice 'Vine'. De ser cierta la leyenda, sería el tipo de corrección que cambia la historia".
 Este novelista y profesor de literatura relata otras historias de escritores obsesivos: "José Emilio Pacheco (México, 1939-2014, premio Cervantes en 2009) no permitía que se reimprimieran sus libros porque le parecían llenos de torpezas, aunque eran de una precisión estilística admirable.
Volvía locos a sus editores reteniendo las reimpresiones para leerlos y releerlos.
 Los ejemplares de sus libros en la biblioteca de la Universidad de Maryland, donde dio clases, están todos corregidos a lápiz por él mismo.
 Algunos tienen correcciones sobre las correcciones".
 Pero él mismo tampoco es ajeno al veneno de la reescritura como narrador: de su novela La muerte de un instalador existen cuatro ediciones.
 "La última, que es la que circula en España, la reescribí de principio a fin, palabra por palabra", asegura Enrigue.
 Sin embargo, afirma que nunca ha podido regresar a Hipotermia, en el que relata una depresión, porque es un tiempo al que no puede, ni quiere, volver.
Isaac Rosa.
Carlos Giménez (Madrid, 1941) volvió en cambio a los momentos más dolorosos de su vida para dibujar una de las obras maestras del cómic europeo, Paracuellos, en el que relata su infancia en un Auxilio Social de la posguerra
. Este tebeo ha sido reeditado en los últimos años, como casi toda su obra.
 Sin embargo, un dibujante se enfrenta a la enorme dificultad que encarna cambiar una plancha. "Cada vez que se reedita un trabajo mío en español, me obligo a leerlo para comprobar que está completo, que no están cortadas las viñetas y que no hay fallos de compaginación", relata Giménez. La voluntad de cambiar, de revivir el texto, se remonta casi al principio de la creación literaria.
 El catedrático de la Complutense Carlos García Gual, uno de los más respetados helenistas españoles, recuerda que "Hipólito, de Eurípides, y Las nubes, de Aristófanes, que leemos ahora son versiones corregidas por ellos de obras anteriores que no tuvieron éxito en su primera representación teatral".
 "¿Podemos ver en Las leyes, de Platón, una versión corregida de la utopía de La República?
 En ese largo diálogo de vejez, donde ya no sale Sócrates, Platón postula un 'consejo nocturno' que en su afán inquisitorial habría condenado a muerte a su escéptico maestro.
 ¿El viejo y escarmentado Platón desconfiaba ya del libre examen y de los ideales políticos de antaño?".
Estos cambios sobre cambios, versiones, búsquedas infinitas de palabras y de frases, marchas hacia delante y hacia atrás, hacen más difícil el trabajo de los filólogos pero sin duda más apasionante. El catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid Pedro Álvarez de Miranda (Roma, 1953), miembro de la Real Academia Española, asegura:
"Esos cambios son muy importantes para el filólogo, las modificaciones que el autor introduce en un texto siempre tienen interés.
 En el terreno de la lexicografía, y en particular para la elaboración de un diccionario histórico, es fundamental precisar la fecha de cada texto".
Cuando Philip Roth decidió dejar de escribir se dedicó a releer las 31 novelas que había publicado entre 1959 y 2010. "Quería saber si no había perdido el tiempo", explicó en 2014 a The New York Times.
 "Mi conclusión, después de terminar, se parece a unas palabras que pronunció uno de mis héroes, el boxeador Joe Luis. Fue campeón del mundo de los pesos pesados. Había nacido en el Viejo Sur, fue un niño negro sin educación, parco en palabras.
Cuando se retiró dijo para resumir su carrera:
 'Lo he hecho lo mejor que podía con lo que tenía". El combate de los grandes escritores con las palabras no se acaba nunca.
Sólo el tiempo es capaz de derrotar los inagotables cambios que impone la imaginación.

 

27 feb 2015

Muere Leonard Nimoy, el comandante Spock de ‘Star Trek’...........................................J.ordi Costa

Que mala noticia, se ha muerto "El Comandante Spock", aquel comandante que disfrazaro como la imaginación decia que podía ser un hombre de otro planeta, sus cejas marcadas, sus orejas afiladas y aquel pelo de corte indefinido y negro azabache era un Comandante que me fascinaba,quizás porque su nave tb era facisnable, Star Trek para todos los públicos, la veía mi hijo pequeño entonces, mi madre y yo. Disfrutaba con sus series de aventuras y hoy leo que él siendo de otro planeta era mortal.

El actor, que sufría una enfermedad pulmonar, ha fallecido a los 83 años de edad.

Spock de Star Trek
El actor Leonard Nimoy, popular por su papel del Mr. Spock en la serie Star Trek y las películas de la franquicia, ha muerto a los 83 años de edad, según informan medios estadounidenses
. Su mujer, Susan Bay Nimoy, ha confirmado el fallecimiento a The New York Times.

Muchos han sido los actores que han sufrido la pesadilla del encasillamiento.
 Otros jamás han podido superar el peso del personaje más memorable que marcó sus carreras.
 Pero el caso de Leonard Nimoy, a quien todo el mundo recordará siempre como el racional Spock de la serie Star Trek, mitad humano, mitad vulcaniano, es ligeramente distinto.
 Nimoy no fue ni un actor encasillado, ni alguien que no pudo sobreponerse a una única interpretación memorable, sino que fue uno de esos pocos privilegiados que podían presumir de encarnar, de la cabeza a los pies, a un poderoso icono de la cultura popular.
 “Mi trabajo era lograr que el personaje fuese creíble”, declaraba el actor en una entrevista concedida en 2008, un año antes de retomar al personaje en la película de J. J. Abrams que relanzaría la franquicia Star Trek, “Spock es un personaje muy interesante, inusual, muy inteligente. Pienso que a la gente le gusta su inteligencia. También tiene sentido del humor, es extremadamente fiable, útil en toda crisis, alguien capaz de resolver problemas y, sobre todo, un buen amigo de los humanos”.
El peculiar equilibrio de fuerzas entre el sanguíneo, chulesco y emocional capitán Kirk que encarnaba William Shatner y el racional, gélido, pero siempre preciso en el uso del sobreentendido Spock definió, en buena medida, el poder de seducción de esa serie de ciencia-ficción, creada por Gene Roddenberry en 1966, que, tras su prematura cancelación en su tercera temporada, alentó uno de los más complejos –y longevos- fenómenos de fans en la historia del medio.
 Bajo la piel de Spock, Nimoy fue mucho más que un actor de escueta expresividad con puntiagudas orejas de maquillaje: el actor, nacido en Boston el 26 de marzo de 1931, consiguió articular toda una filosofía de la vida, sin renunciar nunca a un palpable sentido del humor.
  El mítico saludo del personaje fue, de hecho, invención suya: un gesto forjado a imagen y semejanza de esos sacerdotes judíos que formaron parte esencial del entorno familiar del actor, que tuvo en la defensa y divulgación de las raíces culturales del judaísmo ortodoxo otra de las grandes pasiones de su vida.
La larga y próspera vida de Nimoy terminó este pasado viernes 27 de febrero, a consecuencia de una enfermedad pulmonar obstructiva crónica que le fue diagnosticada cuando llevaba treinta años sin consumir tabaco.
Nimoy había anunciado su retiro en abril de 2010, pero fueron diversos los trabajos, todos ellos relacionados con la aureola mítica de Spock, que le reclamaron a partir de ese momento, convirtiendo su supuesta jubilación en deseo perpetuamente postergado: en los últimos años, Nimoy fue el Spock en una línea temporal paralela en las dos películas de Star Trek de Abrams, pero también el memorable e inquietante William Bell de la serie Fringe, la voz de Sentinel Prime en Transformers: el lado oscuro de la luna (2011) de Michael Bay –que, por cierto, era el primo de su esposa Susan Bay Nimoy- y el sueño mitómano de Sheldon Cooper en un episodio de The Big Bang Theory.

Algo escrito en el firmamento, si es que tenemos que creer en estas cosas, parecía predestinar a Leonard Nimoy a un largo compromiso con la ciencia-ficción antes de ser Spock: abundan los títulos del género en el primer tramo de su filmografía, como el serial de la Republic Zombies of the Stratosphere (1952), la memorable monster movie de Gordon Douglas La humanidad en peligro (1954) y la paupérrima pero imaginativa adaptación de un clásico de Robert Heinlein The Brain Eaters (1958) de Bruno VeSota.
 Pero el actor tenía también otras inquietudes, como su interés por el teatro de Jean Genet:
 Nimoy no sólo apareció en la adaptación cinematográfica de El balcón que dirigió Joseph Strick en 1963, sino que produjo y protagonizó la adaptación cinematográfica de Severa vigilancia que dirigió Vic Morrow en 1966.
Nimoy, que dirigió dos películas de la saga Star Trek y cambió de género para firmar la película más taquillera de 1987 –Tres hombres y un bebé-, alternó la interpretación en películas y series con una carrera como fotógrafo artístico, con predilección por el desnudo femenino.
 También tuvo sus candorosos extravíos en el territorio de la música folk vertiente bizarre: su disco Mr. Spock’s Music from Outer Space es todo un clásico trash
. Que escribiera dos libros de memorias de títulos contrapuestos –I Am Not Spock (1975) y I Am Spock (1995)- da fe de que, si bien alguna vez mantuvo una relación de amor/odio con su personaje, finalmente aceptó que la inmortalidad vulcaniana era su destino.

Este es el último tuit del actor, enviado el pasado 23 de febrero.

Leonard Nimoy         @TheRealNimoy

A life is like a garden. Perfect moments can be had, but not preserved, except in memory. LLAP

 

Palabras vacías en la nieve........................................................................ Carlos Boyero

La perspectiva de pasar dos horas en un cine aceptablemente calefactado, con butacas cómodas y espacio generoso entre las filas para poder mover las piernas, contemplando paisajes nevados y disfrutando del poder de evocación que estos poseen, de entrada, me resultaba apetecible
. Y si en la pantalla me estuvieran contando historias tan poéticas como las de Nanuk, el esquimal y Los dientes del diablo el gozo sería absoluto.
 O envolverme en medio de esa blancura lírica o terrorífica con una intriga habitada por monstruos humanos o diabólicos.
 Por ejemplo: me relamo al pensar en una noche de invierno duro viendo Misery, Fargo, El enigma de otro mundo, La cosa...
Aclarado mi amor por ese escenario blanco, exijo que en él ocurran cosas que me provoquen inquietud, miedo, emoción, esas sensaciones tan gratas, y que me preocupen las dichas o desdichas que atraviesan los personajes.
De Fuerza mayor sabía que era una película sueca, que había obtenido premios nacionales e internacionales y cuantiosos piropos en los festivales de cine (lo segundo casi siempre me pone en guardia o me hace temblar), que su argumento iba de intriga psicológica y que toda ella se desarrollaba en una estación de esquí en los Alpes
. La protagonizan un matrimonio joven y aparentemente modélico y sus dos niños, dispuestos a relajarse deslizándose en familia por las pistas durante su estancia de cinco días en un hotel de lujo.
FUERZA MAYOR
Dirección: Ruben Östlund.
Intérpretes: Johannes Bah Kuhnke, Lisa Loven Kongsli, Calara Wettergren, Vincent Wettergren.
Género: drama. Suecia, 2014.
Duración: 118 minutos.
Aparecen rótulos marcando los días
. Y en el primero me mosqueo un poco con la actitud del marido, aunque no tanto lógicamente como su estupefacta esposa.
 Resulta que un plácido desayuno en la terraza del hotel, en medio de una geografía espectacular, se ve interrumpido por un alud de nieve presuntamente inofensivo, pero terrorífico a medida que se acerca.
 Y el tío pilla su móvil y se larga en plan centella, abandonando a su suerte a la mujer y a las criaturas. Pasa el peligro.
 El fulano retorna.
Me cuenta un lúcido amigo que si los personajes fueran latinos lo más probable es que la dama le atizara un bolsazo en la cabeza a su irresponsable o cobarde marido y hasta luego cocodrilo
. Pero como son nórdicos y civilizados, creen que la siniestra movida se resuelve hablando.
Y no paran de hablar.
 No solo entre ellos sino también con los nuevos amigos que van haciendo en el hotel y con los que comparten su secreto.
 Ni el matrimonio en crisis, ni los angustiados hijos, ni las parejas que comparten su intimidad, logran que me interesen mínimamente su personalidad y sus dramáticas circunstancias.
 Y mi tedio está suplicando que pasen los cinco tormentosos días, porque se me hacen interminables. Por supuesto, les deseo fervientemente que vuelvan a ser felices y a comer perdices.

 

George Clooney, ahora editorialista................................................................. Irene Crespo

El actor ha escrito en el 'New York Times' un artículo para denunciar la situación de Darfur

Con su esposa Amal, acaba de instalarse en Manhattan donde residirá los próximos meses.

George Clooney
El actor George Clooney. / CORDON
George Clooney vuelve a la carga. 
Tres años después de ser detenido delante de la Embajada de Sudán en Washington, el actor vuelve a reclamar la atención de la comunidad internacional sobre la situación en Darfur, esta vez publicando un editorial en el New York Times en el que denuncia el bloqueo del Gobierno del país africano a los periodistas, a los trabajadores humanitarios y a la misión de pacificación de la ONU. “Como resultado, las masacres continúan sucediéndose en Darfur sin testigos externos”, escribe Clooney.
 El artículo coincide, además, con la llegada del actor a Nueva York, donde va a residir los próximos meses con su esposa Amal por asuntos de trabajo.
Titulado George Clooney sobre la violación de Sudán a Darfur, y coescrito con los activistas John Prendergast y Akshaya Kumar, el artículo confirma, a través de imágenes captadas por el satélite de su proyecto Sentinel que lanzó en 2010, los bombardeos y quemas continuados de “al menos una docena de pueblos en el área de Jebel Marra, zona este de Darfur, el año pasado”.
Clooney, en el momento en que fue arrestado frente a la embajada de Sudán en Washington mientras participa en la protesta contra el genocidio en Darfur. / WIN MCNAMEE (AFP)
Además, denuncia la “limpieza étnica” del Gobierno para controlar las minas de oro y se hace eco de las pruebas que confirman “la violación masiva” vivida en el pueblo de Tabit
. “Después de recolectar más de 130 testimonios de testigos y supervivientes por teléfono [por culpa de los impedimentos que les pusieron para una investigación in situ], sus investigadores concluyeron que al menos 221 mujeres habían sido violadas por soldados del Ejército sudanés en un periodo de 36 horas el pasado octubre”.
El actor continúa explicando en el editorial que “la violencia sexual no tiene un objetivo militar, sino que es una táctica de control social, de dominación étnica y cambio demográfico”. 
 “Las cortes de los derechos humanos alrededor del mundo han determinado que las violaciones realizadas por oficiales del Ejército o de la policía pueden constituir tortura”, explica, y asegura que, como la de Tabit, hay muchas más historias.
El caso de Tabit era denunciado, precisamente, el pasado diciembre en un artículo de The Guardian titulado ¿Qué pasó en Darfur después de que George Clooney viniera?
. En este preguntaban a gente que ha vivido y trabajado en la región en los últimos 10 años sobre la situación actual y si la campaña que el actor inició en 2006 ha tenido algún efecto.
 “Clooney puede estar haciendo algo fantástico –rastreando los movimientos de las tropas y milicias sudanesas– pero para mí, como persona viviendo en Darfur, en contacto con lo que está pasando a diario, no veo que eso haya parado, o ni siquiera reducido, el genocidio”, decía en aquel artículo una activista que no quería identificarse.
George Clooney, a las afueras de la Casa Blanca tras una reunión con Barack Obama. / REUTERS (Kevin Lamarque)
John Prendergast, fundador del proyecto Enough y que firma el editorial del New York Times con Clooney, también era entrevistado por The Guardian y explicaba que la presencia del actor de Ocean’s Eleven en programas como el de Oprah había ayudado a “atraer la atención e inspirar la acción en respuesta a lo que sucedía en Darfur”.
“Sólo trato de llamar la atención, porque es el único modo de que pasen cosas”, decía en 2012 mientras se lo llevaban esposado en Washington. Entonces provocó esa imagen que dio la vuelta al mundo para que algo cambiara en un país que lleva dos décadas de masacres.
Tres años después, cuando “el mundo se ha olvidado en gran medida de Darfur”, Clooney vuelve a reclamar atención para que EE UU y otros países impongan sanciones a aquellos que “hacen negocios con el Gobierno”.

“Las ‘violaciones tortura’ de Tabit son un recordatorio al mundo de que las mismas condiciones que llevaron a EE UU a declarar el genocidio en Darfur se mantienen, con consecuencias humanas devastadoras.
 No debemos olvidar a los supervivientes, y debemos imponer costes disuasorios a los orquestadores y sus facilitadores”, concluye Clooney.